energía, energías renovables, hidrógeno verde
28 mayo 2026.- Durante años, el hidrógeno verde fue presentado como la gran promesa contra la crisis climática. Políticos, corporaciones energéticas y gigantes de la automoción lo proyectaron como el sustituto ideal del petróleo: el único capaz de descarbonizar la industria pesada y la movilidad sin obligarnos a renunciar al crecimiento económico. La promesa parecía redonda: una fuente energética limpia, inagotable y con emisiones cero.
Sin embargo, el escenario actual es bastante más complejo de lo que sugerían aquellos discursos idílicos. El hidrógeno sigue siendo una pieza estratégica para la transición global, pero se ha consolidado como uno de los desafíos tecnológicos y financieros más difíciles de resolver del siglo XXI. Hoy, la gran pregunta ya no es si la tecnología funciona, sino si podrá escalar a un volumen suficiente y a un precio razonable para competir de tú a tú con los combustibles fósiles.
El combustible limpio que aún depende del gas y del carbón
Aunque se promocione como el paradigma de la sostenibilidad, la realidad actual esconde una contradicción incómoda: más del 95% del hidrógeno que consume el planeta todavía se produce a partir de combustibles fósiles. El denominado “hidrógeno gris” se obtiene mediante el reformado de gas natural y carbón, un proceso industrial que libera una cantidad ingente de dióxido de carbono. De hecho, producir un solo kilogramo de hidrógeno gris genera entre 8 y 12 kilogramos de CO2.
El hidrógeno verde busca romper esa dependencia radical mediante la electrólisis, un método que separa el hidrógeno del agua utilizando electricidad 100% renovable. El problema, como casi siempre, es el bolsillo.
Tipo de hidrógeno |
Método de producción |
Emisiones |
Coste aproximado (2025-2026) |
Gris |
Gas natural y carbón |
Altas |
1–2 USD / kg |
Azul |
Combustible fósil con captura de carbono |
Moderadas |
2–4 USD / kg |
Verde |
Electrólisis con energías renovables |
Muy bajas |
3–8 USD / kg |
El reciente Global Hydrogen Review de la Agencia Internacional de la Energía (IEA) advierte que esta brecha económica sigue siendo el principal cuello de botella del sector. El informe lanza una clara señal de alarma: numerosos proyectos internacionales han sufrido retrasos, cancelaciones o pérdidas de financiación debido al aumento de costes, la inflación y la incertidumbre sobre la demanda real a corto plazo.
Este frenazo no es casual. La coyuntura económica global ha cambiado las reglas del juego. Durante los últimos años, el encarecimiento de materias primas críticas como el acero y el níquel —fundamentales para fabricar los electrolizadores—, sumado a las elevadas tasas de interés, ha disparado los costes de inversión inicial de las nuevas plantas.
Desarrollar estos proyectos ya no solo requiere tecnología, sino un despliegue paralelo de parques solares y eólicos dedicados en exclusiva, los cuales compiten directamente con la demanda de la red eléctrica general. La propia IEA reconoce que menos del 1% de la producción mundial de hidrógeno proviene actualmente de tecnologías de bajas emisiones. Mientras el hidrógeno gris cueste una fracción del verde, las industrias esquivarán los contratos de compra a largo plazo, alimentando un círculo vicioso de incertidumbre.
La naturaleza como fábrica de combustible
Frente a este muro económico, una parte de la comunidad científica busca alternativas en la biología. En laboratorios de Europa, Asia y América, diversos investigadores trabajan con algas verdes, bacterias anaerobias y cianobacterias capaces de generar hidrógeno mediante sus propios procesos metabólicos. La propuesta roza la ciencia ficción: transformar basura, aguas residuales y desechos orgánicos agrícolas en combustible limpio.
Uno de los métodos más prometedores es la "fermentación oscura", donde ciertas bacterias degradan la materia orgánica sin oxígeno, liberando hidrógeno como subproducto. Algunas variantes experimentales han alcanzado niveles cercanos al TRL 7, una escala internacional utilizada para medir la madurez de una tecnología antes de su salto comercial.
¿Qué es la escala TRL?
Creada originalmente por la NASA en la década de 1970 para sus misiones espaciales, el Technology Readiness Level mide la madurez de un desarrollo del 1 al 9. El TRL 1 es una mera idea teórica en un papel; el TRL 9 es un sistema completamente probado con éxito en el mercado real.
Que la fermentación oscura ronde un TRL 7 significa que la tecnología funciona bien en plantas piloto, pero aún le resta superar el tramo más empinado: demostrar que es viable económicamente a gran escala. Otras líneas de investigación permanecen en fases mucho más tempranas. La producción mediante microalgas y fotosíntesis artificial, por ejemplo, continúa estancada en un TRL 3 o TRL 4, es decir, en estricta validación de laboratorio.
Por eso el discurso científico se ha vuelto considerablemente más prudente. Tras una década presentando al biohidrógeno como una revolución inminente, los laboratorios admiten que persisten obstáculos monumentales: baja eficiencia energética, contaminación biológica de los reactores, costes desorbitados de purificación del gas y serios problemas de estabilidad operativa continua. Aunque su potencial como solución regional para zonas agrícolas o plantas de tratamiento de residuos es innegable, ninguna de estas tecnologías ha alcanzado todavía una escala industrial consolidada.
El gran problema invisible: almacenar el gas
Incluso si la ciencia lograra abaratar la producción, aparece de inmediato el siguiente desafío de ingeniería: ¿dónde guardamos el hidrógeno?
Al ser el elemento químico más pequeño del universo, tiene una extraordinaria capacidad para filtrarse a través de materiales aparentemente sólidos. Además, provoca "fragilización" en ciertos metales, debilitando y agrietando lentamente las estructuras y tuberías que lo contienen.
Almacenarlo de forma segura exige sistemas altamente especializados. Actualmente, la industria utiliza tanques reforzados con fibra de carbono que soportan presiones superiores a los 700 bar (unas 700 veces la presión atmosférica), pero estos equipos siguen siendo prohibitivos por su coste y complejidad.
Por ello, el foco se ha desplazado hacia una solución mucho más ambiciosa: el almacenamiento geológico. La idea consiste en utilizar cavernas salinas profundas o antiguos yacimientos agotados como depósitos gigantescos para guardar los excedentes de energía renovable durante semanas o meses.
Sin embargo, esta alternativa es todavía una tecnología emergente. Los primeros proyectos europeos de almacenamiento cíclico en cavernas salinas apenas acaban de entrar en fase de prueba en este bienio de 2025-2026. El caso más observado es el proyecto HyPSTER, impulsado por la Unión Europea en Francia, considerado el primer demostrador real de almacenamiento subterráneo a gran escala.
El funcionamiento de estas estructuras es un prodigio geológico, pero no está exento de riesgos. Estas cavidades se crean artificialmente inyectando agua dulce para disolver los bloques de sal profundos. La sal posee una porosidad casi nula, ideal para retener una molécula tan esquiva.
El gran reto que HyPSTER busca resolver en sus pruebas actuales es el comportamiento del gas bajo condiciones de "almacenamiento cíclico" —inyectar y extraer hidrógeno constantemente según sople el viento o brille el sol—. Los científicos monitorizan al milímetro si la presión variable afecta a la estabilidad de la roca o si la presencia de microorganismos extremófilos subterráneos podría consumir el gas o contaminarlo con sulfuros, un factor crítico que arruinaría las delicadas pilas de combustible de alta pureza en la superficie.
Un futuro menos idealizado
La utopía de una "economía del hidrógeno" universal que sustituya por completo a los combustibles fósiles en el coche de cada ciudadano ha perdido fuerza. La visión actual de la industria es mucho más selectiva y pragmática.
Hoy existe consenso en que el hidrógeno verde debe reservarse para los sectores difíciles de electrificar, los denominados hard-to-abate. El enfoque prioritario en estos nichos responde a una razón puramente termodinámica:
Siderurgia: Los altos hornos tradicionales necesitan el carbón como agente químico para eliminar el oxígeno del mineral de hierro. Las baterías de litio no pueden cumplir esa función química; el hidrógeno verde sí, liberando vapor de agua en lugar de toneladas de gases de efecto invernadero.
Transporte pesado y de larga distancia: En la aviación transatlántica o el comercio marítimo, la densidad energética de las baterías actuales es tan baja que un avión requeriría una batería más pesada que la propia aeronave para despegar. El hidrógeno ofrece la ligereza y la potencia por kilogramo necesarias para hacer viables estos trayectos.
Química pesada: Esencial para la producción de fertilizantes y refino sin emisiones.
Almacenamiento energético: Para respaldar la red eléctrica durante los meses de invierno o épocas de calma eólica.
En cambio, para el transporte urbano o los trayectos cortos, los vehículos de batería eléctrica siguen ofreciendo una eficiencia energética y unos costes imbatibles. La transición energética no será un monocultivo de hidrógeno, sino un ecosistema híbrido donde convivirán las baterías, las redes inteligentes, la captura de carbono y los biocombustibles.
La ciencia avanza más despacio que las promesas
A pesar de los tropiezos, la inversión global no se ha detenido. Los gobiernos saben que esta molécula es indispensable si quieren cumplir los objetivos climáticos de las próximas décadas. Pero el entusiasmo ciego ha dado paso a una cautela fría. La propia IEA ha recortado notablemente sus previsiones de producción para 2030 debido a la lentitud en el desarrollo de la infraestructura y la retirada de inversores.
La verdadera lección que nos deja el hidrógeno verde es que las grandes transformaciones tecnológicas rara vez avanzan a la velocidad de los discursos políticos o los departamentos de marketing. Lo hacen al ritmo de los laboratorios: entre pruebas piloto, imprevistos económicos, innovación constante y largos periodos de incertidumbre. El combustible del futuro sigue en camino, pero transformarlo en una realidad cotidiana sigue siendo uno de los desafíos científicos más complejos de nuestra era.
Autor: Héctor Hugo Riojas González, Profesor investigador ingeniería en sistemas automotrices. Universidad Politécnica de Victoria (México)
Referencias bibliográficas consultadas
International Energy Agency (IEA). (2025). Global Hydrogen Review 2025. Paris: IEA Publications (IEA).
International Energy Agency (IEA). (2025). Hydrogen Breakthrough Agenda Report 2025 (IEA).
HyPSTER Project. (2025). First elements on cyclic storage tests and underground demonstrator results (2025-2026). FCH JU / European Commission (HyPSTER).
Curcio, E. (2025). Techno-Economic Analysis of Hydrogen Production: Costs, Policies, and Scalability in the Transition to Net-Zero (arXiv)
Franzmann, D., Schubert, T., Heinrichs, H., Kukla, P. A., & Stolten, D. (2025). Energy Storage Autonomy in Renewable Energy Systems Through Hydrogen Salt Caverns (arXiv).
Lombardi, P., Chestney, N., & Alkousaa, R. (2025). Green hydrogen retreat poses threat to emissions targets. Reuters Energy Clean Power Analysis (Hydrogen Central).


