turismo, alcalá de henares, VIII Encuentro de Gestores de la Red de Destinos Turísticos Inteligentes, Vitoria
08 junio 2026.- Del 1 al 3 de junio de 2026, el Palacio de Congresos Europa de Vitoria-Gasteiz acogió el VIII Encuentro de Gestores de la Red de Destinos Turísticos Inteligentes (DTI), organizado por la Secretaría de Estado de Turismo a través de SEGITTUR, con la colaboración del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz y la Diputación Foral de Álava. Reunió a más de 180 gestores procedentes de unos 130 destinos, bajo un lema con vocación de manifiesto: "Personas que hacen destinos. La inteligencia que transforma el turismo".
El programa giró en torno a los retos de futuro del modelo DTI —sostenibilidad, gobernanza, innovación pública, inteligencia artificial aplicada al turismo— y, sobre todo, alrededor de su infraestructura de datos: la Plataforma Inteligente de Destinos y el llamado espacio de datos turísticos. La clausura estuvo presidida por la Secretaria de Estado de Turismo, Rosario Sánchez Grau.
Entre los destinos participantes estuvo Alcalá de Henares, cuya presencia tiene un valor simbólico añadido: la ciudad complutense fue sede del primer congreso DTI de España en 2019, cuando la red apenas agrupaba a 44 destinos. Hoy supera los 700 miembros. De aquel embrión a este encuentro hay, en realidad, la historia de cómo una etiqueta se ha convertido en un modelo de gestión de alcance estatal.
Qué se discutía de verdad en Vitoria
Conviene despejar un equívoco frecuente: un Destino Turístico Inteligente no es un programa de promoción ni un sello de marketing digital. SEGITTUR lo define como un modelo de gestión basado en cinco ejes —gobernanza, tecnología, innovación, accesibilidad y sostenibilidad— y articulado mediante una metodología auditable: diagnóstico, recomendaciones, plan de acción y monitorización continua, evaluada a través de decenas de requisitos e indicadores, con normas UNE propias y certificación por AENOR. La tecnología y lo digital son uno de los cinco ejes, no el centro. Por eso reducirlo a "promoción virtual" es quedarse en la superficie.
La diferencia de fondo con un plan de turismo convencional —incluido el de una ciudad Patrimonio de la Humanidad— está en qué se considera éxito. El turismo clásico mide visitantes, pernoctaciones y gasto: cuanto más, mejor. El modelo DTI introduce una segunda vara de medir, la calidad de vida del residente, junto a la experiencia del visitante. Y ahí, precisamente, estaba el nervio del encuentro de Vitoria, aunque rara vez se formule con crudeza.
El objeto novedoso de gestión: el límite, no la demanda
Si uno desbroza la jerga, lo verdaderamente nuevo que un DTI gestiona no es la atracción de turistas, sino la capacidad de carga del destino y sus externalidades. El destino deja de entenderse como un producto que se vende para tratarse como un sistema finito y compartido. Se pasa de gestionar la demanda —cómo atraer más— a gestionar el límite y el impacto: cuánta gente cabe, cuándo, dónde y quién paga la factura de que venga.
En concreto, lo que se gestiona de forma nueva es:
- Los flujos en el espacio y en el tiempo. No "cuántos vienen", sino "por dónde y cuándo": redistribuir visitantes desde los puntos saturados, desestacionalizar, controlar aforos en tiempo real. Gestión de la congestión, no de la atracción.
- La convivencia residente-visitante. La calidad de vida del vecino deja de ser un imponderable y se convierte en una variable que se mide y sobre la que se actúa. El destino se reconoce, a la vez, como la casa de alguien.
- El dato como infraestructura. Sensórica, datos de movilidad y plataformas de destino permiten pilotar los flujos casi en tiempo real, en lugar de limitarse a contarlos en una encuesta seis meses después. Sin ese sustrato, gestionar la capacidad de carga sería retórica; con él, empieza a ser una palanca operativa.
El resto del andamiaje —gobernanza, ente gestor, certificación, baterías de indicadores— existe para sostener esa idea. Si un ayuntamiento despliega el andamiaje pero sigue midiendo su éxito solo en número de visitantes, tiene un DTI de membrete. Si lo usa para decir "no" a más turismo en determinado punto y momento, entonces sí gestiona algo que antes no se gestionaba.
La pregunta incómoda: ¿no es esto más caro?
Aquí está el punto que ningún panel institucional aborda de frente. Si se pone un techo a la capacidad mientras sube el coste de gestión, la economía elemental dice que el precio sube. Es más: en muchos casos el precio es el instrumento, no un efecto colateral. La tasa turística, la entrada con cita y hora o el peaje de congestión son formas deliberadas de usar el precio para racionar un acceso que se ha declarado escaso. Cuando un destino gestiona el límite, el precio es la palanca con la que lo hace.
Pero buena parte de ese "coste nuevo" no es nuevo: estaba oculto. El visitante de un casco saturado ya pagaba un precio —en cola, en aglomeración, en experiencia degradada—, solo que no en euros. Y el residente pagaba uno aún mayor —presión sobre la vivienda, ruido, una ciudad cada vez menos habitable—, una factura que no aparecía en ningún sitio porque la asumía gratis. Lo que hace la lógica de sostenibilidad es coger esos costes invisibles y volverlos visibles y asignables: que pague quien genera el impacto. En términos económicos, internalizar externalidades. Una tasa al visitante que financie la gestión no crea un coste de la nada: traslada al turista una factura que antes pagaba el vecino.
De ahí se sigue la única pregunta contable que de verdad importa para el residente: ¿vuelve ese dinero? Si la recaudación financia su calidad de vida, el modelo cumple. Si se diluye en el presupuesto general, el residente paga dos veces —su entorno degradado más el aparato de gestión— y no recibe nada. Ese es el fraude real del modelo cuando ocurre.
Dónde aprieta la crítica
La objeción tiene, al menos, dos filos legítimos:
- Regresividad. Racionar por precio significa, sin eufemismos, que viajar a ese destino se vuelve un bien más de lujo. Se prioriza a quien puede pagar y se expulsa al de bolsillo modesto. Es una elección distributiva incómoda que rara vez se dice en voz alta: la sostenibilidad, planteada así, tiene un punto de elitización del acceso.
- Sobrecoste muerto. Que el andamiaje —plataformas, sensórica, entes gestores, baterías de indicadores— cueste dinero y no entregue mejora visible, convirtiéndose en burocracia que el contribuyente sufraga sin contrapartida. Es el "DTI de membrete" visto desde la cartera.
No es casualidad, en este sentido, que el propio modelo se encuentre en un momento de revisión hacia menos indicadores cuantitativos y más adaptación a cada destino. Es un reconocimiento implícito de que medir mucho no equivale a gestionar mejor, y de que el sistema corría el riesgo de degradarse en un ejercicio de marcar casillas.
El contrafáctico que falta en la balanza
Conviene, aun así, no juzgar la fórmula contra un ideal sino contra su alternativa. El turismo sin gestionar, sin techo, es más barato por visita… a corto plazo. A medio plazo se come el activo: la experiencia se degrada hasta que el destino deja de ser deseable, el vecino se marcha o se rebela, y el patrimonio se desgasta. Eso también es carísimo, solo que la factura llega más tarde y la paga el conjunto. Es la vieja tragedia de los comunes: lo gratis hoy se paga destruido mañana.
Conclusión
El encuentro de Vitoria confirmó que el modelo DTI tiene más sustancia de la que sugiere su envoltorio tecnológico, pero también que su utilidad depende casi por completo de la voluntad de cada destino de usarlo de verdad. Para una ciudad Patrimonio como Alcalá, la distinción es nítida: el sello UNESCO va de conservar el valor patrimonial; el DTI va de gestionar el turismo que ese patrimonio atrae. Capas distintas y complementarias, no redundantes.
¿Encarece la fórmula el viaje? Tiende a hacerlo, y en parte deliberadamente. Pero no es honesto llamarlo simplemente "más caro": es un cambio de quién paga y cuándo. Se intenta sustituir un coste oculto, difuso y diferido —que cargaban el residente y el futuro— por uno explícito, presente y asignado, que carga el visitante hoy. En el fondo, una apuesta por el valor sobre el volumen: menos gente pagando más, en lugar de más gente pagando menos.
Si esa apuesta parece justa o abusiva depende de dónde se esté sentado: si uno es el turista al que el precio acaba de dejar fuera, o el vecino que ha recuperado su calle. Y si funciona o es un timo depende, casi por entero, de una sola cosa demostrable: que el dinero que se cobra de más vuelva, de forma verificable, al destino y a quienes viven en él. Esa, y no la cantidad de indicadores ni el brillo de la plataforma, es la prueba del algodón de la inteligencia de un destino.
