HISTORIA. Las más notables armas de destrucción masiva de la antigüedad

  Aquiles trata la herida envenenada de Télefo raspando sobre ella el óxido de su lanza. Bajorrelieve hallado en Herculano, Siglo I d.C. Mus...

 

Aquiles trata la herida envenenada de Télefo raspando sobre ella el óxido de su lanza. Bajorrelieve hallado en Herculano, Siglo I d.C. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Muchos historiadores presuponen que las armas biológicas y químicas son un invento moderno, que las guerras de la Antigüedad se basaban en el honor, el valor y la destreza, y que las armas tóxicas y las tácticas carentes de escrúpulos estaban prohibidas por las «leyes de la guerra» que imperaban. Sin embargo, se concibieron distintas formas de adaptar la naturaleza para su uso militar mucho antes y mucho más ampliamente de lo que se creía, y no existían «leyes de la guerra» formales que condenaran su empleo.

Más de cincuenta autores antiguos ofrecen pruebas del uso de una amplia variedad de armas biológicas y químicas en el Mediterráneo, India y China. Esas fuentes son la primera prueba de las intenciones y las prácticas que están en el origen del armamento bioquímico actual. Las armas químicas se definen como gases tóxicos, nubes de humo asfixiante y cegador, y combustibles incendiarios inextinguibles por medios normales. Las armas biológicas provienen de organismos vivos, como plantas venenosas o patógenos capaces de multiplicarse en el cuerpo de la víctima, potenciando su efecto letal.

PROYECTILES ENVENENADOS

El veneno y las flechas estaban profundamente conectados, incluso en el idioma de la antigua Grecia. El término del griego antiguo para veneno, toxicon, deriva de toxon, arco. Las flechas envenenadas eran, con diferencia, el arma biológica más popular de la Antigüedad. En todo el mundo se empleó una gran variedad de sustancias para confeccionar proyectiles, desde plantas tóxicas y veneno de serpiente hasta las púas ponzoñosas del pez raya y tripas de insectos venenosos. Unos de los guerreros biológicos más temidos de la Antigüedad eran los escitas, un pueblo de arqueros nómadas de las estepas eurasiáticas. Las excavaciones arqueológicas de guerreros escitas enterrados con sus aljabas revelan que usaban flechas perversamente dentadas y con el astil de madera decorado como una serpiente venenosa.

Un leve rasguño de estas flechas causaba una muerte espantosa o la lenta agonía de una herida infectada con gangrena y tétanos. El hecho de que los griegos conocieran los ingredientes indica que los escitas los difundían para sembrar el miedo.

Los historiadores Diodoro de Sicilia, Estrabón y Quinto Curcio relatan que en 326 a.C. Alejandro Magno y su ejército se enfrentaron a proyectiles envenenados en Pakistán. Los guerreros que defendían la ciudad de Harmatelia (probablemente la actual Mansura) mojaban sus armas con un veneno derivado de serpientes muertas y descompuestas al sol. Los científicos han descubierto recientemente que las serpientes retienen cantidades sorprendentemente grandes de heces en su cuerpo durante meses. En una serpiente muerta, ese volumen de excrementos añadía más bacterias a aquella mezcla letal.

ARMAS QUÍMICAS

El ejército de Alejandro se enfrentó a otra devastadora y original arma en 332 a.C. Los fenicios que defendían Tiro (en el actual Líbano) calentaban arena en cuencos de bronce poco profundos. Después catapultaban la arena incandescente contra los hombres de Alejandro, que sitiaban la ciudad. Los historiadores antiguos describen la espeluznante escena de los granos ardientes colándose bajo las armaduras, causando quemaduras profundas y una muerte atroz. 

Esa metralla ardiente presagiaba las heridas mortales y profundas causadas por la termita o las bombas de fósforo blanco modernas, inventadas más de dos mil años después.


El asedio de Tiro. En 332 a.C., los tirios usaron contra Alejandro Magno arena ardiendo y una nave con productos inflamables (azufre, brea) que incendió sus torres de asedio. Foto: Tom Freeman / National Geographic Image Collection


Uno de los primeros casos de empleo de gases tóxicos se produjo un siglo antes, durante la guerra del Peloponeso, en la que se enfrentaron Esparta y Atenas junto con sus aliados. En 429 a.C., los espartanos atacaron la ciudad fortificada de Platea con una novedosa arma química. El historiador Tucídides relata que levantaron una pila enorme de leña junto a la muralla enemiga y después vertieron resina de pino (brea) sobre ella. En una audaz innovación, los espartanos añadieron grumos de azufre, que encontraban en pestilentes depósitos minerales de zonas volcánicas y manantiales termales. La combinación de brea y acelerantes sulfúricos «produjo una conflagración jamás vista, mayor que cualquier fuego prendido por mano humana», relató Tucídides.

LANZALLAMAS Y GASES TÓXICOS

Pocos años después, en 424 a.C., unos aliados de Esparta, los beocios, inventaron un «lanzallamas» para solventar el problema de los vientos cambiantes. Tucídides relata cómo el artefacto destruyó las fortificaciones de madera de Delio, entonces en manos de los atenienses. Los beocios vaciaron un tronco enorme y lo revistieron de hierro. Colgaron un gran caldero de una cadena atada a un extremo del tronco ahuecado e insertaron en él un tubo de hierro, curvado hacia el interior del caldero, que estaba lleno de brasas, resina de pino y azufre, los mismos acelerantes introducidos por los espartanos en Platea. 

Montaron el artefacto en un carro y lo llevaron junto a la muralla. Los beocios introdujeron un fuelle de herrero por el extremo del tronco y bombearon potentes ráfagas de aire por el tubo, dirigiendo el fuego químico y los gases tóxicos hacia las murallas. Éstas fueron pasto de las llamas y Delio acabó capturada.


El primer lanzallamas conocido fue desarrollado por los beocios en el siglo V a.C. (1) fuelle de herrero, su uso genera una corriente de aire; (2) tronco de árbol ahuecado para que pase el aire por su interior; (3) tubo de hierro que dirige el aire hacia el interior de un caldero; (4) caldero repleto de sustancias inflamables: resina de pino, azufre y brasas


El humo tóxico era difícil de controlar y dirigir, por lo que era más sencillo usarlo en espacios cerrados, como los túneles. En 189 d.C., durante el largo asedio de Ambracia, los defensores de la ciudad inventaron una máquina de humo para repeler a los zapadores que excavaban túneles bajo sus muros. 

Polieno dice que los ambracios «fabricaron una gran tinaja del mismo tamaño que el túnel, le agujerearon el fondo e insertaron un tubo de hierro». Luego rellenaron la olla gigante con capas finas de plumas de gallina y brasas y cerraron la tinaja con una tapa perforada. Finalmente, apuntaron el extremo perforado de la tinaja de plumas en llamas hacia los excavadores e introdujeron fuelles de herrero por el tubo de hierro del otro extremo. Con este artefacto, que recuerda al primitivo lanzallamas de Delio, los ambracios llenaron el túnel de nubes de un humo acre, lo que obligó a los romanos a huir hacia la superficie. «Abandonaron el asedio subterráneo», fue el lacónico comentario de Polieno.

Pero ¿por qué los ambracios quemaban plumas de gallina? Resulta que están compuestas de unas queratinas que contienen cisteína, un aminoácido sulfúrico. Al arder, las plumas desprenden dióxido de azufre tóxico, el mismo tipo de gas creado por los espartanos en Platea y los boecios en Delio. Por supuesto, los ambracios no conocían esta explicación científica: sólo sabían que quemar plumas de gallina producía un gas venenoso, sobre todo en el interior de un túnel.

EL FUEGO GRIEGO

El griego sirio Calínico inventó el llamado «fuego griego» hacia 668 d.C. Esta terrorífica nueva arma naval química usaba un ingenioso sistema para lanzar un chorro presurizado de fuego líquido inextinguible contra los barcos enemigos.

Arma suprema de su época, el fuego griego salvó dos veces al Imperio bizantino, al repeler los ataques musulmanes contra Constantinopla en 673 y 718. El fuego griego era muy temido porque se adhería y prendía en velas, aparejos y tripulantes, e incluso ardía con más intensidad al entrar en contacto con el agua.

Su fórmula se ha perdido, pero combinaba nafta (fracción ligera y volátil del petróleo), cal viva (polvo de piedra caliza endurecido), azufre y resina de cera. Calínico creó una tecnología para destilar la nafta, presurizar los ingredientes inestables y propulsar el fuego mediante bombas, tubos de bronce y toberas móviles… y todo sin termómetros, manómetros ni válvulas.


Uso del fuego griego, ilustración de una crónica bizantina. Miniatura del Códice Skylitzes, siglo XII, Biblioteca Nacional de Madrid


Como señalaba el naturalista Plinio el Viejo en el siglo I d.C., la cal «posee una llamativa cualidad: una vez que ha prendido, su calor se incrementa con el agua». En efecto, el tostado de la cal generaba el residuo quebradizo que los romanos llamaban calx, la cal viva (óxido de calcio), y que al rociarse con agua se convierte en cal apagada (hidróxido de calcio), en una reacción que genera suficiente calor para provocar una combustión espontánea que, a su vez, puede avivarse añadiendo más agua.

El ingrediente esencial del fuego griego, la nafta (que quizá ya habían empleado los asirios como arma en el siglo IX a.C.), fue usado por los sasánidas de Hatra contra los romanos que la asediaban, y en el siglo VII d.C. lo empleaban los ejércitos musulmanes, que a inicios del siglo VIII contaban con unidades especiales (naffatun, soldados de la nafta), protegidas con amianto.

El proceso de elaboración del líquido era muy peligroso, dada su volatilidad. La destilación del elemento petróleo también requería una tecnología compleja para la época. Conocida solo por unos pocos elegidos, la receta del fuego griego era un secreto de estado celosamente guardado que los emperadores transmitían a sus sucesores. Gracias a estas precauciones, la fórmula secreta se mantuvo solo en manos bizantinas durante más de siete siglos.

LOS ESPEJOS DE ARQUÍMEDES

Hay una historia que cuenta Luciano de Samósata en la que Arquímedes, valiéndose del uso de espejos ustorios, quema las naves del general romano Marcelo. Parece ser que el ingenio de Arquímedes sembró el terror y la paranoia entre los soldados romanos y que cada vez que estos veían una cuerda o una viga desnuda, asociaban su imagen con un arma mortífera, fruto de la inventiva del científico griego


Pintura de Giulio Parigi representando el incendio de una nave romana utilizando un espejo ustorio durante el sitio de Siracusa (Galería de los Uffizi, Florencia). GALERÍA DE LOS UFFIZI

Sin ir más lejos, Plutarco nos cuenta que Arquímedes empleó su ingenio para hundir barcos con toda suerte de proyectiles lanzados por máquinas que fueron trabajadas a base de palancas y poleas. A decir de Plutarco, eran máquinas que Arquímedes “había diseñado e inventado como simples pasatiempos de geometría; de conformidad con el deseo y demanda del rey Hierón”. Con todo, Plutarco no hace alusión alguna al uso de espejos inflamables que incendiasen los navíos aprovechando la luz solar.

A lo largo y ancho de la historia, el uso de los espejos inflamables por parte de Arquímedes ha sido puesto en duda por algunos hombres de ciencia, dando lugar a una extensa disputa que llega hasta nuestros días.

HÉRCULES Y LA SANGRE DE LA HYDRA

La Hidra era una serpiente monstruosa de muchas cabezas, que vivía en las ciénagas de Lerna, contra la que eran inútiles la fuerza bruta y las armas corrientes. Cuando Hércules luchó contra ella, cada vez que le cortaba una cabeza nacían otras dos, y para impedir que las cabezas siguieran regenerándose cauterizó los cuellos cortados con brea (resina de pino) en llamas. 

Cuando acabó con la Hidra, Hércules abrió su cuerpo en canal y untó sus flechas en la ponzoña del monstruo. Las tragedias que provocaron esas armas demuestran que, en la Antigüedad como ahora, controlar las armas biológicas una vez creadas es una quimera.


La serpiente monstruosa. Acabar con la Hidra de Lerna fue uno de los doce trabajos que el rey Euristeo encargó a Hércules. Arriba, la lucha con la Hidra en una ánfora del siglo V a.C. Foto: L. Ricciarini / Bridgeman / ACI

Hércules creó la primera arma biológica al mojar sus flechas en las toxinas de la Hidra, y desde entonces su aljaba dispuso de una reserva infinita de flechas envenenadas.

BOMBAS DE ANIMALES VENENOSOS

A veces se usó a los propios animales venenosos como arma, sumando a sus toxinas un elemento psicológicamente aterrador. Así lo hizo Aníbal Barca en su batalla naval contra el rey helenístico Eumenes II de Pérgamo, librada hacia 184 a.C. Embutió serpientes venenosas en ánforas que catapultó sobre las naves enemigas: quedaron infestadas de reptiles, los marineros no fueron capaces de maniobrarlas y Eumenes fue derrotado. 

En 198-199 d.C., los partos que defendían Hatra arrojaron sobre los legionarios de Septimio Severo recipientes de arcilla llenos de animales venenosos que los hirieron en los ojos y las partes expuestas del cuerpo; quizás eran escorpiones, chinches asesinas (un redúvido), avispas o escarabajos Paederus.


Amuleto egipcio. El carácter letal del escorpión hizo que se pintara en el escudo de los hoplitas y la guardia pretoriana lo tomase como emblema.


BOMBAS INCENDIARIAS

Los fuegos alimentados con productos químicos se usaban para defender las ciudades sitiadas. Hacia 360 a.C., Eneas el Táctico (el primer autor griego que escribió sobre el arte de la guerra) compuso su Poliorcética, donde dedicó una sección a este tipo de armas. En ella recomienda verter brea (resina de pino, pegajosa y que arde vivamente) sobre los soldados enemigos o sus máquinas de asedio, y arrojar después manojos de estopa o terrones de azufre (elemento que al arder genera dióxido de azufre y libera vitriolo, ácido sulfúrico), que quedarían pegados en la brea. Luego se encenderían la brea y el azufre con haces de astillas en llamas. 


Ciudad en llamas. Miniatura de la cinegética de Opiano, manuscrito del siglo XI conservado en la Biblioteca Nacional Marciana de Venecia. Foto: AKG 


Eneas también describe una bomba de madera con púas rellena de material incendiario que se podía arrojar sobre las máquinas de asedio. Las púas de hierro fijarían estos artilugios de madera en aquellos ingenios, que terminarían siendo pasto de las llamas. Otra táctica defensiva consistía en «llenar sacos con brea, azufre, estopa, incienso en polvo, virutas de pino y serrín», que una vez encendidos se tiraban desde las murallas para abrasar a los soldados que pululaban debajo.


Dos granadas de arcilla que fueron diseñadas para ser llenadas con el líquido inflamable conocido como Fuego Griego y lanzadas contra el enemigo. El fuego griego se utilizó por primera vez en el imperio bizantino en 678 EC. Estos ejemplos datan de entre los siglos X y XII EC, Chania, Creta . (Museo Histórico Nacional, Atenas )


Para saber más:

- Poliorcética. Eneas el Táctico. Polieno. Gredos, Madrid, 1991.

- Estratagemas. Sexto Julio Frontino. Dykinson, Madrid, 2019.

- Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones. Adrienne Mayor. Desperta Ferro, Madrid, 2018

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