ARQUEOLOGÍA. Laas Geel, el arte rupestre en su máxima expresión

  En el denominado estilo de Laas Geel, las vacas son las representaciones más numerosas. Los cuernos y las ubres son claramente visibles y ...

 

En el denominado estilo de Laas Geel, las vacas son las representaciones más numerosas. Los cuernos y las ubres son claramente visibles y sobre su cuello aparece una franja rectangular, a menudo decorada con rayas verticales alternas. Tienen la espalda recta, un detalle anatómico que apunta a Bos taurus, especie que se introdujo en el Cuerno de África durante el III milenio a.C. desde la península arábiga. Asociadas a las vacas, las figuras humanas, más pequeñas y ubicadas a su alrededor, parecen flotar en el espacio.

A medio camino entre Hargeisa y el puerto de Berbera, el complejo de cuevas y abrigos rocosos de Laas Geel alberga unas 500 figuras humanas, animales y geométricas repartidas en más de una veintena de refugios, en los que la vaca es la imagen principal. 

20 octubre 2022.- Pintadas durante el III milenio a.C., son el testimonio del pensamiento simbólico de los primeros pastores neolíticos de la región. Queda todavía un rito por completar, el más importante: el de los artistas o chamanes que, decididos a honrar la llegada de la vaca doméstica a sus vidas, un ser divino y dócil que proporciona leche y carne y que ha cambiado la vida de sus dueños, decorarán las paredes y cavidades con pigmentos extraídos de savia de raíces, arena o polvo de rocas. No son pinturas decorativas, son reverencias. Gestos de adoración a sus animales plasmados en la piedra. Los autores son unos pioneros: los primeros pastores pintores del Cuerno de África.

En el cuarto abrigo de Laas Geel hay representadas dos vacas, una de ellas con pelaje bicolor, en posición de cópula.

También son mensajeros de un momento histórico. Gracias a esas pinturas, hoy sabemos que hace unos 5.000 años aquellos encuentros periódicos en el monte solitario, a menos de 100 kilómetros de Hargeisa, la capital de Somalilandia, un país semidesértico situado en el norte de Somalia que en 1991 se autoproclamó independiente y solo reconoce Taiwán, eran algo más que reuniones de pastores. Aquella colina rocosa marca el inicio de una nueva era para el Cuerno de África: el momento en que la domesticación de las vacas transformó los pueblos cazadores-recolectores en pastores.

Fuentes: Jorge de Torres; Roger Joussume y Jean-Paul Cros, Art rupestre dans la corne de l'Afrique (2022)

Aquellas ceremonias antiguas desaparecieron, pero de ellas surgió un tesoro que ha permanecido prácticamente intacto. Con el paso de los siglos el desierto secó los ríos, las citas en honor a la vaca se extinguieron y la montaña pasó a llamarse simplemente Laas Geel, «pozo para los camellos» en lengua somalí. Las pinturas cayeron en el olvido durante cinco milenios; hasta casi anteayer. Hace 20 años, en un descubrimiento propio de otro siglo, un equipo de arqueólogos francés anunció al mundo el hallazgo de un tesoro inusual: Laas Geel, las pinturas rupestres más importantes del Cuerno de África. Repartidas en 23 abrigos rocosos perviven unas 500 figuras humanas, de animales y símbolos geométricos en un estado de conservación excepcional. 

Los medios internacionales, deslumbrados ante unas pinturas prehistóricas casi intactas, se aprestaron a sumar apellidos para situar la magnitud del descubrimiento: la Lascaux africana, la Altamira de Somalilandia, la Chauvet del Cuerno de África. Gutherz matiza, pero sucumbe también al encanto de los artistas pioneros de esta región. «En Lascaux, Chauvet o Altamira hablamos del Paleolítico; en Laas Geel, del Neolítico, el período de los primeros indicios de domesticación de animales, de los primeros pastores. Es otra fase de la evolución humana. A nivel puramente estético, de calidad y riqueza artísticas, son semejantes, pero este es otro universo».

Capilla Sixtina de los nómadas del desierto, la colina granítica de Laas Geel está en un lugar privilegiado, con vistas espectaculares al desierto de roca y arbustos del centro de Somalilandia. Hace 5.000 años, la montaña sagrada acogía reuniones periódicas en las que se veneraba a las vacas.


A primera vista, la montaña puede parecer un lugar normal. Un paisaje rocoso y árido salpicado de matojos, y solitario. Algunos atardeceres se pueden avistar grupos de monos entre las rocas, pero por la mañana solo se ve algún lagarto despistado que ante el menor ruido huye veloz a esconderse o se oye el griterío de los pájaros que anidan en la montaña, a los que los lugareños se refieren como shimbir mayay, las aves de la lluvia de la mañana. Pero en cuanto asciendes por la suave ladera y entras en el primer abrigo rocoso, empieza la magia: la primera visión de las pinturas quita el aliento. En los pueblos vecinos, aún hoy cuando un niño enferma se dice que lo han hechizado los djin de Laas Geel

Vista de uno de los principales paneles principales de Lass Geel, tomada con una lente ojo de pez. Laas Geel, Somalilandia. 2013,2034.16068 © TARA/David Coulson


Apenas unos metros por encima de la cabeza, algunas tan cerca que puedes tocarlas con los dedos, se desparraman cientos de figuras de vivos colores. Todas diferentes: vacas con cuernos gigantes, con rayas de colores en sus cuellos o sobre sus lomos, humanos en posición de adoración, cabras o perros alrededor… Un arte rico en detalles que mezcla trazos realistas, abstractos e incluso simbólicos. Un festival pictórico de 5.000 años de antigüedad que se abre ante un paisaje prodigioso: un desierto amplio de roca y arbustos que se pierde más allá de la vista. En las faldas de la montaña se intuye la cicatriz de dos wadis sin nombre, dos ríos hoy secos que solo transportan agua durante la época de lluvias. 

Símbolos geométricos decoran las paredes de Dhagax Nabi Galay, una pequeña cueva cercana a Laas Geel a la que se accede arrastrándose por un pequeño agujero en el suelo. La riqueza pictórica de la zona es extraordinaria.

El arqueólogo español Jorge de Torres, quien junto con Alfredo González Ruibal codirigió desde 2015 hasta 2020 un equipo del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit-CSIC) en Somalilandia, el único proyecto arqueológico a largo plazo desarrollado en el país, añade un matiz clave para entender el valor de la región: «La primera vez que vi las pinturas de Laas Geel no me lo podía creer. No solo por su calidad y estado de conservación, sino también por el lugar en que se encuentran. Esas pinturas están puestas ahí, frente al valle, con intención. Es una especie de Capilla Sixtina de los nómadas del Neolítico. Solo que en la Capilla Sixtina entras a un templo que te prepara para lo que vas a ver, aquí no. De repente encuentras una montaña solitaria y te topas con pinturas maravillosas. Y si Laas Geel es increíble, solo es la joya de la corona de un país rico en yacimientos excepcionales».

En Dhagax Kure, junto a las figuras humanas y las vacas, aparecen varias jirafas.

El descubrimiento de Laas Geel no solo representó el mayor punto de referencia de la arqueología en Somalilandia, también atrajo la atención hacia la riqueza de una nación inexplorada, surcada durante milenos por caravanas de nómadas que salpicaron de arte rupestre la región. Mientras países vecinos como Etiopía o Djibouti han sido mucho más estudiados, especialmente el primero, la inestabilidad política en suelo somalí relegó al olvido las gemas del pasado de un territorio central en el mundo. Porque aunque para la mirada occidental el Cuerno de África pueda parecer un lugar remoto, se encuentra en la encrucijada de las rutas comerciales más importantes del planeta. 

Vista de una vaca y una figura humana pintadas en el medio del panel de arte rupestre, con otras vacas representadas en la parte inferior izquierda. Laas Geel, Somalilandia. 2013,2034.15821 © TARA/David Coulson


A sus costas arribaron durante siglos comerciantes ávidos del incienso africano o de caparazones de tortuga desde las rutas del Mediterráneo a través del mar Rojo, desde la península arábiga, Persia e incluso desde las lejanas India o China empujados por los monzones del océano Índico. 

La colina de Dhagax Kure, a 40 kilómetros al oeste de Hargeisa, esconde bajo enormes bloques de granito que parecen caídos del cielo las pinturas de decenas de vacas del estilo de Laas Geel, además de jirafas, serpientes y figuras humanas, dispuestas en un caos excepcional. Hay que avanzar entre las piedras oscuras, que a veces forman túneles y cavidades naturales, para ir topándose con ellas. Como en Laas Geel, la vista del desierto desde lo alto de la colina es fabulosa. 

Laas Geel es un maravilloso ejemplo del potencial del arte rupestre africano aún por descubrir y estudiar. No sólo la calidad de las imágenes representadas es asombrosa, sino que los datos arqueológicos asociados al yacimiento y al propio paisaje ayudan a reconstruir un episodio clave de la historia humana en otros lugares: el momento en que los animales comenzaron a ser domesticados. El fuerte simbolismo que envuelve las figuras de vacas y humanos es un testimonio permanente de la reverencia que estas comunidades rendían a los animales que les proporcionaban su sustento.

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ARQUEOLOGÍA. Laas Geel, el arte rupestre en su máxima expresión
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