MUNDO ANIMAL. La migración de las mariposas monarca: una misión continental

La migración de las mariposas monarca: una misión continental

 

Las mariposas monarca de El Rosario pueden ser bastante activas cuando aprieta el calor del día. Para saciar su sed, cientos de ellas se arremolinan en el suelo cerca de un pequeño arroyo, donde obtienen líquido y minerales de la tierra húmeda, una conducta conocida como puddling. Foto: Jaime Rojo

20 enero 2024.- Las mariposas monarca norteamericanas se enfrentan a un futuro tan negro que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha clasificado a las dos poblaciones como vulnerables. Sobre la mesa está su inclusión en la lista de especies protegidas por la ley estadounidense de Especies en Peligro de Extinción. Los testigos del declive de las poblaciones confían en que este nuevo estatus se traduzca en un plan de acción internacional a largo plazo.  Desde 2014, año en que se propuso por primera vez la protección de esta mariposa al amparo de la legislación estadounidense, la especie no ha dejado de sumar apoyos en las agencias gubernamentales y entre la comunidad científica. El nivel de compromiso federal se ha disparado y ha atraído a nuestros círculos un gran número de mentes privilegiadas.

Aunque la monarca no es la mariposa más grande ni la más vistosa de América del Norte, ningún otro insecto –y muy pocas especies en general–  cautivan tanto. Sus viajes conectan a la gente a despecho de generaciones, fronteras nacionales e incluso, hay quien dice, la barrera entre la vida y la muerte. Algunos mexicanos que celebran el Día de los Muertos ven almas en vuelo en las monarcas en migración. En los días posteriores al 11 de septiembre de 2001, el personal de emergencias de Lower Manhattan reconocía en las monarcas que sobrevolaban la Zona Cero un símbolo de supervivencia y renacimiento. En el imaginario colectivo norteamericano se ha convertido en el insecto que no conoce fronteras, que logra lo imposible.

La oruga de la mariposa monarca se alimenta exclusivamente de algodoncillo. A medida que madura, consume hasta 200 veces su peso corporal de esta planta venenosa. Esta toxicidad se mantiene en las mariposas adultas y es su principal defensa contra los depredadores. Foto: Jaime Rojo

Aunque hay mariposas monarca en todo el mundo –en América del Sur, el Caribe, Australia, Europa y otros lugares–, las de América del Norte se distinguen por el excepcional alcance de sus migraciones estacionales. Cada otoño, las monarcas del norte de Estados Unidos y la zona meridional de Canadá vuelan hacia el sur para salvar el primer tramo de una ruta de 5.000 kilómetros que únicamente conocen las generaciones anteriores. Las supervivientes se congregan en el centro de México, donde invernan en los mismos bosques de oyameles –un tipo de abeto nativo de la zona– que el año anterior cobijaron a sus abuelas y bisabuelas.

Pese a décadas de estudio, esta ultramaratón anual –y la migración más corta que la población occidental completa a lo largo de la costa del Pacífico– solo se comprende parcialmente y resulta cada vez más peligrosa. Debido al cambio climático y a la pérdida de hábitat, las mariposas monarca de una y otra ruta migratoria se resienten de unas condiciones meteorológicas extremas y acusan la falta de fuentes de néctar. A ello se suma la escasez crítica de algodoncillo –las plantas donde desovan las monarcas reproductoras y que luego alimentan a sus orugas–, con la consiguiente merma de las poblaciones.

Mucho antes de que hubiese constancia científica de los kilómetros que recorren las mariposas monarca norteamericanas, la gente ya celebraba sus apariciones periódicas. El poeta y novelista mexicano Homero Aridjis, en cuyas memorias relata su infancia en el estado de Michoacán, en el centro de México, durante las décadas de 1940 y 1950, escribe que el viento de otoño «traía ríos de mariposas» y que él y sus amigos subían hasta un prado de montaña cercano para verlas posarse en los abetos, cautivados por el espectáculo. 

En un estudio publicado en 2009, la bióloga Christine Merlin y sus colaboradores descubrieron que esta especie utiliza los relojes circadianos de sus antenas para corregir sus lecturas de la brújula solar en función de la rotación diaria del planeta. Aunque este sofisticado sistema permite a las monarcas mantener el rumbo, no explica del todo por qué son capaces de establecerse en las mismas zonas de invernada año tras año. Una hembra de mariposa monarca equipada con un radiotransmisor de rastreo busca néctar en los alrededores de Ames, Iowa. Foto: Jaime Rojo

En los años cincuenta el zoólogo canadiense Fred Urquhart y su esposa, Norah, fundaron la Asociación pro Migración de los Insectos, dando inicio a una larga tradición de participación ciudadana en la investigación sobre las mariposas monarca. En las décadas siguientes, la asociación reclutó a unos 3.000 voluntarios para que capturasen ejemplares y marcasen cada uno con una etiqueta diminuta que rezaba: «Enviar a la Universidad de Zoología de Toronto, Canadá». A partir de aquellos datos los Urquhart conjeturaron que las monarcas invernaban en México, pero no sabían el lugar exacto. En 1973, cuando publicaron un anuncio en un periódico de Ciudad de México pidiendo voluntarios, recibieron la respuesta de un expatriado estadounidense llamado Kenneth Brugger. Su esposa, Cathy, hoy Catalina Aguado Trail, había prestado gran atención a las monarcas y otros lepidópteros desde su infancia en Michoacán.

Una pareja de mariposas monarca encuentra una vara de oro sobre la que aparearse en una franja de pradera anexa a un campo de soja de una explotación de Iowa. Las franjas financiadas por el Gobierno federal pueden bordear los campos o formar bandas en medio de los cultivos. Foto: Jaime Rojo

El Fondo Mariposa Monarca, administrado por el Estado mexicano y apoyado por grupos conservacionistas internacionales, comenzó a cursar pagos a los residentes titulares de derechos dentro de las lindes de la reserva, compensando en parte la pérdida de ingresos por la venta de madera y el éxito de los programas de protección. Casi al mismo tiempo se fundó la organización Alternare, que trabaja con las comunidades cercanas a la reserva en proyectos que van desde la horticultura hasta la conservación del agua.

Gracias a estas y otras iniciativas, la tala en la reserva empezó a disminuir, y a principios de la década de 2010 la pérdida anual de bosque había pasado de cientos de hectáreas a menos de 10, un éxito de conservación. Desde 2019 la pérdida forestal ha vuelto a aumentar, esta vez debido a plagas de escarabajos xilófagos provocadas por la sequía y a las talas legales para controlarlas. Parte del problema, dice Isabel Ramírez, geógrafa de la Universidad Nacional Autónoma de México, es que las políticas estatales de gestión forestal no se han adaptado a la realidad de un clima cambiante.


Si hay un lugar donde impresiona la magnitud del desafío que implica recuperar el hábitat de estas mariposas es el estado de Iowa. Su fértil suelo produce más de 50 millones de toneladas de maíz al año, casi todas destinadas a la alimentación del ganado o a la producción de etanol, y la Iowa rural es una sucesión infinita de campos de maíz y soja. En 1996, cuando Monsanto empezó a introducir cultivos modificados genéticamente resistentes al glifosato, principio activo del Roundup, las granjas de todo el Medio Oeste empezaron a utilizar este herbicida para mantener a raya las malas hierbas, y en el proceso aniquilaron el algodoncillo y otras plantas autóctonas benignas.

Hoy las plantas autóctonas hallan refugio en los terrenos del Centro de Praderas de Hierbas Altas de la Universidad del Norte de Iowa, cuyo personal cuida de pulcras hileras de algodoncillo, tradescantia y otras especies. Las semillas de las que brotan se recogen en los menguantes restos de pradera autóctona del estado, varios de los cuales resisten en los cementerios decimonónicos que figuraban en la breve lista de espacios vedados a los arados de los colonos. Todos los años se suministran semillas comerciales, algunas producidas a partir de este stock genéticamente diverso, a los departamentos de carreteras de los condados del estado, que las siembran en los arcenes de la red viaria de Iowa.

El programa, lanzado hace más de 30 años para llevar a cabo una gestión sostenible de la vegetación de las márgenes viarias, se ha convertido en una de las iniciativas de restauración del hábitat más exhaustivas del estado. Los responsables de las infraestructuras viarias de Iowa calculan que en torno a una cuarta parte de los arcenes del estado están sembrados de gramíneas y flores silvestres autóctonas, una vegetación que suele cobijar a mariposas monarca y otros insectos. A lo largo y ancho de la Iowa rural, los encargados de las márgenes viarias hacen las veces de embajadores que conciencian a la población sobre el valor de las praderas autóctonas, explicando que lo que podría parecer una zona de maleza que pide siega es en realidad un eco de las praderas del pasado que apenas exige mantenimiento y ofrece a cambio una enorme riqueza ecológica.


Cada primavera, la generación de mariposas monarca que invernan en México lleva a cabo una última hazaña espectacular: volar miles de kilómetros hacia el norte para desovar.  Cuando terminan de poner sus huevos –varios cientos en total, por norma general depositados uno por uno sobre el envés de las hojas de algodoncillo– estará al final de su vida. Su progenie y la de sus descendientes completará el viaje al norte y llegará hasta el sur de Canadá.

En Estados Unidos, donde los céspedes y otros paisajismos residenciales cubren 56 millones de hectáreas, decenas de miles de ciudadanos están convirtiendo los jardines de sus casas en hábitats para la mariposa monarca y otras especies. Para unirse al movimiento, basta con satisfacer las dos necesidades básicas de estas mariposas: un lugar donde criar y alimento para su larga migración otoñal.

Fuente: National Geographic

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