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El Teatro de la Zarzuela reúne dos obras maestras de la lírica española bajo la dirección de Francisco López. 'Goyescas' y 'El retablo de Maese Pedro' se entrelazan en un programa doble que explora la identidad cultural y la tragedia del artista, disponible hasta el 1 de febrero.
Hay noches en las que el teatro no solo representa historias, sino que invoca el espíritu de una época. Bajo el título La edad de plata, el Teatro de la Zarzuela presenta un programa doble de inmensa carga simbólica y musical: Goyescas de Enrique Granados y El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla. Dirigido escénicamente por Francisco López y con la batuta de Álvaro Albiach al frente de la ORCAM, este montaje —que se podrá disfrutar hasta el 1 de febrero— no se limita a yuxtaponer dos partituras, sino que teje un hilo conductor sobre la fragilidad del arte y la herencia cultural española.
Goyescas: La pasión pictórica hecha música
La velada abre con Goyescas, una "ópera en un acto" que es, ante todo, un monumento al casticismo idealizado de Goya visto a través del prisma romántico de Granados. Francisco López acierta al subrayar la atmósfera opresiva y pasional de ese Madrid goyesco, donde el amor y la muerte danzan un vals fatal.
Musicalmente, la pieza es un desafío de colores orquestales. La dirección de Albiach resalta la exuberancia de la partitura, especialmente en el célebre Intermezzo, ejecutado con una delicadeza que arrancó los primeros "bravos" de la noche. En el apartado vocal, el papel de Rosario (interpretado en alternancia por Raquel Lojendio y Mónica Conesa) exige un lirismo depurado; el momento cumbre, La maja y el ruiseñor, se erige como el corazón emocional de la primera parte, transmitiendo una melancolía que presagia el trágico final del propio Granados. Los personajes masculinos, Fernando y Paquiro, completan este cuadro de celos y honor con una solvencia que sostiene la tensión dramática hasta el duelo final.
El retablo de Maese Pedro: La vanguardia cervantina
Tras el descanso, la atmósfera cambia radicalmente. Dejamos atrás el romanticismo tardío para adentrarnos en la genialidad neoclásica de Falla con El retablo de Maese Pedro. Basada en el capítulo XXVI de la segunda parte del Quijote, esta pieza es una joya de condensación narrativa y tímbrica.
Aquí, la propuesta escénica brilla por su inteligencia. Resolver la interacción entre las marionetas y los cantantes reales es el gran reto de esta obra, y López lo soluciona integrando ambos mundos en un juego de espejos que difumina la realidad y la ficción, tal como le ocurre al propio Don Quijote.
Vocalmente, destaca la figura del Trujamán (el niño narrador), un rol de extrema dificultad rítmica y declamatoria, cuya interpretación es clave para el avance de la acción. El barítono encargado de Don Quijote (Gerardo Bullón) encarna con nobleza la locura del hidalgo, culminando en su aria final, un canto a la caballería que Falla envuelve en una orquestación arcaizante y moderna a la vez. El sonido del clave y los vientos madereros nos transportan a esa España seca y esencial que Falla soñó junto a la Princesa de Polignac.
Conclusión
Este programa doble es más que la suma de sus partes. Es un homenaje a una generación de creadores que miraron al pasado (a Goya, a Cervantes) para construir el futuro de nuestra música. La producción de Francisco López, apoyada por una escenografía evocadora y un vestuario cuidado, nos recuerda por qué el primer tercio del siglo XX fue, efectivamente, una Edad de Plata. Una cita imprescindible para entender el alma de la música española.
Ficha Técnica:
Obras: Goyescas (E. Granados) y El retablo de Maese Pedro (M. de Falla).
Lugar: Teatro de la Zarzuela, Madrid.
Fechas: Del 24 de enero al 1 de febrero de 2026.
Dirección Musical: Álvaro Albiach.
Dirección de Escena: Francisco López.
Orquesta: Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM).

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