libros, "Nebeda", Emilio Silva Barrera
El viernes 26 de junio , a las 1:30, en la librería Diógenes, calle Ramón y Cajal 4, de Alcalá de Henares, conversaremos en torno a la novela Nébeda del poder intergeneracional de la memoria histórica, de la capacidad de la ficción para abrir caminos hacia otras realidades, de los desaparecidos de la dictadura franquista, del poder político del miedo, de la sombra renovada del fascismo y de todo lo que surja en torno a esa conversación.
Olga García conversará con el autor, Emilio Silva Barrera.
Reseña literaria
Hay libros que tardan en escribirse y libros que tardan en poder decirse. Nébeda (Alkibla, 2025), la primera novela de Emilio Silva Barrera, pertenece a esta segunda y más extraña estirpe. Iniciada en 1999, estuvo a punto de publicarse en 2004 y su autor frenó entonces porque no se sentía preparado para afrontarla; ha visto la luz un cuarto de siglo después. Ese largo aplazamiento no es una anécdota editorial: es, en cierto modo, el tema mismo del libro. Porque Nébeda trata precisamente de lo que cuesta nombrar, de las cosas que una familia aprende a callar antes incluso de saber pronunciarlas.
El título despista a propósito. La nébeda es una planta silvestre que en El Bierzo se usaba para cocer las castañas, la que la abuela paterna del autor empleaba para variar su sabor. Silva descartó títulos más explícitos —cualquiera que llevara la palabra «memoria»— en favor de este vocablo modesto, doméstico, casi secreto. La elección es reveladora: en lugar de plantar una bandera temática, el autor prefiere un nombre que huele a infancia y a cocina de pueblo. Es una declaración de intenciones estética. Nébeda no quiere ser un alegato; quiere ser una raíz.
El argumento: dos ancianos, un regreso, un país encadenado
La novela sigue a Justo y Avelino, dos ancianos antifranquistas que, tras un largo exilio en Buenos Aires, regresan a Pereje, su pueblo natal de El Bierzo, ya en una España democrática. Allí van recogiendo, como quien recompone una vajilla rota, las astillas de su pasado: los rostros, los hechos y las esperanzas de una juventud en la que soñaron con la justicia. En el centro late la historia de un militante republicano desaparecido, asesinado por pistoleros falangistas, y la onda expansiva de ese crimen sobre las generaciones que vinieron después.
El material es abiertamente autobiográfico, aunque ficcionado. Silva Barrera es nieto de Emilio Silva Faba, el primer desaparecido de la represión franquista identificado genéticamente, cuya fosa común en Priaranza del Bierzo se exhumó en el año 2000 en lo que fue la primera excavación científica de víctimas del franquismo. De aquel hallazgo nació la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que el autor preside. Conviene subrayar el orden de los acontecimientos, porque resulta vertiginoso: fue el proceso de documentación de esta misma novela el que condujo a Silva hasta la fosa de su abuelo. La escritura no narró los hechos: los provocó. Nébeda es, así, un libro que cambió la vida de su autor antes de existir como libro.
La familia como metáfora de un país
El mayor acierto de la novela es de escala. Silva no escribe una crónica de la Guerra Civil ni un ensayo sobre la represión —terreno que ya transitó en obras como Las fosas de Franco—, sino que estrecha el foco hasta una sola estirpe para que en ella quepa todo un país. Esa dinastía republicana «incapacitada para enunciar», que aprendió a vivir camuflando su pasado, funciona como espejo de una España apresada por su propia historia, atada al miedo y al silencio durante décadas. El silencio, de hecho, es el verdadero antagonista del libro: una losa heredada, transmitida de padres a hijos como una enfermedad sin síntomas visibles. La novela se propone, en palabras del propio autor, «exiliar el silencio», invertir el destierro para que lo desterrado no sean las personas sino su mudez.
Una prosa que se huele
En lo formal, Nébeda opta por un ritmo lento y cálido, de naturalismo descriptivo, que se entretiene en el paisaje y en lo sensorial. Es una escritura de vocación casi pictórica, que apela a los cinco sentidos y que pide al lector una entrega pausada, contraria a la urgencia. Hay en ello una coherencia con el asunto: una historia sepultada durante sesenta años no admite ser contada con prisa. El precio de esa morosidad es que el lector que busque tensión narrativa o trama trepidante quizá encuentre el pulso demasiado contenido; la recompensa, para quien acepte el pacto, es una atmósfera densa, táctil, que se «mastica» y se respira.
Detalle que merece mención: la edición de Alkibla reproduce en la cubierta una fotografía histórica atravesada por grietas en forma de cruz —una imagen real que la abuela del autor escondió durante décadas—. Es uno de esos casos en que el objeto-libro dialoga con su contenido, pues esas grietas son una metáfora visual perfecta de aquello que la novela explora: lo que se conserva escondido, lo que sobrevive dañado, lo que solo puede mirarse a través de las fisuras del miedo.
Conclusión
Nébeda no es una novela impecable en el sentido técnico ni lo pretende; es algo menos frecuente y más conmovedor: un libro necesario para quien lo escribió y útil para quienes comparten su herida. Su valor no reside tanto en la sofisticación literaria como en la honestidad con que convierte una tragedia íntima en patrimonio compartido. Llega, además, en un momento en que los debates sobre memoria histórica siguen vivos en España, lo que la dota de una resonancia que excede lo literario. Quien busque un thriller histórico se equivocará de puerta. Quien quiera entender, desde dentro, cómo se hereda un silencio y qué cuesta romperlo, encontrará en estas poco más de doscientas páginas un testimonio que arde despacio y deja marca.
La Crónica del Henares

