HISTORIA. Balduino, Saladino y la caída de Jerusalén

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Cuando Balduino IV sucumbió a la lepra, sus potenciales sucesores lucharon por el trono. Su determinación por demostrar su valía pondría en peligro a la propia Jerusalén medieval.

En julio de 1099, Jerusalén cayó en manos de los ejércitos de la Primera Cruzada. En medio de escenas de matanza y triunfo, Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, y sus compañeros cruzados reclamaron la Ciudad Santa. Godofredo se erigió como el primer gobernante del nuevo reino latino, inaugurando lo que se convertiría en la dinastía jerosolimitana. De esta conquista surgió un nuevo orden político. Los francos, término genérico que designaba a los colonos de Europa occidental en Tierra Santa, establecieron una serie de estados feudales en el Levante, entre ellos el Reino de Jerusalén, el Principado de Antioquía, el Condado de Edesa y el Condado de Trípoli. Rodeados de poderosos vecinos musulmanes, vivían en un entorno precario de guerras intermitentes, treguas frágiles y fronteras cambiantes.


Historia Medieval · Las Cruzadas

El Rey Leproso y el Sultán: cómo la sucesión de Balduino IV abrió las puertas de Jerusalén a Saladino

Durante once años, un adolescente devorado por la lepra mantuvo a raya al hombre más poderoso del Islam. Cuando murió, las rivalidades que había contenido a duras penas desataron una catástrofe que borró del mapa el Reino cruzado de Jerusalén.

Fuentes: History Today · World History Encyclopedia · Britannica · Jonathan Phillips, Holy Warriors (2009) · William de Tiro, Historia Rerum in Partibus Transmarinis Gestarum

Fechas clave

1174 Balduino IV, 13 años, sube al trono de Jerusalén 1177 Victoria de Montgisard: Balduino derrota a Saladino con 375 caballeros 1185 Muerte del Rey Leproso, con 24 años 4 jul. 1187 Batalla de los Cuernos de Hattin: aniquilación del ejército cruzado 2 oct. 1187 Saladino entra en Jerusalén. La Ciudad Santa cae tras 88 años de dominio franco

En julio de 1099, los ejércitos de la Primera Cruzada escalaron las murallas de Jerusalén al grito de “Dios lo quiere” y la tomaron al asalto. En la batalla surgió un nuevo orden político: los francos —término genérico con el que se designaba a los colonos de Europa occidental— establecieron una serie de estados feudales en el Levante, entre ellos el Reino de Jerusalén, el Principado de Antioquía, el Condado de Edesa y el Condado de Trípoli. Rodeados de poderosos vecinos musulmanes, vivían en un entorno precario de guerras intermitentes, treguas frágiles y fronteras cambiantes. Ochenta y ocho años después, todo aquel edificio se derrumbaría en un solo día de verano, a los pies de dos colinas volcánicas en Galilea llamadas los Cuernos de Hattin.

Entre la conquista y el derrumbe hay una historia que condensa todo lo que puede ser la historia medieval: una enfermedad devastadora, una voluntad de hierro, una rivalidad digna de la épica y una sucesión dinástica que se convirtió en el talón de Aquiles de un reino. Es la historia de Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso, y de su duelo de una década con Saladino, sultán de Egipto y Siria.

“He visto tiempos en que el rey Balduino de Jerusalén, el que era leproso, derrotó a Saladino aunque solo tenía 300 hombres armados contra los 3.000 de Saladino. Pero ahora vuestros pecados han llegado a tal punto que os recogemos en los campos como al ganado.”

— Palabras de un anciano de Damasco a un cruzado, recogidas por las fuentes medievales

I. Un reino en el filo de la navaja: los Estados Cruzados del Levante

El Reino de Jerusalén no era, en modo alguno, un estado sólido. Era una construcción política extraordinaria —un reino feudal europeo trasplantado al corazón del Oriente Próximo— que sobrevivía gracias a una combinación de valentía militar, diplomacia pragmática y la constante esperanza de refuerzos desde Occidente. Aunque controlaban muchas ciudades y castillos y se enriquecían con el comercio que atravesaba el Levante, los colonos cruzados padecían siempre una escasez crónica de efectivos.

El panorama geopolítico se complicó drásticamente a partir de 1169, cuando un joven general kurdo al servicio del Islam sunita comenzó a construir metódicamente un poder sin precedentes en la región. Saladino, fundador de la dinastía Ayubí en Egipto, tomó el control de Damasco en 1174, de Alepo en 1183 y de Mayyafariqin en 1185. Mosul se inclinó ante su soberanía en 1186. El puzle del dominio ayubí estaba casi completo; solo quedaban los pequeños enclaves de los estados cruzados, que conocían bien la tormenta que se avecinaba.

Los llamamientos de auxilio al rey Felipe II de Francia y al rey Enrique II de Inglaterra cayeron en saco roto, pese a la oferta de cederles la soberanía sobre los Estados Cruzados. El Reino de Jerusalén estaba solo.

II. El niño rey y la enfermedad incurable: Balduino IV sube al trono

Balduino IV (1161-1185), conocido como el Rey Leproso, fue rey de Jerusalén desde 1174 hasta su muerte en 1185. Ascendió al trono con trece años a pesar de padecer lepra. Su tutor, el arzobispo Guillermo de Tiro —uno de los cronistas más valiosos de la época—, fue el primero en detectar los síntomas: el niño no sentía dolor en la mano derecha. Lo que parecía insensibilidad resultó ser el principio de la lepra lepromatosa, la forma más agresiva de la enfermedad.

Como leproso, no podía casarse ni esperar tener hijos; se convirtió así en prioridad urgente organizar el matrimonio de la hermana de Balduino y heredera al trono. La castidad forzada por la enfermedad paradójicamente reforzó su imagen pública: sus contemporáneos la interpretaron como signo de santidad extraordinaria, pues creían que los leprosos eran seres de lujuria desenfrenada. Su éxito contra Saladino también fue interpretado como una señal del favor de Dios.

Lo que nadie esperaba —ni amigos ni enemigos— era que ese niño enfermo se convertiría en uno de los reyes guerreros más eficaces de la historia de las Cruzadas. Desde el inicio de su reinado en 1174, Balduino comprendió que la supervivencia de Jerusalén dependía de una respuesta militar firme al poder creciente de Saladino. No rehuyó liderar ejércitos en persona, incluso cuando su enfermedad empeoraba.

III. La gloria de Montgisard: cuando el leproso humilló al sultán

En noviembre de 1177, Saladino lanzó una gran invasión del reino desde Egipto, con un ejército que las fuentes estiman entre 12.000 y 26.000 hombres. Convencido de que el joven rey enfermo no supondría resistencia alguna, avanzó directamente hacia Jerusalén sin destacar exploradores ni asegurar sus flancos. Fue un error que pagaría caro.

El joven Balduino IV, de dieciséis años y gravemente aquejado de lepra, lideró fuerzas cristianas en inferioridad numérica contra las tropas de Saladino en lo que se convertiría en uno de los combates más notables de las Cruzadas. El ejército musulmán fue rápidamente derrotado y perseguido durante doce millas. Saladino huyó de regreso a El Cairo con apenas una décima parte de su ejército.

El joven rey, según se cuenta transportado en litera, arengó a los caballeros y participó personalmente en el combate, inspirando a sus hombres y humillando a Saladino. Aunque en inferioridad numérica, Balduino supo explotar el terreno y el momento. Atacó cuando las fuerzas de Saladino estaban dispersas y vulnerables tras cruzar hacia el reino latino. La victoria de Montgisard se convertiría en leyenda: la prueba de que la providencia protegía al reino enfermo.

“Ya medio muerto”, como comentó un cronista, Balduino reunió su valor y cabalgó contra los musulmanes. Saladino confiaba demasiado en su superioridad numérica y no anticipó ninguna resistencia activa de los cristianos.

— Jonathan Phillips, Holy Warriors: A Modern History of the Crusades (2009)

IV. La trampa dinástica: el problema de la sucesión

Mientras la lepra avanzaba inexorable —cegándole primero, después privándole del uso de las manos y los pies—, Balduino se vio atrapado en la contradicción más cruel de su reinado: era el único capaz de mantener unida a una nobleza feudal profundamente dividida, pero su enfermedad le impedía tener heredero propio y hacía urgente resolver la sucesión.

El problema tenía nombre y rostro: su hermana Sibila. Balduino necesitaba casarla con alguien capaz y leal. En 1176 lo intentó con Guillermo de Montferrat, que murió al año siguiente. En 1180, para atajar un golpe de estado de Raimundo III de Trípoli y el príncipe Bohemundo III de Antioquía, Balduino casó a Sibila con Guy de Lusignan.

Fue la decisión más desastrosa de su reinado. Guy de Lusignan era un noble francés recién llegado, ambicioso, impulsivo y sin la experiencia necesaria para gobernar un reino en peligro constante. Guy contaba con la oposición de una gran fracción de la nobleza y pronto dañó permanentemente su relación con Balduino a través de su insubordinación. En 1183, cuando Balduino le confió el mando del ejército para enfrentar una incursión de Saladino, Guy optó por la inacción: evitó el combate y permitió que el sultán devastara el reino sin hacerle frente. Balduino, furioso, le retiró la regencia.

En un intento de mantener la sucesión en su familia, el Balduino sin hijos coronó a su sobrino como rey Balduino V en noviembre de 1183, nombrando a Raimundo de Trípoli y a Joscelino III de Courtenay tutores del niño. Tenía esperanzas de que la regencia de Raimundo —el noble más capaz y experimentado del reino— estabilizara la situación. Pero el Rey Leproso ya no tendría tiempo de ver el resultado.

V. La muerte del escudo: marzo de 1185

En los últimos meses de su vida, Balduino IV ya no podía caminar, ni ver, ni alimentarse solo. Incapaz de montar a caballo, era trasportado en litera de Jerusalén a Tiro para hacer frente a la invasión propuesta por Saladino en 1182. Con frecuencia recibía a los visitantes del reino no desde un lecho estático, sino transportado en una litera, demostrando una fuerza y resistencia sin parangón.

Aunque podría juzgarse que se aferró al poder demasiado tiempo, y que la combinación de su salud impredecible y su deseo de ejercer la autoridad causó graves inconsistencias en el gobierno del reino, es innegable que su valentía al enfrentarse a una enfermedad terrible indujo respeto incluso entre sus enemigos. El cronista musulmán Imad al-Din escribió sobre él: “A pesar de sus enfermedades, le eran leales, le alentaban, estaban satisfechos de tenerle como gobernante y no prestaban atención a su lepra... era obedecido y veía que había paz entre ellos.”

Balduino IV murió en 1185 con tan solo 24 años. Su lepra había progresado hasta el punto en que ya no podía caminar ni alimentarse, pero su control del poder se mantuvo firme hasta el final. Fue enterrado a los pies del Monte Calvario, en la Iglesia del Santo Sepulcro, entre sus antepasados. Tenía diecinueve años de reinado y había mantenido a raya al hombre más poderoso del Islam.

VI. El derrumbe: Guy de Lusignan y el camino a la catástrofe

Balduino IV fue sucedido por su enfermizo sobrino de nueve años, Balduino V, el “Rey Niño”. Balduino V murió en menos de un año, y el reino se precipitó en una amarga y faccional crisis sucesoria. La reina Sibila agravó la situación al coronar a su nuevo esposo, Guy de Lusignan, como rey de Jerusalén en 1186. El hombre que Balduino IV había destituido por su incompetencia estaba ahora en el trono.

El Reino de Jerusalén quedó dividido entre la “facción de la corte” de Guy —compuesta por Sibila y recién llegados al reino como Reinaldo de Châtillon, Gerardo de Ridefort y los Caballeros Templarios— y la “facción de los nobles”, liderada por Raimundo III de Trípoli. Esta fractura interna paraliza la toma de decisiones en el peor momento posible.

El detonante de la catástrofe lo proporcionó el más peligroso de los impulsivos: Reinaldo de Châtillon, señor del castillo de Kerak. Este barón sin escrúpulos había pasado quince años preso en Alepo tras atacar el principado de Antioquía, y su liberación no le había enseñado la prudencia. En 1187, mientras una tregua formalmente acordada seguía en vigor, Reinaldo de Châtillon atacó una caravana musulmana del Hajj. Saladino juró que mataría a Reinaldo por violar la tregua.

Saladino no era hombre que no cumpliera sus juramentos. Tenía el pretexto que necesitaba y el poder para actuar. En la primavera de 1187, el ejército de Saladino infligió una seria derrota a un pequeño ejército latino en las Fuentes de Cresson, el 1 de mayo de 1187. Era una clara indicación de que los caballeros occidentales fuertemente armados estaban lejos de ser invencibles.

VII. Los Cuernos de Hattin: la trampa perfecta (4 de julio de 1187)

En junio de 1187, Saladino cruzó el Jordán con más de 30.000 hombres y puso sitio a Tiberíades, ciudad donde se encontraba encerrada la esposa de Raimundo III de Trípoli. La trampa estaba tendida: si Guy no respondía, parecería cobarde y dejaría a la esposa de su rival a merced del enemigo. Si respondía, tendría que atravesar las áridas colinas de Galilea en pleno julio.

Raimundo de Trípoli, que conocía el terreno como nadie, aconsejó no mover el ejército: Saladino no podría mantener el asedio indefinidamente. Pero esa misma noche, el Gran Maestre de los Templarios, Gerardo de Ridefort, visitó a Guy y le convenció de marchar. A la mañana siguiente, Guy había cambiado de opinión. Era una única apuesta de todo o nada: si el ejército latino de campo era derrotado, también lo sería el Oriente Latino.

El 3 de julio de 1187, Saladino atacó al ejército franco en marcha desde su base en Sapphorie hacia Tiberíades. La estrategia principal de Saladino consistía en hacer que sus arqueros montados hostigaran continuamente al enemigo y luego se retiraran rápidamente. El cronista Imad al-Din al-Isfahani recordó que “las flechas se clavaban en ellos, transformando a sus leones en erizos.”

Al amanecer del 4 de julio, los francos intentaron avanzar hacia el lago, a unos 10 kilómetros. Saladino ordenó prender fuego al matorral circundante; el calor y el humo solo añadieron más sed a los occidentales. Cuando el calor alcanzó su máximo al mediodía, los arqueros de Saladino, cada uno pertrechado con 400 flechas, recibieron la orden de lanzar un devastador bombardeo sobre el enemigo.

La decisión táctica que selló el destino del ejército cruzado

El ejército cruzado partió de Sapphorie, base bien abastecida de agua, para marchar los 20 km hasta Tiberíades bajo el sol de julio. Cuando los arqueros montados de Saladino iniciaron el hostigamiento, la columna se fue desarticulando. Al caer la noche del 3 de julio, el ejército acampó en una meseta árida —los Cuernos de Hattin— a horas de cualquier fuente de agua.

A la mañana siguiente, Saladino ordenó quemar la hierba seca que rodeaba el campamento. Sedientos, sofocados por el humo y sin posibilidad de retroceder, los cruzados intentaron varias cargas desesperadas hacia el lago. Todas fracasaron. El ejército más grande que los Estados Cruzados habían logrado reunir fue destruido en un solo día.

Los francos restantes se reagruparon en las laderas de los dos picos del monte Hattin. Dos últimas cargas desesperadas dirigidas directamente contra Saladino y su guardia personal fracasaron, y los musulmanes cerraron filas para la victoria.

Guy de Lusignan fue capturado pero tratado con hospitalidad y posteriormente liberado. Reinaldo de Châtillon, que había atacado antes una caravana musulmana violando una tregua, recibió su merecido y fue brutalmente ejecutado, con el primer golpe asestado por la propia cimitarra de Saladino. Antes de ejecutarle, Saladino le increpó: “No pedí a este hombre malvado que bebiera, y no salvará su vida haciéndolo.” A Guy, que temía correr la misma suerte, Saladino le tranquilizó con una frase que la historia ha conservado: “Los reyes no matan a los reyes.”

Los caballeros y hermanos de los Hospitalarios y Templarios capturados fueron ejecutados, pues Saladino temía sus habilidades de combate y su devoción a la causa cristiana. La Vera Cruz —la reliquia más sagrada del ejército cruzado, llevada a batalla como garantía de protección divina— fue capturada y enviada a Damasco invertida sobre una lanza. De los aproximadamente 20.000 soldados cristianos que habían partido de Sapphorie, solo se estima que unos 3.000 infantes lograron escapar de algún modo.

VIII. La caída de Jerusalén: 2 de octubre de 1187

Hattin no fue la caída de Jerusalén: fue la condena de Jerusalén. Con el ejército destruido, las ciudades y castillos habían sido vaciados de sus guarniciones para congregar a aquella fuerza que ya no existía. Saladino siguió su victoria tomando Acre, Tiberíades, Cesárea, Nazaret, Jaffa y la propia Jerusalén el 2 de octubre de 1187.

La toma de Jerusalén fue radicalmente diferente a la conquista cristiana de 1099. En aquella, los cruzados perpetraron una masacre indiscriminada. Saladino optó por la clemencia calculada: aceptó rescates de los cristianos latinos que podían permitírselo y esclavizó al resto. A los cristianos orientales se les permitió permanecer en Jerusalén como minoría protegida. Su entrada en la ciudad, el viernes 2 de octubre —Yawm al-Jumʿa, el día sagrado del Islam—, fue la de un estadista, no la de un conquistador sediento de sangre.

El Oriente Latino se había derrumbado casi por completo: solo Tiro seguía en manos cristianas bajo el mando de Conrado de Montferrat, junto a un puñado de castillos entre los que destacaba el Krak de los Caballeros.

“La pérdida de Tiberíades y la derrota en Hattin equivalían a la pérdida de toda Tierra Santa.”

— Cronista contemporáneo, recogido por Jonathan Phillips

IX. El impacto sobre Occidente y la Tercera Cruzada

El efecto sobre el “Occidente Latino” fue electrizante. Se dice que el Papa Urbano murió de pena al conocer la noticia, y las ondas de choque desencadenaron la Tercera Cruzada. El papa Gregorio VIII emitió la bula Audita tremendi convocando una nueva cruzada a los pocos días de su elección.

Occidente respondió a la pérdida de Hattin y a la inmediata caída de Jerusalén organizando la Tercera Cruzada. Una de las más grandes de todas las campañas cruzadas, sería liderada por tres monarcas europeos: Federico I Barbarroja, rey de Alemania y Sacro Emperador Romano; Felipe II de Francia; y Ricardo I “Corazón de León” de Inglaterra. A pesar de algunas victorias menores y de la reconquista de Acre, Occidente no pudo arrebatar Jerusalén a Saladino, cuya dinastía ayubí continuaría gobernando hasta 1250 en Egipto y hasta 1260 en Siria.

X. ¿Qué habría pasado si Balduino hubiera vivido más?

Algunos historiadores argumentan que si Balduino hubiera vivido más, podría haber retrasado o incluso prevenido la pérdida de Jerusalén. No es un argumento descabellado. Durante once años, Balduino IV mantuvo al sultán más poderoso del mundo islámico sin poder tomar la ciudad que más deseaba. No por milagro, sino por una combinación de talento militar, instinto político y una voluntad que su enfermedad fue incapaz de doblegar.

Lo que Hattin demostró fue, en última instancia, que el Reino de Jerusalén era más frágil de lo que parecía: dependía del equilibrio inestable entre facciones rivales que un único hombre, enfermo y sin heredero, había sido capaz de mantener a duras penas. Cuando ese hombre murió, las rivalidades que había contenido se liberaron, y Saladino supo exactamente cómo explotarlas.

La historia de Balduino IV es, en cierto modo, la historia más honesta de las Cruzadas: la de un ser humano que luchó con todo lo que tenía —un cuerpo que se deshacía, una nobleza que conspiraba, un enemigo que crecía— y que, pese a todo, fue durante once años el muro que separó a Jerusalén de su destino.

Las claves de la caída de Jerusalén

✦ La enfermedad de Balduino IV impidió que tuviera heredero directo, convirtiendo la sucesión en el talón de Aquiles del reino.

✦ La muerte prematura del rey (1185) desató las rivalidades faccionales que él había contenido con autoridad personal.

✦ Guy de Lusignan, rey impuesto, carecía de la lealtad de la nobleza y del juicio estratégico necesario.

✦ La ruptura de la tregua por Reinaldo de Châtillon ofreció a Saladino el pretexto jurídico y moral para la guerra total.

✦ En Hattin, Guy tomó la decisión táctica más desastrosa posible: marchó hacia el agua en el peor terreno, en pleno julio, contra el ejército más numeroso y mejor dirigido de su tiempo.

✦ Con el ejército destruido y las guarniciones vaciadas para crearlo, las ciudades del reino no tuvieron más opción que rendirse una tras otra.

Fuentes principales: Jonathan Phillips, Holy Warriors: A Modern History of the Crusades (Bodley Head, 2009); Mark Cartwright, “Battle of Hattin”, World History Encyclopedia (2018); Bernard Hamilton, The Leper King and his Heirs (Cambridge University Press, 2000); William de Tiro, Historia Rerum in Partibus Transmarinis Gestarum; Imad al-Din al-Isfahani, La conquête de la Syrie et de la Palestine par Saladin; Britannica (Balduino IV, Batalla de Hattin); History Today. Artículo elaborado con fines informativos y divulgativos a partir de fuentes académicas públicas.

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La Crónica del Henares: HISTORIA. Balduino, Saladino y la caída de Jerusalén
HISTORIA. Balduino, Saladino y la caída de Jerusalén
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La Crónica del Henares
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