editorial, opinión, la crónica del henares, guerra de Irán, geopolítica
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| Columnas de humo se elevan tras el impacto de restos de un dron iraní interceptado contra una instalación petrolera en Fujairah, Emiratos Árabes Unidos, el 14 de marzo. Foto AP/Altaf Qadri |
24 marzo 2026.- Irán sabe que es militarmente mucho más débil que Estados Unidos. Estados Unidos representa el 37% del gasto militar mundial , mientras que Irán representa menos del 1%. En teoría, cabría esperar que Estados Unidos ganara fácilmente un enfrentamiento militar con Irán.
Pero, como demuestra la historia, Estados Unidos no gana guerras contra grupos que emplean tácticas insurgentes. Esto quedó patente en Vietnam, Irak y Afganistán . Estados Unidos no "perdió" estas guerras, pero tampoco pudo ganarlas. En cada caso, finalmente se retiró y permitió que sus adversarios se alzaran con la victoria.
Irán lo sabe y está utilizando cuatro tácticas clave de insurgencia para forzar la retirada de Estados Unidos de la guerra.
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Un conflicto asimétrico por definición
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una campaña de bombardeos sobre Irán con el objetivo declarado de desmantelar su programa nuclear, degradar su capacidad balística y eliminar el liderazgo del régimen. En pocas semanas, la ofensiva ha destruido infraestructuras militares críticas, eliminado al líder supremo Ali Jamenei y reducido significativamente las capacidades convencionales iraníes. Sobre el papel, la victoria militar estadounidense parecía cuestión de tiempo.
Sin embargo, la pregunta estratégica relevante nunca fue si Irán podía ganar en términos convencionales. Lo que importa es si el régimen puede sobrevivir el tiempo suficiente para que la voluntad política de Washington se agote. Y esa es una pregunta muy diferente.
Como señala Jessica Genauer, Directora Académica del Instituto de Políticas Públicas de la UNSW Sydney, Estados Unidos representa el 37% del gasto militar mundial, frente a menos del 1% de Irán. La asimetría de recursos es absoluta. Y sin embargo, como demuestran Vietnam, Irak y Afganistán, esa superioridad no es suficiente cuando el adversario emplea tácticas de insurgencia. En ninguno de esos conflictos perdió EE.UU. militarmente en sentido estricto, pero tampoco pudo ganar. En todos acabó retirándose y dejando al adversario reclamar la victoria.
«Irán solo tiene que sobrevivir más tiempo que la voluntad política de Estados Unidos para luchar.» — Jessica Genauer, UNSW Sydney
Esta lección histórica es la que estructura la estrategia iraní actual. Teherán no busca la victoria militar. Busca convertir el conflicto en un problema político insostenible para Washington, acumulando costes económicos, humanos y diplomáticos hasta que la presión interna en EE.UU. obligue a negociar o retirarse. Para ello, el régimen despliega cuatro tácticas de insurgencia bien diferenciadas.
Táctica 1 — Provocación deliberada: forzar la escalada
La primera táctica consiste en atacar infraestructuras críticas y bases militares en el Golfo Pérsico con el objetivo de provocar a EE.UU. a responder con una fuerza militar cada vez mayor. Esta provocación deliberada cumple una doble función estratégica que va más allá del daño material infligido.
Por un lado, a medida que la campaña de bombardeos estadounidense se intensifica, la oposición interna iraní al régimen —que se había movilizado masivamente en las protestas de enero de 2026— comienza a reorientar su indignación hacia el agresor externo. El nacionalismo de guerra reduce el espacio político para la disidencia y consolida al régimen precisamente en el momento de mayor debilidad. Más de 1.400 iraníes han muerto y 18.000 han resultado heridos según el Ministerio de Salud iraní; esas cifras, lejos de debilitar al régimen, alimentan el relato de resistencia nacional.
Por otro lado, si la provocación logra arrastrar a EE.UU. a desplegar tropas terrestres —el escenario que Genauer identifica como el más catastrófico para Washington—, Irán puede activar una insurgencia de plena escala que multiplicaría exponencialmente el coste humano y político de la guerra para la administración Trump. El propio Trump ha invocado el precedente iraquí para justificar que no desplegará fuerzas terrestres, lo que evidencia que la amenaza de esta táctica ya está operando como factor de disuasión sobre las decisiones de Washington.
La doctrina militar iraní conocida como "defensa en mosaico", estructurada en 31 mandos provinciales del CGRI independientes entre sí, fue diseñada precisamente para sobrevivir decapitaciones del liderazgo y convertir cualquier ocupación en una guerra de guerrillas prolongada. Iran no está improvisando: lleva dos décadas preparando este escenario.
Táctica 2 — Erosión de alianzas: atacar a los vecinos del Golfo
La segunda táctica es la más contraintuitiva: Irán está atacando a sus vecinos del Golfo Pérsico —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait, Qatar y Baréin—, países con los que tendrá que convivir una vez termine el conflicto. Un comportamiento aparentemente suicida que, sin embargo, responde a una lógica estratégica precisa.
Durante décadas, los estados del Golfo han dependido de EE.UU. como garante último de su seguridad. Washington les vende armamento por valor de decenas de miles de millones de dólares y mantiene bases militares en su territorio. Esta relación hace de los países del Golfo un componente esencial de la proyección de poder estadounidense en Oriente Medio. Al atacarlos directamente, Irán busca crear una presión insoportable sobre sus líderes para que distancien al máximo posible de EE.UU.
El cálculo es fríamente racional: si los países del Golfo empiezan a temer que su asociación con Washington los convierte en objetivos —en lugar de protegerlos—, comenzarán a ejercer presión sobre Trump para que modere o ponga fin al conflicto. Qatar ya ha expulsado a los diplomáticos militares iraníes tras el ataque al complejo de GNL de Ras Laffan, pero simultáneamente mantiene abiertos canales de mediación. Arabia Saudí intercepa misiles iraníes pero no cierra la puerta a la diplomacia. Esa ambigüedad es exactamente lo que Irán busca alimentar.
Si los países del Golfo temen que su alianza con Washington los convierte en objetivos, presionarán a Trump para que negocie.
Táctica 3 — Estrangulamiento económico: el control del estrecho
La tercera táctica opera en el plano económico global y es la que mayor impacto inmediato está teniendo fuera de la región. Irán ha utilizado su posición geográfica y sus capacidades asimétricas —minas, drones, misiles antibuque— para amenazar el libre tránsito por el estrecho de Ormuz, a través del cual circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial.
Esta táctica otorga a Teherán una palanca económica desproporcionada con respecto a sus capacidades militares convencionales. El ataque al complejo de GNL de Ras Laffan en Qatar —el mayor exportador de gas natural licuado del mundo— ilustra la capacidad iraní para provocar disrupciones energéticas de alcance global. El precio del barril de petróleo ha subido más de un 40% desde el inicio del conflicto. El FMI ya ha revisado a la baja las previsiones de crecimiento de España al 2,1% para 2026, citando explícitamente el impacto del conflicto sobre los precios del petróleo.
En términos insurgentes, esta táctica cumple la función clásica de 'sangrar al adversario económicamente': cada semana que el estrecho permanece amenazado cuesta a la economía global miles de millones de dólares, alimenta la inflación en los países importadores de energía y acumula presión política sobre los gobiernos que apoyan la campaña militar estadounidense. La Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya ha exigido a Irán el cese de los ataques a la navegación comercial, una señal de que la táctica está surtiendo efecto diplomático.
Táctica 4 — Terror civil e inestabilidad regional: atacar la normalidad
La cuarta y más perturbadora táctica consiste en atacar infraestructuras civiles —aeropuertos internacionales, plantas de desalinización, instalaciones energéticas— en los países del Golfo. La lógica insurgente aquí es psicológica y política antes que militar.
Los ataques a objetivos no militares generan un clima de incertidumbre generalizada: nadie sabe qué será el próximo objetivo. Esto desestabiliza a poblaciones enteras y a los gobiernos que las representan, con independencia del daño material concreto. El cierre de los principales hubs de transporte internacional en Emiratos Árabes Unidos y Qatar durante las fases más intensas del conflicto ha causado disrupciones económicas en cadena que afectan a países muy alejados del teatro de operaciones.
Irán ha añadido una dimensión de chantaje explícito a esta táctica: si Trump ejecuta su amenaza de 'obliterar' las plantas eléctricas iraníes, Teherán promete destruir por completo la infraestructura crítica de sus vecinos del Golfo. Esta amenaza de destrucción mutua asegurada a escala regional actúa como disuasorio y multiplica la presión sobre los aliados de EE.UU. para que aboguen por una salida negociada.
El horizonte: sobrevivir es ganar
El análisis de Genauer converge con el de otros centros de pensamiento —Atlantic Council, The Soufan Center, Al Jazeera— en un diagnóstico compartido: la pregunta estratégica en este conflicto no es si EE.UU. puede destruir más capacidad militar iraní, sino cuánto tiempo está dispuesto a mantener una guerra de alto coste sin una victoria política clara.
En ese escenario, el statu quo que Irán busca preservar no es la situación previa al 28 de febrero —el régimen ya está gravemente debilitado— sino algo más modesto y más difícil de negar: la supervivencia del Estado iraní como entidad política independiente, sin ocupación extranjera, con capacidad de reconstruirse y sin que se establezca un precedente de cambio de régimen impuesto desde el exterior.
Como concluye Genauer, el régimen podría caer a medio o largo plazo. Pero en este momento solo le preocupa el corto plazo. Para eso, las cuatro tácticas descritas son suficientes: provocar la escalada, erosionar las alianzas del adversario, estrangular la economía global y generar terror civil hasta que la presión política interna en EE.UU. obligue a Trump a sentarse a negociar.
«El actor débil solo necesita sobrevivir el tiempo suficiente para que la presión política y económica obligue a su adversario a retirarse. Entonces puede reclamar la victoria.» — Jessica Genauer
Vietnam tardó veinte años. Irak y Afganistán, más de una década cada uno. Irán no necesita tanto tiempo. Solo necesita que la guerra sea lo suficientemente costosa durante lo suficientemente largo como para que 27% de apoyo ciudadano que registra hoy la guerra en EE.UU. —según una encuesta Reuters/Ipsos citada por Genauer— siga cayendo hasta que ningún político en Washington pueda ignorarlo.
Si EE.UU. quiere cambiar el resultado, Genauer identifica el único principio contrainsurgente que ha demostrado funcionar históricamente: dañar al enemigo, pero ganar los corazones y las mentes de la población. Una estrategia que, en este conflicto, Washington ni siquiera ha empezado a desplegar.
Fuente principal
Jessica Genauer, UNSW Sydney: Iran can't 'win' this war. But it can force a US retreat using these 4 insurgency tactics — The Conversation / UNSW Newsroom, 24/03/2026
Editorial de análisis · 24 de marzo de 2026 · Conflicto en Oriente Medio


