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| Trump ha estado conduciendo convoyes de excavadoras a través del derecho internacional desde que asumió el cargo hace casi un año, y ahora son casi escombros. Fotografía: Alex Brandon/AP |
Trump ya no está doblando las reglas: las está demoliendo, con consecuencias mucho más allá de Caracas.
De buscar el Nobel a la guerra por distracción. La operación militar en Venezuela es el intento desesperado de un Trump acorralado por el escándalo Epstein para aferrarse al poder. El miedo a la guerra desapareció; el respeto a la soberanía, también. Un precedente oscuro para el mundo.
03 enero 2026.- La intervención militar en Venezuela en los albores de 2026 no es simplemente una operación extranjera más en el largo historial de los Estados Unidos; es el certificado de defunción del orden internacional basado en reglas.
Lo que estamos presenciando, bajo la dirección de una administración acorralada por el escándalo y embriagada de una omnipotencia ilusoria, es la adopción formal de la lógica del adversario. Como señaló David Rothkopf, es la "putinización de la política exterior estadounidense": la validación final de que, en este nuevo siglo, la fuerza bruta no es el último recurso, sino el primer principio.
Con la intervención en Venezuela, Trump no solo rompe las reglas, las demuele. Al validar la lógica de las esferas de influencia, Washington legitima a Putin y Xi. El orden global ha muerto; bienvenido a la era de la fuerza bruta.
La Demolición de la Norma
Durante décadas, la hegemonía estadounidense buscó, al menos retóricamente, legitimarse a través de coaliciones y mandatos internacionales. Donald Trump no está doblando esas reglas; las está demoliendo.
Al actuar unilateralmente contra Caracas, motivado por el oportunismo de recursos y la necesidad política de distracción, Washington ha cruzado el umbral que separa al "policía del mundo" del "señor de la guerra". La operación contra Maduro confirma que el miedo a las guerras extranjeras —el único freno que contenía los impulsos imperiales del presidente— ha sido sustituido por una fascinación peligrosa por la eficiencia letal y el teatro militar.
La guerra ya no es un fracaso de la diplomacia para esta administración; es una herramienta de relaciones públicas para silenciar el ruido de los escándalos domésticos, desde la incompetencia administrativa hasta las sombras del caso Epstein.
Esferas de influencia: el nuevo Mapa Mundi
La consecuencia más grave de esta "putinización" trasciende las fronteras de Venezuela. Al tratar a América Latina explícitamente como su patio trasero —con derecho a intervención directa y apropiación de recursos—, Estados Unidos ha validado la doctrina que sus rivales geopolíticos llevan años predicando.
Si Washington reclama Caracas bajo la lógica de la seguridad y la influencia regional, ¿con qué autoridad moral puede condenar las acciones de Moscú en Ucrania o las ambiciones de Pekín en el Mar de la China Meridional?
Para Vladimir Putin: Esto es una vindicación. La narrativa rusa de que Ucrania es una extensión natural de su esfera de seguridad se vuelve un espejo de la política estadounidense en el hemisferio occidental.
Para Xi Jinping: Es una señal verde. La conclusión en Pekín es clara: el derecho internacional es una ficción que los poderosos invocan solo cuando les conviene. La soberanía de Taiwán o las disputas territoriales ya no dependen de leyes, sino del cálculo de la fuerza armada disponible.
El triunfo de la fuerza sobre la razón
El peligro brutal que enfrentamos en 2026 es la normalización del imperialismo transaccional. Hemos pasado de un mundo que aspiraba a la legalidad universal a uno fragmentado en feudos armados. En este nuevo ecosistema, la seguridad de las naciones pequeñas no depende de su soberanía reconocida por la ONU, sino de su sumisión al hegemon más cercano.
La "putinización" implica que la diplomacia se reduce a la intimidación. El espectáculo de un presidente envejecido, buscando en el poder militar el respeto que pierde en las encuestas, nos arrastra a todos hacia un escenario volátil donde el error de cálculo es inminente.
La tragedia no es solo el destino de Venezuela, sino lo que representa para el resto del mundo. Al abrazar la lógica de que el poder otorga derechos, Estados Unidos ha renunciado a su papel de arquitecto de la estabilidad global para convertirse en otro competidor rapaz en un juego de suma cero.
Las reglas se han roto. Las esferas de influencia se están cerrando. Y como demuestra la historia, cuando las grandes potencias deciden que la ley es un estorbo y la guerra una herramienta útil, el mundo entero se convierte en un campo de batalla.

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