dragones, bestiarios
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| Pintura: Metropolitan Museum, New York. |
Las representaciones de dragones existen desde la más remota Antigüedad; en la Edad Media, estos seres terroríficos y fascinantes se convirtieron en protagonistas de mitos y leyendas
19 junio 2023.- El dragón es una de las figuras más emblemáticas de la cultura medieval. Lejos de tratarse de una invención fantasiosa, producto de las sagas de J. R. R. Tolkien o de series como Juego de tronos, el dragón procede de mundos simbólicos gestados en la época medieval que han perdurado hasta nuestros días. Aunque es una criatura ficticia, en las sociedades medievales el dragón alcanzó tal protagonismo que llegó a ser considerado un animal más dentro de las especies existentes. Leyendas, historias e imágenes lo convirtieron en un símbolo de la Edad Media que traspasaría todas las épocas.
Ya antes del Medievo, en las civilizaciones de la Antigüedad, es posible encontrar un amplio repertorio de seres mitológicos con rasgos dragontinos, criaturas que poseen cuerpo de serpiente o partes de esta. En la antigua Mesopotamia, Marduk, la suprema deidad de Babilonia, se enfrentó a la dragona demoníaca Tiamat, símbolo del caos primordial y de las aguas saladas, para implantar el orden en el cosmos y crear el mundo.
En los mitos griegos abundan los drakontes, serpientes gigantescas que actúan como protectoras de lugares, seres u objetos prodigiosos a la vez que simbolizan las fuerzas indomables de la naturaleza. Hércules fue atacado en su cuna por dos serpientes enviadas por la diosa Hera, y más tarde, como castigo a sus crímenes, el rey Euristeo le encargó matar a la hidra de Lerna, una gran serpiente acuática de nueve cabezas. Otros dragones griegos relacionados con las aguas son los kete (ceti en latín), peces semejantes a las ballenas que solían incluir rasgos serpentinos –por sus cabezas, crestas, fauces dentadas y colas replegadas en anillos–, así como de otros animales.
La cabeza de un dragón era uno de los símbolos más famosos de los vikingos . El dragón vikingo era, en muchos sentidos, una representación de la serpiente de Midgard, una criatura marina mítica que luchó con el dios nórdico Thor. Muchos barcos estaban equipados con cabezas de dragón talladas en la parte superior de la proa, mientras que la popa a menudo tenía forma de cola de dragón. Los vikingos construyeron barcos con enormes cabezas de dragón porque querían parecer lo más aterradores posible desde una gran distancia.
En el libro bíblico del Apocalipsis aparece como protagonista un dragón rojo de siete cabezas, semejante a una hidra de la antigüedad, que se enfrenta a San Miguel
Sobre estas líneas, detalle de un mosaico del siglo III que decora la Sala Rotonda del Museo Pío Clementino, en el Vaticano, en el que aparece un monstruo marino con la apariencia de un dragón.La Edad Media acogió y transformó estos seres de la Antigüedad para crear su propio imaginario. Bajo el cristianismo, tolerado en el Imperio romano a partir del Edicto de Milán en 313 y convertido por Teodosio en religión oficial en 380, los antiguos monstruos dragontinos se trasladaron gradualmente a los códigos visuales de la nueva fe. Así se puede observar en las pinturas de las catacumbas cristianas de Roma y en los relieves de sarcófagos paleocristianos, donde el dragón se identifica con el diablo. La iconografía cristiana buscaba reforzar el mensaje del triunfo de la Iglesia frente a los cultos paganos y las herejías, que se traducían en esos agentes malignos.
En el libro bíblico del Apocalipsis aparece como protagonista indiscutible un dragón rojo de siete cabezas –semejante a la hidra de la Antigüedad– que arrasó los astros con su cola y se enfrentó al arcángel Miguel. En el Génesis se encuentra también una perversa serpiente que tienta a Eva para que tome los frutos del árbol prohibido y cometa el pecado original. Igualmente, las serpientes acuáticas del mundo griego se identificaron con Leviatán, un monstruo marino citado varias veces en la Biblia, así como con la criatura marina que se tragó al profeta Jonás.
Los dragones tuvieron un papel destacado en las leyendas y en los relatos sobre vidas de santos,muy populares en la Edad Media
En sus Etimologías (una especie de enciclopedia de inicios del siglo VII) Isidoro de Sevilla definió el perfil del dragón que arraigaría en la Edad Media. Nutriéndose de varias fuentes antiguas, el erudito hispánico clasificó al dragón dentro del grupo de las serpientes, como la más grande de ellas y de todos los animales. Según Isidoro, los dragones moraban en cavernas, volaban, tenían crestas, solían proceder de Etiopía y de la India, y aniquilaban a sus presas no con su veneno o mordedura, sino con su cola, que usaban como un «látigo» o para «asfixiar» a sus víctimas (Etimologías, lib. XII, cap. IV).
Mientras que en el mundo bizantino el dragón se representaba por completo con atributos de serpiente, en el Occidente medieval adoptó igualmente fisonomías de felinos, cánidos y aves. Esa capacidad de metamorfosearse hacía que el dragón se asociara indefectiblemente con el diablo. En el arte románico de los siglos XI y XII se pueden observar dragones alados bípedos, de físicos más contundentes, pieles más escamosas, rostros parecidos a felinos y cánidos, largas orejas y colas rematadas en formas vegetales. También se encuentran dragones semejantes al grifo, un ser híbrido de la Antigüedad con cabeza, torso, patas delanteras y alas de águila y cuya parte trasera tenía forma de león.
Los dragones románicos, representados en capiteles, canecillos y tímpanos de iglesias y monasterios, suelen guerrear contra caballeros, santos y animales que simbolizan a Cristo, como el cordero o el león. Dragones, sirenas, arpías, simios y otros seres malignos de estos «bestiarios en piedra» de las iglesias pretendían mostrar a los fieles los pecados que había que sortear para obtener la salvación y evitar los castigos infernales. Estas imágenes alcanzaron una amplia difusión por el continente europeo gracias a la movilidad de gentes, objetos e imágenes fomentada por las crecientes peregrinaciones a Roma y Compostela.
Muchas de estas historias alcanzaron gran popularidad gracias a la amplia circulación de la Leyenda dorada, un conjunto de vidas de santos compilado hacia 1265 por Santiago de la Vorágine, predicador y obispo de Génova. Una de las historias incluidas en esta obra fue la de santa Margarita (o santa Marina) de Antioquía. En esta ciudad del Imperio romano oriental, Olibrio, gobernador en la época de Diocleciano, pidió a la joven cristiana Margarita que abandonara su fe para casarse con él, y ante la negativa de la muchacha ordenó apresarla. Timoteo (Theotimus), un cautivo que compartía la celda con Margarita, fue testigo de la revelación que vivió la joven al tener que enfrentarse a un monstruo dragontino: «Luego de que terminara de rezar se produjo un gran temblor […]. Emergió de una esquina un enorme y terrorífico dragón con piel de todos los colores. Su cresta y su barba eran como de oro. Sus dientes destellaban luz y sus ojos eran como perlas. Una llama de fuego y un montón de humo salieron de sus fosas nasales. Su lengua era como una espada. Serpientes se enroscaban alrededor de su cuello».
La singular criatura rodeó a la santa y se la tragó, pero esta, con la ayuda de un crucifijo, rompió el estómago de la bestia y salió ilesa.
Muchos relatos medievales situaban al dragón en el bosque, considerado un ámbito peligroso e inconmensurable. Marta de Betania, discípula de Jesucristo que según la tradición conocida por la Leyenda dorada se habría establecido en Provenza, se topó en los bosques del Ródano con un dragón que los locales llamaban «tarasca» –por Tarascón, donde antiguamente estaba Nerluc, área conocida por su lago negro y por sus bosques oscuros–. El terrible dragón amenazaba a todos los que cruzaban los bosques que bordeaban el río. La santa «le echó agua bendita y le mostró una cruz», y el monstruo «repentinamente quedó sumiso como una oveja, fue atado de la cintura de santa Marta e inmediatamente asesinado por el pueblo con lanzas y piedras».
Los bestiarios medievales fueron obras moralizantes destinadas a exponer preceptos cristianos por medio de explicaciones alegóricas vinculadas a animales. Considerado un tipo de serpiente, el dragón formó parte del «bestiario del diablo». Solía estar a los pies de un árbol mítico de la India, el peridexion, evitando su sombra –la cual se identificaba con el Espíritu Santo que protege del diablo a los fieles de la Iglesia– y al acecho de las palomas posadas en sus ramas. También se lo representaba atacando a otros animales que simbolizaban a Cristo, como el ciervo o el elefante. El dragón se enroscaba sobre este último, succionaba su sangre y se metía dentro de su trompa para matarlo.
Los manuscritos ilustrados con miniaturas dan cuenta de la popularidad que alcanzó el dragón como motivo pictórico desde los siglos XII y XIII. En las letras capitales con las que se iniciaba cada sección de la obra, los monjes miniaturistas se las ingeniaban para representar a dragones que mordían o caminaban sobre los tabiques de las letras, se colgaban de ellas con sus cuellos y colas, y señalaban con sus lenguas el inicio del párrafo o algunas palabras. También los márgenes de los folios se poblaron de divertidos dragoncillos en lucha contra caballeros y criaturas imaginarias, a veces cerrando con sus colas la caja de escritura. Era un modo de hacer la lectura más dinámica, destacando partes o avivando la atención del lector a través de la sorpresa.
El cuadro reproducido sobre estas líneas es una de las versiones más impactantes de la historia de san Jorge, el soldado que mata a un dragón para rescatar a la hija del rey de Silca, en Libia. Su autor, el pintor renacentista veneciano Vittore Carpaccio, lo realizó entre 1502 y 1508 como parte de un ciclo pictórico destinado a la iglesia de San Giorgio degli Schiavoni en Venecia. Carpaccio planteó la escena de lucha como una contienda caballeresca medieval. El santo ecuestre, vestido con armadura de metal, atraviesa con su lanza el cráneo del dragón, bajo la mirada de la princesa, a la derecha, y con la ciudad de Silca representada en el plano del fondo.
En la antigua China, el dragón era una criatura muy significativa que se convirtió en un símbolo del Emperador, y su trono a veces se llamaba el Trono del Dragón. Los antiguos chinos creían que los dragones controlaban el clima y el agua. Se decía que estas criaturas podían manipular océanos, inundaciones, tornados y tormentas.
El dragón chino redondeado tradicional generalmente se ve en edificios imperiales, uniformes oficiales y monedas. El diseño se remonta a la dinastía Tang (siglos VII-VIII). Tenga en cuenta también que este no es el emblema de la dinastía Qing. Crédito de la imagen: Sodacan - CC BY-SA 4.0
El dragón es mostrado como una bestia rampante, con alas de murciélago, musculatura de felino (o de grifo) y escamas serpentinas. Esta caracterización da cuenta de los imaginarios construidos a finales de la Edad Media y en el Renacimiento en torno a la fauna exótica que provenía de Oriente. Leones, leopardos o cocodrilos, tanto vivos como disecados, llegaban a Europa para formar parte de colecciones cortesanas y de gabinetes de curiosidades, y a menudo inspiraban a los artistas para crear animales ficticios. En el campo de batalla, Carpaccio representó también otros reptiles en medio de los restos de las anteriores víctimas que fueron alimento del dragón, entre los que se encuentran cuerpos humanos mutilados, varios cráneos y huesos.
Bandera de Gales. Crédito de la imagen: Desconocido - Dominio públicoLa antigua palabra británica "draig" significa dragón (y guerrero o 'líder', mientras que "pen" significaba cabeza. Las dos palabras combinadas forman Pendragon o Pen Draig, un apellido noble en Gran Bretaña a principios del siglo V. El dragón El símbolo siguió siendo utilizado por los últimos príncipes galeses nativos de Gales, Llewelyn ap Gruffydd y Owain Glyndwr , durante sus luchas contra la ocupación inglesa en los siglos XIV y XV. El nombre Pendragon en la literatura galesa incluye a Uther Pendragon, padre del legendario Rey Arturo.
En la antigüedad, también había muchas supersticiones sobre el dragón; sorprendentemente, algunos persisten incluso hoy. Por ejemplo, se creía que la sangre del dragón tenía propiedades únicas que podían dar a una persona el poder de ver el futuro. Por otro lado, también se decía que si un caballero mojaba la punta de su espada en la sangre del dragón y te apuñalaba, la herida nunca sanaría. Se pensaba que los dientes de dragón traían buena suerte a quienes los poseían. El dragón ha sobrevivido como un poderoso símbolo en muchas partes del mundo.
Para saber más:
Nadia Mariana Consiglieri. El dragón, de lo imaginado a lo real. Su simbolismo y operatividad visual en la miniatura cristiana de la Plena Edad Media hispánica. Miño y Dávila editores, Buenos Aires / Barcelona, 2020
Liliana Bodoc. Tiempo de dragones. 1. La profecía imperfecta. Plaza & Janes, Barcelona, 2015
Doug Niles. Dragons: The Myths, Legends, and Lore
Carol Rose. Giants, Monsters, and Dragons: An Encyclopedia of Folklore, Legend, and Myth







