economía, personajes, John Maynard Keynes
Reseña biográfica de un pensador que cambió la forma en que los Estados entienden las crisis, y que veía en la economía no un fin, sino un medio para liberar a la humanidad.
Un hombre de su tiempo y contra su tiempo
John Maynard Keynes (Cambridge, 1883 – Tilton, 1946) fue probablemente el economista más influyente del siglo XX, y desde luego uno de los más fascinantes como figura humana. Hijo de un lógico y economista, John Neville Keynes, y de Florence Ada Keynes, reformadora social y una de las primeras alcaldesas de Cambridge, creció en un ambiente de privilegio intelectual. Pasó por Eton y por el King's College de Cambridge, donde estudió matemáticas, pero pronto su curiosidad desbordó cualquier disciplina única.
Esa amplitud no es un detalle anecdótico: es la clave de su forma de entender la economía. Keynes perteneció al célebre grupo de Bloomsbury —junto a Virginia Woolf, Lytton Strachey o el pintor Duncan Grant—, un círculo que cultivaba la amistad, el arte y la conversación como los bienes supremos de la existencia. De su maestro filosófico, G. E. Moore, heredó la idea de que los fines últimos de la vida son los buenos estados de la mente: la belleza, el afecto, el conocimiento. La economía, para Keynes, nunca fue un fin en sí misma. Era el andamiaje sucio pero necesario que debía sostenerse para que las personas pudieran dedicarse a lo que de verdad importa.
Su cosmovisión: la economía como ciencia moral
Si algo distingue a Keynes de la ortodoxia de su época es que no concebía la economía como una ciencia natural, sino como una ciencia moral. No estudiaba átomos ni planetas, sino seres humanos con motivaciones, miedos, expectativas y, sobre todo, incertidumbre. En su Tratado sobre la probabilidad (1921) ya había distinguido entre el riesgo calculable y la incertidumbre radical, esa zona en la que, como él mismo decía, "simplemente no sabemos". Buena parte de su economía nace de tomarse en serio esa ignorancia inevitable.
De ahí su famosa noción de los animal spirits: las decisiones de invertir no se rigen por un cálculo frío de probabilidades, sino por un impulso vital, una confianza o un pesimismo contagioso que puede encender o paralizar una economía entera. Cuando el miedo cunde, todos atesoran, nadie gasta, la demanda se hunde y la economía puede quedar atrapada en lo que Keynes llamó un equilibrio de subempleo: un punto en el que hay fábricas ociosas y gente sin trabajo, y donde el mercado, por sí solo, no se corrige con la rapidez que prometían los manuales. Frente a quienes aseguraban que a la larga todo se equilibraría, Keynes lanzó su frase más citada y peor entendida: "A largo plazo, todos estaremos muertos". No era una invitación a la frivolidad, sino una crítica feroz: de poco sirve un economista que ante la tormenta solo acierta a decir que cuando el temporal pase el mar volverá a estar en calma.
Keynes describió al economista ideal con una exigencia casi imposible: debía ser a la vez matemático, historiador, estadista y filósofo; entender símbolos y hablar con palabras; contemplar lo particular a la luz de lo general; estudiar el presente a la luz del pasado y con la mirada puesta en el futuro. Esa era su cosmovisión: una disciplina humilde, pegada a los hechos, dispuesta a cambiar de opinión. Suya es también la sentencia —probablemente apócrifa en su forma exacta, pero fiel a su espíritu—: "Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace, señor?".
La aplicación práctica: civilizar el capitalismo
Keynes no era socialista ni un partidario del laissez-faire. En su ensayo El final del laissez-faire (1926) rechazó el dogma de que el mercado, abandonado a su suerte, conduce siempre al bien común. Pero tampoco creía en la planificación total. Buscaba un camino intermedio: un capitalismo civilizado y gestionado, en el que el Estado interviniera de forma inteligente para corregir los fallos más graves del mercado, sobre todo el paro masivo, que consideraba un desperdicio moral además de económico.
Su receta práctica, hoy parte del sentido común de cualquier ministerio de hacienda, era la gestión de la demanda agregada. Cuando la economía privada se contrae y nadie invierte, el Estado debe ocupar ese vacío: gastar, invertir en obra pública, sostener la renta de las familias, aunque sea endeudándose, para reactivar el círculo del consumo y el empleo. Y cuando la economía se recalienta, debe hacer lo contrario. Es la idea de la política fiscal contracíclica, que parece evidente hoy precisamente porque Keynes ganó la batalla.
Esa visión la llevó a la práctica una y otra vez. Trabajó en el Tesoro británico durante la Primera Guerra Mundial; financió el esfuerzo bélico de la Segunda con su panfleto Cómo pagar la guerra (1940); y dedicó sus últimos años, ya enfermo, a negociar el orden económico de posguerra.
Las dificultades y los adversarios
Sostener estas ideas no fue un paseo. Keynes tuvo que luchar contra la ortodoxia clásica dominante, que sostenía que la oferta crea su propia demanda y que el desempleo prolongado era esencialmente imposible si los salarios eran flexibles.
Su gran rival doctrinal fue la llamada "visión del Tesoro" (Treasury View), según la cual todo gasto público no hace más que desplazar al gasto privado, sin crear empleo neto. En plena Gran Depresión, con millones de parados, Keynes consideraba esa postura no solo errónea, sino cruel.
Su antagonista más célebre fue el economista austriaco Friedrich Hayek, instalado en la London School of Economics como contrapeso deliberado a la influencia de Cambridge. El duelo Keynes–Hayek de los años treinta es uno de los grandes debates intelectuales del siglo: Hayek reseñó con dureza el Tratado del dinero de Keynes, y este respondió encargando a Piero Sraffa una demoledora crítica de la obra de Hayek. Donde Keynes veía un mercado que podía atascarse y necesitaba la mano del Estado, Hayek veía en esa intervención el primer paso hacia la pérdida de libertad. Curiosamente, Hayek nunca llegó a reseñar la obra maestra de Keynes —una omisión de la que más tarde se arrepintió—. A esa nómina de adversarios se sumaron figuras como Lionel Robbins y, ya tras su muerte, los monetaristas liderados por Milton Friedman, que en los años setenta cuestionarían el edificio keynesiano.
Hubo también una dificultad más sutil: su obra capital era difícil, densa y a ratos ambigua, lo que permitió interpretaciones encontradas y una posterior "domesticación" de su pensamiento en versiones de manual que él quizá no habría reconocido del todo.
Las obras que dejaron huella
El primer gran golpe lo dio en 1919 con Las consecuencias económicas de la paz. Como delegado británico en la Conferencia de Versalles, Keynes se horrorizó ante las reparaciones impuestas a Alemania, dimitió en señal de protesta y escribió un libro furioso y profético que advertía que aquel castigo económico sembraría las semillas de una nueva guerra. Fue un éxito mundial y lo convirtió en una celebridad.
Siguieron Breve tratado sobre la reforma monetaria (1923), donde critica el patrón oro; Las consecuencias económicas de Mr. Churchill (1925), contra el regreso británico al oro a una paridad sobrevalorada; el monumental Tratado del dinero (1930); y, sobre todo, su obra cumbre: La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936). Este último libro refundó la macroeconomía y dio nombre a toda una escuela.
Mención aparte merece un breve ensayo de 1930, Las posibilidades económicas de nuestros nietos, en el que imaginaba un futuro de tal abundancia que el gran problema humano dejaría de ser la escasez y pasaría a ser cómo llenar el tiempo libre, con jornadas laborales de apenas quince horas semanales. Esa profecía, hoy reactivada en los debates sobre la automatización y la inteligencia artificial, revela su faceta más utópica: Keynes soñaba con un mundo en el que, resuelto el problema económico, la humanidad pudiera por fin dedicarse al arte de vivir.
El legado para el mundo del siglo XXI
Tras la Segunda Guerra Mundial, las ideas de Keynes se convirtieron en doctrina oficial de Occidente y sustentaron las tres décadas de prosperidad y pleno empleo conocidas como los "años dorados". En 1944, en la conferencia de Bretton Woods, ayudó a diseñar la arquitectura financiera de posguerra —el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial—, aunque su ambiciosa propuesta de una moneda internacional, el bancor, fue descartada en favor del plan estadounidense. Aquellas negociaciones extenuantes minaron su salud y contribuyeron a su muerte en 1946.
El consenso keynesiano entró en crisis con la estanflación de los años setenta y fue eclipsado durante décadas por el monetarismo y el neoliberalismo. Pero su pensamiento demostró una notable capacidad de resurrección. La crisis financiera de 2008 devolvió a Keynes al centro del debate: gobiernos de todo el mundo recurrieron a estímulos fiscales y rescates para evitar otra Gran Depresión, y la frase "ahora todos somos keynesianos" volvió a circular. Algo parecido ocurrió durante la pandemia de 2020, cuando los Estados desplegaron un gasto público sin precedentes para sostener economías paralizadas.
Su huella, sin embargo, sigue siendo objeto de disputa. Los debates sobre la austeridad frente al estímulo, sobre el nivel sostenible de deuda pública, sobre la inflación o sobre la inversión verde para afrontar el cambio climático se libran todavía, en buena medida, con el vocabulario que Keynes nos legó. Sus críticos advierten de los riesgos del endeudamiento y la intervención estatal; sus partidarios subrayan que sin demanda gestionada las crisis se vuelven catástrofes sociales. Que la discusión siga viva es, quizá, la mejor prueba de su vigencia.
El personaje, más allá del economista
Conviene no olvidar al hombre. Keynes fue un inversor audaz que amasó y perdió fortunas especulando, y que como tesorero del King's College multiplicó su patrimonio. Fue un coleccionista apasionado de libros raros y manuscritos: adquirió papeles alquímicos de Isaac Newton y pronunció una célebre conferencia, Newton, el hombre, donde retrataba al gran físico no como el primer científico moderno, sino como "el último de los magos".
En 1925 se casó con la bailarina rusa Lidia Lopokova, en un matrimonio feliz y muy comentado que sorprendió a sus amigos de Bloomsbury, donde Keynes había vivido relaciones con hombres en un tiempo en que eso era arriesgado y clandestino. En 1942 fue nombrado barón, Lord Keynes de Tilton.
Murió de un infarto en 1946, agotado por el servicio público, a los 62 años. Dejó tras de sí no solo un cuerpo teórico, sino una manera de mirar la economía: con pragmatismo, con compasión y con la convicción de que los números, los mercados y las políticas no son más que instrumentos al servicio de algo mucho más valioso, que es la posibilidad de una vida buena para el mayor número de personas.
"Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando tienen razón como cuando se equivocan, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad, el mundo está gobernado por poco más que eso." — La teoría general (1936)
La Crónica del Henares
