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| Investigadores hallaron diferencias de género en la actividad de los genes dentro de las neuronas corticales (en la imagen) y otras células cerebrales. Crédito: David Scharf/Science Photo Library |
Las variaciones en la expresión genética podrían ayudar a explicar por qué los riesgos de padecer enfermedades cerebrales difieren según el sexo.
17 abril 2026.- Tras analizar más de un millón de células cerebrales, los investigadores han descubierto diferencias generalizadas en los patrones de actividad genética entre los cerebros masculinos y femeninos.
Este estudio, que definía el sexo en función de la combinación de cromosomas sexuales de una persona, podría ayudar a explicar por qué el riesgo de desarrollar algunas afecciones cerebrales, como la esquizofrenia y la enfermedad de Alzheimer, difiere entre hombres y mujeres.
Aunque las diferencias eran sutiles, el equipo identificó más de 100 genes que mostraron una variación constante en su expresión entre hombres y mujeres en varias regiones del cerebro. El trabajo se publicó el 16 de abril en Science.
El cerebro masculino y el femenino comparten casi todo, pero difieren en más de 3.000 genes
Un análisis de más de un millón de núcleos celulares revela patrones sutiles pero consistentes de expresión génica que podrían explicar por qué enfermedades como la esquizofrenia, el Alzheimer o la depresión afectan de forma distinta a hombres y mujeres.
Que las mujeres desarrollan Alzheimer con más frecuencia y que los hombres son más vulnerables a la esquizofrenia es un hecho clínico documentado desde hace décadas. Lo que no se sabía con precisión era qué ocurre, a nivel molecular, dentro de las propias neuronas. Un estudio publicado el 16 de abril de 2026 en Science, liderado por Alex DeCasien en el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, ofrece la imagen más detallada hasta la fecha de esas diferencias genéticas.
El experimentoQué se ha medido y cómo
El equipo aplicó una técnica llamada secuenciación de ARN de núcleo único (snRNA-seq) a muestras de tejido postmortem procedentes de 30 personas adultas: 15 mujeres y 15 hombres, con edades comprendidas entre 26 y 78 años. En total se analizaron 169 muestras correspondientes a seis regiones diferentes de la corteza cerebral, escogidas porque la neuroimagen previa había demostrado que algunas presentan diferencias de volumen entre sexos y otras no.
Las técnicas tradicionales de genómica analizaban tejido completo —como hacer una foto promedio de miles de células mezcladas—. La snRNA-seq permite, en cambio, leer qué genes está activando cada célula individualmente. Esto es fundamental porque el cerebro alberga docenas de tipos celulares distintos (neuronas excitatorias, inhibitorias, astrocitos, oligodendrocitos...) y cada uno expresa su propio programa genético. Medir el promedio escondía las diferencias reales.
El cribado identificó aproximadamente 680.000 neuronas excitatorias (las que transmiten señales), 290.000 neuronas inhibitorias (las que modulan la actividad) y 270.000 células gliales y de otros tipos, que cumplen funciones de soporte, aislamiento y nutrición. Sobre ese universo de más de un millón de núcleos, los investigadores examinaron la actividad de unos 4.300 genes para detectar patrones relacionados con el sexo cromosómico.
ObservacionesLo que vieron: muchas diferencias pequeñas, pero reales
El primer hallazgo, aparentemente contraintuitivo, es tranquilizador: el sexo explica menos del 1% de la variación total en la expresión génica de las células cerebrales. Dicho de otra forma, dos hombres cualesquiera difieren entre sí muchísimo más de lo que difieren como grupo del grupo de las mujeres. La variabilidad dentro de cada sexo es abrumadoramente mayor que la variabilidad entre sexos.
«Este hallazgo encaja con lo que ya sabíamos sobre la variación humana: hay mucha más variación dentro de un sexo que entre sexos.» Donna Maney, neurocientífica de la Universidad de Emory, declaraciones recogidas por Nature News
Ahora bien, dentro de ese 1%, los patrones son reales y consistentes. Los autores identificaron más de 3.000 genes con algún grado de expresión sexualmente sesgada en al menos una región cortical, y un subconjunto de 133 genes (119 autónomos, es decir, no situados en los cromosomas sexuales) con diferencias consistentes en todas las combinaciones de región y tipo celular analizadas. Estos 133 genes son probablemente el hallazgo más robusto y reproducible del estudio.
Las diferencias fueron especialmente marcadas en tres localizaciones:
» La corteza fusiforme, vinculada al procesamiento de caras y a conductas con sesgo sexual documentado, y que ya era conocida por presentar diferencias de volumen entre sexos.
» Los oligodendrocitos y astrocitos, dos tipos de células gliales que, lejos de ser meros «soportes», regulan la mielinización y el metabolismo neuronal.
» Las neuronas excitatorias a lo largo de múltiples regiones, lo que sugiere un efecto distribuido del sexo sobre el procesamiento cortical.
Por qué importa: la conexión con enfermedades cerebrales
La observación más potente desde el punto de vista médico es que muchos de los genes con expresión sexualmente sesgada se solapan con variantes genéticas ya asociadas a trastornos neuropsiquiátricos y neurodegenerativos: TDAH, esquizofrenia, depresión y enfermedad de Alzheimer. Esto no significa que esos genes causen esas enfermedades, pero sí que el contexto genético en que actúan los factores de riesgo es ligeramente distinto en hombres y mujeres, lo que podría modular la probabilidad o la forma de desarrollarlas.
| Trastorno | Sesgo clínico | Contexto |
|---|---|---|
| Esquizofrenia | Masculino | Mayor prevalencia y aparición más temprana en hombres |
| TDAH | Masculino | Diagnosticado de 2 a 4 veces más en niños que en niñas |
| Parkinson | Masculino | Aproximadamente 1,5 veces más frecuente en hombres |
| Enfermedad de Alzheimer | Femenino | Cerca de dos tercios de los casos diagnósticos son mujeres |
| Depresión y ansiedad | Femenino | Aproximadamente el doble de frecuentes en mujeres |
Qué significa desde el punto de vista genético
Aquí está el matiz más interesante del estudio. Aunque una parte de las diferencias se localiza, como cabría esperar, en los cromosomas sexuales X e Y, la mayor parte de los genes con sesgo se encuentra en los cromosomas autónomos, los compartidos por ambos sexos. ¿Cómo es posible? La respuesta apunta al efecto regulador de las hormonas esteroideas sexuales (estrógenos, progestágenos, andrógenos), que actúan como señales capaces de activar o silenciar genes en todo el genoma mediante receptores nucleares.
Un estudio complementario publicado en 2025 ya había observado que los elementos de respuesta a andógenos (ARE) están enriquecidos tanto en genes con sesgo masculino como en genes con sesgo femenino, lo que sugiere que los andógenos —no sólo los estrógenos— cumplen un papel regulador crucial en el cerebro humano. El nuevo trabajo refuerza ese marco: el sesgo sexual transcriptómico parece nacer de la interacción entre la dotación cromosómica (XX vs. XY) y los niveles hormonales circulantes a lo largo de la vida.
El cerebro no tiene «genes de hombre» ni «genes de mujer» en su mayor parte. Tiene los mismos genes, pero regulados con intensidades ligeramente distintas por el contexto hormonal determinado por los cromosomas sexuales. Esa diferencia de volumen en la expresión, pequeña pero sistemática, es el sustrato molecular sobre el que se proyectan las vulnerabilidades diferenciales a ciertas enfermedades.
Qué lecturas y aplicaciones se pueden extraer
Lo que este estudio no dice
Es importante separar con claridad lo que el trabajo demuestra de lo que no demuestra:
» No establece relaciones causales entre diferencias de expresión génica y manifestaciones cognitivas o conductuales concretas. La correlación con enfermedad es estadística, no mecanicística.
» No valida ni invalida estereotipos sobre capacidades intelectuales o emocionales. El hecho de que existan 133 genes con expresión sexualmente sesgada no justifica ninguna afirmación sobre habilidades matemáticas, empatía, inteligencia general o aptitudes profesionales.
» No distingue entre causas biológicas y causas ambientales. Los propios autores reconocen que parte del sesgo observado podría originarse en diferencias de socialización y experiencia a lo largo de la vida, aunque esto sólo se podría descartar estudiando cerebros prenatales.
En resumen: el estudio de DeCasien y colaboradores no rompe con el consenso —hombres y mujeres tienen cerebros esencialmente iguales—, sino que lo refina. Muestra que dentro de esa enorme similitud existen patrones moleculares sutiles, reproducibles y potencialmente útiles para entender por qué ciertas enfermedades cerebrales se distribuyen de forma desigual entre sexos. Es un avance importante menos por lo que revoluciona que por lo que, por fin, permite medir con precisión.
