editorial, geopolítica, el gran juego del siglo XXI
30 mayo 2026.- Existe una metáfora gastada para hablar de las relaciones internacionales: el tablero. Pero el tablero presupone reglas, turnos y la convención mínima de que los adversarios juegan a lo mismo. Lo que se ve en este primer cuarto de siglo se parece menos a una partida de ajedrez que a una timba en una trastienda: nadie respeta el orden, las cartas están marcadas y, sobre el tapete, en lugar de fichas, se apuestan vidas humanas. La diferencia con cualquier timba es que aquí los que pierden casi nunca se sientan a la mesa.
En el estrecho de Ormuz, Washington y Teherán llevan años jugando a la ruleta rusa. Cada uno aprieta el gatillo convencido de que la bala está en otra recámara, persuadido de que el otro parpadeará primero. Es una coreografía de amenazas medidas en la que el accidente —un petrolero tocado, un dron derribado, un oficial muerto— puede transformar el farol en guerra sin que nadie lo haya decidido del todo. La disuasión, esa palabra tan aseada, no es más que el nombre técnico de un pulso entre quienes confían en no equivocarse. El problema es que la historia está hecha, sobre todo, de equivocaciones.
En Gaza y en Líbano la lógica es distinta: la del jugador que ha calculado que la condena internacional tiene un coste asumible. Netanyahu se conduce con la calma de quien sabe que las resoluciones se redactan, se votan y se archivan, mientras los hechos sobre el terreno son irreversibles. El derecho internacional, en esta partida, funciona como esas señales de tráfico que todos respetan menos quien tiene prisa y sabe que no hay guardia en la esquina. Se invoca el orden basado en reglas justo hasta el momento en que las reglas estorban; entonces aparece la excepción, siempre vestida de necesidad y de seguridad.
En Ucrania, rusos y ucranianos libran su propia guerra de desgaste y, de paso, le tocan las narices a media Europa. A los países del Este, sobre todo, que ven desplazarse cada mañana la frontera de su tranquilidad y descubren que la paz que daban por adquirida era, en realidad, un préstamo. La guerra ya no es solo de quienes la combaten: es una factura repartida en forma de energía cara, de rearme y de miedo administrado, que pagan ciudadanos que jamás eligieron jugar.
Y mientras los focos apuntan a Ormuz, a Gaza, al Donbás, China hace lo más inteligente que puede hacer un jugador paciente: no jugar la mano ruidosa. A la chita callando, a su bola, sin titulares incómodos, teje cadenas de suministro, patentes, puertos, satélites y silicio. No necesita ganar la partida de hoy; le basta con poseer el casino mañana. Quien controla las tierras raras, los chips y la infraestructura del comercio no tiene que disparar: espera. Y la espera, cuando se administra durante décadas, es una forma de poder muy superior al estruendo.
Hasta aquí, el juego. Lo verdaderamente característico del siglo XXI no es, sin embargo, la violencia —de eso han ido sobrados todos los siglos—, sino el grado de sofisticación del engaño. Nunca tantas decisiones brutales se habían envuelto en un lenguaje tan amable. Se invade en nombre de la seguridad, se bombardea en nombre de la defensa, se asfixia una economía en nombre de los derechos humanos y se rearma en nombre de la paz. Cada actor dispone de su propio departamento de coartadas morales, y el ciudadano, bombardeado por relatos enfrentados, acaba por concluir que todo es propaganda y que la verdad, sencillamente, no existe. Ese es el verdadero golpe maestro: no convencer a la gente de una mentira, sino convencerla de que ya no merece la pena buscar la verdad.
Porque ahí, en ese punto, es donde se cierra el círculo. Mientras los poderosos juegan y mienten, la sociedad ha hecho algo más cómodo y más peligroso que indignarse: se ha ido. Se ha retirado del compromiso social, del ideológico, del comunitario. Hemos cambiado la plaza por la pantalla, la militancia por el scroll, la conversación incómoda con el vecino por la comunión cálida con quienes ya piensan como nosotros. La indignación se ha vuelto un consumo más: dura lo que dura un vídeo, se descarga con un comentario y se olvida antes de cenar. Y un pueblo que solo se indigna en diferido, que delega su conciencia en un titular y su memoria en un algoritmo, es exactamente el público que cualquier jugador desea: una platea distraída que ni vigila la mesa ni recuerda quién hizo trampas la última vez.
No es casual. La desafección no es un fallo del sistema: es, en buena medida, su lubricante. Cuanto más solos, más cínicos y más cansados estemos, menos estorbamos. La ciudadanía que renuncia a creer en algo más grande que ella misma renuncia, sin saberlo, a la única herramienta que tuvo nunca para sentarse a la mesa: la fuerza del número, del vínculo, del compromiso compartido.
Quizá el gesto más subversivo que queda en este tablero amañado no sea elegir bando. Sea, simplemente, volver a mirar. Negarse a aceptar que el cinismo es lucidez y que la retirada es madurez. Recordar que detrás de cada eufemismo geopolítico hay un nombre, una casa y una frontera, y que la indiferencia, por muy elegante que la disfracemos, es la única apuesta que siempre gana la banca.
Lo demás —Ormuz, Gaza, el Donbás, Pekín— es ruido. Y el ruido, conviene no olvidarlo, casi nunca está pensado para informarnos. Está pensado para que no oigamos lo que se decide mientras miramos hacia otro lado.
La Crónica del Henares
