Ni el mercado de CO₂ es un termostato continental ni el calor europeo es una lotería meteorológica. Lo que la física sí puede prometer, y lo que no.
Recortar emisiones no librará a Europa de las olas de calor (y eso no es un argumento para no recortarlas)
ARTÍCULO DE OPINIÓN
12 agosto 2026.- Cuando el termómetro de Somerset marcó 36,4 °C el 26 de junio, batiendo el récord de junio en el Reino Unido establecido el día anterior, la discusión pública se partió en dos mitades igual de equivocadas. Una decía que el calor era la prueba definitiva de que hay que apretar el mercado europeo de CO₂. La otra, que como el clima es un sistema global y caprichoso, nada de lo que haga Europa cambia nada. Ambas confunden lo que la física puede y no puede prometer.
Las claves
- La atribución climática no dice "el CO₂ causó esta ola de calor": calcula cuántos grados más intensa y cuántas veces más probable fue en el clima actual. Del episodio de junio hay cifra: entre 3 y 4 °C más.
- La UE emite en torno al 6-7 % del CO₂ mundial. Aunque mañana fuera cero, el termómetro europeo seguiría dependiendo del resto del planeta.
- El calor europeo y las lluvias torrenciales asiáticas no son un reparto: proceden del mismo mecanismo físico, más energía y más vapor de agua en el sistema.
Lo que la atribución sí dice, y lo que no
Conviene despejar primero un malentendido extendido: que "nadie sabe" si un verano concreto tiene que ver con el cambio climático. Sí se sabe, y desde hace quince años se calcula con métodos publicados y replicables.
Lo que hacen los estudios de atribución es comparar dos mundos: el clima real y un clima simulado sin emisiones humanas. Del episodio europeo de junio de 2026, el equipo del Imperial College, la Met Office y la London School of Hygiene estimó que las máximas fueron entre 3 y 4 °C más altas de lo que habrían sido sin el calentamiento global. Los análisis de World Weather Attribution concluyeron que esos episodios habrían resultado prácticamente imposibles sin la influencia humana.
Nótese lo que no dicen. Ninguna ola de calor la "causa" el CO₂ en el sentido en que una cerilla causa un incendio: siempre hace falta una configuración atmosférica concreta, un anticiclón que se planta y no se mueve. Lo que ha cambiado es el suelo sobre el que ocurre esa configuración. Es una afirmación de probabilidades, no de causalidad individual, y esa modestia es precisamente lo que la hace sólida.
La mala noticia para el argumento europeo
Aquí viene la parte que quienes defendemos la acción climática tendemos a pasar de puntillas, y no deberíamos. Recortar las emisiones europeas no libraría a Europa de las olas de calor.
La temperatura global responde a las emisiones acumuladas del planeta entero. La Unión Europea aporta hoy alrededor del 6-7 % del total. Si mañana la UE emitiera cero, la trayectoria del termómetro sobre Francia o sobre la meseta castellana seguiría marcada esencialmente por lo que hagan China, Estados Unidos, India y el resto. Ningún recorte europeo compra un verano fresco.
Quien sostenga lo contrario está vendiendo el mercado de derechos de emisión como si fuera un termostato continental, y no lo es. El caso honesto a favor de la mitigación europea es otro, más incómodo de resumir en un tuit: la contribución marginal a un problema acumulativo, el abaratamiento de tecnología que después usa todo el mundo, y la capacidad de arrastre diplomático y comercial. Menos épico, pero verdadero.
La mala noticia para el argumento contrario
Ahora bien, de ahí no se sigue que Europa sea una víctima aleatoria de una lotería meteorológica que este año le tocó a ella y el que viene le tocará a otro. Conviene distinguir dos cosas que suelen mezclarse.
Está el componente termodinámico: el calentamiento de fondo eleva la línea de base en todas partes a la vez. La misma situación atmosférica que hace treinta años daba 38 °C hoy da 40. Esto no se reparte entre regiones: se suma. Y explica la mayor parte de la tendencia de récords.
Y está el componente dinámico: qué región se lleva el bloqueo anticiclónico este verano en concreto depende del chorro polar, de la temperatura del Mediterráneo, de la humedad del suelo. Eso sí es variabilidad interanual, y es lo que decide si el golpe cae sobre Francia o sobre los Balcanes.
La intuición del "reparto" solo describe bien la segunda parte. Y no explica un dato tozudo: Europa se calienta a más del doble de la media mundial. No es azar. Se combinan la retroalimentación entre suelo seco y atmósfera en la cuenca mediterránea, el calentamiento acelerado del Ártico, la temperatura superficial del mar y un factor poco conocido: la limpieza de los aerosoles industriales europeos, que ha retirado un sombreado que durante décadas enmascaró parte del calentamiento. Europa es un punto caliente estructural, no un damnificado por sorteo.
El sureste asiático no está "obsequiado"
La idea de que el sistema quita calor aquí para poner lluvia allá tiene atractivo intuitivo y es físicamente incorrecta. Por cada grado de calentamiento, la atmósfera retiene alrededor de un 7 % más de vapor de agua. Es la misma relación termodinámica la que intensifica los diluvios donde llueve y agrava la sequía donde no llueve. No es un traslado: es que hay más energía en el sistema y los dos extremos se amplifican a la vez.
Y quien piense que Asia meridional sale ganando no ha mirado sus registros de calor húmedo, fisiológicamente más peligrosos que los europeos porque impiden que el sudor enfríe el cuerpo. Ahí no hay obsequio ninguno.
Lo que sí está genuinamente abierto
Escribir sobre clima obliga a señalar dónde la incertidumbre es real y no retórica. Lo está en el componente dinámico: cuánto del comportamiento reciente del chorro polar —bloqueos más persistentes, la llamada configuración de doble chorro sobre Eurasia— responde al calentamiento del Ártico y cuánto es variabilidad natural. No hay consenso firme. Sabemos con solidez que el fondo térmico ha subido; discutimos cuánto ha cambiado la circulación que decide dónde se planta el anticiclón.
Esa distinción importa porque marca el límite honesto del alarmismo y el del negacionismo a la vez.
La conclusión que incomoda a todos los bandos
Queda un hecho físico que rara vez se explica y que debería estar en el centro del debate sobre el ETS: si las emisiones globales se detuvieran hoy en seco, la temperatura se estabilizaría aproximadamente donde está, no bajaría. La mitigación evita que empeore; no devuelve el clima de 1990.
De ahí se siguen dos cosas, y son incómodas en direcciones opuestas.
La primera favorece a quien prioriza la adaptación: ningún recorte de emisiones programado para 2031 evita las muertes de este junio. Las más de 10.000 muertes en exceso registradas en Europa el mes pasado, o los 2.056 fallecimientos atribuibles al calor que contabilizó el sistema MoMo en España entre mayo y julio, no se previenen con derechos de emisión, sino con planes de calor, sombra urbana, vivienda aislada y hospitales climatizados. Que en 2003 murieran 70.000 personas y hoy la cifra sea mucho menor con temperaturas comparables demuestra que la adaptación funciona y salva vidas ya.
La segunda favorece a quien defiende apretar: cada tonelada que no se recorta fija un daño permanente, no aplazado. Lo que hoy se ahorra la industria en cumplimiento no se pospone a 2040; se instala en la línea de base del clima para siglos.
Por eso la pregunta de si Europa debe endurecer o relajar su mercado de carbono no se resuelve señalando el termómetro de este verano. Ese termómetro no es un argumento; es un recordatorio de la escala del problema. El argumento hay que construirlo con lo demás: cuánto cuesta la fuga de carbono, cuánto vale liderar en tecnología limpia, cuánto pesa la credibilidad ante los socios comerciales. Ahí caben posiciones legítimas y contrarias, y ahí es donde debería discutirse.
Lo que no cabe es seguir vendiendo el ETS como un aire acondicionado continental. Ni pretender que, como el problema es global, aquí no hay nada que decidir.
La Crónica del Henares
