El presidente de la COP31 vende la electrificación como escudo. Pero en Ucrania e Irán las centrales son objetivos de guerra: ¿de qué seguridad habla?
El presidente de la COP31 dice que la electrificación es 'la forma más segura de proteger a los ciudadanos'
El presidente designado de la cumbre climática, Murat Kurum, presenta la electrificación como «la forma más segura de proteger a los ciudadanos». Las guerras de Ucrania y del Golfo obligan a preguntar si esa seguridad protege del recibo de la luz o del misil.
El presidente designado de la COP31, el ministro turco de Medio Ambiente Murat Kurum, ha convertido la electrificación en la bandera de la cumbre que Türkiye acogerá en Antalya en noviembre. Su argumento, repetido desde la reunión climática de Bonn de junio, es tajante: acelerar el paso de los combustibles fósiles a la electricidad es «la forma más segura y limpia de proteger a los ciudadanos». Detrás de la frase hay un objetivo concreto —que la electricidad cubra el 35 % de la energía final mundial en 2035, frente a algo más del 20 % actual— y una palabra resbaladiza: seguridad.
La seguridad del recibo
Conviene leer la declaración completa antes de aplaudir o desmentir. Kurum no habla de blindar centrales frente a un bombardeo, sino de proteger a los hogares de los precios «altos y volátiles» de la energía, y lo dice a raíz de la crisis del Estrecho de Ormuz. Su «seguridad» es la del suministro: un país que genera su energía con sol y viento en su propio territorio no queda a merced de quien controla el petróleo, los gasoductos o los cuellos de botella marítimos por donde circula el crudo. En ese marco —el que comparten la Agencia Internacional de la Energía, la Unión Europea o el copresidente australiano de las negociaciones, Chris Bowen— electrificar es, efectivamente, ganar autonomía. Es la seguridad del recibo y de la independencia energética.
La seguridad del misil
Pero hay otra seguridad, la física, y ahí el discurso hace aguas. En una guerra, las centrales eléctricas, las subestaciones y las líneas de alta tensión son objetivos militares de primer orden. Rusia lleva desde 2022 machacando sistemáticamente la red ucraniana: según los balances de reconstrucción, Ucrania ha perdido más de la mitad —cerca de dos tercios, según algunas estimaciones— de su capacidad de generación anterior a la invasión, con apagones que han dejado a oscuras hospitales y ciudades enteras en pleno invierno. En el Golfo, la guerra que enfrenta a Israel y Estados Unidos con Irán se saldó en junio de 2025 con los primeros ataques contra el sector energético iraní —el yacimiento gigante de South Pars, refinerías, depósitos de petróleo en Teherán— y, en su escalada de 2026, contra las propias centrales eléctricas. El director de la AIE, Fatih Birol, cifró en al menos 40 las instalaciones de petróleo y gas gravemente dañadas en la región; Washington llegó a amenazar con arrasar las centrales iraníes si no se reabría Ormuz. Millones de personas a dos velas: ese es el reverso que la frase de Kurum no menciona.
El matiz incómodo: lo fósil también arde
La objeción, con todo, no debería leerse como un alegato contra electrificar. Primero, porque la infraestructura fósil es un blanco igual o más goloso. El propio Estrecho de Ormuz es el ejemplo perfecto de punto único de fallo: una mina o un misil en ese paso estrangulan el suministro de medio mundo. Refinerías, oleoductos y petroleros arden con la misma facilidad que una térmica —Ucrania lo demuestra golpeando con drones las refinerías rusas— y concentran objetivos en muchos menos puntos que un sistema disperso. La vulnerabilidad no es exclusiva de la electricidad; es de cualquier energía que dependa de pocas instalaciones grandes.
Descentralizar: la paradoja ucraniana
Y aquí llega la paradoja: las renovables, bien desplegadas, son más resistentes, no menos. Lo está probando la propia Ucrania. Frente a una red centralizada que un solo impacto puede tumbar, el país instaló al menos 1,5 gigavatios de solar en 2025 —según su asociación fotovoltaica, energía para más de un millón de hogares— y ha equipado hospitales, colegios y estaciones de bombeo de agua con paneles y baterías. Las organizaciones sobre el terreno lo resumen sin rodeos: los sistemas pequeños y dispersos son más difíciles de destruir con un solo ataque, más rápidos de reparar y siguen funcionando cuando la red central cae. Greenpeace habla ya de las tecnologías verdes como una cuestión de supervivencia. Ucrania, subrayan los análisis, no acelera sus renovables por el clima, sino por seguridad.
El talón de Aquiles: todos los huevos en la misma red
Entonces, ¿tenía o no razón la objeción? En parte. El riesgo real no lo crea la electrificación en sí, sino la arquitectura de la red. Una sociedad totalmente electrificada —que calienta, cocina, se desplaza y produce con electrones— mete todos los huevos en la misma cesta: si cae la red, no cae un servicio, caen todos a la vez. Con una cartera diversa (gas para la calefacción, gasolina para el coche), perder un vector es una molestia; en un mundo 100 % eléctrico, es la parálisis. La diferencia entre fragilidad y resiliencia se juega en un detalle técnico que el eslogan de la COP31 ignora: si se electrifica concentrando la generación en pocas macrocentrales, se multiplica el blanco; si se electrifica descentralizando —tejados, baterías, microrredes—, se reparte el riesgo y se protege al ciudadano.
De ahí que la frase de Kurum no sea mentira, pero sí media verdad. La seguridad energética tiene al menos dos ejes: el geoeconómico —no depender de importaciones volátiles, que es el que él optimiza— y el físico-militar —aguantar cuando caen las bombas—, que su relato esquiva. Prometer la vía «más segura» en términos absolutos, cuando solo se resuelve la mitad de la ecuación, es más eslogan de cumbre que diagnóstico completo. La pregunta que la COP31 debería responder en Antalya no es si electrificar, sino cómo: de esa letra pequeña depende que la electricidad sea un escudo o un talón de Aquiles.
Fuentes: Carbon Brief, edie, Agencia Internacional de la Energía (AIE), CSIS, Greenpeace, Foreign Policy (FP Analytics), Yale Environment 360, Al Jazeera y House of Commons Library.
