economía, financiación autonómica, demografía, política fiscal
El debate sobre la reforma de la financiación autonómica ha dejado de ser una mera cuestión contable para convertirse en un choque de trenes entre dos Españas: la que crece y produce, y la que envejece y requiere asistencia.
09 enero 2026.- Tras 30 años de divergencia demográfica, analizamos cómo la productividad de unas regiones es el único motor capaz de sostener los servicios públicos de una población cada vez más pasiva en el resto del territorio.
La España de dos velocidades: 30 años de divergencia demográfica
Para entender la tensión actual, hay que mirar el mapa. En las últimas tres décadas, España ha experimentado una transformación radical en la distribución de su ciudadanía. No todas las comunidades autónomas llegan a la mesa de negociación en igualdad de condiciones.
Los ganadores demográficos: La Comunidad de Madrid, el arco mediterráneo (desde Cataluña hasta Andalucía, pasando por Valencia y Murcia) y las islas (Baleares y Canarias) han absorbido la inmensa mayoría del crecimiento poblacional. Esto se debe a la atracción de talento joven, la inmigración laboral y un dinamismo económico superior.
La España estancada o menguante: El noroeste (Galicia, Asturias) y el interior (Castilla y León, Castilla-La Mancha, Aragón y Extremadura) han sufrido un estancamiento o pérdida neta.
La consecuencia financiera: El modelo actual se basa en la "población ajustada" (que pondera costes). Las regiones que han ganado población reclaman que se pague por habitante real ("cada tarjeta sanitaria cuenta"), mientras que las despobladas exigen que se pague por el coste del servicio (mantener un colegio rural o un consultorio en un pueblo disperso es mucho más caro per cápita que en una gran urbe).
El peso de la población pasiva: La factura del envejecimiento
El dato más crítico para la caja común no es cuánta gente hay, sino qué edad tienen.
El gasto sanitario de una persona mayor de 65 años se multiplica exponencialmente respecto a un adulto joven. En comunidades como Asturias, Castilla y León o Galicia, el porcentaje de mayores de 65 años supera ampliamente el 25% de la población, acercándose al 30% en algunas provincias.
Población Pasiva vs. Activa: En estas regiones envejecidas, la tasa de dependencia se dispara. Hay menos cotizantes (población activa) sosteniendo a una base creciente de pensionistas y demandantes de sanidad crónica (población pasiva).
El coste de los servicios: Una región con una pirámide poblacional invertida no necesita invertir tanto en educación (inversión a futuro), pero tiene un gasto sanitario y en dependencia (gasto corriente) insostenible con sus propios recursos fiscales.
La productividad como motor de la solidaridad
Aquí entra el factor clave: la productividad regional (PIB por ocupado y capacidad de generar valor añadido).
Regiones como Madrid, País Vasco (aunque con fuero propio) y Cataluña presentan índices de productividad más altos. Esto se traduce en salarios más altos, mayores beneficios empresariales y, crucialmente, mayor recaudación de IRPF e IVA.
El argumento económico es rotundo: La productividad de las regiones ricas financia los servicios de las regiones envejecidas.
Sin la transferencia de rentas desde las zonas de alta productividad hacia las de baja productividad y alta dependencia, el Estado del Bienestar colapsaría en la mitad del territorio nacional. Una comunidad con poca industria, baja densidad y población anciana es fiscalmente deficitaria por naturaleza.
¿Cómo debería ser el "Reparto"? Criterios en conflicto
Si rediseñamos el modelo, nos encontramos con un dilema ético y económico sobre qué criterios deben primar:
A. El criterio Poblacional (La postura de la "España Llena")
Si el reparto se hace estrictamente por número de habitantes (criterio per cápita), las regiones productivas y densas (Madrid, C. Valenciana, Cataluña) saldrían ganando.
Argumento: "Las personas tienen derechos, no los territorios". Si tengo 1 millón más de habitantes que hace 30 años, necesito 10 hospitales más.
Riesgo: Asfixiaría financieramente a la España vacía, incapaz de cubrir los costes fijos de sus servicios por la falta de economías de escala.
B. El criterio del Coste Efectivo (La postura de la "España Vacía")
Si el reparto pondera la dispersión y el envejecimiento (lo que cuesta realmente prestar el servicio).
Argumento: Un ciudadano de Soria tiene el mismo derecho a una ambulancia que uno de Valencia, aunque en Soria esa ambulancia cueste el triple por habitante.
Riesgo: Las regiones productivas sienten que subvencionan la ineficiencia o que no reciben retorno de su esfuerzo fiscal.
C. El criterio de Productividad e Incentivos (La propuesta liberal)
Este enfoque sugiere que el sistema actual "castiga" a quien es productivo y "premia" a quien no lo es (o a quien no atrae empresas).
La propuesta: Permitir que las regiones productivas retengan una mayor parte de su riqueza generada (ordinalidad) para incentivar el crecimiento, garantizando solo un suelo mínimo de servicios en el resto.
El contraargumento: Esto rompería la cohesión social y aceleraría aún más la despoblación del interior, creando un círculo vicioso: menos dinero = peores servicios = más emigración = menor productividad.
Conclusión y valoración
La productividad autonómica es, indiscutiblemente, la clave de bóveda del sistema. Las regiones con alta población activa y tejido empresarial dinámico actúan como "pulmones fiscales".
Sin embargo, un reparto basado puramente en criterios productivos condenaría a la irrelevancia a las regiones que, históricamente, han exportado mano de obra que ayudó a construir esa productividad en los centros industriales.
La solución no es binaria. Un modelo de financiación sostenible debe:
Reconocer el coste real del envejecimiento (cubriendo las necesidades de la población pasiva en la España vacía).
Incentivar la corresponsabilidad fiscal (que las regiones receptoras activen palancas para mejorar su propia productividad y no vivan solo de la transferencia).
Garantizar la ordinalidad: Que la región que más aporta no acabe teniendo menos recursos per cápita que la que recibe, para no desincentivar la locomotora económica del país.

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