poesía, cultura, Enrique Galindo Bonilla
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| Enrique Galindo Bonilla. Foto: Telecinco |
ANTES DE SER
Antes de ser hombres,
Antes de ser
entes de guerra y paz,
tuvimos alas.
Antes de ser mortales,
de tener huesos donde pensar la espalda,
tuvimos aquellas alas
blancas, grises, negras, pero alas.
Antes de ser nacidos,
fuimos ideas blancas
de la irrealidad soñada
de algún dios eternecido.
(Ángeles al doblar la esquina, Editorial Celya, 2011).
Breve biografía:
Enrique Galindo Bonilla (Villarrobledo, Albacete, 1964). Psicólogo, poeta, novelista, ensayista y pintor. Miembro fundador del Grupo Literario Arrendajos. Su poesía es introspectiva, cotidiana, honda, existencial e indagadora. Es Premio Gabriel Miró, Premio Unicaja, Premio Universidad de Jaén, Premio Kimetz de Ordizia, entre otros reconocimientos.
Reseña de la obra
Hay libros que caben en el bolsillo pero pesan mucho más de lo que aparentan. Ángeles al doblar la esquina, el poemario de Enrique Galindo Bonilla publicado por Editorial Celya en 2011, es uno de ellos. Con apenas cincuenta y seis páginas, este libro de poesía condensa una mirada sobre lo humano que resulta, a la vez, cotidiana y trascendente, urbana y metafísica.
Galindo Bonilla es psicólogo y escritor, colaborador durante más de diez años con el Teléfono de la Esperanza y coautor de planes de salud mental y estrategias de prevención del suicidio en el Servicio de Salud de Castilla-La Mancha. Esta doble condición —la del científico del alma y la del poeta— impregna de manera singular su escritura. No es extraño, entonces, que sus versos nazcan de una observación minuciosa del ser humano en su fragilidad y en su grandeza, y que sean capaces de encontrar lo sagrado justo donde nadie suele buscarlo: al doblar la esquina.
El poema que da título al libro —y que funciona como una especie de ars poética del volumen entero— sintetiza con una economía deslumbrante el universo que el autor despliega a lo largo de sus páginas. En él, la salida de casa se convierte en una expedición filosófica: uno sueña con encontrarse un ángel y tropieza con un hombre derretido en la cera de sus propias manos; sueña con un hombre y aparece un ángel de hielo deshaciendo las esquinas. La paradoja está servida: el ángel y el hombre son intercambiables, o quizás son lo mismo, visto desde distintos lados de la misma caída.
En el prólogo, Manuel Palencia imagina a estos ángeles caídos observándonos de reojo, en silencio, con una antigua pena en el corazón; caminando sin rumbo y reconociéndose cuando se cruzan, para luego bajar los ojos al suelo. Es una imagen que acierta plenamente con el tono del libro: no hay aquí ni triunfo ni redención fácil, sino una dignidad quebrada y silenciosa que sobrevive en los márgenes de lo visible.
El propio Palencia apunta que Galindo ha excavado en la tierra, en el hombre, en el lenguaje del hombre, convirtiendo sus palabras en un idioma etéreo pero accesible, existencial, a veces urbano, a veces de cielo abierto. Esta definición es justa. El lenguaje del poemario rehúye tanto el barroquismo ornamental como la desnudez fría del minimalismo más árido. Galindo escribe con precisión quirúrgica pero con calor humano: cada imagen está medida, pero ninguna resulta aséptica.
La colección Generación del Vértice, en la que se inscribe este volumen, acoge a voces que apuestan por una poesía de reflexión y hondura. Ángeles al doblar la esquina encaja con naturalidad en ese espíritu: es un libro que no busca la pirotecnia verbal sino la permanencia, esa cualidad que hace que ciertos versos sigan resonando días después de haberlos leído.
El autor ha construido a lo largo de los años una obra que abarca novela, ensayo, relato y poesía, y en todos esos géneros se advierte la misma preocupación central: el ser humano ante su propio sufrimiento y su propia capacidad de sobrevivir a él. En este poemario, esa preocupación adopta la forma del ángel caído, figura que no pertenece ni del todo al cielo ni del todo a la tierra, y que por eso resulta tan adecuada para hablar de nosotros.
Ángeles al doblar la esquina es, en definitiva, un poemario breve y necesario. Un libro que invita a caminar despacio, a mirar con más atención a quienes nos cruzamos, porque cualquiera de ellos podría ser ese ángel con alas rotas que también nosotros, en algún momento, hemos sido.

