editorial, visita del Papa León XIV, La Crónica del Henares
![]() |
| El Papa, León XIV, se despide de Madrid saludando en el aeropuerto a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Un saludo frío y distante del Sumo Pontífice. |
A propósito del discurso de León XIV ante las Cortes y de la prisa de todos por hacerlo suyo
09 junio 2026.- El Papa se marcha de Madrid y deja tras de sí una escena que merece más reflexión que titulares. León XIV subió a la tribuna del Congreso —primer pontífice que lo hace en España— y, ante diputados y senadores reunidos en sesión conjunta, no pronunció una homilía al uso: colocó un espejo delante de una vida pública enferma de crispación. Advirtió que la pluralidad política no debería degenerar en la descalificación permanente del adversario, y recordó que la firmeza no exige desprecio ni la discrepancia humillación. Era un diagnóstico incómodo, dirigido a todos.
Lo que ocurrió después fue casi una demostración del propio diagnóstico. En cuestión de horas, del Gobierno a la oposición y de ahí a los independentistas, prácticamente todas las fuerzas se declararon retratadas en el mismo discurso, pero ninguna se sintió interpelada. Unos subrayaron la "sintonía"; otros lo suscribieron entero; otros separaron la moral del Papa de su propia gestión para no darse por aludidos. El mensaje contra la descalificación del adversario fue recibido como medalla o como arma, jamás como advertencia. Nadie hizo autocrítica.
Conviene nombrar lo que esto es: razonamiento motivado en estado puro. Oímos lo que confirma aquello que ya somos y filtramos la parte que nos señala. Que la reacción fuera predecible —un político opera en una economía de la atención donde reconocer la culpa propia apenas tiene rédito— no la hace por ello admirable. En sus propios términos, la respuesta política fue una decepción: confirmó la enfermedad en lugar de responder a ella. Si un llamamiento a desarmar el lenguaje se convierte de inmediato en munición dialéctica, el problema no es el llamamiento.
Pero sería demasiado cómodo quedarse ahí, en la enésima reprimenda a la clase política. Porque el espejo que el Papa levantó aquella mañana no apuntaba solo a los escaños. Él mismo enmarcó lo que ocurre como una crisis cultural que se manifiesta en violencia, polarización y desconfianza recíproca: no un mero fallo de las élites, sino un clima compartido. Y aquí la pregunta se vuelve incómoda para todos nosotros. En una democracia, la oferta política refleja en buena medida la demanda. La descalificación moviliza porque funciona; el lenguaje de trinchera que reprochamos en el hemiciclo es el mismo que practicamos en las redes, en las sobremesas y, cada cuatro años, en la urna. Premiamos lo que decimos detestar.
De ahí la tentación de concluir que la verdadera enferma es la sociedad entera. La intuición es lúcida y tiene una parte difícilmente discutible: no son solo "ellos". Pero conviene resistirse al salto fácil que va de "somos corresponsables" a "estamos enfermos". No es lo mismo. La corresponsabilidad activa: si el problema es compartido, también lo es el remedio, y eso obliga a hacer algo. El diagnóstico de enfermedad colectiva, en cambio, tiende al fatalismo, que es otra forma —más elegante, más resignada— de no escuchar. Y hay un riesgo añadido: disolver la culpa en "toda la sociedad" puede acabar exculpando a quienes tienen más poder y más altavoz para envenenar o serenar el clima. La responsabilidad es real, pero no es idéntica en quien gobierna y en quien apenas vota cada cuatro años entre opciones que no eligió.
La lectura más fiel a lo que dijo el Papa, y la más útil, no es la del enfermo que se entrega al diagnóstico, sino la del ciudadano que recoge su parte. Desarmar el lenguaje no empieza en una reforma electoral ni en una declaración solemne: empieza en la siguiente conversación, en el siguiente comentario, en la próxima tentación de humillar al que piensa distinto. Es un trabajo modesto, sin foto ni titular, y precisamente por eso difícil.
El pontífice se va. Quedan las preguntas que dejó sobre la mesa y la incómoda evidencia de que la prisa por apropiarse de sus palabras fue, en sí misma, la prueba de que no se habían entendido. Que cada cual —partidos y ciudadanos— decida si vuelve a mirarse en el espejo o prefiere seguir usándolo para señalar al de enfrente. En esa elección, repetida millones de veces al día, se juega bastante más que un viaje apostólico.
La Crónica del Henares
