HISTORIA. El intrépido asalto de los Alpes por Aníbal

Aníbal

 

En la representación de un artista, el ejército de Hannibal se involucra en una escaramuza durante su travesía de los Alpes. (Imagen: Bildagentur-online/Alamy Stock Photo)

Según la leyenda, Cartago fue fundada por Dido ("la vagabunda"), una princesa fenicia que huyó de Tiro a la costa norte de África después de que su hermano matara a su marido. Los libros de historia datan la fundación de la ciudad en el año 814 a. C., cuando los tirios establecieron su avanzada comercial Cartago (que significa “ciudad nueva”) en un puerto natural fácilmente defendible en el golfo de Túnez. 

La ciudad prosperó a través de la minería y el comercio de plata, particularmente en tinte púrpura. Se decía que el imponente puerto albergaba 220 embarcaciones. Los comerciantes construyeron casas grandes, de unos seis pisos de altura, sobre el puerto en Byrsa Hill. Cartago alcanzó su apogeo alrededor del 323 a. C., con una población de 200.000 habitantes y uno de los tesoros más ricos del Mediterráneo. Después de la conquista romana en el 146 a. C., gran parte de la ciudad vieja fue destruida y luego reconstruida como colonia romana.

La primera guerra púnica se gesta en el siglo III antes de nuestra era y dura más de dos décadas, entre 264 y 241 a.C. Aníbal nace en el transcurso de la misma, en 247 a.C.  Durante más de 2.000 años, los historiadores han discutido sobre la ruta utilizada por el general cartaginés Aníbal para guiar a su ejército (30.000 soldados, 37 elefantes y 15.000 caballos) sobre los Alpes y hacia Italia en solo 16 días, realizando una emboscada militar contra los romanos que sin precedentes en la historia de la guerra.

Aníbal es el primer hijo varón de Amílcar Barca, estratega de los ejércitos cartagineses en Sicilia y figura relevante en una guerra que, pese a su habilidad militar, Cartago pierde. La que hasta entonces ha sido potencia del Mediterráneo se ve obligada a firmar un tratado de paz y a entregar la disputada Sicilia y algunas islas menores, así como una cuantiosa compensación económica. Cuando Roma se anexiona además Cerdeña y Córcega en 238 a.C, Cartago no tiene capacidad de reacción. Con el supuesto* beneplácito del Senado cartaginés –el Consejo de los Cien–, Amílcar Barca toma una decisión que desencadenará la historia tal y como la conocemos: reúne a sus ejércitos y pone rumbo a lo que ellos llaman Iberia y sus enemigos, Hispania.

(*) Hay historiadores que opinan que la decisión de Amílcar Barca de instalarse en Iberia fue una decisión personal de los Barca frente al Consejo de Cartago, quien no veía en Roma un enemigo tan serio como los consideraban los Barca. La fundación de una nueva capital, Qart Hadasht (Cartagena) sería la prueba de una "independencia" de la vieja Cartago.

Iberia es la promesa de un futuro mejor. En aquella tierra bárbara y occidental, alejada del esplendor cultural de la koiné griega, Cartago dispone desde el tiempo de los fenicios de pequeños asentamientos comerciales costeros que compiten en prosperidad con las vecinas colonias griegas. ¿Qué busca Amílcar allí? Los recursos minerales que ya hicieron poderosa a la mítica Tartessos y que compensarán a Cartago de las pérdidas económicas sufridas tras la guerra. En la rica Iberia le aguardan la plata que le permitirá acuñar moneda con la que pagar a Roma y los metales con los que forjar las armas para vencerla. Amílcar atraviesa a pie el norte de África y llega a Gadir en 237 a.C. desde las Columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar). 

Antes de permitir a su hijo Aníbal de nueve años acompañarle en esta nueva gesta le ha hecho jurar que jamás será amigo de Roma. Crecer en Iberia es clave para Aníbal –afirma el arqueólogo estadounidense Patrick Hunt, profesor en la Universidad Stanford–. Es aquí donde aprende las tácticas militares de su padre y donde cabalga durante una década junto a los celtiberos, que se mantendrán leales a él en sus posteriores campañas.


Mapa que muestra los dominios cartagineses en Iberia y norte de África (color rosa), así como la ruta seguida por Aníbal en su asalto a Roma: (1) Hay dos hipótesis sobre el lugar por el que Aníbal cruzó los Pirineos: el Coll del Pertús (el puerto de La Jonquera) y el Coll de la Perxa (en la Cerdanya); (2) El paso de los Alpes es aún objeto de debate. Se barajan cuatro puntos: el Col de Montgenèvre, el puerto del Gran San Bernardo, el Col de Clapier y el Col de la Traversette; (3) Aníbal accede a Italia a través del valle del río Po.

ANTECEDENTES
El plan inicial prosperó. Amílcar Barca inició una campaña de alianzas y sometimiento, asegurándose los recursos minerales del sudeste español, así como la mano de obra necesaria para su explotación. Otro historiador clásico, Diodoro de Sicilia, hace referencia a la importancia de unos recursos explotados ya desde tiempo de los fenicios. El cronista se refería, sobre todo, a la galena argentífera, presente especialmente en la sierra minera de la actual provincia de Jaén y en la comarca murciana de La Unión. 


En el año 237 a.C, Amílcar Barca buscó en Iberia unos recursos que resarcieran a Cartago tras su derrota en la primera guerra púnica. De las minas del sudeste peninsular, como las de La Unión, en Murcia, se extraía galena argentífera, que proporcionaba el equivalente a 66 millones de euros en plata al año. Del mineral en bruto (izquierda) se extraían las concreciones y quedaba la roca con el plomo y la plata (derecha).

No es de extrañar que una vez controladas las fuentes de recursos, las acciones bélicas de Amílcar se dirigieran a ampliar el territorio; ni que el dinero, toneladas de shekels de plata, comenzara a fluir hacia la metrópoli, enriqueciendo por el camino a su propia familia. Ni siquiera que, bajo su mando, el ejército fuera nutriéndose de nuevos integrantes, aliados o mercenarios. Lo que era materialmente imposible es que tanta prosperidad no terminara por llamar la atención de Roma.

Es en Iberia donde aprende las tácticas militares de su padre y donde cabalga durante una década junto a los celtiberos, que se mantendrán leales a él en sus posteriores campañas». Aníbal, o Hanni Baal, que en fenicio significa literalmente «quien goza del favor del dios Baal», se cría entre expediciones militares y tutores griegos, entre el arte de la guerra y la admiración por Alejandro Magno. 

Dishekel de plata ibero-cartaginés, Mazarrón (Murcia), 237-227 a.C., Madrid, Museo arqueológico Nacional

Monedas ibero-cartaginesas, l’Aldea (Tarragona), finales del siglo III a.C., Barcelona, UB


Amílcar Barca muere en 229 a.C. en la batalla de Illici (ubicación que se disputan distintas localidades españolas) durante una escaramuza contra los oretanos. Aníbal tiene solo 18 años y sus hermanos Asdrúbal y Magón son menores que él, por lo que será otro Asdrúbal, el Bello, su cuñado, quien suceda al estratega cartaginés. Asdrúbal tiene un talante conciliador. Más amigo de los pactos que de las campañas militares, iniciará una política de alianzas casando al joven Aníbal con Himilce, una princesa ibera de Cástulo, en la actual Jaén, para poner fin al enfrentamiento con los oretanos y legitimar su ascendencia en la Península. Asimismo, lo nombra jefe de la caballería, donde enseguida hace gala de su habilidad para ganarse el aprecio de los hombres a su cargo, veteranos que ven en él una reencarnación del desaparecido Amílcar. Asdrúbal toma además dos importantes decisiones estratégicas: firmar un pacto de no agresión con Roma y establecer una capital en esa Iberia prácticamente sometida al sur del río Ebro.

El Tratado del Ebro, refrendado en 226 a.C. entre Roma y Cartago, buscó limitar las ansias expansionistas de ambas potencias dividiendo la península Ibérica en dos zonas de influencia cuya frontera era el río Ebro. Apenas un año antes, en 227 a.C., Asdrúbal había fundado la nueva capital al sur del Ebro, en zona cartaginesa. Su ubicación en un istmo, cerca de las minas y con salida directa al Mediterráneo era inmejorable. Los cartagineses la llamaron Qart Hadasht, Ciudad Nueva. Muchos siglos después, nosotros la conoceremos como Cartagena.

Qart Hadasth se convierte en el sueño ibero de los Bárcidas, como se denominará a la dinastía fundada por Amílcar Barca, pero será por poco tiempo. A comienzos de 221 a.C. Asdrúbal el Bello es asesinado, y Aníbal, que por entonces tenía 25 años, es elegido de forma unánime por el ejército para sucederle en el mando. La decisión será ratificada por el Senado de Cartago pese a la oposición del aristócrata Hannón el Grande, su rival político, que considera una amenaza el creciente poder de los Bárcidas. Lejos de la influencia de la oligarquía de Cartago, el nuevo general retoma la línea bélica de su padre. Ataca la principal ciudad de los ólcades, Althia, en la actual provincia de Cuenca; se enfrenta a los vacceos, asaltando las ciudades de Helmántica (Salamanca) y Arbocala, en la provincia de Zamora; y sus elefantes vencen a una gran confederación liderada por los carpetanos en aguas del río Tajo. El tiempo de las alianzas se ha acabado. Tanto Polibio como Tito Livio apuntan a que posiblemente ya entonces Aníbal estaría reuniendo mediante botines de guerra el dinero necesario para emprender una campaña contra Roma.

Sagunto fue declarada protectorado romano, violando el Tratado del Ebro por el cual los territorios al sur del río pertenecían a Cartago, lo que provocaría la segunda guerra púnica en 218 a.C.


SAGUNTO, "Casus belli"
La estratégica posición de Sagunto en el Mediterráneo la había convertido en la excusa perfecta, el casus belli de una guerra que quizá Cartago no buscaba, pero que Aníbal parecía estar deseando. Y es que Roma había ofrecido su protección a la ciudad costera aunque su ubicación, al sur del Ebro, la situaba en la zona de influencia cartaginesa, lo que suponía una violación del Tratado. Cuando Aníbal avisó de que marcharía contra la ciudad rebelde, Roma advirtió de que tal acción suponía la violación de un tratado anterior, el del año 241 a.C., por el que Cartago se había comprometido a no atacar nunca a un aliado de Roma. El pulso estaba servido.

Sagunto fue tomada en 219 a.C. Los supervivientes pidieron ayuda a una Roma que jamás había acudido en su auxilio, pero que se prestó a enviar una embajada a Cartago para depurar responsabilidades. Los embajadores romanos dirigidos por el cónsul Quinto Fabio Máximo exigieron la entrega del general responsable de la campaña, pero Cartago, temerosa de la popularidad de Aníbal, se negó. Según las crónicas, Fabio Máximo alzó entonces los pliegues de su toga y, con una mano en cada costado, dijo: «Os traigo la paz y la guerra. Elegid la que queráis». El Senado cartaginés dejó la decisión en sus manos. Fabio Máximo soltó los pliegues de su toga y sentenció: «Entonces, la guerra».

Tras la declaración de guerra, el Senado romano decidió atacar por dos flancos, aprovechando su sistema de alternancia de cónsules. El ejército de Tiberio Sempronio Longo se dirigiría a Sicilia, desde donde atacaría Cartago. El de Publio Cornelio Escipión se encaminaría a Massilia (la actual Marsella), colonia griega aliada de Roma, para trasladarse desde allí a la península Ibérica. Roma planeaba asestar un golpe a los centros económicos de Cartago. Aníbal, sin embargo, apuntaba directamente al corazón de Roma.

ANÍBAL LLEVA LA GUERRA A SUELO ROMANO
El ejército que parte de Cartagena en la primavera de 218 a.C. marcha en tres columnas diferenciadas. Puedo visualizar el desfile: al frente los cartagineses, armados con sus espadas cortas bajo el mando de Magón. En la segunda, los mercenarios norteafricanos junto a los aliados de Cartago: egipcios y nubios; masilios y gétulos, lotófagos y garamantes, con sus vestimentas extrañas, sus pieles oscuras, sus pavorosos adornos y sus lenguas ininteligibles. Y puedo recrear el momento: sus himnos de guerra, su colección de dioses, sus venablos envenenados y sus cascos, decorados con fauces abiertas de animales.

Detrás de ellos, los soldados celtas e ibéricos: astures y cántabros, con sus pequeños caballos montañeses; galaicos, ceretanos y vascones, que se niegan a llevar casco; ilergetes, habitantes de Tarraco y vetones junto a los hombres del sur de la Península, de Cástulo, Hispalis, Nebrissa y Carteia. Los últimos son los honderos baleares, famosos en todo el Mediterráneo por su letal puntería. Y tras ellos, cerrando el grupo, una imponente muralla móvil formada por unos 40 elefantes al mando de sus mahout, sus conductores

Tanto Alejandro Magno como Pirro de Epiro los utilizaron en sus campañas, y una vez más el general cartaginés imita a sus modelos. Juvenal ya en el siglo I d.C. sospechó que el mundo recordaría los elefantes de Aníbal.

Solo Asdrúbal, hermano de Aníbal, con 21 elefantes y un regimiento de 15.000 hombres, permaneció en Iberia a cargo de la retaguardia. El resto partió de Cartagena rumbo a los Pirineos.

¿El plan? Atravesar Iberia y la Galia a pie, cruzar dos anchos ríos y dos enormes cordilleras montañosas y aparecer donde nadie los esperaba: en la antesala de Roma.

El río Ebro, o Iber, de cuya importancia da fe el nombre de Iberia, fue durante unos pocos años la frontera natural y política entre Roma y Cartago, hasta la violación del Tratado del Ebro por parte de Roma. Poblados iberos como el de Castellot de la Roca Roja, cerca de Miravet, en Tarragona, fueron testigos de aquel delicado pulso entre ambas potencias.


BESTIAS DE CARGA
También persisten las especulaciones sobre los elefantes de guerra de Aníbal y de dónde vinieron. Durante mucho tiempo se pensó que las bestias eran elefantes asiáticos ( Elephas maximus ), debido a los mitos prevalecientes de que esos elefantes son más fáciles de entrenar que los elefantes africanos ( Loxodonta africana y Loxodonta cyclotis ).

Pero este no es el caso. De hecho, en las monedas de Cartago que representan representaciones realistas de elefantes, los animales se asemejan mucho a las especies africanas en el tamaño y la forma de sus orejas, y en sus distintivas espaldas en forma de silla de montar, lo que plantea la posibilidad de que los cartagineses estuvieran importando sus elefantes del norte de África.

Si eso fuera cierto, los elefantes de Aníbal podrían haber representado una subespecie de elefante africano más pequeña y ahora extinta; los relatos históricos describieron a los elefantes de guerra del norte de África como temerosos de los elefantes de guerra indios más grandes, mientras que los elefantes asiáticos modernos son generalmente más pequeños que sus primos africanos.


La representación de un artista muestra la ruta larga y peligrosa de Aníbal a través de los Alpes.(Imagen: Heinrich Leutemann)

Los elefantes requieren grandes cantidades de comida, alrededor de 100 kilogramos por día, que el ejército habría tenido que llevar consigo, ya que no había nada para que los animales comieran en el camino. Pero los elefantes probablemente se habrían manejado bastante bien en el terreno y en la distancia, ya que con frecuencia tienen que cubrir grandes distancias y cruzar pasos de montaña tanto en África como en el Himalaya.

A diferencia de los caballos o los bueyes (o los hombres, para el caso), los paquidermos tienen un paso muy seguro, sintiendo el suelo para probar su resistencia antes de comprometer su considerable peso a medida que avanzan paso a paso. Estos célebres elefantes contribuyeron significativamente a la primera gran victoria de Aníbal en Italia, en el río Trebia, en diciembre de 218 a.C., pero desafortunadamente todos menos uno perecieron más tarde a causa del inusualmente frío invierno de 218-217. El único paquidermo superviviente era de la variedad india (el resto pertenecía a una pequeña especie del norte de África, ahora extinta), y se creía que se llamaba "Surus", y llevaba al mismo Aníbal en su espalda.

En última instancia, la descarada maniobra de Aníbal (con elefantes y todo) no pudo salvar a Cartago, que Roma derrotó en la Segunda Guerra Púnica (218 a. C. a 201 a. C.). Sin embargo, su ambicioso viaje aún alimenta la imaginación y plantea preguntas intrigantes sobre cómo lograr lo aparentemente imposible, para las personas y los elefantes.

LA RUTA DE ANÍBAL

Tito Livio es muy parco en esta parte: «Marchó a lo largo de la costa hasta el Ebro. Su siguiente paso fue someter a los ilergetes, los bargusios y los ausetanos, así como el territorio de la Lacetania, que se encuentra al pie de los Pirineos». No obstante, lo poco que su crónica refleja es suficiente para cuestionar una historiografía clásica que sitúa al ejército del cartaginés pasando a la Galia por el Coll del Pertús, el paso más accesible de los Pirineos Orientales, por donde hoy transcurre la autopista AP7 entre La Jonquera y Le Boulou y cruza a tierras francesas. Es muy improbable que Aníbal marchara por un lugar donde podía ser atacado desde colonias griegas amigas de Roma, como Empúrie (Ampurias).

Algunos historiadores apoyan la alternativa de la ruta interior, el paso más probable si además tenemos en cuenta que Aníbal se vio obligado a cruzar el Ebro no por su desembocadura, impracticable por la existencia del delta, sino aguas arriba. El ejército habría seguido el cauce del río Segre y atravesado la comarca de la Cerdanya, descendiendo al Rosellón por el Coll de la Perxa. A tenor del tiempo que las tropas púnicas demoraron en esta zona, unos tres meses, frente a los cuatro días que los llevó alcanzar el Ródano, cabe pensar que Aníbal perdió un tiempo valioso negociando, o sometiendo, a los diferentes pueblos de la actual Cataluña. Si quería asegurar una línea de suministros, no podía dejar enemigos a sus espaldas. 

 


El ejército se va disgregando lentamente. Para asegurarse la región recién conquistada, Aníbal opta por dejar tras de sí a un destacamento de unos 11.000 hombres. Cuando se extiende el rumor de que el objetivo final es Roma, unos 13.000 mercenarios se niegan a continuar. Aníbal, en lugar de castigar su desobediencia, decide licenciarlos. No es momento de discutir. Necesita un ejército motivado. Y prefiere dejar en Iberia el recuerdo de un general magnánimo. Puede que lo necesite.

Las fuentes clásicas hablan de una disminución drástica en el número de hombres que acompañaban a Aníbal cuando este llegó a orillas del Ródano. Deserciones masivas y bajas podrían haber dejado el fabuloso ejército en apenas 38.000 soldados de infantería y 8.000 de caballería. Ante ellos se abría un nuevo escollo; no solo el río, que dividía la Galia en dos, sino la primera resistencia humana desde la experiencia en tierras pirenaicas. Los volcos, un pueblo galo aliado de Roma, se habían concentrado en la orilla opuesta del río dispuestos a atacar en el mismo momento en que el cartaginés decidiera cruzar. Aníbal fingió obviar su presencia en la ribera de enfrente mientras preparaba la logística: confiscó embarcaciones y mandó construir balsas, que alfombró con tierra y hierba para «engañar» a unos elefantes a los que no seducía una travesía fluvial. Y mientras, envió a un pequeño destacamento que cruzó durante la noche sin ser visto por un punto aguas arriba para situarse en la retaguardia del campamento rival.

Uno de los grandes retos del viaje de Aníbal fue cruzar el Ródano. Desconocemos el lugar exacto por donde lo hizo. Según Polibio y Tito Livio, su ejército atravesó con 37 elefantes los cerca de 500 metros que separaban una orilla de otra construyendo varias.


(1) El ejército requisó las barcas de los habitantes de la zona y construyó nuevas naves; (2) La mayoría de los elefantes que llevaba Aníbal eran del Atlas (Loxodonta africana pharaonensis). Dado su tamaño, serían incapaces de soportar el peso de una torre en el lomo; (3) Según Plinio el Viejo, solo el elefante que Aníbal montó tras perder un ojo en las marismas del Arno, llamado Surus o Sirius (probablemente de la subespecie asiática Elephas maximum indicus), sería capaz de cargar con una torre, o howdah, sobre el lomo; (4) El mahout, o guardián de elefantes, era el encargado de adiestrar y conducir a estos animales; (5) Con varias balsas unidas entre sí, crearon una plataforma amarrada a los árboles de la orilla; (6) Para evitar que los elefantes se asustaran al verse rodeados de agua, cubrieron las balsas de arena y vegetación para simular tierra firme.

El paso del Ródano tiene su propia mítica en multitud de grabados que han pretendido reflejar una proeza nunca antes vista: embarcaciones que transportan la caballería númida, naves remolcadas por caballos que cruzan aguas arriba para ralentizar la corriente y permitir a la infantería cruzar más abajo, elefantes inquietos esperando su turno… Los volcos, el pueblo que podía haber salvado la península Itálica del azote de Aníbal, se lanzaron al ataque tratando de detener a los cartagineses, solo para darse cuenta de que otro grupo aparecía repentinamente a sus espaldas. 

El combate se dirimió a favor del ejército púnico y la expedición al completo, incluidos los elefantes, pudo cruzar el río. Los machos subieron a las balsas camufladas, sumisamente rendidos al olor de una hembra. Aníbal envío un pequeño contingente de su caballería númida en misión de reconocimiento. Río abajo, su partida de exploradores chocó con una expedición de reconocimiento romana: las tropas consulares acababan de desembarcar en Massilia. Roma los había encontrado.

Durante la segunda guerra púnica, los honderos baleares (proyectiles de honda) se sumaron a las huestes de Aníbal. Foto: Proyectiles de honda procedentes de l’Aldea (Tarragona), finales del siglo III a.C., Universitat de Barcelona (UB).


Publio Cornelio Escipión, el padre del que sería conocido como Escipión el Africano, acababa de desembarcar en su busca, ligando para siempre el nombre de la familia de los Escipiones al destino de Aníbal y al de Cartago. Esperaba llegar antes, pero un oportuno alzamiento de los insubros y los boios en la Galia Cisalpina, quizás en connivencia con Aníbal, había retrasado su salida. Informado de los movimientos del cartaginés, su objetivo era cortarle el paso tras cruzar los Pirineos, pero se le había adelantado. Fueron los masilios quienes lo informaron de que Aníbal ya había cruzado el Ródano. Escipión envió rápidamente a sus exploradores río arriba tras él, justo a tiempo para toparse con la patrulla númida.

Los supervivientes le traen la noticia: los cartagineses están muy cerca, tan cerca que Escipión opta por interceptarlos en aquel mismo punto. Envía a Iberia a su hermano Cneo, abandona su flota de 60 barcos en la desembocadura del Ródano y se interna río arriba en busca del cartaginés. Aníbal decide replegarse hacia el interior. No hay tiempo de presentar batalla. Le tiene ganas a Roma, pero será él quien elija el momento. Aníbal sabe que Roma lo esperará en la Galia Cisalpina, cuando sus hombres, agotados, lleguen al otro lado del macizo alpino. Los que lleguen.

 Los detalles de lo que comieron son nuevamente escasos, pero es revelador que nos hayan llegado historias de Aníbal reprendiendo a uno de sus comandantes por sugerir que los hombres deberían comerse a los muertos. Aníbal parece haberse negado, según Polibio, pero el hecho mismo de que esto se haya considerado muestra cuán grave se había vuelto la situación.

Cuando el cónsul romano llega al campamento desmantelado de los cartagineses, sabe que estos le llevan tres días de ventaja. Otea el horizonte para tratar de predecir cuál será su próximo paso: la temible cordillera de los Alpes se interpone como una barrera granítica de cumbres perpetuamente nevadas entre la Galia e Italia.

«Al día siguiente, retirados los enemigos, se reunió con la caballería y acémilas, y prosiguió su marcha a lo más encumbrado de los Alpes –escribe Polibio–. Al noveno día llegó a la cima de estos montes […]. Era el final de otoño y se hallaban ya cubiertas de nieve […], cuando advirtiendo Aníbal que los infortunios pasados y los que aún esperaban habían abatido el valor de sus tropas, las convoca a junta y procura animarlas, valiéndose para esto del único medio de enseñarles Italia».


EL CRUCE DE LOS ALPES
Cruzar la cordillera de los Alpes convierte definitivamente a Aníbal en un mito, y su gesta, en una leyenda: emboscadas furiosas, pasos vertiginosos, caos de rocas heladas que hacen estallar con vino caliente…

El paso de los Alpes permitió a Aníbal aliarse con otros pueblos descontentos ante el expansionismo romano. Las tropas púnicas atravesaron la inmensa cordillera alpina en octubre del año 218 a.C., con temperaturas bajo cero y los puertos nevados. En la foto, el macizo francés de Mont Cenis, donde se encuentra el Col de Clapier, uno de los posibles puntos por donde Aníbal atravesó los Alpes y emprendió la bajada hacia Turín, a unos 60 kilómetros.

Su ruta, como la de los Pirineos, es aún hoy objeto de polémica. Los datos de los cronistas son imprecisos y no hay restos arqueológicos en los que basarse. Autores y expertos llevan más de dos milenios tratando de ponerse de acuerdo en la interpretación de los textos clásicos, basándose especialmente en esta descripción de Polibio, el único que recorrió los escenarios de la segunda guerra púnica y que contaba con formación militar.

Además de la comida, con frecuencia Aníbal y sus hombres se veían atrapados en tormentas de nieve, mientras que el suelo debajo de ellos se congelaba y se volvía peligrosamente resbaladizo tanto para hombres como para animales. Se dice que muchos cayeron en picado hasta la muerte, algunos cayendo desde 3.000 metros de altura en la oscuridad. Una vez más, es revelador que Aníbal ocasionalmente tuviera que detener su viaje, permitiendo que sus hombres recogieran a aquellos que simplemente habían muerto congelados mientras dormían por hipotermia severa antes de que pudiera continuar.

La escena narrada por Polibio será reflejada siglos después por pintores como el renacentista italiano Jacopo Ripanda, el clasicista francés Nicolas Poussin, el romántico inglés William Turner, el murciano Agustín Navarro o un joven Francisco de Goya, que retratará el momento en el que Aníbal se dirige a un ejército desmoralizado para insuflarle el entusiasmo necesario para emprender el descenso. En el cuadro, Aníbal señala a sus pies el valle del Po como quien muestra la tierra prometida.

El paso de Aníbal por los Alpes se convirtió durante el siglo xviii en un tema pictórico recurrente, elevando a mito la hazaña del general cartaginés. En 1778, el pintor Agustín Navarro obtuvo con este óleo el primer premio de pintura convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Foto: "Aníbal y su ejército en los Alpes". Encuentro de dos caudillos (fragmento), por Agustín Navarro, 1778, óleo sobre tela, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


En los Alpes septentrionales hay tres pasos, Montgenèvre, Gran San Bernardo y Clapier, que permiten esta visión sobre el río Po, pero solo el puerto de Clapier, el lugar propuesto por el coronel Jean-Baptiste Perrin en 1883, suma un detalle más: la vista sobre Turín, una de las poblaciones a las que, según recoge Polibio, Aníbal se dirigiría en primer lugar. Pero en 2016, el descubrimiento repentino realizado por un grupo de arqueólogos y microbiólogos de la Queen’s University de Belfast aportó un nuevo dato. El estudio de antiguos excrementos hallados en el Col de la Traversette, en una zona de fango aluvial «intensamente pisoteada», identificaba una gran cantidad de bacterias Clostridia asociadas con el estiércol de caballo, coincidentes con las fechas de la travesía. 

El Col de la Traversette cumple otras de las características mencionadas por Polibio: es el puerto más alto». Eso, siempre y cuando para el historiador griego la expresión «lo más encumbrado» fuese literal y no un mero recurso literario. Cuando las tropas cartaginesas terminaron el cruce de los Alpes, Aníbal contaba con unos 50.000 soldados y 6000 jinetes con los que enfrentarse y derrotar a unos 200.000 romanos que le esperaban en el valle del río Po. Alrededor de 5.000 hombres (apenas 500 según el libro de García Tomás),  habrían muerto en los Alpes, al igual que más de la mitad de los caballos y animales de carga.

Grabado de la batalla de Zama por Cornelis Cort , 1567 — Dominio público


EPÍLOGO

Cualquiera que fuese el camino elegido, Aníbal acaba de entrar en la historia al completar la hazaña por la que dos milenios después seguimos recordándolo. Tiene 25 años, ha llevado a un ejército mixto de iberos y africanos al límite de la resistencia humana y ha sobrevivido. Más abajo, Roma y el destino del mundo conocido le aguardaban.

Durante quince largos años, Aníbal asoló la península italiana, pero gracias en parte a las pérdidas que sufrió en los Alpes y su casi continua falta de suministros, nunca pudo asestar el golpe mortal a la propia Roma y finalmente sería derrotado por Escipión en la Batalla de Zama en 202BC. Una batalla a la que fue convocado por el Consejo de Cartago, el mismo que le había negado el apoyo necesario para hacer capitular a Roma mientras Aníbal estuvo en Italia.

Aníbal pasó gran parte de los años que le quedaban en el exilio por el Mediterráneo. Mantuvo su juramento de sangre y mantuvo su enemistad con los romanos hasta el final, que llegó alrededor del año 183 a.C. en una fortaleza en Libyssa, en la actual Turquía. En lugar de rendirse a las fuerzas romanas que lo habían rodeado, Aníbal se envenenó.

Muy a menudo, la historia se reduce a unos pocos grandes hombres, pero olvidamos que por cada idea brillante y revolucionaria que tienen hombres como Aníbal, hay muchos que permanecerán para siempre desconocidos para nosotros que tuvieron que dar su vida para realizarla. El cruce de los Alpes por parte de Aníbal es materia de leyenda, gracias en gran parte a Tito Livio y Polibio, y al hecho de que se desconoce el exacto lugar del cruce alpino. Es posible que el misterio de su viaje infernal nunca se resuelva y muchos han pasado toda su vida buscando este pasaje casi mítico, pero extrañamente, nadie ha encontrado ningún rastro de los miles de hombres que quedaron congelados en la estela dejada por el gran Aníbal.

Literatura:

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Delbrück, H. (1975). Guerra en la Antigüedad . Prensa de la Universidad de Nebraska.
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García Tomás, S. (2010). Aníbal, genio de la guerra: Una nueva visión más realista de sus hazañas . Cultivalibros.
Jaeger, M. (2006). Tito Livio, el Monumento a Aníbal y el Templo de Juno en Croton. Transactions of the American Philological Association , 136:2, pp. 389-414.
Tito Livio (traducción de Foster). historia de roma(Biblioteca Clásica Loeb). Prensa de la Universidad de Harvard.
MacDonald, E. (2015). Aníbal: una vida helenística . Prensa de la Universidad de Yale.
Mosig, Y. (2009). Los Bárcidas en Guerra: Introducción Histórica, Ancient Warfare , 3:4, pp.6-8.
Mosig, Y. (2012). El problema con Zama: paradoja, humo y espejos en un antiguo campo de batalla. TheHistoryHerald.com.
Mosig, Y. (2013). Los elefantes de Hannibal: mito y realidad. TheHistoryHerald.com.
Mosig, Y. e I. Belhassen (2007). Revisión y reconstrucción en la Segunda Guerra Púnica: Zama: ¿victoria de quién? The International Journal of the Humanities , 5:9, pp. 175-186.
Polibio (traducción de Patton).Las Historias (Biblioteca Clásica Loeb). Prensa de la Universidad de Harvard.

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La Crónica del Henares: HISTORIA. El intrépido asalto de los Alpes por Aníbal
HISTORIA. El intrépido asalto de los Alpes por Aníbal
Aníbal
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La Crónica del Henares
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