historia, kurdos, kurdistán, geopolítica
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| Uno de los grupos de personas apátridas más grandes del mundo, que residen principalmente en las regiones montañosas de Irán, Irak, Siria y Turquía. |
Hasta 30 millones de kurdos, en su mayoría musulmanes sunitas, no tienen un país o patria oficial.
Tras el colapso del Imperio Otomano hace casi un siglo, los kurdos se dispersaron principalmente en cuatro naciones (Turquía, Irak, Siria e Irán). Han buscado la autonomía o la independencia.
El pueblo kurdo:
nación sin frontera
Cuarenta millones de personas, cuatro países, un mismo nombre. La historia de cómo el mayor pueblo sin Estado del mundo sobrevivió a imperios, traiciones diplomáticas y guerras químicas sin dejar de existir.
Si trazáramos en el mapa un territorio tan grande como España y Portugal juntos, habitado por un pueblo con su propio idioma, su propia cultura y miles de años de historia, esperaríamos encontrar ahí un Estado. Pero el Kurdistán no existe en ningún atlas oficial. Sus gentes están repartidas entre cuatro países que, en distinto grado, han negado o reprimido su existencia. Son los kurdos: el pueblo sin Estado propio más numeroso del planeta.
Raíces en la bruma: el origen de un pueblo montañés
El origen del pueblo kurdo es uno de esos debates académicos que nunca acaba de cerrarse. La mayoría de los historiadores y lingüistas coinciden en que los kurdos pertenecen a la rama iraní del amplio grupo de pueblos indoeuropeos, ya que su idioma forma parte de la familia indoirania. Sus antepasados ya habitaban las regiones montañosas entre el actual Irán y la cabecera del Éufrates en tiempos prehistóricos.
Los kurdos son un pueblo de origen indoeuropeo que se asentaron en el sur de Anatolia en torno al siglo X a. C. Se considera que sus orígenes se remontan a los medos, quienes se enfrentaron primero a los asirios y luego a los aqueménidas, que los derrotaron en el año 550 a. C. El Imperio medo, que duró 128 años, fue conquistado por Ciro el Grande, fundador del Imperio aqueménida. Una teoría alternativa los vincula con los carducos, un pueblo mencionado por el historiador griego Jenofonte en su obra «Anábasis, la Expedición de los Diez Mil» (siglo IV a. C.), que vivían en las montañas al sur del lago Van y ofrecieron feroz resistencia al paso del ejército griego.
Lo que sí está fuera de toda duda es su relación profunda con la montaña. El Kurdistán se extiende por las alturas de los montes Tauro y el Zagros, un territorio accidentado que durante siglos funcionó como un escudo natural. Este sistema montañoso los mantuvo al margen de las distintas transformaciones que tuvieron lugar en lo que ahora llamamos Oriente Próximo. Pese al florecimiento de las culturas mesopotámicas y el dominio que ejercieron pueblos como los griegos, los romanos, los cristianos y los musulmanes, durante siglos conservaron su identidad y sus valores en aquel territorio.
«A ningún Estado-nación del mundo parece conmoverle la situación de extraños en su tierra del pueblo kurdo. A ningún país parece importarle que casi 40 millones de personas mendiguen su identidad.»
— «Kurdistán. Crónicas insurgentes», 2014Bajo el Islam y los imperios: siglos de autonomía relativa
Durante la Edad Media, el pueblo kurdo tuvo una relativa libertad bajo el dominio islámico. Sin embargo, con el auge del Imperio otomano, el país fue fragmentado entre dos Estados: el otomano y el persa. Esta división, que anticiparía las tragedias del siglo XX, no fue sin embargo total: en la parte otomana, los feudos kurdos mantuvieron una amplia autonomía hasta el siglo XIX. Los señores feudales kurdos —los beys y aghas— gozaban de un poder considerable en sus territorios de montaña, demasiado difíciles de controlar desde Estambul o Teherán.
Fue la modernización del Estado otomano en el siglo XIX la que rompió ese equilibrio tácito. La centralización administrativa que emprendió el Imperio amenazó las prerrogativas de los jefes kurdos, y la respuesta no tardó en llegar. La injerencia otomana en los feudos kurdos provocó fuertes tensiones con las autoridades, que desembocaron en diversas rebeliones de carácter independentista entre 1806 y 1880.
Es también en este período cuando emerge el concepto moderno de identidad kurda, alimentado por una tradición literaria y poética que viene del siglo XV. Pero la formación de los Estados-nación europeos y su exportación al Medio Oriente cogería al pueblo kurdo sin organización política propia. La formación de los estados-nación del siglo XIX los pilló por sorpresa, lo cual impidió que desarrollaran el proyecto de un Estado propio como sí lo hicieron, por ejemplo, los judíos con la creación de Israel.
La gran traición: Sèvres, Lausana y la fractura definitiva
La Primera Guerra Mundial alteró el mapa de Oriente Medio de forma irreversible. El Imperio otomano, aliado de las Potencias Centrales, se derrumbó en 1918, y las potencias vencedoras comenzaron a repartirse sus despojos. Para los kurdos, que mayoritariamente habían luchado junto a los aliados, aquel momento parecía la oportunidad histórica que llevaban siglos esperando.
Tras la Primera Guerra Mundial, en la que apoyaron a los aliados contra el Imperio otomano, los kurdos lograron por medio del Tratado de Sèvres el reconocimiento de la independencia de su país. Sin embargo, este acuerdo internacional nunca se ratificó y fue sustituido por el Tratado de Lausana. El artículo 62 del Tratado de Sèvres definía las fronteras de un futuro Kurdistán autónomo, aunque los críticos señalaron que el territorio concebido habría sido amputado de sus zonas más fértiles y productivas.
Lo que siguió fue una de las traiciones diplomáticas más notorias del siglo XX. El ascenso de Mustafá Kemal Atatürk y la nueva república turca negoció con las potencias una revisión completa del tratado. El Tratado de Lausana, firmado el 24 de julio de 1923, reconoció al Estado turco y dividió el territorio de los kurdos. Los artículos que definían las minorías protegidas se referían exclusivamente a «minorías no musulmanas», es decir, armenios y griegos. Los kurdos, como musulmanes suníes, quedaron fuera de toda protección internacional.
Hitos de un siglo de insurgencia y represión
Tratado de Sèvres reconoce en papel el derecho a un Kurdistán autónomo. Nunca entra en vigor.
Tratado de Lausana reparte el territorio kurdo entre Turquía, Siria, Irak e Irán. Comienza el siglo de la diáspora forzada.
Se proclama la efímera República Kurda de Mahābād en Irán, con respaldo soviético. Dura menos de un año antes de ser aplastada.
Abdullah Öcalan funda el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) con ideología marxista-leninista y objetivo de independencia.
El PKK inicia su insurgencia armada contra el Estado turco. Se abre un conflicto de cuatro décadas con más de 40.000 muertos.
Durante la Operación Anfal, el Ejército iraquí utiliza armas químicas contra civiles kurdos. Se cree que murieron unos 100.000 kurdos y más de 4.000 aldeas fueron destruidas.
Öcalan es capturado en Nairobi y encarcelado en la isla de İmralı. Desde prisión, evoluciona hacia el «confederalismo democrático».
La invasión de Irak permite a los kurdos iraquíes consolidar la Región Autónoma del Kurdistán con capital en Erbil.
La guerra civil siria permite a los kurdos establecer Rojava en el norte de Siria. Las YPG/YPJ se convierten en el principal aliado de EE.UU. contra el Estado Islámico.
El 27 de febrero de 2025, Öcalan emite un «Llamamiento por la paz y la sociedad democrática» instando al PKK a deponer las armas y disolverse. El PKK acata la orden el 1 de marzo.
El 4 de mayo de 2025, el PKK anuncia el fin de su lucha armada contra el Estado turco, poniendo punto final a una de las insurgencias más prolongadas del siglo XX y XXI.
Un pueblo repartido: la geografía humana del Kurdistán
Hoy, entre 35 y 45 millones de kurdos viven dispersos principalmente en cuatro países, en ninguno de los cuales son mayoría, pero en todos representan una minoría lo suficientemente grande como para ser políticamente determinante. Representan alrededor del 10% de la población siria, el 19% de la turca, aproximadamente el 20% de la iraquí y son una de las mayores minorías étnicas de Irán.
| País | Población kurda aprox. | % del país | Situación política |
|---|---|---|---|
| Turquía | 15–20 millones | ~19% | Minoría sin reconocimiento oficial. Conflicto PKK resuelto en 2025. |
| Irán | 7–8 millones | ~17% | Provincia de Kurdistán. Represión de activistas. Sin autonomía. |
| Irak | 5–6 millones | ~20% | Región Autónoma del Kurdistán (Erbil). Mayor grado de autogobierno. |
| Siria | 2–3 millones | ~10% | Rojava / AANES en negociación con nuevo gobierno sirio (2025–2026). |
| Diáspora europea | ~2 millones | — | Principalmente en Alemania. Importante activismo político y cultural. |
El Kurdistán iraquí: el experimento más exitoso
De las cuatro porciones del Kurdistán histórico, la iraquí es la que más se acerca a un Estado propio. Tras la Guerra del Golfo de 1991 y, decisivamente, tras la invasión de Irak de 2003, los kurdos iraquíes consolidaron una Región Autónoma con sus propias instituciones, ejército (los peshmerga), parlamento y hasta aeropuertos internacionales. Erbil, su capital, es hoy una ciudad moderna con una economía relativamente próspera basada en el petróleo. El camino hasta aquí estuvo pavimentado de sangre: la Operación Anfal de 1988, en la que Sadam Husein empleó gas mostaza y agentes nerviosos contra poblaciones civiles kurdas, mató a más de cien mil personas en lo que la ONU ha calificado de genocidio.
Rojava: la utopía del confederalismo democrático
En el caos de la guerra civil siria, los kurdos de Siria tomaron el control de amplias zonas del noreste del país y construyeron un experimento político sin precedentes: Rojava, la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria. Inspirado en las teorías del anarquismo municipalista del estadounidense Murray Bookchin —adaptadas por el propio Öcalan desde su celda—, el sistema prometía un modelo de autogobierno descentralizado, ecológico y feminista, con cuotas obligatorias de mujeres en todos los cargos.
La experiencia del Rojava demostró los límites del experimento kurdo frente a las dinámicas de poder regional: Turquía bombardeó varias de sus posiciones, Estados Unidos los usó contra el ISIS y luego los abandonó, y el régimen de Bashar al-Ásad nunca toleró su autonomía. Con la caída de Al-Assad en diciembre de 2024 y la llegada al poder del nuevo gobierno sirio de Ahmed al-Sharaa, el futuro de Rojava entró en su fase más incierta: en marzo de 2025, las Fuerzas Democráticas Sirias firmaron un acuerdo con el presidente sirio en un marco para la integración de todas las instituciones civiles y militares kurdas en el nuevo Estado. Si ese acuerdo cristalizará es, a fecha de hoy, una pregunta sin respuesta.
«En Oriente Medio, la diplomacia siempre se hace con la guerra. Esto es el resultado de ello.»
— Comandante de las Fuerzas Democráticas Sirias, citada por Ekín Iza (2026)La Babel kurda: lengua, dialectos y alfabetos
Si hay algo que ilustra a la perfección la complejidad del mundo kurdo es su situación lingüística. El kurdo no es un idioma único: es una familia de lenguas que abarca varios dialectos mutuamente inteligibles en mayor o menor grado. El kurmanji es el grupo dialectal más numeroso y se calcula que lo hablan entre 15 y 20 millones de kurdos en Turquía, Siria, el norte de Irak y el noroeste de Irán. El sorani tendría entre 6 y 7 millones de hablantes distribuidos en gran parte del Kurdistán iraquí y la provincia iraní del Kurdistán.
La diferencia entre estos dos grandes dialectos es considerable. Desde un punto de vista lingüístico o gramatical, el kurmanji y el sorani difieren tanto entre sí como el inglés y el alemán. El sorani, por ejemplo, no tiene género ni mayúsculas, mientras que el kurmanji tiene ambos. Un kurdo de Diyarbakir y uno de Sulaymaniyah pueden entenderse en términos básicos, pero la comunicación fluida requiere esfuerzo de ambas partes.
La dimensión política de la lengua es inseparable de su dimensión cultural. La represión de la cultura kurda en Turquía fue especialmente dura en los años setenta y ochenta. Se prohibió oficialmente el idioma kurdo. En las escuelas solo se podía impartir clases en turco. Ni los periódicos ni la televisión permitían que se usara la lengua kurda. Los padres no podían poner a sus hijos nombres kurdos. Las canciones y los libros en kurdo fueron prohibidos.
El kurdo se escribe hoy con tres sistemas distintos según la geografía. El dialecto sorani utiliza un alfabeto árabe modificado mientras que el kurmanji emplea el alfabeto latino. Los kurdos de la antigua Unión Soviética usaron el cirílico. Esta fragmentación gráfica, producto directo de la dispersión política, dificulta la construcción de una cultura escrita compartida y levanta una barrera invisible entre comunidades que comparten la misma raíz histórica.
Fe diversa: del Islam suní al yazidismo ancestral
La imagen del kurdo como musulmán sunita es la más frecuente en los medios, y estadísticamente la más correcta: la mayoría de los kurdos profesa el islam suní. Pero esa imagen es radicalmente incompleta. El universo religioso kurdo es extraordinariamente rico y heterogéneo, un reflejo de los miles de años de capas culturales acumuladas en las montañas del Zagros y el Tauro.
La religión más singular del mundo kurdo es sin duda el yazidismo. El yazidismo es una antiquísima religión minoritaria que es una mezcla sincrética de las creencias zoroastrianas, judías, maniqueas, nestorianas e islámicas. Los yazidíes creen en un Dios creador que encomendó el gobierno del mundo a siete ángeles, el más importante de los cuales es Melek Taus, el «Ángel Pavo Real». Esta figura ha sido malinterpretada por extraños —incluyendo al Estado Islámico, que consideró a los yazidíes adoradores del diablo y llevó a cabo un genocidio contra ellos en 2014 en el Sinjar iraquí— cuando en realidad representa la gracia redimida y el libre albedrío.
«Los yazidíes no adoran al diablo. Creen que el ángel caído se redimió, y que ese camino de redención es posible para cualquier ser. Es una teología de la segunda oportunidad.»
— Investigadores del Instituto Kurdo de ParísJunto a los yazidíes, existen comunidades de kurdos alevis —que practican una forma heterodoxa del islam con elementos chamánicos—, kurdos cristianos (principalmente católicos y nestorianos) y también comunidades sufíes. Esta pluralidad religiosa ha sido históricamente tanto una fuente de riqueza cultural como una línea de fractura interna que los Estados vecinos han sabido explotar.
El pueblo tapón: geopolítica del Kurdistán en el siglo XXI
Entender la situación geopolítica del pueblo kurdo requiere aceptar una paradoja incómoda: son simultáneamente indispensables y prescindibles para las potencias que los rodean. Indispensables como aliados tácticos; prescindibles como pueblo con derechos propios.
La expresión «pueblo tapón» describe con precisión la función que los estados vecinos asignan a los kurdos: son el elemento que impide que la inestabilidad se derrame de un país a otro, que las fronteras se muevan, que los equilibrios se rompan. El petróleo fue la causa para que países como el Reino Unido y Francia no abandonaran la región y tampoco cumplieran con su palabra. Hoy el gas, el petróleo y las rutas de tránsito siguen determinando la agenda.
Turquía: entre la represión y la negociación
Para Turquía, la cuestión kurda ha sido durante un siglo la principal amenaza a su proyecto de nación homogénea. La historia del conflicto turco-kurdo ha resultado en casi cuarenta mil muertos. Desde la fundación del PKK en 1978 bajo el liderazgo de Abdullah Öcalan, la organización pasó de buscar un Estado kurdo independiente a proponer, a partir de 2005, mayor autonomía cultural y política dentro de Turquía.
El giro histórico llegó en 2025. El 27 de febrero de 2025, Öcalan, que cumple cadena perpetua desde hace 26 años en la isla presidio de İmralı en el mar de Mármara, emitió un «Llamamiento por la paz y la sociedad democrática» en el que daba instrucciones tácitas a su organización para deponer las armas y disolverse. El anuncio representa un punto de inflexión silencioso: el fin del último gran movimiento insurgente activo en Europa y Medio Oriente. Pero las incógnitas persisten: ¿ofrecerá Ankara concesiones democráticas reales a los kurdos, o simplemente habrá logrado desarmar a un adversario sin comprometerse a nada?
Irán: tolerancia cultural, represión política
En Irán, los kurdos representan alrededor del 17% de la población y habitan la provincia de Kurdistán, en el noroeste del país. La República Islámica ejerce una represión sistemática contra el activismo político kurdo, al tiempo que tolera cierta expresión cultural. Los grupos armados kurdos iraníes —como el PJAK, vinculado al PKK— operan desde las montañas fronterizas con Irak, y Teherán ha respondido históricamente con operaciones militares dentro del territorio iraquí.
Irak: el Kurdistán más próspero
El Kurdistán iraquí es el caso de mayor autogobierno. La Región Autónoma tiene fronteras reconocidas por la Constitución iraquí de 2005, y sus instituciones —con los clanes rivales de los Barzani y los Talabani como actores dominantes— funcionan con relativa independencia de Bagdad. Los kurdos consiguieron crear una entidad cuasi independiente en el norte de Irak tras la Guerra del Golfo de 1990-1991 y la invasión estadounidense de 2003. Erbil atrae inversión extranjera y se ha convertido en una suerte de Hong Kong kurdo, aunque la tensión con Bagdad por los ingresos petroleros y la ciudad de Kirkuk sigue sin resolverse.
Siria: la utopía incompleta
El capítulo sirio es el más vertiginoso. El colapso de Rojava no fue producto de una gran batalla, sino de una implosión interna: las tribus árabes que formaban la columna vertebral de las Fuerzas Democráticas Sirias desertaron en masa cuando el nuevo gobierno de Damasco les ofreció algo que los kurdos nunca pudieron: el retorno al seno del Estado sirio. Washington abandonó a sus aliados de una década. La experiencia de Rojava deja una enseñanza amarga sobre la fragilidad de los proyectos políticos que dependen de una potencia exterior sin compromisos legales vinculantes.
«El pueblo kurdo ha servido a los intereses de las potencias bajo la promesa de un reconocimiento internacional, un Estado, un territorio y libertad. No obstante, las aspiraciones kurdas no parecen tener resultados certeros mediante la diplomacia o cooperación por el pasado constante de conflictos y promesas incumplidas.»
— CEMERI, Centro de Estudios de Relaciones Internacionales, 2022La encrucijada de 2025–2026: ¿un nuevo capítulo?
El horizonte kurdo en 2026 es el más complejo y, al mismo tiempo, el más esperanzador en décadas. La disolución del PKK elimina el principal argumento que Turquía usaba para negar cualquier concesión política a los kurdos dentro de sus fronteras. Sin la lucha armada como recurso, la legitimación a través de la política, la cultura y la diáspora internacional se vuelven clave.
En la recomposición en curso en Medio Oriente, el Kurdistán vuelve a ser una cuestión estructurante. Tras el llamamiento a la disolución del PKK, entre la ambición neootomana de Erdogan en Turquía y el nacionalismo islámico en Siria, las autonomías kurdas entran en una lucha con parámetros desconocidos. Israel, que históricamente ha mantenido relaciones discretas con los kurdos de Irak como contrapeso a sus vecinos árabes, observa atentamente. Europa, con su gran diáspora kurda, también tiene mucho que decir.
Lo que nadie puede discutir es que el pueblo kurdo ha demostrado una resiliencia excepcional. Sobrevivió a la caída de los medos, a los asirios, a los griegos de Alejandro Magno, a los árabes, a los mongoles, a los otomanos, a Sadam Husein y al Estado Islámico. Ha resistido prohibiciones de su lengua, quema de aldeas, ataques con armas químicas y décadas de asimilación forzada. El pueblo kurdo, cuya identidad ha resistido a pesar de la fragmentación territorial, deberá ahora apostar a nuevas estrategias políticas y culturales.
Cuarenta millones de personas siguen esperando que el mundo les reconozca lo que llevan milenios siendo: un pueblo con nombre propio.
