geopolítica, imperialismo, colonialismo, Europa
12 enero 2026.- Mientras las cancillerías europeas emiten comunicados de preocupación ante el intervencionismo de Estados Unidos, o la expansión agresiva de Rusia y China en el Sur Global, un fantasma recorre los pasillos de Bruselas: el de su propia historia.
La indignación moral del Viejo Continente ante la injerencia extranjera choca frontalmente con la hemeroteca. Europa no es una víctima de la realpolitik, es su arquitecta original. Lo que hoy hacen Washington con el petróleo o Pekín con los minerales críticos es, en esencia, una actualización del manual que ingleses, franceses, alemanes, italianos y españoles escribieron con sangre y tinta sobre los mapas de Oriente Próximo y el Norte de África durante los siglos XIX y XX.
El tablero de arena: cuando Europa dibujó las fronteras
Es imposible entender el caos actual en Oriente Medio sin mirar el mapa desplegado sobre la mesa de los diplomáticos Mark Sykes y François Georges-Picot en 1916. Mucho antes de que la CIA orquestara golpes de estado, Gran Bretaña y Francia ya se repartían los despojos del Imperio Otomano con una escuadra y un cartabón, ignorando etnias, religiones y voluntades populares.
Bajo el eufemismo de "Mandatos" y "Protectorados", diseñados supuestamente para guiar a estos pueblos hacia una "independencia y libertad" que nunca llegaba, las potencias europeas establecieron su patio trasero. Francia se adjudicó Siria y el Líbano; Reino Unido tomó Palestina, Jordania e Irak, asegurando el control vital sobre la ruta a la India y los nacientes campos petrolíferos de Persia.
No fueron los únicos. Italia, buscando su "espacio vital", sometió a Libia a una brutal pacificación colonial. Alemania, aunque llegó tarde al reparto colonial clásico, proyectó su influencia hacia el este con el ferrocarril Berlín-Bagdad, buscando un acceso directo al Golfo Pérsico. Y España, en un intento de mantener su estatus de potencia, se aferró al norte de Marruecos, librando guerras cruentas en el Rif para asegurar un protectorado que servía más al orgullo nacional y a las minas del Rif que al bienestar de sus habitantes.
"Garantía de Independencia": La gran mentira comercial
La retórica de la época, cargada de una supuesta misión civilizadora, apenas ocultaba los verdaderos motores de la intervención: el Canal de Suez y el petróleo.
Los gobiernos europeos no dudaron en aupar reyezuelos dóciles o derrocar líderes nacionalistas cuando los intereses comerciales peligraban. El control del Canal de Suez (arteria jugular del Imperio Británico) justificó la ocupación militar de Egipto en 1882. Décadas más tarde, cuando Mossadegh intentó nacionalizar el petróleo iraní, no fue solo EEUU quien intervino; fue una operación conjunta con la inteligencia británica para proteger a la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP).
Europa creó un sistema donde la soberanía de los pueblos del Magreb y Levante terminaba donde empezaban los intereses de las metrópolis.
Del Oro Negro a las Tierras Raras: Los nuevos jugadores
Hoy, la dinámica es inquietantemente similar, aunque los actores y los recursos hayan mutado. La crítica europea al intervencionismo estadounidense palidece cuando se observa como una simple disputa entre competidores por el mismo mercado.
Donde antes se buscaba carbón y acceso a puertos, hoy se libra la guerra de los minerales críticos.
Estados Unidos continúa su doctrina de seguridad nacional ligada a los recursos energéticos, vigilando estrechamente Oriente Medio.
China replica el modelo de infraestructuras (la Nueva Ruta de la Seda) que en su día usó el Imperio Británico con sus ferrocarriles, asegurando cobalto y litio en África y Latinoamérica a cambio de deuda e influencia política.
Rusia, a través de grupos paramilitares (como el antiguo Wagner), ofrece "seguridad" a regímenes inestables en África (Mali, República Centroafricana) a cambio de acceso directo a minas de oro y diamantes, desplazando precisamente a la antigua potencia colonial, Francia.
La paradoja es evidente: Europa condena en el siglo XXI las mismas prácticas que perfeccionó en el XIX y XX. Al criticar que Washington, Moscú o Pekín traten al mundo como su tablero de ajedrez, las potencias europeas no hacen más que mirar su propio reflejo en un espejo roto, lamentando haber perdido la capacidad de mover las fichas que ellas mismas tallaron.

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