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| Marco Rubio y Ursula von der Leyen en la Conferencia de Seguridad de Munich 2026 |
14 febrero 2026.- La Conferencia de Seguridad de Múnich de este año ha servido como el escenario de una revelación incómoda pero necesaria: el vínculo transatlántico no se está rompiendo, pero está sufriendo una metamorfosis dolorosa. Mientras el Secretario de Estado de EE.UU. apela a la nostalgia de la civilización compartida para formar un frente unificado bajo el liderazgo de Washington, Ursula von der Leyen dibuja una línea en la arena, declarando el fin de la ingenuidad europea.
Lo que a primera vista parecen declaraciones contradictorias —una pidiendo unión, la otra independencia— son, en realidad, dos caras de la misma moneda geopolítica: el reconocimiento de que el viejo orden mundial ha muerto y la carrera por definir quién tendrá las llaves del nuevo.
El diagnóstico de Múnich: entre la hegemonía y la autonomía
Las intervenciones en el Hotel Bayerischer Hof de Múnich han dejado al descubierto la fricción tectónica que define el actual momento de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea. No estamos ante un simple desacuerdo diplomático, sino ante una divergencia en la lectura existencial de la crisis global.
Por un lado, la retórica estadounidense, articulada por el Secretario de Estado, invoca un concepto casi spengleriano del "decline" (declive). Al afirmar que América y Europa comparten raíces y un destino, y al instar a "invertir el declive", Washington está haciendo un llamamiento a cerrar filas. Es una invitación a la trinchera.
La lectura estadounidense es clara: el mundo se ha vuelto hostil para las democracias liberales y la única forma de asegurar un "nuevo siglo de prosperidad" es revitalizar el bloque occidental bajo una dirección clara. Sin embargo, la condición sine qua non que impone Estados Unidos es la alineación total de principios. En el subtexto diplomático actual, "compartir principios" suele traducirse en compartir rivales (China) y aceptar las nuevas reglas del juego económico dictadas por el proteccionismo industrial estadounidense.
Por otro lado, la respuesta de Ursula von der Leyen no es la de un subordinado agradecido, sino la de un socio que se ha despertado en una casa en llamas. Su afirmación de que "Europa debe volverse más independiente, no hay otra opción" es el reconocimiento oficial del fracaso de la doctrina de la interdependencia. Al mencionar amenazas que van "desde territorios hasta aranceles", la presidenta de la Comisión coloca, con una audacia calculada, la agresión militar rusa y la agresión comercial estadounidense (y china) en el mismo espectro de riesgos para la soberanía europea.
La lectura geopolítica: tres ejes de fricción
Para entender la profundidad de este desencuentro aparente, debemos analizar tres ejes fundamentales que se desprenden de estas declaraciones: la seguridad dura, la guerra económica y la soledad estratégica.
1. La Seguridad: de la OTAN a la Defensa Europea
La propuesta de Von der Leyen de activar la cláusula de defensa mutua de la UE y, más crucialmente, de tomar decisiones de seguridad por mayoría cualificada, es revolucionaria. Hasta ahora, la defensa europea ha sido un tabú o un sueño federalista sin dientes, siempre supeditada al paraguas de la OTAN.
Que la Comisión abogue por eliminar el veto nacional en política exterior indica una urgencia extrema. La lectura aquí es que Europa ya no confía plenamente en la garantía de seguridad estadounidense a largo plazo. La volatilidad de la política interna en EE.UU. (con el espectro del aislacionismo siempre presente) ha forzado a Bruselas a buscar un plan B. La invitación a "estrechar lazos con el Reino Unido" confirma esta tesis: ante la duda sobre Washington, Europa busca recomponer su propia arquitectura de seguridad con sus vecinos nucleares y militares, independientemente del Brexit. EE.UU. pide "unirse a una causa", pero Europa está intentando comprar su propio seguro de vida.
2. La Economía como campo de batalla
El punto de mayor fricción reside en la mención a los "aranceles" y las "regulaciones tecnológicas". Aquí es donde la visión romántica de la "alianza de valores" choca con la realpolitik.
Estados Unidos está inmerso en una reindustrialización forzosa (con leyes como la IRA o la CHIPS Act) diseñada para competir con China, pero que a menudo golpea colateralmente a la industria europea. Cuando el Secretario de Estado habla de "invertir el declive económico", se refiere a recuperar la primacía industrial americana. Europa, carente de los recursos energéticos baratos de antaño (el gas ruso) y enfrentada al proteccionismo de su aliado atlántico, se siente acorralada.
La "independencia" que reclama Von der Leyen no es un capricho antiamericano; es una necesidad de supervivencia económica. Si Europa se "une a la causa" estadounidense sin condiciones, corre el riesgo de convertirse en un mero mercado cautivo y un satélite tecnológico, perdiendo su base industrial. La contradicción, por tanto, es estructural: EE.UU. quiere a Europa como escudero económico contra China; Europa quiere ser un jugador, no el tablero donde se juega la partida.
3. Valores vs. intereses
El discurso estadounidense apela a los "valores" (historia, cultura). El discurso europeo apela a los "intereses" (seguridad, tecnología, aranceles). Esta disonancia es crítica. Históricamente, Europa se sentía cómoda hablando de valores porque sus intereses de seguridad estaban cubiertos por EE.UU. y sus intereses económicos por el libre mercado global.
Hoy, con el libre mercado en retroceso y la seguridad en entredicho, Europa se ve obligada a hablar el lenguaje del poder. La advertencia de Von der Leyen sobre las "regulaciones tecnológicas" es un mensaje directo a Silicon Valley: Europa usará su poder regulatorio como arma geopolítica si es necesario.
La necesidad de una alianza entre adultos
¿Son estas visiones irreconciliables? No necesariamente, pero requieren una renegociación del contrato transatlántico.
La lectura que debemos extraer es que la era del seguidismo automático ha terminado. La propuesta de EE.UU. de un "destino común" es válida solo si ese destino no implica la subordinación económica de Europa. La "independencia" de Von der Leyen no busca la autarquía ni la ruptura con la OTAN, sino la capacidad de actuar ("agency") cuando los intereses de Washington y Bruselas no coincidan.
El Secretario de Estado tiene razón: Occidente debe invertir su declive. Pero la presidenta de la Comisión acierta en el método: no se puede revertir el declive convirtiendo a Europa en un vasallo, sino fortaleciéndola como un pilar autónomo capaz de cargar su propio peso.
La paradoja de Múnich nos enseña que para que la alianza atlántica sobreviva al siglo XXI, Estados Unidos debe aceptar una Europa más difícil, más asertiva y, a veces, incómoda. Y Europa debe aceptar que la "independencia" tiene un precio: gastar en defensa, tomar decisiones difíciles por mayoría y dejar de esperar que el teléfono rojo siempre lo descuelguen en inglés.
Lo que hemos visto en Múnich no es un divorcio, es la discusión tensa de una pareja que se da cuenta de que, para seguir juntos ante la tormenta que viene, deben cambiar las reglas de convivencia. La volatilidad global no permite ya ni la tutela paternalista de uno ni la adolescencia irresponsable del otro.
La Crónica del Henares

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