Nació en Roma como pacto entre clases y en Castilla como documento para cerrar un pleito. No es acuerdo, ni perdón, ni olvido, ni silencio.
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| Adolfo Suárez Illana: "La Ley de Memoria Democrática va en dirección opuesta a lo que significa la concordia". Lamenta que políticos revivan el "enfrentamiento" para sacar rédito cuando la Transición rompió la "lógica de vencedores y vencidos" (Europa Press) |
Alcalá de Henares, 19 de septiembre de 2026
Una palabra que en Roma nombraba un pacto entre clases y en Castilla un documento notarial se usa hoy como sinónimo de no hablar de algo. Conviene devolverle su significado, porque la concordia es un procedimiento exigente y no un estado de ánimo.
La tesis, en tres líneas
- Concordia no significa acuerdo, ni unanimidad, ni perdón, ni olvido, ni paz. Son cinco cosas distintas y se usan como si fueran una.
- Nació como una figura jurídica: el documento con el que dos partes cerraban un pleito sin que hubiera sentencia.
- La proclama el que gana, y ahí está la trampa. Una concordia que una sola parte redacta y aprueba es otra cosa, se llame como se llame.
Un templo levantado sobre un cadáver
Año 121 antes de Cristo. El cónsul Lucio Opimio acaba de aplastar a Cayo Graco y a sus partidarios en unos combates que Roma vivió como una guerra civil en miniatura. El tribuno de la plebe está muerto, sus seguidores han sido declarados enemigos públicos y ejecutados por centenares. ¿Qué hace Opimio a continuación? Reconstruye en el Foro el templo de la Concordia, a los pies del Capitolio.
El gesto es de una sinceridad brutal: la unidad del cuerpo cívico queda restaurada porque el adversario ha desaparecido. Concordia, en boca del vencedor, significaba que ya no quedaba nadie con quien discrepar. La palabra llevaba entonces dos siglos y medio en circulación, desde que la tradición atribuyó a Marco Furio Camilo la promesa de un templo a Concordia en el 367 antes de Cristo, el año en que las leyes licinias cerraron el largo conflicto entre patricios y plebeyos. Es decir: la misma palabra sirvió para nombrar un pacto entre iguales y, dos siglos después, una victoria sobre los muertos. Ese doble filo no lo ha perdido nunca.
Lo recuerdo porque la palabra ha vuelto esta semana a la conversación pública española, a cuenta de un libro, y porque tiene aquí un peso que muchos han olvidado: el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia distinguió en 1996 a Adolfo Suárez por su aportación a la concordia democrática entre los españoles. No voy a entrar en la polémica de estos días. Voy a la palabra, que es lo que me interesa y lo que casi nadie mira.
Corazones que laten juntos, no cabezas que piensan igual
Concordia viene de cor, cordis, corazón, y del prefijo con. Literalmente: corazones que laten a la vez. No cabezas que piensan lo mismo. La etimología ya excluye lo que hoy se le pide a la palabra: no promete coincidencia de ideas, sino sincronía de latidos, que es algo mucho más modesto y bastante más difícil.
Su segunda vida es jurídica, y es la que más luz da. En el derecho castellano, una concordia era un papel: el documento con el que dos partes enfrentadas ponían fin a un pleito sin esperar sentencia. No se trataba de convencer a nadie. Se trataba de fijar por escrito qué hacía cada cual a partir de ese momento. El ejemplo mayor es la Concordia de Segovia, firmada el 15 de enero de 1475 en el Alcázar por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Los dos querían mandar. No se pusieron de acuerdo sobre quién tenía razón: repartieron competencias, y con tal detalle que el texto llegó a regular en qué orden irían los nombres en los documentos y qué armas precederían a cuáles en el escudo real.
Esa es la clave que se ha perdido. La Concordia de Segovia no resolvió la discrepancia: la administró. Isabel siguió pensando que el reino era suyo y Fernando siguió pensando lo que pensaba. Lo que hicieron fue acordar un procedimiento para que esa discrepancia no reventase el reino. Cuando Erasmo publica en 1533 su tratado sobre la restauración de la concordia de la Iglesia, en plena fractura de la cristiandad, está haciendo exactamente lo mismo: no busca que unos se conviertan a la fe de los otros, sino un mínimo común que permita seguir compartiendo el edificio.
Cinco palabras que no son sinónimas
Aquí está, a mi juicio, el origen de casi toda la confusión. Las cinco se usan como intercambiables y designan operaciones distintas:
- Consenso es coincidir en el contenido. La concordia no lo exige: es compatible con seguir discrepando en todo lo sustantivo.
- Unanimidad es que nadie disienta. La concordia, al contrario, presupone el disenso; si no lo hubiera, no haría falta.
- Perdón es un acto moral, personal e intransferible, que solo puede otorgar quien ha sufrido el daño. Ningún parlamento puede votarlo en nombre de nadie.
- Olvido es la supresión del recuerdo. La concordia no lo necesita, y la experiencia sugiere que lo que se entierra sin cerrar vuelve a salir.
- Paz es la ausencia de violencia. Es el suelo, no el techo: hay sociedades en paz y en discordia permanente, y cualquiera reconoce alguna.
De las cinco, la que más daño hace por confusión es la cuarta. Cuando alguien dice "concordia" y quiere decir "olvido", está pidiendo silencio y llamándolo convivencia. Y cuando alguien dice "concordia" y quiere decir "que el otro acepte mi versión", está haciendo lo de Opimio con mejores modales.
Qué dice la teoría política contemporánea
El problema tiene tratamiento moderno. La politóloga belga Chantal Mouffe lo formuló con una distinción útil: el objetivo de una democracia no es eliminar el conflicto, sino convertir al enemigo, a quien hay que destruir, en adversario, a quien se combate reconociéndole legitimidad para existir. A eso lo llamó pluralismo agonista, y describe bastante bien lo que la palabra concordia nombraba en su origen.
El filósofo estadounidense John Rawls aportó otra pieza con su idea de consenso entrecruzado: en una sociedad con concepciones morales incompatibles, la estabilidad no viene de que todos compartan una doctrina, sino de que cada uno pueda apoyar las mismas reglas básicas desde razones distintas y hasta contradictorias. Y el politólogo neerlandés Arend Lijphart mostró, estudiando países profundamente divididos como Países Bajos, Bélgica o Suiza, que sociedades fracturadas pueden ser estables si las élites pactan reparto de poder y garantías a las minorías. Concordia consociativa, podríamos llamarla. Ninguno de los tres pide a nadie que cambie de opinión.
Tres preguntas para saber si lo que se llama concordia lo es
De todo lo anterior se deduce una prueba sencilla, aplicable a cualquier propuesta que lleve esa etiqueta, la firme quien la firme:
Primera: ¿se ha pactado con quien no piensa como yo, o entre los que ya pensábamos igual? Una concordia negociada solo con los propios es un acta de partido. El requisito mínimo del concepto es la presencia del otro en la mesa.
Segunda: ¿la propone el que va ganando? No es descalificador por sí mismo, pero obliga a mirar dos veces. La concordia que llega justo después de una victoria y con el contenido que le conviene al vencedor tiene un antecedente romano muy concreto.
Tercera: ¿exige renunciar a la verdad de lo ocurrido, o solo a usarla como arma? Lo segundo es concordia. Lo primero tiene otro nombre, y no es el de esta palabra.
Una nota sobre el presente
Nada de esto es inocente en España en 2026, y sería deshonesto fingir lo contrario. Concordia da hoy nombre a un tipo de norma autonómica aprobada en varias comunidades como alternativa a la legislación de memoria, y funciona además como bandera de una posición determinada en ese debate. No entro aquí en el fondo de esa discusión, que merece su propia pieza y otro tono.
Sí hago constar un dato que no favorece a nadie: ninguna de las normas de uno y otro signo aprobadas en los últimos veinte años ha contado con el voto del principal partido de la oposición, y varias han sido derogadas por el gobierno siguiente. Medido con la vara del concepto, eso describe una discordia administrada por mayorías alternas. Que cada lector reparta las responsabilidades como le parezca; la palabra, mientras tanto, se gasta.
Qué viene ahora
Los recursos cruzados ante el Tribunal Constitucional contra las derogaciones autonómicas siguen abiertos, y sus sentencias dirán quién puede legislar sobre esto, no quién tiene razón. La palabra, entretanto, seguirá en circulación. Mi propuesta es modesta: usarla en su sentido técnico o no usarla. Si concordia significa repartir competencias con quien no me gusta, para que la casa común siga en pie, es una idea magnífica y difícil. Si significa que el otro se calle, ya tenemos palabra para eso.
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Fuentes consultadas
- Ovidio y Plutarco, sobre el voto de Camilo en el 367 a. C.; reconstrucción del templo de la Concordia por el cónsul Lucio Opimio en el 121 a. C. tras la muerte de Cayo Graco.
- Philippe Akar, Concordia. Un idéal de la classe dirigeante romaine à la fin de la République (Publications de la Sorbonne, 2013).
- Concordia de Segovia, 15 de enero de 1475; original conservado en el Archivo General de Simancas. Ediciones y estudios del texto en la Universidad de Zaragoza y la Universidad Complutense de Madrid.
- Erasmo de Róterdam, De sarcienda Ecclesiae concordia (1533).
- Chantal Mouffe, sobre la distinción entre enemigo y adversario; John Rawls, consenso entrecruzado; Arend Lijphart, democracia consociativa.
- Fundación Princesa de Asturias: Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 1996, concedido a Adolfo Suárez.
- Para el apunte final: leyes autonómicas denominadas de concordia aprobadas desde 2023 y recursos de inconstitucionalidad pendientes de resolución.
