Sánchez tiene razón: el calor causó 3.832 muertes en España en 2025. Pero el incendio de Los Gallardos lo prendió un poste. No es lo mismo.
Los muertos que sí mata el clima
Sánchez tiene razón: el cambio climático mata. Pero no mató a los trece de Los Gallardos, y confundir ambas cosas es la mejor forma de perder el argumento
13 julio 2026.- Hay 3.832 muertos de los que usted no ha oído hablar. No salieron en los telediarios. No hubo minuto de silencio, ni banderas a media asta, ni presidente visitando a las familias. Murieron en agosto, en julio, en residencias y en hospitales y en pisos sin aire acondicionado de barrios donde el termómetro no baja de 30 grados por la noche. Casi todos tenían más de 65 años; más de la mitad, más de 85. Son las muertes que el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III atribuyó al exceso de temperatura en España durante el verano de 2025.
Ese mismo verano, los golpes de calor —la muerte visible, la que sí lleva etiqueta— mataron a veinticinco personas.
Veinticinco frente a casi cuatro mil. Ahí está, en esa desproporción, todo lo que hay que entender sobre cómo mata el cambio climático: casi nunca de frente. Solo alrededor del 2% de las muertes por calor son golpes de calor. El resto son infartos, insuficiencias renales, crisis respiratorias, patologías previas que el calor adelanta unas semanas o unos meses. Nadie muere de "cambio climático" igual que nadie muere de "tabaco". Y sin embargo.
El calor récord de este año 2026 en Europa central y occidental ya ha causado cerca de 10.000 muertes en Reino Unido, Francia, España y Alemania, según grupos de investigación y organismos gubernamentales de los países afectados.
La gran hambruna de la década de 1870 mató a 50 millones de personas, y El Niño fue un factor clave. Otra fase de El Niño acaba de comenzar y se espera que sea una de las más fuertes. Hay cinco veces más personas en 2026 que en la década de 1870 y el planeta está 1,4°C más caliente.
Esta semana, ante las cenizas de Los Gallardos y trece cadáveres, el presidente del Gobierno ha dicho que el cambio climático mata y ha pedido un gran acuerdo frente a la emergencia climática. La frase es cierta. La ocasión, equivocada. Y esa distinción, que parece un tecnicismo de pedante, es en realidad lo único que separa un argumento que se sostiene de uno que se derrumba al primer empujón.
Dos cadenas que no son la misma
Cuando decimos "el calor mata", estamos describiendo una relación dosis-respuesta. Sube el termómetro, sube la mortalidad; y los epidemiólogos pueden calcular cuánta de esa mortalidad corresponde al calor añadido por la quema de combustibles fósiles. Lo han hecho: durante la ola de calor europea de finales de junio de 2025, de unas 2.300 muertes en doce grandes ciudades, aproximadamente 1.500 —el 65%— fueron atribuidas al calentamiento global. En Madrid, más del 90% de las muertes vinculadas al calor. En Barcelona, 286 personas.
Ese es el argumento fuerte. Es cuantificado, es revisable, es demoledor.
Cuando decimos "el cambio climático provoca los incendios", estamos diciendo otra cosa muy distinta, y mucho más frágil. El clima no enciende fuegos. En España la ignición es casi siempre humana: una negligencia, una quema agrícola, una intencionalidad, un cable. En Los Gallardos, según la información disponible, un poste eléctrico en mal estado. Lo que la ciencia de atribución sí establece —y no es poco— es que el calentamiento hizo las condiciones de calor, sequedad y viento que propagan estos fuegos unas cuarenta veces más probables y un 30% más intensas que en el clima preindustrial. En palabras de uno de los autores de ese estudio: lo que se le atribuye al cambio climático no es el incendio en sí, sino las condiciones para que sea un gran incendio.
Entre "las condiciones para que sea un gran incendio" y "trece muertos" hay un abismo, y ese abismo está lleno de decisiones humanas: un monte sin gestionar tras décadas de abandono rural; una infraestructura eléctrica sin mantener; viviendas diseminadas en suelo forestal cuya proliferación ampararon ayuntamientos y gobiernos autonómicos de todos los colores; planes de autoprotección obligatorios en zonas de peligro que, según Ecologistas en Acción, no se implementaron en las áreas afectadas.
Quítele el clima a esa cadena y probablemente siga habiendo incendio. Quítele el poste, o el combustible acumulado, o las casas donde no debía haberlas, y los trece muertos desaparecen.
El préstamo indebido
¿Por qué importa esto, si al final ambas cosas apuntan a la misma factura de carbono?
Importa por dos razones muy prácticas.
La primera es que sobreafirmar es la manera más eficiente de fabricar escépticos. El día que se confirme oficialmente que el fuego lo prendió un cable, alguien lo dirá en voz alta: ¿ves?, no fue el clima, fue un poste. Y con ese golpe se llevará por delante también la parte verdadera del argumento. Los 3.832 muertos por calor, que no necesitan ninguna exageración para ser espantosos, quedarán manchados por la exageración cometida con los trece. Hay una economía de la credibilidad, y el Gobierno acaba de gastar de un fondo que no le sobra.
La segunda es peor. La emergencia climática es una causa global, difusa y compartida por ocho mil millones de personas: nadie es exactamente culpable, y por tanto nadie es exactamente responsable.
Las causas próximas de estos trece muertos, en cambio, tienen nombre: presupuesto y competencia administrativa. Imprudencias y negligencia humana. Mantenimiento de líneas eléctricas. Gestión del combustible forestal. Planes de autoprotección. Evacuación temprana. Urbanismo. Invocar el clima es cómodo precisamente porque no señala a nadie.
No es un vicio de un solo partido, conviene decirlo. En las mismas horas, el presidente andaluz también alertaba de situaciones "cada vez más explosivas" por el cambio climático. Cuando el gobierno y la oposición se refugian bajo el mismo paraguas, el paraguas ha dejado de ser un argumento para convertirse en un lugar donde no llueve sobre nadie.
La frase que habría que decir
Sería más o menos esta:
"El cambio climático mata, y lo hace sobre todo por calor: casi cuatro mil españoles el verano pasado, y de esas muertes dos tercios no habrían ocurrido sin el calentamiento que hemos provocado. También hace mucho más probables incendios como este. Pero a estas trece personas las mató una cadena que incluye un poste en mal estado, un monte sin gestionar y casas donde nunca debieron construirse. Y de eso también vamos a hablar."
Es menos potente en titular. Es infinitamente más difícil de rebatir.
Y hay un último dato que debería estar en cualquier discurso sobre esto y nunca está: en 2025, con el verano más caluroso jamás registrado en España, las muertes por calor fueron un 21% inferiores a las de 2022. Más calor, menos muertos. Los planes de prevención funcionan. La adaptación salva vidas ahora, mientras la mitigación tarda décadas en notarse.
Esa es la noticia esperanzadora que se pierde cada vez que convertimos el clima en una fatalidad. No lo es. Es una variable que agrava las cosas —y contra la que, mientras tanto, todavía podemos hacer bastante más que lamentarnos frente a las cámaras.
El clima crea la ventana, la política decide cuánta gente cabe por ella. Y también es la razón por la que el "negacionismo climático" y el "todo es culpa del clima" son dos formas simétricas de mirar hacia otro lado.
La Crónica del Henares

