editorial, Mertz, Defensa, geopolítica
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| Imagen del canciller alemán Mertz con indumentaria militar |
02 mayo 2026.- Hay semanas que no son semanas, sino bisagras. La que acaba de pasar puede ser una de ellas. Mientras el mundo miraba hacia otros conflictos, Berlín ha tomado una decisión que reordena silenciosamente el tablero geopolítico de Occidente: Alemania ha decidido que ya no puede —ni quiere— depender de Washington para su seguridad. Y esa decisión, por más que se formule con la mesura característica de la diplomacia germana, equivale a un terremoto de baja frecuencia cuyas ondas tardaremos años en medir del todo.
El canciller Friedrich Merz lo ha expresado con una frase que merece ser grabada en mármol: "Alemania debe estar preparada para defenderse por sí misma e independizarse de Estados Unidos." No lo dice un pacifista, ni un euroescéptico, ni un populista. Lo dice el líder conservador de la primera economía europea, un atlantista confeso que llegó al poder hace menos de un año. Que sea precisamente él quien pronuncie estas palabras no es un detalle menor: es la señal de que el diagnóstico ha dejado de ser ideológico para convertirse en pragmático. Trump no ha cambiado la retórica de Washington; ha cambiado su naturaleza.
El gasto militar alemán ya superó el 2,3% del PIB en 2025, y Berlín tiene previsto elevarlo hasta el 3,5% en 2029, una cifra que ni siquiera Trump había exigido con tanta urgencia. El plan contempla pasar de 186.000 soldados actuales a 260.000 para mediados de 2035, y el objetivo declarado de Merz es convertir a la Bundeswehr en las fuerzas armadas convencionales más poderosas de Europa. Pero lo verdaderamente revelador no es cuánto gasta Alemania, sino dónde lo gasta. Al invertir en su propia industria de defensa en lugar de comprar material estadounidense, Berlín no solo refuerza su ejército: construye una autonomía estratégica que ningún capricho presidencial futuro podrá deshacer.
La respuesta de Trump ha sido tan previsible como ilustrativa. Amenazas de retirar las más de 36.000 tropas norteamericanas estacionadas en suelo alemán, aranceles sobre los automóviles europeos —mayoritariamente alemanes—, y la habitual tormenta en las redes sociales. Pero esta vez la reacción de Berlín ha sido diferente. El ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, respondió con un escueto "no" cuando se le preguntó si la posible retirada de tropas norteamericanas le preocupaba. Un monosílabo que vale más que cualquier discurso. Alemania ha pasado del ruego al cálculo, y en ese cálculo Estados Unidos ya no figura como variable imprescindible.
Esta mutación no ha ocurrido de la noche a la mañana. Fue la invasión rusa de Ucrania la que plantó la semilla, con la Zeitenwende —el cambio de era— proclamada por Olaf Scholz en 2022. Pero era una planta frágil, inhibida por décadas de pacifismo constitucional, por el freno de la deuda y por la incomodidad histórica de un país que construyó su identidad de posguerra precisamente sobre el rechazo al militarismo. Lo que ha hecho Merz es dar riega a esa planta hasta que desborda el tiesto. El Bundestag aprobó con mayoría de dos tercios eximir el gasto militar del "freno de la deuda", la norma constitucional que limitaba el endeudamiento federal. No es un ajuste presupuestario: es una reforma del alma jurídica del Estado.
Y, sin embargo, sería ingenuo celebrar este giro sin leer la letra pequeña. Mientras el blindaje militar crece a doble dígito, el gasto social se recorta en la misma proporción: 40.000 millones de euros en recortes a sanidad y prestaciones sociales fueron anunciados en abril de 2026. Alemania está eligiendo cañones sobre mantequilla, y esa elección tiene un precio social que sus ciudadanos ya empiezan a sentir. El 72% de los alemanes apoya el aumento del gasto en defensa, pero el 61% sigue rechazando que su país asuma un liderazgo militar en Europa, 81 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. La historia pesa, y pesa bien. La pregunta que Merz no ha respondido todavía es cómo se lidera militarmente Europa sin despertar los fantasmas que Europa misma lleva décadas tratando de exorcizar.
Porque ahí está el verdadero desafío de la "decisión alemana": no es solo geopolítico, sino civilizatorio. El general Ismay, primer secretario general de la OTAN, describió el propósito de la Alianza con tres verbos: mantener a los rusos fuera, a los norteamericanos dentro y a los alemanes abajo. Setenta años después, los rusos siguen representando la amenaza, los norteamericanos quieren salir y los alemanes se niegan a seguir abajo. El orden de la Guerra Fría se ha invertido.
Europa tiene ante sí una oportunidad histórica y un peligro equivalente. La oportunidad es construir, por fin, una arquitectura de seguridad propia, adulta, sin tutelas transoceánicas. El peligro es que esa arquitectura se construya alrededor de una sola potencia nacional —Alemania— en lugar de una genuina comunidad de defensa europea. Un ejército alemán poderoso que actúe unilateralmente no es la respuesta; sí lo es una Bundeswehr robusta al servicio de una Europa federada en materia de defensa.
Trump, paradójicamente, puede estar haciendo por la integración europea lo que décadas de cumbres y tratados no lograron: obligar al continente a tomarse en serio a sí mismo. Si Europa es capaz de transformar el miedo en arquitectura institucional, la amenaza de hoy se convertirá en la madurez de mañana. Alemania ha dado el primer paso. Ahora el resto del continente debe decidir si camina junto a ella o se queda mirando desde la orilla.
El reloj no espera. Tampoco la historia.
