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Enero de 2026 pasará a los registros climáticos como el mes de la gran contradicción atmosférica. Mientras Europa y Norteamérica tiritaban bajo la ola de frío más intensa desde 2010, arrastrada por una corriente en chorro errática, el hemisferio sur ardía bajo temperaturas récord.
11 febrero 2026.- Según el último boletín del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), a pesar de las heladas en el norte, el planeta vivió su quinto enero más cálido registrado, rozando peligrosamente el umbral de los 1,5 °C sobre la era preindustrial.
Si alguien en Estocolmo, Berlín o Chicago hubiera mirado el termómetro el mes pasado, le habría costado creer que el planeta sigue calentándose. Sin embargo, si esa misma persona hubiera llamado a un amigo en Santiago de Chile o Sídney, la historia habría sido radicalmente opuesta. Enero de 2026 nos ha ofrecido una lección magistral y contundente sobre la complejidad del sistema climático terrestre: el calentamiento global no es lineal ni uniforme, y paradójicamente, puede ser el motor de episodios de frío extremo.
Según los datos publicados hoy por el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) y el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF), enero de 2026 se ha consolidado como el quinto enero más cálido a nivel mundial desde que se tienen registros. La temperatura media del aire en superficie fue de 12,95 °C, lo que sitúa a este mes 1,47 °C por encima del promedio de la era preindustrial (1850-1900).
Esta cifra, apenas unas centésimas por debajo del límite simbólico de 1,5 °C establecido en el Acuerdo de París, es alarmante por sí misma. Pero lo que realmente ha desconcertado a la opinión pública y desafiado a los meteorólogos ha sido la distribución de ese calor. Samantha Burgess, directora adjunta del C3S, resume la situación con una claridad meridiana: "Enero de 2026 nos recordó de forma contundente que el sistema climático puede a veces provocar simultáneamente un clima muy frío en una región y un calor extremo en otra".
El Norte bajo el hielo: la "serpiente" polar
Para entender por qué medio planeta se congeló mientras la temperatura global subía, hay que elevar la vista 5,5 kilómetros sobre nuestras cabezas, hacia la troposfera media. Los mapas isobáricos del 24 de enero mostraron una anomalía fascinante y peligrosa: la corriente en chorro polar (polar jet stream), ese río de viento que normalmente confina el aire frío en el Ártico, perdió su tensión habitual.
En condiciones normales, un vórtice polar fuerte mantiene el aire gélido atrapado en el círculo polar. Sin embargo, en enero de 2026, la corriente en chorro se comportó como una cuerda floja y ondulante, serpenteando profundamente hacia latitudes medias. Estas oscilaciones permitieron que masas de aire ártico se descolgaran hacia el sur, penetrando en el corazón de Europa y Estados Unidos.
El resultado fue inmediato y severo. Europa vivió su enero más frío desde 2010, con una temperatura media en el continente de -2,34 °C, lo que supone 1,63 °C por debajo del promedio del periodo 1991-2020. Las imágenes de satélite y los datos de superficie confirmaron anomalías térmicas negativas que tiñeron de azul oscuro los mapas de Escandinavia, los Países Bálticos y gran parte de Europa del Este. En Laponia, por ejemplo, los termómetros se desplomaron habitualmente por debajo de los -30 °C, mientras que ciudades acostumbradas a inviernos suaves en el sur de Europa tuvieron que desempolvar sus planes de emergencia invernal.
Al otro lado del Atlántico, la situación fue similar. Una lengua de aire polar barrió el centro y este de Estados Unidos, provocando tormentas de nieve y hielo que paralizaron infraestructuras críticas. Este fenómeno de "bloqueo atmosférico" no es nuevo, pero los científicos advierten que el calentamiento desproporcionado del Ártico (que se calienta hasta cuatro veces más rápido que el resto del planeta) está debilitando la diferencia de temperatura que impulsa la corriente en chorro, haciéndola más propensa a estas "serpenteos" extremos.
El Sur en llamas: la otra cara de la moneda
Mientras el hemisferio norte se abrigaba, el hemisferio sur sufría las consecuencias directas de la energía térmica acumulada en el sistema. El contraste fue brutal. Las zonas subtropicales y templadas del sur experimentaron olas de calor persistentes que "proporcionaron combustible" para desastres naturales devastadores.
En Sudamérica, particularmente en Chile y la región de la Patagonia (Argentina), las altas temperaturas secaron la vegetación a niveles críticos, facilitando la propagación de incendios forestales voraces que se cobraron vidas y arrasaron miles de hectáreas. La combinación de vientos fuertes y calor extremo creó tormentas de fuego difíciles de controlar, un patrón que se está volviendo tristemente habitual en los veranos australes.
Simultáneamente, Australia enfrentó su propia batalla contra el fuego en el oeste y el sur, mientras que otras regiones del continente sufrían el efecto opuesto pero igualmente extremo de un sistema climático cargado de energía: lluvias torrenciales. En el sur de África, el calor no vino solo; las anomalías de temperatura en la superficie del mar alimentaron sistemas de tormentas que provocaron inundaciones severas a finales de mes, desplazando a comunidades enteras.
Los océanos siguen febriles
Más allá de la atmósfera, el informe de Copernicus pone el foco en el verdadero almacén de calor del planeta: los océanos. Enero de 2026 registró una temperatura media de la superficie del mar (SST) de 20,68 °C en la franja extrapolar (60°S-60°N). Este dato supone el cuarto valor más alto jamás registrado para un mes de enero, situándose solo 0,29 °C por debajo del récord absoluto de enero de 2024.
El calor oceánico persistente es el motor oculto que mantiene las temperaturas globales elevadas incluso cuando las masas continentales del norte se enfrían. El Atlántico Norte, por ejemplo, continuó mostrando temperaturas muy superiores a la media, especialmente en las zonas subtropicales y en el Mar de Noruega, lo que paradójicamente aporta la humedad necesaria para que, al chocar con el aire frío ártico, se produzcan nevadas masivas.
En cuanto a la criosfera, las noticias tampoco son alentadoras. La extensión del hielo marino del Ártico se situó un 6% por debajo de la media, marcando el tercer registro más bajo para un mes de enero. En la Antártida, la situación fue aún peor porcentualmente, con una extensión de hielo marino un 8% inferior a la media histórica.
La nueva normalidad es la extremidad
El informe de enero de 2026 es un "disparador de realidad" para la comunidad internacional. Nos enseña que el calentamiento global no significa simplemente que todos los días serán un poco más calurosos en todas partes. Significa desestabilización.
La falacia del "frío refutador": El frío extremo en Europa y Norteamérica no contradice el calentamiento global; de hecho, puede ser un síntoma de la alteración de la dinámica atmosférica (la corriente en chorro) provocada por el deshielo ártico.
Riesgo simultáneo: La capacidad del sistema climático para golpear con congelación y fuego al mismo tiempo en diferentes hemisferios pone a prueba la resiliencia de la economía global, la producción de alimentos y la gestión de emergencias.
Cerca del límite: Con una anomalía de 1,47 °C, seguimos bailando sobre el filo de los 1,5 °C. Aunque enero de 2026 fue "más fresco" que el récord de 2025 (el año más cálido registrado hasta la fecha), la tendencia decenal sigue siendo ineludiblemente ascendente.
Como advierte Samantha Burgess, la adaptación ya no es una opción a futuro, sino una necesidad presente. Prepararse para un clima donde las olas de frío polar y los incendios forestales incontrolables son noticias simultáneas en el telediario es el mayor desafío de nuestra era. Enero de 2026 no ha sido una anomalía estadística, sino un aviso: el clima se ha vuelto ruidoso, violento y, sobre todo, extremo.



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