PERSONAJES. Zumalacárregui, el genio absolutista que puso en jaque al gobierno liberal

  General Tomas Zumalacarregui - AUGUSTO FERRER-DALMAU  En abril de 1830, una disposición sucesoria publicada en la Gaceta de Madrid (equiva...

 

General Tomas Zumalacarregui - AUGUSTO FERRER-DALMAU 

En abril de 1830, una disposición sucesoria publicada en la Gaceta de Madrid (equivalente del actual Boletín Oficial del Estado) provocó una tremenda sacudida en la política española. Mediante la llamada Pragmática Sanción, Fernando VII abolía la ley sálica –que impedía el acceso de las mujeres al trono– y permitía reinar a una hija si ésta no tenía hermanos varones. Gracias a ello se legitimó como heredera del rey a Isabel, nacida unos meses más tarde de su matrimonio con María Cristina de Borbón.

El gran perjudicado por esta decisión del monarca fue su hermano menor, Carlos María Isidro. En torno a él y a Isabel se empezaron a definir desde finales de 1830 dos bandos irreconciliables: los liberales, dispuestos a secundar a la futura reina a cambio de reformas, y los absolutistas o tradicionalistas, que eligieron como paladín a don Carlos.

No obstante, parece que fue "la cuestión sucesoria [...] una excusa formal" y que don Carlos no era "sino bandera de unos principios; no se trataba solamente de la cuestión sucesoria, era un episodio del gran combate que se ha dado en Francia, y que continúa en Europa, entre el principio progresista y el reaccionario". El conflicto subyacía entre dos sistemas excluyentes, que no solo poseían una forma política alternativa, sino todo un complejo jurídico, social, económico en incluso cultural radicalmente diferentes. El "Antiguo Régimen" en armas, un movimiento arcaizante, frente a un innovador sistema liberal liderado por la reina María Cristina.

Tomás Zumalacárregui con la boina carlista en un retrato del pintor francés Adolphe-Jean-Baptiste Bayot.

Nada había concluido bien para la causa del pretendiente Carlos durante la Primera Guerra Carlista hasta que surgió el héroe. Uno de los hombres que se sumaron al bando carlista desde el principio fue Tomás Zumalacárregui. Ya en la cuarentena, este guipuzcoano llevaba a sus espaldas una importante carrera militar. Zumalacárregui consiguió hacerse con el mando de los dos mil combatientes que quedaban en Navarra, recoger los restos derrotados de los de Álava y Vizcaya y convertirlos, veinte meses después, en el ejército triunfante que dominaba, a excepción de las grandes ciudades, tanto Navarra como el País Vasco. 

Durante la guerra de la Independencia participó en los dos sitios de Zaragoza y se sumó luego a las partidas guerrilleras que dirigía en Navarra Gaspar de Jáuregui, el Pastor. Tras incorporarse en 1810 al ejército regular, donde alcanzó el grado de capitán, en 1813 fue condecorado por una carga a la bayoneta en la batalla de San Marcial, cerca de Irún, que supuso la expulsión de las fuerzas napoleónicas más allá del río Bidasoa, en la frontera con Francia.

Nadie habría adivinado, a fines de 1833, las virtudes que encerraba aquel militar adusto, ordenancista y con una trayectoria gris a sus espaldas. El general (Ormáiztegui, Guipúzcoa, 1788) se había iniciado en la vida militar como voluntario en la Guerra de Independencia, pero no adquirió ningún mérito especial, y sirvió luego en la guerra de Jáuregui, al que, dicen, enseñó a leer y a escribir sin ocupar ningún puesto distinguido. Prueba de ello es que acabó el conflicto con el modesto empleo de capitán, en una época en la que los ascensos fueron legión. Este militar, destacado como líder especial, apenas brilló durante la mayor parte de su trayectoria llegando a ser acusado de unirse tarde al levantamiento contra los franceses.

En el período que media entre la restauración de Fernando VII en el poder pleno y su muerte, Zumalacárregui daría brillantes muestras de una de sus más destacadas virtudes: su capacidad para organizar, instruir y disciplinar tropas, especialmente de infantería ligera.

POR DIOS, LA PATRIA Y POR DON CARLOS

La fórmula D.P.R., correspondiente al trilema carlista Dios, Patria, Rey, era, como escribía Miguel de Unamuno en la novela Paz en la Guerra (1897). A semejanza del antiguo SPQR de los romanos o el moderno LEF de los franceses, guía a los pueblos al heroísmo y a los hombres a la muerte. Bajo esta bandera combatió, en la España del siglo XIX, uno de los bandos enfrentados en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y en la Segunda Guerra Carlista (1872-1876), además de protagonistas de numerosas insurrecciones, algaradas, pronunciamientos y conflictos bélicos menores. Se consiguió movilizar entonces a millares de personas. El carlismo constituye un movimiento de notabilísima importancia en la historia contemporánea de España.

Zumalacárregui era carlista y un absolutista convencido. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) se pasó a las partidas realistas que se alzaron contra el régimen constitucional. Tras la restauración del absolutismo en 1823, dirigió sucesivamente las guarniciones de Huesca, Zaragoza y Valencia y ascendió en el escalafón hasta alcanzar el grado de coronel. Pero tras 1830, sus simpatías por don Carlos lo hicieron sospechoso y en 1832 fue destituido de su cargo de gobernador militar de El Ferrol y trasladado a Madrid en espera de destino.

Zumalacárregui aprovechó su estancia en la capital para entrevistarse en secreto con el pretendiente don Carlos y ponerse a su disposición. Luego marchó a Pamplona, listo para alzarse en armas en cuanto muriese Fernando VII. Cuando este hecho se produjo, el 29 de septiembre de 1833, estallaron levantamientos de partidarios de don Carlos en varios lugares del País Vasco, Cataluña, Aragón, Valencia, Castilla la Vieja y la Mancha. Pero fue en Navarra donde el movimiento alcanzó mayor envergadura, en gran parte gracias a Zumalacárregui, que tras superar algunas envidias de otros mandos logró ser nombrado general de todas las partidas carlistas navarras y, más tarde, también de todas las vascas. Cabe señalar que, en aquellas semanas, no dudó en rechazar los ruegos de sus antiguos mandos y compañeros de armas, como el Pastor, y de su mismo hermano Miguel, que era liberal y masón, para que permaneciese fiel al régimen.



EL EJÉRCITO DEL NORTE

Como comandante carlista, Zumalacárregui tuvo que construir un ejército de la nada, instruyendo y disciplinando a voluntarios entusiastas, pero poco formados. Consciente de su inferioridad militar, tanto en efectivos como en material, recurrió a las tácticas guerrilleras que había practicado durante la guerra de la Independencia. A finales de año tenía a su mando unos 2.500 hombres con los que hizo frente en cierta igualdad al ejército liberal en varias acciones.

La excelente calidad de sus informaciones, les facilitaba la labor, mientras que sus enemigos maniobraban a oscuras. El carlista disfrutaba del apoyo de una población que proporcionaba un "surtido de espías y de cuantas noticias necesita". Era dueño del tiempo, de la ocasión [...] de sus operaciones, sin plan fijo a que sujetarse, lo que le daba una ventaja apreciable a la hora de planificar sus acciones militares.

Su base de operaciones se situaba en el valle de Améscoa, bien defendido y comunicado con Estella (donde se había instalado don Carlos), Vitoria y Francia. La toma de la fábrica de armas de Orbaiceta le permitió apoderarse de un cañón y unos doscientos fusiles. A principios de 1834 los liberales (también llamados "cristinos") ya veían en él una seria amenaza en el frente del norte. Una vez más, sus viejos camaradas de armas quisieron convencerlo de que dejase las armas a cambio del perdón, lo que rechazó. Mientras tanto su prestigio no dejaba de crecer y entre sus hombres comenzó a ser llamado cariñosamente «Tío Tomás». 

En ese año prosiguieron los combates en diversos lugares de Navarra, las provincias vascas y la Rioja. Haciendo una guerra de guerrillas, Zumalacárregui buscaba debilitar las posiciones enemigas causando el mayor número de bajas. Para ello no dudaba en recurrir a métodos sanguinarios. En marzo de 1834, tras fracasar una ofensiva sobre Vitoria en la que perdió cuarenta hombres, ordenó el fusilamiento de 118 prisioneros liberales que se habían rendido con la promesa de salvar su vida; el crimen pasó a la historia como «los fusilamientos de Heredia».

El Valle de Améscoa fue la base de operaciones de Zumalacárregui durante la guerra carlista. En la imagen, la localidad de Eulate. Foto: Mikel Bilbao / AGE Fotostock

A la vista de las características de aquella guerra, de los métodos de combate carlistas y de la extensión y naturaleza del teatro de operaciones, un militar liberal calculaba, en 1834, que para batir a los 14.000 hombres en que entonces se estimaban las fuerzas carlistas, eran precisos 80.000, además de varios miles adicionales de fuerzas de tipo de los cuerpos francos. Se trataba de una proporción que nunca se llegó a alcanzar en todo el conflicto.

De todo lo anterior se deduce que eran, pues, muchas las bazas en manos de Zumalacárregui. Para desgracia de sus rivales, las supo jugar con maestría.

CAMPAÑA TRIUNFAL

Zumalacárregui también incendió las iglesias de Cenicero (La Rioja) y Villafranca (Navarra), en las que se había refugiado el enemigo. Las noticias de esos actos de barbarie –similares a los cometidos por las fuerzas del otro bando– corrieron por Europa, y en 1835 lord Eliot, enviado del gobierno británico, logró que Zumalacárregui y el general liberal Valdés firmaran un convenio por el que se comprometían a no fusilar a los prisioneros y a facilitar su canje.

Zumalacárregui se enfrentó con éxito a una larga serie de generales liberales: Valdés, Quesada, Espoz y Mina, Rodil, O’Doyle… A este último lo capturó y lo hizo fusilar tras derrotarlo en una batalla entre Salvatierra y Vitoria, en octubre de 1834. Cada vez más confiado en sus fuerzas, a mediados de 1835 el «Tío Tomás» ocupó localidades importantes como Tolosa, Éibar y Durango.

Zumalacárregui, a pesar de sus victorias, no atravesaba su mejor momento. La corte que rodeaba a don Carlos, cada vez más influyente y numerosa, le miraba con desconfianza, sospechándole oscuras ambiciones hasta el extremo que se le llegó a apodar "Tomás I". Celosa del poder que le conferían sus éxitos, sembró la duda en el siempre inseguro infante, que empezó a tratar con distancia al hombre al que le debía todo. El general, dolido, y con una salud debilitada por la constante tensión, y por los disgustos que estas rencillas le causaban, presentó su dimisión, que no fue aceptada.

Combate entre las tropas de Zumalacárregui y el ejército del general Espoz y Mina en Larremiar, en 1835. Ilustración de 1845. Foto: Prisma / Album

Retirados los liberales a Miranda de Ebro, los carlistas controlaban casi todo el territorio vasconavarro, a excepción de las grandes ciudades. Por primera vez los tradicionalistas llevaban la iniciativa en la guerra. Zumalacárregui propuso entonces atacar Vitoria para desde allí avanzar por Castilla y llegar a Madrid. El Pretendiente, don Carlos, y su corte, optaron por asaltar Bilbao, ciudad populosa que podría aliviar la situación económica desesperada de los carlistas. Aunque se había criticado mucho la elección, no carecía de su lógica.

En mayo de 1835, la victoria parecía al alcance de los carlistas, pero, como escribió el británico Henningsen: «Sólo faltaba una cosa: dinero; los cofres de don Carlos estaban absolutamente vacíos [...]. La falta de dinero hacía tal impresión en los consejeros del rey que lo convencieron de atacar Bilbao» en lugar de dirigirse a Madrid.

Se pensaba que su posesión valdría el anhelado reconocimiento de las potencias conservadoras, facilitaría la obtención de créditos de la banca internacional, ofrecía un botín casi ilimitado y la posesión de un puerto de primera categoría. Se dice que Zumalacárregui era contrario a la idea y que únicamente la aceptó por su profundo respeto y admiración hacia don Carlos. Pero no es evidente, como demuestra una carta que escribe el 10 de junio al barón de los valles, en la que dice "yo cuento estar antes de tres días en Bilbao y antes de doce en Vitoria". Se deduce, pues, que lejos de considerar imposible o demasiado costosa la conquista de la capital vizcaína, le parecía factible, aunque implicase un cierto retraso sobre sus propios planes.

El optimismo era total, y el mismo general creía que en pocos días la capital vasca caería. El cerco se inició el 10 de junio, pero el ejército carlista no estaba preparado para una operación así, dada la escasa artillería de la que disponía: sólo ocho piezas. Zumalacárregui mandó concentrar el fuego de sus cañones en un solo punto, con la intención de abrir una brecha y lanzar por allí a sus hombres. Por su parte, el Pretendiente prefería bombardear la ciudad para que la población civil se sublevase y obligase a rendir la plaza, pero el guipuzcoano se negó y además se quejó de que no tenía dinero para pagar a sus hombres y que se había quedado casi sin cañones, que habían reventado a causa del desgaste.


En Desperta Ferro Moderna n.º 18: Zumalacárregui y la Primera Guerra Carlista. “Zumalacárregui frente al sitio de Bilbao” por Manuel Montero (Universidad del País Vasco UPV/EHU)


El 15 de junio, Zumalacárregui observada el bombardeo desde un balcón del santuario de Begoña cuando un disparo de fusil le alcanzó en un muslo. La herida era leve y los médicos opinaron que debía extraerse el proyectil. Pero el general se negó y exigió, tozudamente, que lo llevaran en un sillón a hombros hasta Cegama, a más de 60 kilómetros de Bilbao, para que lo tratara un curandero de su confianza apodado Petriquillo. Su estado no hizo más que empeorar, sin que las sangrías y las limonadas surtiesen ningún efecto. Cuando por fin se decidió a dejarse extraer el proyectil ya era tarde; una septicemia generalizada acabó con su vida el 24 de junio. Murió tan pobre que tuvo que ser enterrado con levita, porque nunca vistió uniforme aparte de la boina roja y un pantalón del mismo color.

La Gaceta de Madrid, en su número del 30, reproducía un parte del gobernador de Vitoria. En él se señalaba que "anoche" habían corrido rumores del fallecimiento del general, pero que el día 26, cuando escribió su informe, podía confirmarlos, precisando, en lo que erraba, que se había producido la víspera. No mereció más homenaje de la prensa oficial.

Y, sin embargo, el carlismo nunca se recuperaría de su muerte. Había sido el auténtico creador del ejército, al que hizo a su imagen y semejanza.


VENERADO POR SUS HOMBRES

La admiración que suscitó Zumalacárregui como general quedó reflejada en el Episodio nacional que Benito Pérez Galdós dedicó en 1898 a la primera guerra carlista. El novelista canario veía a Zumalacárregui como un «maestro sin igual en el gobierno de tropas» y explicaba que tenía un ejército ducho «en las marchas inverosímiles, cual si lo compusieran no ya soldados monteses y fieros, sino leopardos con alas». Estos combatientes se distinguían por ser «duros, tenaces, absolutamente confiados en su poder y en la soberana inteligencia del jefe».

Zumalacárregui gozaba de una autoridad moral indiscutida, lo que no sería el caso de ninguno de sus sucesores y reunía como general una serie de virtudes que tampoco acompañaron a los que, sucesivamente, ocuparon su puesto. 

Tras su desaparición, el entorno de don Carlos se fue apoderando de las riendas de las operaciones, interfiriendo en el planeamiento y conducción de las mismas; surgiendo por doquier camarillas, entre civiles y militares, que coartaron el esfuerzo bélico, y se perdió la unidad de mando, que el general había impuesto sin contemplaciones. Ya nada sería igual.


José VALLEJO. [Zumalacárregui herido]. Fuente de la ilustración.


EPÍLOGO

Se ha discutido mucho sobre las cualidades de Zumalacárregui, no faltando quien las considera napoleónicas o, incluso, imperialistas. Parece demasiado. En realidad, nunca paso la verdadera prueba de fuego para un general, que consiste en mandar una batalla en campo abierto, con fuerzas importantes de las tres armas.

Como jefe de tropas ligeras y como experto en la guerra de montaña, probablemente no tuvo rival en el plantel de generales españoles del siglo XIX, por otro lado poco brillante. Pero su muerte prematura dejó abierta la incógnita de cómo se hubiera desenvuelto en escenarios más amplios. Especialmente, porque en ellos hubiese requerido una caballería y una artillería numerosas, que nunca tuvo, y una infantería mejor instruida en el orden cerrado y menos apegada a sus provincias de origen.

Quizá el genio residió en su decisión, desde el primer momento, de formar un ejército de lo que eran poco más que unas bandas apenas organizadas, y en su capacidad para hacerlo. A diferencia de hombres como Mina o el Empecinado, fue siempre un militar y nunca pensó en limitarse a la guerrilla, que habría sido la vida más fácil, pero con menos futuro. Alguien que pensaba que "la Ordenanza Militar es uno de los documentos más sabios que se han escrito jamás", no podía actuar de otra manera. Conocedor de las virtudes y de los defectos del material humano que manejaba, supo ir forjándolo paulatinamente, hasta conseguir una excepcional agrupación de fuerzas ligeras, imbatibles en su terreno.


Zumalacárregui (derecha) se entrevista con Carlos María Isidro. Foto: Alamy / ACI

Se ha debatido, también, cuál era la relación entre son Carlos y el general. No es fácil acertar acerca de los sentimientos recíprocos de aquél y d su entorno. Pueden tener cierto valor algunas anotaciones que figuran en el ejemplar de la Galería Militar, escritas por un militar de carrera de alto grado, que conocía bien a los generales de ambos bandos, sobre los que hace interesantes reflexiones atribuidas a un tal "Comentarista".

Refiriéndose al tardío real decreto de 24 de mayo de 1836 con el que, casi un año de retraso, el Pretendiente, don Carlos, nombra al difunto Zumalacárregui duque de Vitoria, dice: "afirmo que don Carlos no pensó en semejante cosa hasta que se le presentó la firma; dicho real decreto no hubiera salido a la luz si no se le hubiera ocurrido a un hombre imparcial y admirador de los hechos del inmortal son Tomás Zumalacárregui", quizás el propio "Comentarista".

En otro lugar, al margen del texto impreso en el que se lee "los áulicos de don Carlos no podían ver sin envidia la gloria que conquistaba el caudillo", apostilla a mano: "cierto, muy cierto, ciertísimo". Por fin, junto a unas palabras que se atribuyen a Zumalacárregui tras haber sido herido, en las que exclama. "¡Qué día tan glorioso es hoy para los del cuartel real!", anota: "razón tenía para decirlo".

Parece que, en cambio, no se retrasó tanto don Carlos en conceder a su primogénito y a la princesa de Beira, respectivamente, los títulos de duque de Viana y de duquesa de Arquijas, que conmemoraban sendas victorias de aquel genial militar.


José VALLEJO.[Zumalacárregui aclamado por los suyos]. Fuente de la ilustración.


Para saber más:

Zumalacárregui y la primera guerra carlista. Revista Desperta Ferro nº 18, octubre 2015.

Historia de las guerras de España. Juan Carlos Losada. Pasado y Presente, Barcelona, 2015.

El ejército carlista del norte (1833-1839). Julio Albi de la Cuesta. Desperta Ferro Ediciones, Madrid 2017.

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PERSONAJES. Zumalacárregui, el genio absolutista que puso en jaque al gobierno liberal
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