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Reseña de "Comunión" de JD Vance: un libro extraño y conmovedor sobre la fe y el mundo moderno. La visión cristiana de JD Vance es reflexiva, pero imposible de conciliar con las compañías políticas con las que se relaciona.
Communion: Finding My Way Back to Faith. JD Vance. HarperCollins, 2026. 304 páginas.
29 junio 2026.- Hay libros que se leen mejor a contraluz, atentos no solo a lo que dicen, sino al hueco que dejan. Comunión, el segundo libro de JD Vance —hoy vicepresidente de Estados Unidos— y secuela espiritual de aquel Hillbilly Elegy que lo lanzó a la fama, es uno de ellos: un texto extraño y, a ratos, conmovedor sobre la fe en un mundo que parece haberse quedado sin sitio para ella. También es un libro partido en dos, y esa fractura lo dice casi todo.
La primera mitad es la buena. Vance reconstruye su itinerario religioso —de la iglesia evangélica de su infancia al ateísmo y, en 2019, a la conversión al catolicismo— con una honestidad introspectiva que sorprende en alguien que escribe desde el segundo cargo del país. El título remite a la Eucaristía, y no es un gesto decorativo: hay una meditación genuina sobre el trauma, la paternidad, el desarraigo y la búsqueda de un orden. Lo más logrado del libro es su análisis de por qué el catolicismo le resultó habitable. Vance confiesa que le atrajo precisamente por ser una religión muy estructurada, un refugio frente al caos de su juventud, y que la concepción católica del sufrimiento le devolvió una sensación de control sin negar que existen fuerzas que exceden al individuo. En esas páginas asoma el joven reflexivo que escribió Hillbilly Elegy, capaz de pensar contra sí mismo.
Y entonces el libro cambia de dueño. A partir, más o menos, de su entrada en política, Comunión se endurece y se vuelve previsible: deja de ser una indagación espiritual para convertirse en una memoria política que defiende la agenda de la administración a la que pertenece. Los críticos lo han notado con dureza. En The Wall Street Journal, Barton Swaim describió buena parte de la argumentación como confusa o contradictoria, y señaló un pasaje de notable descuido por interpretar mal un estudio sobre permisos parentales. En The New Yorker, Jessica Winter detectó una curiosa distancia hacia el propio catolicismo, con el autor esquivando la doctrina y las posiciones del Vaticano, y se preguntó si esa ambigüedad no sería deliberada para no incomodar a su electorado evangélico. La reseña de Slate fue la más gráfica: un comienzo solvente que, pasadas las primeras ciento setenta y tantas páginas, se desploma en una sucesión de hombres de paja.
Aquí está el nudo del problema, y es el que da título a esta reseña. La visión cristiana de Vance, cuando se permite ser solo eso, es seria. Hay en ella ecos que un lector de izquierdas podría suscribir: la crítica a una cultura del trabajo vaciada de sentido, la defensa de una vida centrada en la familia frente a la ambición como religión sustitutoria. El problema no es la fe; es su convivencia con las compañías políticas del autor. El catolicismo que Vance dice abrazar —universalista, atento al extranjero, incómodo con el poder— resulta difícil de conciliar con la defensa entusiasta de políticas migratorias severas o con el desdén hacia los foros internacionales que el propio libro despacha como "policía del pensamiento". Vance llega incluso a desdecirse de su célebre comentario sobre las "señoras de los gatos sin hijos", que ahora califica de provocación más que de iluminación. La enmienda es sincera, pero también revela el método: una fe que se invoca cuando consuela y se aparca cuando estorba.
Esa tensión no es una deducción del crítico: la ha hecho visible la propia Iglesia. El episodio que mejor la condensa es el del ordo amoris. A comienzos de 2025, Vance apeló a ese concepto agustiniano y tomista —el amor se ordena por círculos, primero la familia, luego la comunidad, después el resto— para fundamentar una política migratoria restrictiva. La respuesta vaticana fue inusualmente frontal: en una carta a los obispos estadounidenses, el papa Francisco rechazó de manera explícita el marco teológico que Vance había invocado para defender las deportaciones masivas. Y el entonces cardenal Prevost, hoy León XIV, había difundido antes de su elección textos que cuestionaban esa lectura, entre ellos uno que sostenía que Jesús no nos pide jerarquizar a quién amamos. El libro entra de lleno en ese fuego: dedica un lugar destacado al encuentro de Vance con Francisco en la Pascua de 2025 —el papa moriría al día siguiente— y se muestra crítico con la reunión previa con el cardenal Parolin, cuya conversación sobre migración despacha como demasiado abstracta para resultar útil. Que dos pontífices seguidos hayan marcado distancias con su teología migratoria dice más sobre la dificultad de fondo que cualquier reseña: cuando la cabeza de tu propia Iglesia disiente del modo en que usas su doctrina, la fractura entre la fe y las compañías políticas deja de ser un matiz para convertirse en el asunto.
No ayuda el aire de improvisación que rodea al proyecto. Vance había empezado un libro sobre la fe en 2022 y lo dejó aparcado; Comunión es su prolongación, y se nota: una sección de teología católica procede casi literalmente de un ensayo suyo de 2020. Hasta la cubierta arrastra una ironía involuntaria: muestra una iglesia metodista de la Virginia rural —no católica— cuyos feligreses, al ser preguntados, dijeron no tener relación alguna con Vance ni con su conversión. Un libro sobre encontrar el camino de vuelta a casa que se equivoca de casa en la portada.
Y, sin embargo, sería injusto despacharlo como mero panfleto. Comunión conmueve precisamente porque deja entrever lo que pudo ser: en otra biografía, sin la política de por medio, este habría sido un libro de madurez para lectores conservadores cultos, amantes de los filósofos cristianos. Su fracaso no es de talento, sino de coherencia. La tragedia —la palabra es de sus críticos, pero encaja— es que el propio texto documenta la distancia entre el hombre que se interroga y el que ya tiene todas las respuestas porque se las exige el cargo.
Queda, al cerrarlo, una pregunta que el autor no formula pero que el libro plantea en cada página: ¿puede una fe ser verdadera si se detiene justo donde empiezan las consecuencias incómodas? Comunión no la responde. Quizá su mayor mérito, involuntario, sea habérnosla dejado tan nítidamente sobre la mesa.
La Crónica del Henares
