Relojero de Carlos V, subió el agua del Tajo 90 metros hasta el Alcázar en 1569 y murió arruinado. La arqueología rescata ahora sus muros.
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| Retrato de Juanelo Turriano, de autor anónimo, Fundación Juanelo Turriano |
Juanelo Turriano, el ingeniero que hizo subir el Tajo hasta el Alcázar de Toledo y murió sin cobrarlo
Alcalá de Henares, 29 de agosto de 2026
El 23 de febrero de 1569 el agua del Tajo llegó por primera vez al Alcázar de Toledo sin lomos de burro: la había subido noventa metros una máquina de madera. Su autor, el relojero de Carlos V, murió arruinado dieciséis años después.
LAS CLAVES
Un desnivel de 90 metros salvado con ruedas hidráulicas y torres de cazos oscilantes, cuando el récord conocido en Europa estaba en 40.
Dos artificios construidos y ningún pago completo: Turriano murió en 1585 arruinado por la obra que le dio fama.
Del ingenio no queda madera, pero sí muros: la arqueología los sacó a la luz en 2025 bajo las antiguas Turbinas de Vargas.
Durante siglos, el agua de Toledo subió a lomos de asno. La ciudad se levanta sobre un peñón que el Tajo rodea en meandro, y entre la lámina del río y las calles altas hay cerca de cien metros de cuesta. Los romanos habían resuelto el problema con un acueducto-sifón que almacenaba el agua en los depósitos conocidos como Cueva de Hércules; los andalusíes, con una noria monumental. En el siglo XVI, de aquello solo quedaban ruinas y una fila diaria de azacanes con cántaras.
El hombre que rompió esa rutina se llamaba Giovanni Torriani, y en España acabó siendo Juanelo Turriano. Era relojero. Y la historia de cómo un relojero terminó levantando la mayor máquina de elevación de agua de la Europa de su tiempo explica bastante bien qué era ser ingeniero en el Renacimiento.
Un herrero que aprendió a medir el cielo
Nació en Cremona, en el Milanesado, o en alguna aldea próxima. La fecha no está fijada: la documentación disponible admite horquillas entre 1500 y 1511, y los trabajos más recientes de quienes han revisado los archivos cremoneses, como Rita Barbisotti o Silvio Leydi, se inclinan por la más temprana, porque a finales de 1529 ya se le llama magíster, un tratamiento que exigía formación y años de oficio.
La familia era humilde. Su padre, Gherardo Torresani, explotaba dos molinos sobre el río Po, un detalle nada menor: Juanelo creció viendo trabajar ruedas hidráulicas. No aprendió latín, pero tampoco fue el pastor autodidacta de la leyenda. Le formó Giorgio Fondulo, médico, filósofo y astrólogo que enseñó filosofía moral en la Universidad de Pavía, y trató con matemáticos de primera fila como Gerolamo Cardano, el autor de Ars Magna.
La descripción más cruda de su aspecto la firmó en 1550 Gerolamo Vida, obispo de Alba, en un texto pensado para ensalzarlo: lo pinta tiznado de hollín, con manos enormes, más parecido a un siervo de Vulcano que a un sabio, y subraya que calculaba él mismo las órbitas y los movimientos que luego fabricaba, sin matemático que se los diera resueltos. Era, en el vocabulario de la época, un artesano vitruviano: manos y cálculo en la misma persona.
El reloj que quiso ordenar el universo
Su entrada en la órbita imperial llegó por un reloj estropeado. A Carlos V le habían regalado el Astrarium de Giovanni Dondi, un planetario de 1381 que no marcaba solo las horas: representaba el cosmos según el modelo ptolemaico y servía para ordenar el calendario y predecir eclipses. Estaba cubierto de óxido. Encargaron a Juanelo repararlo y él prefirió construir uno nuevo y mejor.
El resultado, terminado hacia 1551, se describe con unas 1.800 piezas y tres muelles en lugar del sistema tradicional de contrapesos, con las ocho esferas planetarias, horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Recibió varios nombres: el Cielo del César, el Planetario imperial y, sobre todo, Microcosmos, como lo bautizó el humanista Marco Girolamo Vida. En marzo de 1552, satisfecho, el emperador le asignó desde Innsbruck una pensión anual de 150 ducados.
Vino después el Cristalino, una esfera armilar cubierta de cristal con un zodiaco de movimiento propio, en cuya talla intervino el escultor Jacome de Trezzo, autor también de la célebre medalla con la efigie de Juanelo. Ambos partieron en 1554 hacia Bruselas, hoy capital de Bélgica y entonces sede de la corte, para entregárselo al emperador aún sin terminar. Ninguno de los dos relojes se conserva; sabemos de ellos por el inventario de los bienes de Carlos V.
Yuste, los autómatas y el cambio de rey
En 1556, tras abdicar, el emperador emprendió su último viaje a España y se llevó consigo a su artesano. Juanelo permaneció a su lado hasta la muerte de Carlos V en el monasterio de Yuste, en 1558, ajustando los relojes que rodearon sus noches de insomnio y fabricando pequeños autómatas para distraer a la corte: figuras que bailaban, tocaban o marchaban.
Aquellos juguetes mecánicos tuvieron más recorrido del que parece. En 1611, Sebastián de Covarrubias lo señalaba en su Tesoro de la lengua castellana como el primer fabricante de estas figurillas en la Península. Se le atribuye un autómata musical de dama con laúd conservado en el Kunsthistorisches Museum de Viena y, con más cautela, el pequeño monje mecánico de unos 40 centímetros que custodia la Institución Smithsonian, en Washington, fechado hacia 1560 y catalogado con una procedencia dudosa entre el sur de Alemania y España.
Con Felipe II en el trono, Juanelo quedó al cargo de la colección real de relojes y fue consultado en algunas de las mayores obras hidráulicas del reinado: el azud de la Acequia Real del Jarama, la Acequia de Colmenar de Oreja en 1571 y, ya anciano, la presa de Tibi (Alicante) en 1580, que con sus 43 metros de muro sería la más alta del mundo durante siglo y medio.
Turriano muestra un ingenio a Carlos V en Yuste», Miguel Jadraque y Sánchez Ocaña, 1877, Museo del Prado
El encargo imposible
En 1565, por acuerdo entre el rey y la ciudad, Toledo le encargó resolver lo que nadie había resuelto. Las condiciones eran duras: Juanelo se comprometió a costear la obra hasta que se demostrase que funcionaba, y a cambio percibiría una renta por el agua elevada. Las cifras que manejan las fuentes hablan de 8.000 ducados a cargo del rey y una renta anual de 1.900 ducados a cargo de la ciudad para él y sus sucesores.
Tardó cuatro años. El 23 de febrero de 1569 el agua subió por primera vez.
Cómo funcionaba: ruedas abajo, cazos arriba
No se conserva ningún plano completo del artificio, y esa es la clave de todo el debate posterior. La reconstrucción más aceptada es la que expuso en Toledo en 1967 el historiador de la técnica Ladislao Reti, revisada después con hallazgos arqueológicos y difundida por la Fundación Juanelo Turriano. Funciona así.
Toda la energía la ponía el propio río. Una rueda hidráulica movida por la corriente elevaba agua mediante una cadena de cangilones hasta un depósito situado a unos 14 metros. Una segunda rueda accionaba un sistema de biela-manivela que convertía el giro continuo en un movimiento oscilante rectilíneo, transmitido ladera arriba por un juego de tirantes y forzantes adaptado al desnivel del terreno.
Ese vaivén movía la verdadera aportación original de Juanelo: una sucesión escalonada de torres con cazos oscilantes. En cada torre, un cazo se llenaba en el depósito de la base, subía un tramo por el mecanismo de tirantes y volcaba su contenido en el cazo inmediatamente superior. El agua ascendía así por escalones, de cazo en cazo, hasta lo alto de cada torre, desde donde un caño la conducía a la siguiente. Unos 300 metros de recorrido y 90 metros de desnivel, según la reconstrucción de la Fundación Juanelo Turriano.
La cifra de caudal varía según la fuente y conviene decirlo: las descripciones de época hablan de unas 1.600 cántaras diarias, medida castellana cuya equivalencia moderna sitúa el suministro entre 14.000 y 18.000 litros al día. La versión más citada, 14.100 litros, equivalía a una vez y media lo pactado en el contrato. Para el Toledo del XVI aquello no era un detalle técnico: era el fin de la dependencia del asno.
El contexto explica la conmoción. Hasta entonces, la marca conocida en Europa era la de Augsburgo, donde un tornillo de Arquímedes subía agua a 40 metros. Juanelo más que duplicó esa cota.
El pleito que lo arruinó
Y entonces empezó el desastre. La ciudad se negó a pagar con un argumento formalmente impecable: el agua se depositaba en el Alcázar, propiedad real, de modo que no llegaba al vecindario ni a terrenos municipales. Quien disfrutaba del suministro era la Corona; quien debía la renta era el Ayuntamiento.
En 1575 se firmó un segundo contrato entre Juanelo, el rey y la ciudad para levantar un segundo artificio, quedando el primero para uso exclusivo del Alcázar. Se terminó en 1581. Aquí las fuentes divergen: la Fundación Juanelo Turriano sostiene que tampoco entonces abonó la ciudad lo convenido; otras versiones señalan que sí cobró, pero que no pudo hacer frente al altísimo coste de mantenimiento y tuvo que ceder el ingenio. El resultado fue el mismo en ambos relatos: la obra que le dio fama europea lo dejó sin patrimonio.
Juanelo Turriano murió en Toledo en 1585, con unos 85 años, desesperado, según se desprende de sus últimas cartas al rey. Fue enterrado en el desaparecido convento del Carmen, a pocos metros por encima del lugar donde trabajaba su máquina.
Lo que no escribió
Una parte de su fama descansa sobre un malentendido que conviene deshacer. Juanelo no es el autor de Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas, el voluminoso manuscrito ilustrado que custodia la Biblioteca Nacional de España y que suele presentarse como el primer tratado moderno de ingeniería hidráulica en español.
La atribución se coló en el siglo XVII, cuando se añadieron unas portadillas con su nombre. Ya en el XVIII se puso en duda: el texto está plagado de aragonesismos y de referencias geográficas muy concretas. José Antonio García-Diego, ingeniero y fundador de la Fundación Juanelo Turriano, la refutó; y Nicolás García Tapia, catedrático de Mecánica de Fluidos de la Universidad de Valladolid, propuso como autor a Pedro Juan de Lastanosa, maquinario de Felipe II, hipótesis hoy mayoritaria aunque no unánime, ya que el propio Lastanosa nunca firmó el manuscrito.
Sí es suyo, en cambio, un trabajo mucho menos conocido: el Breve discurso a Su Majestad el Rey Católico en torno a la reducción del año y reforma del calendario, firmado en 1579 y conservado en la Biblioteca Vaticana. Fue la aportación española al debate que desembocó en el calendario gregoriano. También es apócrifa la más querida de sus leyendas, la del hombre de palo, el autómata de tamaño humano que supuestamente recorría una calle toledana pidiendo limosna para su creador arruinado. No hay documentación que lo sostenga. La calle, eso sí, sigue llamándose así.
De la admiración a la dinamita
Mientras funcionó, el artificio fue una atracción de primer orden. Lo mencionan Cervantes en La ilustre fregona, Lope de Vega, Quevedo y Góngora, que dejó los versos más citados sobre el ingeniero convertido en Dédalo cremonés. Covarrubias, al definir la palabra «ingenio» en 1611, puso como ejemplo justamente esa máquina y llamó a su autor «segundo Arquímedes».
El final fue menos lírico. Los artificios dejaron de funcionar hacia 1617 por falta de mantenimiento; en 1639 se levantó un inventario ante el saqueo continuado de piezas, y esa es la última noticia disponible de la maquinaria. La obra civil aguantó dos siglos más como ruina romántica, fotografiada por Laurent y Clifford, hasta que en febrero de 1868 se voló con explosivos para levantar en su lugar una nave de turbinas. Las protestas de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando llegaron tarde. Aquellas Turbinas de Vargas, a su vez, fueron dinamitadas en 1999.
Vista de Toledo y el Tajo en el siglo XVIII con la infraestructura del ingenio tras el puente de Alcántara
Lo que la arqueología está encontrando ahora
Aquí es donde la historia deja de ser solo historia. Entre el 24 de noviembre y el 5 de diciembre de 2025, un equipo de arqueólogos y voluntarios excavó ese mismo punto de la ribera derecha del Tajo, encajado entre la muralla del casco histórico, el puente de Alcántara y el castillo de San Servando.
Los trabajos forman parte del proyecto Patrimonio hidráulico y paisajes en las riberas del Tajo, que desarrollan el laboratorio MEMOLab de la Universidad de Granada y la Fundación de Cultura Islámica (FUNCI), con financiación de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la propia universidad, la FUNCI y la Fundación Juanelo Turriano. Una primera fase ya había catalogado más de cincuenta bienes patrimoniales en las orillas.
El hallazgo más antiguo es una noria de época islámica de casi 30 metros, en funcionamiento ya en el siglo XI. Y sobre el artificio, el matiz es importante: José María Martín Civantos, profesor de la Universidad de Granada e investigador principal del proyecto, explica que Turriano no reutilizó aquella noria andalusí, que ya estaría en estado precario, sino que montó otra mucho más pequeña para elevar un poco el agua del río y trasladarla desde ahí al artificio propiamente dicho.
De la máquina no queda nada, porque era de madera. Lo que ha llegado hasta hoy son partes de los muros que alojaban el mecanismo. El propio investigador lo resume sin adornos: lo interesante era la parte mecánica, y de ella solo quedan los muros que la contenían.
Lo que todavía se discute
Conviene no vender más certeza de la que hay. Sobre el artificio siguen abiertas varias hipótesis de funcionamiento: el ingeniero Luis de la Escosura propuso en 1888 una solución de plano inclinado; Reti planteó en 1967 las torres verticales de cazos; el artesano toledano Juan Luis Peces, autor de la maqueta de 1969 que se conserva en la Diputación Provincial de Toledo, volvió después al plano inclinado en un segundo modelo; García Tapia formuló una variante de la propuesta de Reti, y hay teorías posteriores que mantienen las torres modificando su mecanismo.
Tampoco está cerrada su fecha de nacimiento, ni la localización y autoría exactas del busto que lo retrata, atribuido al taller de los Leoni. Y el proyecto de reconstrucción del ingenio, planteado en los años setenta y reactivado por la Fundación Juanelo Turriano, arrancó en 1999 y se paralizó de inmediato entre polémicas. Las desgracias administrativas que persiguieron a Juanelo en vida han tenido, por lo visto, una larga descendencia.
Qué viene ahora
Concluida la excavación, el equipo trabaja en cruzar los restos materiales con la documentación de archivo, incluida la del Archivo General de la Administración y la de la propia Fundación Juanelo Turriano. El objetivo declarado a medio plazo es redactar un proyecto arquitectónico, aprobado por la administración competente, con el que buscar financiación para hacer el yacimiento visitable. No hay, por ahora, calendario ni presupuesto público asociados a esa idea.
PARA VERLO Y SABER MÁS
Los restos: ladera derecha del Tajo, entre el puente de Alcántara y el castillo de San Servando, en la zona de las antiguas Turbinas de Vargas. No hay centro de interpretación ni señalización específica.
Maquetas: la de Juan Luis Peces basada en Reti (1969), en la Diputación Provincial de Toledo; una segunda versión, en el Centro de Interpretación del Toledo Histórico (iglesia de San Marcos).
Documentación: la Fundación Juanelo Turriano publica en abierto estudios y una animación en 3D del funcionamiento del artificio.
El manuscrito: Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas está digitalizado en la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España.
FUENTES CONSULTADAS
Fundación Juanelo Turriano: Juanelo Turriano, relojero e ingeniero cremonés y Reconstrucción virtual del artificio de Juanelo Turriano (documentos en abierto, juaneloturriano.com).
Juan Pimentel, Instituto de Historia del CSIC: «Juanelo Turriano, el ingeniero de Carlos V», Historia National Geographic (documento aportado por la redacción).
elDiario.es Castilla-La Mancha, 22 de diciembre de 2025: información sobre la campaña arqueológica del proyecto Patrimonio hidráulico y paisajes en las riberas del Tajo (MEMOLab, Universidad de Granada, y FUNCI), con declaraciones de José María Martín Civantos y de Sergio Isabel Ludeña.
MEMOLab, Laboratorio de Arqueología Biocultural de la Universidad de Granada: convocatoria y descripción de la excavación de 2025 en el artificio.
Biblioteca Nacional de España, Biblioteca Digital Hispánica: ficha catalográfica y bibliografía de Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas, con la atribución a Pedro Juan de Lastanosa.
Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo: La reconstrucción del artificio de Juanelo, de Guillermo Santacruz Sánchez de Rojas (revista Toletum).
Fundación Aquae y Wikipedia en español (entradas «Juanelo Turriano», «Artificio de Juanelo» y «Pseudo-Juanelo»), utilizadas solo para el contraste de fechas y cifras ya documentadas en las fuentes anteriores.
Nota sobre las cifras: el desnivel salvado (90 m), el caudal diario (entre 14.000 y 18.000 litros) y la fecha de nacimiento de Turriano (entre 1500 y 1511) varían según la fuente consultada. En el texto se indica esa horquilla en lugar de optar por un dato único.




