opinión, fascismo, ICE, EE.UU., Alex Pretti
25 enero 2026.- La ejecución de Alex Pretti en Minneapolis, a escasos metros de donde cayeron George Floyd y Renee Good, confirma la transformación final de las fuerzas del orden en ejércitos de ocupación. La estética militar y la mentalidad de videojuego no son anécdotas: son el síntoma de una democracia que devora sus propios derechos.
"Es como Call of Duty". La frase, captada por un micrófono abierto en medio del caos de Minneapolis, hiela la sangre. No fue dicha por un adolescente en un sofá, sino por un agente federal armado con fusil de asalto, chaleco táctico y la impunidad que otorga el Estado. "¿Genial, eh?", añadía otro. Segundos o minutos después, Alex Pretti, de 37 años, yacía muerto en el asfalto.
Lo ocurrido este sábado en Minneapolis no es un incidente aislado ni un "exceso policial". Es la culminación de un proceso de deshumanización que ha convertido a los ciudadanos en objetivos y a las ciudades en campos de batalla. A poco más de una milla de donde la policía asfixió a George Floyd en 2020, y cerca de donde Renee Good fue abatida hace apenas unas semanas, la historia se repite no como farsa, sino como una tragedia militarizada.
La estética del terror
Cuando los agentes del orden se visten para la guerra, inevitablemente buscan un enemigo. Los uniformes de camuflaje en entornos urbanos, las máscaras de gas cuando no hay gas, y el armamento pesado no son herramientas de protección civil; son instrumentos de intimidación.
Esta estética "tacticool", importada de las guerras extranjeras y normalizada por unidades federales y el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), envía un mensaje claro: usted no es un ciudadano con derechos constitucionales, usted es una amenaza potencial en un territorio hostil. Al borrar su rostro tras máscaras y cascos, el agente se despoja de su responsabilidad individual y se convierte en una máquina anónima de violencia estatal.
El fin del debido proceso
La Constitución de los Estados Unidos —y la de cualquier democracia liberal que se precie— se fundamenta en la presunción de inocencia y el debido proceso. Sin embargo, lo que presenciamos en Minneapolis es la suspensión de facto de estos derechos.
Cuando un escuadrón federal actúa con la mentalidad de un "shooter" en primera persona, el juicio se celebra en una fracción de segundo y la sentencia es de muerte. No hay jurado, no hay defensa, solo la adrenalina de quien se cree protagonista de un videojuego donde las vidas extra no existen. La justificación de la "seguridad nacional" o el "orden público" se ha estirado tanto que ha roto el contrato social.
Un aviso para navegantes globales
Sería un error ver esto solo como un problema estadounidense. Lo que ocurre en Minneapolis es el canario en la mina para todas las democracias occidentales. La tentación del "puño de hierro", la militarización de la policía ante el descontento social y la creación de un "enemigo interno" son dinámicas que estamos viendo replicarse en Europa y América Latina.
Cualquier país que permita que sus fuerzas de seguridad interna adopten tácticas, equipamiento y mentalidades militares está abriendo la puerta a una involución democrática. Si aceptamos que la seguridad requiere suprimir la libertad y que el orden justifica el terror, entonces debemos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre.
Las imágenes de Minneapolis, con sus soldados urbanos riéndose de la violencia como si fuera ficción digital, nos gritan una advertencia urgente. Si caminana como un ejército de ocupación, visten como un ejército de ocupación y matan con la impunidad de un ejército de ocupación, ya no es una democracia en crisis. Como bien se teme en las calles de Minnesota: así es el fascismo.
La Crónica del Henares

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