Albuquerque tomó Ormuz en 1515 con diplomacia y cañones. En 1622, Abbás I y la Compañía Inglesa acabaron con un siglo de dominio portugués.
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| Cinco siglos del estrecho de Ormuz, del reino mercader del siglo XI a la caída de 1622. | Infografía: La Crónica del Henares |
Alcalá de Henares, 20 de septiembre de 2026
Es una roca de sal y azufre sin una gota de agua dulce, sin árboles y sin tierra que cultivar, a diez kilómetros escasos de la costa. Durante trescientos años fue una de las ciudades más ricas del mundo. Todo lo que tenía era su posición: la puerta del golfo Pérsico.
Las claves
- Un peaje, no una colonia: Portugal no quiso tierra en Ormuz, quiso la aduana. Fue su segunda fuente de rentas en Asia después de Goa.
- Un siglo de equilibrio: funcionó mientras Lisboa mantuvo la superioridad naval y Persia estuvo ocupada en guerras continentales.
- Un socio nuevo: cuando el shah Abbás I buscó una flota, la encontró en la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Ormuz cayó en 1622.
Una roca que valía un imperio
El estrecho de Ormuz comunica el golfo Pérsico con el océano Índico y en su punto más angosto no llega a los 40 kilómetros. Por ese embudo pasaba, durante la Edad Media, buena parte del comercio entre la India, Persia, Arabia y el África oriental: caballos árabes rumbo a los ejércitos indios, especias de las Molucas, perlas del Golfo, sedas persas, porcelanas chinas, tejidos de Guyarat, incienso de Arabia. Quien controlara el paso, cobraba.
El reino de Ormuz nació en el siglo XI en tierra firme, cerca de la actual Minab, como dependencia del sultanato selyúcida de Kermán. Con el tiempo se hizo tributario de los salgúridas de Fars y del Ilkanato mongol, pero conservó lo esencial: la autonomía de sus mercaderes. No era un Estado territorial, sino una talasocracia, un poder que no vivía de la tierra sino de gravar lo que flotaba.
Hacia 1300, las incursiones desde el interior hicieron insostenible la ciudad de tierra firme. El gobernante Baha al-Din Ayaz —un antiguo esclavo que había llegado al poder en 1296— tomó una decisión que parecía suicida: compró la pequeña isla de Jarun y trasladó allí a toda la población. La isla no tenía agua potable ni madera ni cultivos; todo había que llevarlo desde el continente. A cambio, era inexpugnable por tierra y estaba justo en la boca del Golfo. El nuevo Ormuz se convirtió en el gran punto de trasbordo de la región.
Los viajeros que la vieron brillar
Marco Polo pasó por el viejo Ormuz dos veces, en 1272 y 1293, y anotó a la vez el esplendor de su comercio y lo insoportable de su clima. En el siglo XIV, el viajero tangerino Ibn Battuta la describió como una ciudad grande y hermosa, de bazares magníficos. Los cronistas de la flota imperial china de Zheng He, que la visitó en el siglo XV, dejaron escrito que allí no había familias pobres. Un proverbio persa resumía el consenso: el mundo es un anillo y Ormuz, su joya.
1507: seis naves comidas por la broma
Diez años después de que Vasco da Gama abriera la ruta marítima a la India en 1497, Portugal había decidido qué clase de imperio quería: no un territorio, sino una red de puntos de estrangulamiento. Tres nombres resumían el plan: Goa en la costa india, Malaca en el paso hacia el Extremo Oriente y Ormuz en la puerta del Golfo. Con esos tres candados, Lisboa podía desviar hacia el cabo de Buena Esperanza un comercio que durante siglos había alimentado a Alejandría, a los mamelucos, a los otomanos y, al final de la cadena, a Venecia.
En el otoño de 1507 llegaron a la isla seis barcos con el casco carcomido por la broma y unos quinientos hombres agotados. Los mandaba Afonso de Albuquerque, que entendió de inmediato el valor del sitio. Su problema era la aritmética: quinientos hombres frente a una ciudad que podía movilizar muchos miles. Recurrió entonces a una estratagema célebre: ordenó a sus soldados cambiar de armadura cada día, para que los observadores de la costa creyeran estar contando un contingente mucho mayor. Funcionó.
Cuando los enviados del shah de Persia se presentaron a reclamar el tributo que Ormuz venía pagando, Albuquerque respondió con un golpe de teatro que los cronistas portugueses repetirían durante siglos: les entregó balas de cañón y flechas y les dijo que esa era la moneda que acuñaba Portugal. La ocupación, sin embargo, fue efímera: sus propios capitanes se amotinaron y la plaza se perdió.
1515: la conquista se hace con diplomacia
Albuquerque volvió en 1515, y esta vez no hizo falta un asalto. El joven rey de Ormuz, Turan Shah, estaba amenazado por un visir usurpador y pidió ayuda al portugués. Albuquerque eliminó al rival, dejó al rey en el trono y convirtió el reino en protectorado. Para sellarlo levantó la fortaleza de Nuestra Señora de la Concepción, cuyas ruinas todavía asoman sobre el mar en el extremo norte de la isla. A quienes criticaron el espesor de sus muros les respondió con una frase que ha sobrevivido a la fortaleza: mientras los sostenga la justicia, son más que suficientes.
El diseño era deliberadamente barato. Ormuz no fue una colonia al uso: los reyes locales siguieron ocupando el trono, acuñando su nombre y administrando la ciudad, pero subordinados al capitán portugués. Una flota permanente patrullaba el estrecho y obligaba a los barcos a pasar por la aduana. El resultado fue que Ormuz se convirtió en la segunda fuente de rentas de la India portuguesa, solo por detrás de Goa, sin necesidad de conquistar un solo kilómetro de interior. Dominación indirecta, más económica que territorial, eficaz mientras Lisboa conservara la superioridad naval.
Cuatro días de fiesta a la semana
La Ormuz portuguesa fue una ciudad cosmopolita en la que convivían en los mismos bazares armenios, turcos, persas y guyaratíes. El jesuita Gaspar Barzeus, que vivió allí a mediados del siglo XVI, dejó una observación que lo resume todo: en Ormuz a Dios se le celebraba cuatro días por semana, el lunes por los hindúes, el viernes por los musulmanes, el sábado por los judíos y el domingo por los cristianos. Su compañero de orden Francisco Javier fue bastante menos amable: la llamó cuna de la más vil sensualidad.
La reacción persa: un siglo de paciencia
Que aquel arreglo durara cien años tuvo menos que ver con la fuerza portuguesa que con la agenda de los demás. La dinastía safaví, que gobernaba Persia desde comienzos del siglo XVI, pasó décadas ocupada en guerras continentales contra otomanos al oeste y uzbekos al este. No tenía marina. Y los otomanos, tras sus derrotas navales en el Golfo, perdieron interés por la zona. El equilibrio que Albuquerque había construido se sostenía sobre esa distracción ajena.
Todo cambió con la llegada al trono de Abbás I en 1587. El shah reorganizó el ejército, pacificó las fronteras y empezó a mirar al sur. Consideraba la presencia portuguesa en Ormuz una anomalía intolerable y no la atacó de frente: fue estrechando el cerco durante veinte años. Tomó Baréin en 1602, presionó sobre la isla de Qeshm y en 1614 arrebató a los portugueses la posición continental de Gombroon, que rebautizó con su propio nombre: Bandar Abbas, el puerto de Abbás. Ormuz quedaba rodeada.
El pacto que no llegó a tiempo. En 1615, Abbás I propuso a Felipe III —que desde la unión de coronas de 1580 reinaba también sobre el imperio portugués— un acuerdo de alcance global: el monopolio de la seda persa a cambio de que la Armada bloqueara el mar Rojo contra los otomanos. Para Lisboa, Ormuz era una prioridad vital; para la corte de Madrid, una pieza secundaria en un tablero mucho mayor. Las negociaciones se alargaron años entre la desconfianza y la dilación. Cuando Madrid aceptó, en 1619, el shah ya había agotado la paciencia y buscaba otro socio.
La Compañía: quien pone la flota, pone las condiciones
El socio apareció en Inglaterra. La Compañía Inglesa de las Indias Orientales, presente en el Golfo desde la década de 1610, veía en Persia una oportunidad difícil de repetir: acceder a la seda y entrar en mercados que la hegemonía ibérica mantenía cerrados. El encaje era casi perfecto. Abbás necesitaba una flota; la Compañía, privilegios comerciales. Los ingleses pondrían el poder naval y los persas, el ejército de tierra.
La chispa la encendió el propio bando portugués. Lisboa envió al Golfo a Rui Freire de Andrade con orden de expulsar a los ingleses y asegurar Ormuz. Entre diciembre de 1620 y enero de 1621 se enfrentó a la flota inglesa frente a Jask, y en mayo de 1621 desembarcó en Qeshm —la isla de la que Ormuz sacaba su agua— para levantar allí un fuerte, pese a la oposición del capitán de Ormuz y del gobernador de la India portuguesa, que temían la reacción persa. Tenían razón: Abbás lo interpretó como una agresión a su soberanía y cerró la alianza con los ingleses.
La ofensiva final se desencadenó en el invierno de 1622. Sitiado por tierra y por mar, Rui Freire capituló en Qeshm el 1 de febrero —en aquellas operaciones murió el navegante inglés William Baffin, el mismo que da nombre a la bahía ártica—. Pocos días después, la flota angloperse se plantó frente a Ormuz y desembarcó a varios miles de soldados persas bajo la protección de los cañones ingleses. La población entera se refugió dentro de la fortaleza y empezó a consumir unas reservas de agua y comida que no daban para tanta gente.
Tras unas diez semanas de asedio, la guarnición entregó la plaza. La operación puso a la vista todas las debilidades del imperio: barcos envejecidos, mandos divididos, financiación insuficiente y una administración corroída. Buena parte de las rentas que Ormuz recaudaba llevaba décadas evaporándose en los bolsillos de capitanes y funcionarios: el enclave seguía siendo valioso, pero quienes debían defenderlo pensaban más en enriquecerse que en sostenerlo. El veredicto del Consejo de Portugal fue brutal: Ormuz no se perdió por la fuerza del enemigo, sino por la confusión, la ignorancia y el miedo de quienes la tenían a su cargo.
Por qué unas fuentes dicen 22 de abril y otras 3 de mayo. Las crónicas inglesas fechan la rendición el 22 de abril de 1622 y las portuguesas y españolas, el 3 de mayo, con la entrega de llaves al día siguiente. No son dos hechos distintos: Inglaterra seguía usando el calendario juliano, que en el siglo XVII iba diez días por detrás del gregoriano adoptado en la Europa católica. Esa es la explicación más plausible de un desfase que sigue arrastrándose en manuales y enciclopedias.
Lo que vino después: la joya deja de brillar
Abbás no reconstruyó Ormuz: la vació. Trasladó el comercio a la costa, a Bandar Abbas, y pagó a sus aliados como se paga a un socio, no a un mercenario. La Compañía Inglesa quedó exenta de derechos y recibió la mitad de los ingresos aduaneros del nuevo puerto, a cambio de mantener dos barcos patrullando el Golfo. Durante siglo y medio, Bandar Abbas fue el centro de la actividad comercial inglesa, neerlandesa y francesa en la región.
En Londres el asunto tuvo una posdata poco edificante. Inglaterra y Portugal no estaban en guerra, y la Compañía había asaltado la plaza de un país con el que no había hostilidades abiertas. El duque de Buckingham, como lord almirante, amenazó con pleitear por el botín y retiró la demanda al cobrar 10.000 libras. El rey Jacobo I, que también protestó, recibió una cantidad idéntica. La primera gran operación militar de la Compañía en Asia se saldó, de paso, con una lección sobre cómo se compraba el silencio de la corona.
Portugal no se rindió del todo. Rui Freire escapó de sus captores, siguió hostigando el Golfo desde Mascate y en febrero de 1625 participó en la mayor batalla naval librada en esas aguas, frente a Ormuz, contra una escuadra angloneerlandesa. La guerra con los safavíes se apagó hacia 1630 sin recuperar la isla. Mascate resistiría como base portuguesa hasta 1650. Ormuz, en cambio, se apagó en pocos años: sin el poder que la había convertido en la llave de Asia, aquel peñasco sin agua volvió a ser lo que siempre había sido por sí mismo, que era casi nada.
Por qué esta historia sigue importando
La lección de 1622 no es que un imperio cayera, sino cómo cayó. Ormuz se perdió por corrupción administrativa, por una cadena de mando dividida entre Lisboa, Goa y Madrid, y por una negociación diplomática que llegó cuatro años tarde. El adversario no fue simplemente un Estado: fue una compañía comercial con flota propia capaz de actuar como potencia militar, un modelo que dominaría Asia durante los dos siglos siguientes.
Y el escenario no ha cambiado de sitio. El mismo embudo de menos de 40 kilómetros por el que Albuquerque hizo pasar la aduana de su rey sigue siendo hoy uno de los puntos de paso marítimos más vigilados del planeta. Los barcos y las banderas son otros; la geografía, exactamente la misma.
Para saber más
Roger Crowley, El mar sin fin. Portugal y la forja del primer imperio global, Ático de los Libros, Barcelona, 2018. La narración más accesible en castellano sobre Albuquerque y la construcción del Estado da Índia.
Michael Axworthy, Irán: una historia desde Zoroastro hasta hoy, Turner, Madrid, 2010. Para situar a los safavíes y a Abbás I en la historia larga de Persia.
Sanjay Subrahmanyam, The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700: A Political and Economic History, Wiley-Blackwell, 2.ª ed., 2012. El análisis de referencia sobre la economía política del imperio portugués en Asia.
Willem Floor, The Persian Gulf: A Political and Economic History of Five Port Cities, 1500-1730, Mage Publishers, Washington, 2006. Ormuz y Bandar Abbas vistas desde la documentación persa y neerlandesa.
Dejanirah Couto y Rui Manuel Loureiro (eds.), Revisiting Hormuz: Portuguese Interactions in the Persian Gulf Region in the Early Modern Period, Harrassowitz, Wiesbaden, 2008. Volumen colectivo especializado, el más completo sobre la isla.
Niels Steensgaard, The Asian Trade Revolution of the Seventeenth Century: The East India Companies and the Decline of the Caravan Trade, University of Chicago Press, 1974. El clásico sobre por qué las compañías desplazaron a los imperios ibéricos.
Rudi Matthee, The Politics of Trade in Safavid Iran: Silk for Silver, 1600-1730, Cambridge University Press, 1999. La seda persa, el motivo económico que está detrás de toda la operación de 1622.
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Fuentes consultadas
Vladimir López Alcañiz, «Ormuz, la batalla por el estrecho en el siglo XVII», Historia National Geographic, reportaje del que proceden las citas de Albuquerque, del jesuita Gaspar Barzeus y del Consejo de Portugal, así como el detalle del pacto fallido de 1615.
Encyclopaedia Iranica, entradas «Hormuz ii. Islamic Period» y «Bandar-e ʿAbbās i. The City», para el origen del reino, el traslado a Jarun en tiempos de Baha al-Din Ayaz y las condiciones del acuerdo aduanero con la Compañía Inglesa.
Entradas enciclopédicas y monografías sobre la guerra luso-safaví de 1621-1630, la batalla de Jask, la caída de Qeshm y la toma de Ormuz, para la cronología militar, los efectivos y los mandos de ambos bandos.
Lawrence G. Potter (ed.), The Persian Gulf in History, y los trabajos de Willem Floor y Niels Steensgaard citados en el bloque bibliográfico, para el funcionamiento del sistema aduanero y el desplazamiento del comercio a Bandar Abbas.
Sobre la fecha de la capitulación se han contrastado las versiones inglesa (22 de abril) y luso-española (3 y 4 de mayo); la diferencia de diez días corresponde al desfase entre el calendario juliano y el gregoriano en 1622. No hemos localizado ninguna fuente que documente dos rendiciones distintas.



