historia, nepotismo papal, Borgia
![]() |
| Alejandro VI, el padre de los Borgia que llegó a papa |
Cómo la práctica de favorecer a los propios parientes fue la norma, y no la excepción, en el trono de San Pedro durante cinco siglos
La propia palabra nepotismo tiene sus raíces en la práctica medieval de la Iglesia de nombrar «cardenales sobrinos», derivada del latín nepos, y describía el favoritismo de los papas hacia sus parientes dentro del clero. Esta práctica continuó hasta 1692, cuando el papa Inocencio XII la limitó mediante la bula Romanum decet Pontificem.
El nepotismo fue practicado por primera vez de forma notable por el papa Nicolás III hacia finales del siglo XIII, quien fue llamado, de manera reprobatoria, «el patriarca del nepotismo papal». Muchos papas incurrieron en nepotismo: Juan XXII nombró cardenales a un hijo, un hermano y tres sobrinos; Clemente V nombró cardenales a cuatro de sus sobrinos; y Sixto IV hizo lo mismo con seis.
Sixto IV nombró en cargos a más de 25 sobrinos y parientes, entre ellos ocho cardenales, y casó a varios sobrinos con princesas de Nápoles, Milán y Urbino, en tan poco tiempo que nadie llegaba a hacer el recuento de aquella parentela.
El nepotismo de los pontífices se justificaba, en parte, por la necesidad de rodearse de personas adictas que los sostuvieran en el gobierno del Estado contra los turbulentos señores de los territorios pontificios. Era una estrategia fundamental del gobernante a la que no fueron ajenos ni los déspotas del Renacimiento ni otros papas ilustres.
El papa León X hizo de su primo Giulio de Médicis vicecanciller de la Santa Sede, y cuando León X murió en 1521, ese mismo primo se convirtió en el papa Clemente VII en 1523. Y el papa León X embrollo a los ejércitos pontificios en la Guerra de Urbino para asegurar el dominio de su sobrino Lorenzo II de Médicis sobre esa ciudad, lo que contribuyó decisivamente a hundir al papado en deuda
Historia de la Iglesia · Papado Medieval y Renacentista
El Nepotismo Papal:
Más Allá de los Borgia
Cómo la práctica de favorecer a los propios parientes fue la norma,
y no la excepción, en el trono de San Pedro durante cinco siglos
«Los Borgia» se han convertido en sinónimo de corrupción eclesiástica y nepotismo desenfrenado. Sin embargo, esta identificación es, en buena medida, el resultado de la leyenda negra y de la ignorancia de un contexto histórico que revela algo asombroso: los Borgia no fueron la excepción, sino simplemente los más célebres representantes de una práctica consustancial al papado medieval y renacentista.
El origen de una palabra
La propia etimología lo dice todo. La palabra nepotismo no procede del mundo político secular, ni del vocabulario de las cortes reales de Europa. Procede del latín nepos, «sobrino», y fue acuñada para describir una práctica específica y sistemática del papado católico: la elevación de sobrinos y parientes del pontífice a las más altas dignidades eclesiásticas, comenzando por el cardenalato. La voz entró en el inglés hacia 1669 y en las lenguas romances poco después, pero la realidad que describe venía practicándose sin interrupción desde al menos el siglo IX.
El mecanismo era simple y, en su propio contexto, hasta cierto punto lógico. Los papas, al haber pronunciado votos de castidad, carecían de descendencia legítima reconocida que pudiera heredar su posición y salvaguardar los intereses dinásticos de su familia. En un mundo gobernado por clanes, linajes y alianzas familiares, esto los dejaba en una posición de debilidad estructural. La solución que encontraron fue la misma a la que recurrían los monarcas seculares: situar a sus más estrechos allegados en posiciones de poder. Pero, dado que no podían hacerlo con hijos, lo hacían con sobrinos. El término nepote era a menudo un eufemismo: en no pocos casos, los «sobrinos» favorecidos eran en realidad hijos ilegítimos del pontífice, cuya paternidad no podía reconocerse públicamente.
El historiador Imbart de la Tour lo formuló con precisión: el nepotismo, en las condiciones en que se hallaban los papas del siglo XVI, era para ellos «casi una necesidad». Los pontífices, situados en el corazón de una Italia fragmentada en pequeños estados y dominada por familias poderosas y a menudo hostiles, necesitaban rodearse de personas de confianza absoluta. Y esa confianza solo se hallaba con certeza en la propia sangre.
Patriarcas del nepotismo: los papas olvidados
Cuando la historiografía popular señala a los Borgia como paradigma del nepotismo papal, omite deliberada o inconscientemente a una larga galería de papas que los precedieron y que practicaron el mismo vicio con idéntico o mayor descaro. Examinarlos uno por uno es la mejor manera de restituir la perspectiva histórica.
Nicolás III
1277–1280
Considerado por la historiografía el primer gran nepotista del papado medieval. Dante lo situó en el infierno de su Commedia. Favoreció de tal forma a la familia Orsini que fue llamado «el patriarca del nepotismo papal».
Juan XXII
1316–1334
Nombró cardenales a un hijo suyo, a un hermano y a tres sobrinos. El hecho de que uno de sus cardenales fuera su propio vástago revela que el celibato era más norma escrita que práctica efectiva.
Clemente V
1305–1314
El primer papa de Aviñón nombró cardenales a cuatro de sus sobrinos y enriqueció a su familia gasconesa de manera escandalosa, convirtiendo la sede pontificia en un instrumento de poder familiar.
Clemente VI
1342–1352
Su corte en Aviñón fue descrita como indistinguible de la de cualquier gran señor secular. Llevó el nepotismo aviñonés a su punto culminante. Nombró cardenal a Gregorio XI a los 18 años de edad por ser su sobrino.
Bonifacio IX
1389–1404
Elevó a su familia napolitana a posiciones de gran influencia y acumuló una fortuna mediante la venta de cargos eclesiásticos combinada con el favorecimiento sistemático de sus parientes.
Sixto IV
1471–1484
Quizás el mayor nepotista del papado renacentista antes de los Borgia. Nombró en cargos a más de 25 sobrinos y parientes, entre ellos seis cardenales. Casó a sus sobrinos con princesas de Nápoles, Milán y Urbino. Toda Italia quedó envuelta en sus guerras familiares.
A esta galería deben añadirse muchos otros: Gregorio XII, que nombró cardenal a su sobrino a los 25 años; Eugenio IV, que fue precisamente ese sobrino elevado al cardenalato y que a su vez favoreció a los suyos al llegar al solio pontificio; Paulo II, sobrino de Eugenio IV que lo sucedió en el trono de San Pedro gracias en parte a las redes de poder tejidas por su tío. La genealogía del nepotismo es, en sí misma, una genealogía pontificia.
El primer cuidado de un Papa recientemente instalado era el de conducir a su familia al apogeo de la fortuna, del crédito y del poder.
— Frantz Funck-Brentano, historiador francés, sobre la práctica habitual del papado renacentistaLos Borgia en perspectiva: Calixto III y Alejandro VI
Es precisamente en este contexto donde deben ser evaluados los dos papas Borgia. Calixto III (1455–1458) accedió al pontificado a los 77 años, siendo el primer papa español, y su breve papado estuvo efectivamente marcado por el favorecimiento de sus parientes valencianos. Nombró cardenales a dos sobrinos; uno de ellos, Rodrigo de Borja, usó esa posición como trampolín hacia el papado, convirtiéndose en Alejandro VI treinta y siete años después.
Alejandro VI (1492–1503) es sin duda el Borgia más célebre y controvertido. Su nepotismo fue real: utilizó el poder pontificio para elevar a su familia y para financiar las campañas militares de su hijo César. Sin embargo, una comparación honesta con sus predecesores inmediatos revela que su conducta, escandalosa para la posteridad, era perfectamente acorde con los estándares de su época.
Tomemos a su predecesor directo, Inocencio VIII (1484–1492): reconoció públicamente a sus hijos ilegítimos —cosa que Alejandro nunca hizo formalmente—, casó a su hijo Francescheto con Magdalena de Médicis en una boda celebrada en el Vaticano con toda la pompa papal, y nombró cardenal a su propio nieto de trece años de edad. El mismo papa que promulgó la bula Summis desiderantes affectibus sobre la bruja que convirtió en instrumento de la Inquisición no tenía inconveniente en hacer del nepotismo un sistema de gobierno.
El nepotismo tras los Borgia: los Farnesio, los Médicis y los Borghese
Si los Borgia representaran una anomalía en la historia del papado, su desaparición del trono de San Pedro habría supuesto el fin del nepotismo. La historia demuestra exactamente lo contrario: la práctica se intensificó y se institucionalizó en el siglo XVI y bien entrado el XVII.
León X · 1513–1521 · Familia Médicis
Nombró a su primo Giulio de Médicis vicecanciller de la Santa Sede. Embrollo a los ejércitos pontificios en la Guerra de Urbino para asegurar el dominio de su sobrino Lorenzo II de Médicis sobre la ciudad. La guerra hundió al papado en una deuda que León X intentó paliar expandiendo la venta de indulgencias, sembrando así el germen de la Reforma Protestante.
Clemente VII · 1523–1534 · Familia Médicis
El propio Clemente VII era el primo Giulio al que León X había encumbrado. Así se cerró la secuencia dinástica medicéa: un papa elevó a su primo al cardenalato, y ese primo se convirtió en el siguiente papa. La lista de papas sobrinos de papas anteriores resulta elocuente: Paulo II es sobrino de Eugenio IV; Alejandro VI lo es de Calixto III; Pío III lo es de Pío II; Julio II lo es de Sixto IV; León X y Clemente VII son primos entre sí.
Paulo III · 1534–1549 · Familia Farnesio
El caso Farnesio es ilustrativo. Pablo III inició su carrera precisamente gracias al nepotismo Borgia: se dice que su hermana Julia Farnesio era amante de Alejandro VI, lo que facilitó su nombramiento como cardenal. Al llegar él al solio pontificio, nombró cardenales a dos de sus nietos adolescentes y entregó el ducado de Parma y Piacenza a su hijo ilegítimo Pier Luigi. El nepotismo se retroalimentaba generación tras generación.
Urbano VIII · 1623–1644 · Familia Barberini
Ya en pleno siglo XVII, Urbano VIII convirtió el pontificado en un instrumento familiar de tal magnitud que el término «barberinicracia» fue acuñado por sus contemporáneos. Nombró a tres sobrinos en puestos clave y gastó los recursos pontificios en enriquecerlos. John Milton visitó Roma durante su pontificado y lo describió en términos que recordaban al peor nepotismo renacentista.
Inocencio X · 1644–1655 · Familia Pamphilj
Su nepotismo fue ejercido en gran medida a través de su cuñada Olimpia Maidalchini, conocida como «la Pimpaccia», que ejerció una influencia tan desmesurada sobre el papa que fue ella quien efectivamente gobernó durante buena parte de su pontificado, acumulando una fortuna personal inmensa a costa del erario pontificio.
La función estructural del «cardenal nepote»
No sería justo analizar el nepotismo papal sin entender la lógica política que lo sustentaba. La figura del cardinale nipote —el cardenal sobrino— llegó a ser una institución formal en la curia romana. Este personaje actuaba como primer ministro de facto del pontífice, su hombre de confianza en los asuntos más delicados, el intermediario entre el papa y las potencias europeas. En tiempos en que la vida del papa estaba amenazada por conspiraciones fraguadas en su propia corte, disponer de alguien de confianza absoluta en el cargo de máxima responsabilidad era, más que un capricho familiar, una necesidad política.
El problema no era la institución en sí, sino sus excesos: sobrinos incompetentes elevados a cardenalatos sin vocación ni mérito, hijos ilegítimos disfrazados de «nipoti» para recibir feudos y ducados, y el vaciamiento sistemático de las arcas pontificias en beneficio privado de una familia. Estos excesos, sin embargo, no eran privativos de los Borgia: se repetían en cada nuevo pontificado con una regularidad que los hacía estructurales.
El nepotismo de los pontífices se justifica, en parte, por la necesidad que sentían de rodearse de personas adictas e interesadas en sostenerlos en el gobierno del Estado contra los turbulentos señores usurpadores.
— Francesco Ferrara, historiador italianoLa leyenda negra y la singladura de los Borgia
¿Por qué, entonces, los Borgia han cargado durante siglos con el estigma del nepotismo mientras otros pontífices igualmente o más culpables han quedado en relativa penumbra? La respuesta tiene varias dimensiones.
En primer lugar, el factor nacional. Los Borgia eran españoles de Valencia en una curia romana dominada por italianos. La xenofobia latente de los linajes italianos —Orsini, Sforza, della Rovere, Colonna— que habían monopolizado el trono de San Pedro durante generaciones se tradujo en una campaña de desprestigio sistemática contra los «advenedizos» ibéricos. Las acusaciones más graves contra Alejandro VI —envenenamientos, incesto, orgías— proceden mayoritariamente de fuentes hostiles y carentes de evidencia documental sólida.
En segundo lugar, la habilidad de sus enemigos para difundir la memoria negativa. El cardenal Giuliano della Rovere, sobrino de Sixto IV y feroz rival de Alejandro VI —que se convertiría en Julio II—, fue uno de los principales arquitectos de la leyenda negra borguiana. Resulta irónico: el hombre que más contribuyó a destruir la reputación de los Borgia era él mismo producto del nepotismo de su tío Sixto IV, quizás el papa más nepotista del siglo XV.
En tercer lugar, la intensidad dramática de los Borgia como personajes. César Borgia, modelo del Príncipe maquiavélico; Lucrecia, convertida en símbolo de la mujer fatal y envenenadora; Alejandro, el papa sibarita y lujurioso. Estos arquetipos resultaron irresistibles para escritores, dramaturgos y compositores de siglos posteriores, que los convirtieron en iconos de la corrupción renacentista. Ningún papa Farnesio o Barberini tuvo semejante magnetismo literario, aunque sus excesos fueran comparables.
El fin de una era: la bula de 1692
El nepotismo papal no fue abolido por un impulso moral súbito, sino por la lenta acumulación de presiones reformistas que culminaron el 22 de junio de 1692, cuando el papa Inocencio XII promulgó la bula Romanum decet Pontificem. El documento prohibía a los papas conceder «estados, oficios o rentas a cualquier pariente», permitiendo únicamente que un familiar calificado pudiera ser elevado al cardenalato. Todos los cardenales debieron prestar juramento de acatamiento.
La bula puso fin institucional a más de cuatro siglos de nepotismo sistemático. Lo notable no es que Inocencio XII la promulgara, sino que tardara tanto en hacerlo. La práctica había sobrevivido al Cisma de Aviñón, a la Reforma Protestante, al Concilio de Trento y a un siglo de guerras de religión. Ni la crítica moral ni el escándalo fueron suficientes para erradicarla: solo la conciencia de que el papado necesitaba reformar sus estructuras de gobierno para sobrevivir en un mundo radicalmente transformado logró, finalmente, poner límite a lo que durante siglos había sido la norma.
Los Borgia fueron, en definitiva, hijos de su tiempo: practicaron el nepotismo con la misma naturalidad con que lo practicaron sus predecesores y sus sucesores. Su pecado, si acaso, fue ser demasiado visibles, demasiado extranjeros y demasiado dramáticos para que sus enemigos los dejaran en paz. La historia, a menudo, condena no al más culpable sino al más espectacular.
