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| Mitrídates VI Eupator, rey del Ponto (120-63 a. C.), como Heracles, siglo I d. C., Museo del Louvre |
Pocos nombres en la antigüedad evocaron tanto terror y fascinación en la República Romana como el de Mitrídates VI del Ponto. Considerado por los romanos como su enemigo más formidable desde Aníbal Barca, fue visto por su propio pueblo como un mesías libertador. Su vida, marcada por la tragedia familiar, la resistencia química a la muerte y una ambición inquebrantable, es el relato de un hombre que desafió al imperio más poderoso del mundo hasta su último aliento.
Vida temprana y ascenso al poder
La historia de Mitrídates (nacido c. 132 a.C. en Sinope) comienza con el peligro acechando en su propia casa. Hijo del rey Mitrídates V y la reina Laodice VI, su educación fue la de un príncipe persa refinado, instruido en lenguas, artes militares e historia, reclamando descender de grandes conquistadores como Alejandro Magno y Darío de Persia. Sin embargo, su infancia terminó abruptamente cuando su padre fue asesinado en Amaseia (c. 120 a.C.).
Mitrídates tenía solo once años, y el poder recayó en su madre como regente. La reina Laodice, rodeada de los mismos conspiradores que mataron a su esposo, favoreció al hermano menor de Mitrídates, más dócil y fácil de manipular. Temiendo por su vida, el joven príncipe huyó a la naturaleza salvaje. Según la leyenda, durante estos años de exilio fingió adicción a la caza mientras comenzaba a ingerir dosis homeopáticas de veneno para desarrollar inmunidad (el origen del término "mitridatismo").
Hacia el 116 a.C., Mitrídates regresó del desierto no como un fugitivo, sino como un hombre endurecido y carismático. De manera desconocida, pero probablemente con apoyo popular clandestino, dio un golpe de estado, arrestó a su madre y a su hermano (quienes murieron en prisión o fueron ejecutados) y purgó a los traidores, consolidando su control absoluto sobre el Ponto.
Guerras de conquista y enfrentamiento con Roma
Ya en el trono, Mitrídates demostró ser un líder formidable tanto física como intelectualmente. Expandió su reino hacia la Cólquida y el Mar Negro, derrotando a escitas y sármatas e incorporando a sus guerreros a su ejército. Buscando aliados, casó a su hija Cleopatra con Tigranes el Grande de Armenia, formando una alianza estratégica para repartirse zonas de influencia.
El conflicto con Roma era inevitable. La República Romana, aunque agotada por guerras internas, no podía tolerar la expansión póntica hacia Capadocia y Bitinia, estados clientes de Roma. La tensión estalló cuando el general romano Manio Aquilio, ávido de riquezas, instigó al rey de Bitinia a atacar el Ponto. Mitrídates no solo repelió el ataque, sino que invadió Bitinia y capturó a Aquilio. En un acto de justicia poética y brutalidad, Mitrídates ejecutó al romano vertiendo oro fundido por su garganta, simbolizando la avaricia romana que tanto despreciaban en Oriente.
Las Vísperas Asiáticas
El odio hacia los impuestos y la administración romana en Asia Menor era profundo, y Mitrídates supo capitalizarlo como nadie. En el año 88 a.C., orquestó uno de los actos más sangrientos de la antigüedad: las "Vísperas Asiáticas".
En una operación coordinada y secreta, Mitrídates envió órdenes a todas las ciudades bajo su influencia para que, en un día específico, se levantaran y asesinaran a todos los ciudadanos romanos e italianos. El resultado fue una masacre de proporciones bíblicas: entre 80.000 y 150.000 hombres, mujeres y niños fueron asesinados en un solo día. Este acto de genocidio calculador no solo eliminó la presencia romana en la región, sino que obligó a las ciudades griegas a unirse irrevocablemente a su causa por miedo a la represalia romana.
Las guerras mitridáticas
Este desafío desató tres guerras separadas entre el 89 y el 63 a.C., conocidas como las Guerras Mitridáticas:
Primera Guerra: El general romano Sila contraatacó, saqueando Atenas (que se había aliado con Mitrídates) y forzando al rey a firmar el Tratado de Dárdano, que le permitía conservar su reino pero le despojaba de sus conquistas.
Segunda Guerra: Fue un conflicto menor iniciado por el general romano Murena, quien atacó precipitadamente y fue derrotado por Mitrídates, reafirmando la fuerza del rey del Ponto.
Tercera Guerra: El enfrentamiento final y más largo. Generales como Lúculo y finalmente Pompeyo el Grande empujaron a Mitrídates al límite. A pesar de sufrir derrotas, el "Rey Veneno" mostró una capacidad de recuperación casi sobrenatural, reclutando nuevos ejércitos y escapando una y otra vez.
Traición y muerte
El final de Mitrídates no llegó a manos de un legionario romano, sino por la traición de su propia sangre. Acorralado en Crimea y planeando una invasión imposible a Italia a través de los Alpes, su hijo Farnaces se rebeló contra él, viendo que la guerra estaba perdida.
Encerrado en una torre y enfrentando la humillación de ser exhibido en un triunfo romano, Mitrídates optó por el suicidio. Intentó envenenarse, pero la ironía de su vida se hizo presente: su cuerpo, inmunizado tras años de ingerir toxinas, resistió el veneno. Finalmente, tuvo que ordenar a su guardaespaldas y amigo, Bituito, que lo atravesara con su espada. Así murió en el 63 a.C. el hombre que, según los historiadores romanos, fue tan grande en sus vicios como en sus virtudes, dejando un legado de resistencia que resonaría por siglos.
Aunque su nombre aún es bien conocido en Oriente, nunca desarrolló en Occidente el mismo legado póstumo que otros adversarios de Roma, como Aníbal, Espartaco o Vercingétorix . La reputación y la leyenda de estos tres hombres experimentaron un renacimiento a partir del siglo XVIII d. C. y continúa hasta la actualidad. Los tres han sido reinterpretados, independientemente de sus motivaciones originales, como luchadores por la libertad y campeones nacionales, mientras que el nombre de Mitrídates permanece relativamente desconocido.
Bibliografía
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