Victoria Szpunberg lleva a La Abadía su 'Imperativo categórico', Premio Nacional 2025: Kant frente a Kafka y la precariedad. Del 17 sep al 4 oct.
El imperativo categórico, de Victoria Szpunberg
Teatro de La Abadía · Madrid · Del 17 de septiembre al 4 de octubre de 2026
28 julio 2026.- El imperativo categórico (original en catalán: L'imperatiu categòric) Autoría y dirección: Victoria Szpunberg Producción: Teatre Lliure Reparto: Sandra Monclús y Xavi Sáez Sala: Sala José Luis Alonso — Teatro de La Abadía (C/ Fernández de los Ríos, 42, 28015 Madrid) Fechas: del 17 de septiembre al 4 de octubre de 2026 Horarios: de martes a sábado, 20:00 h; domingos, 19:30 h Duración: 1 h 15 min (sin intermedio) Idioma: castellano (versión traducida del catalán original) Entradas: taquilla del teatro (+34 91 448 16 27) y web oficial / plataforma Koobin
Equipo artístico
- Texto y dirección: Victoria Szpunberg
- Escenografía: Judit Colomer
- Iluminación: Marco Lleixà (AAIV)
- Espacio sonoro: Lucas Ariel Vallejos
- Vestuario: Joana Martí
- Ayudante de dirección: Iban Beltrán
- Ayudante de escenografía: Idoia Costa
- Asesor dramatúrgico: Albert Pijuan
- Asesora de movimiento: Ana Pérez
Actividades y accesibilidad
- Encuentro con el público: viernes 18 de septiembre (tras la función, con el equipo artístico)
- Función accesible: jueves 1 de octubre (asistencia auditiva, subtitulación y audiodescripción)
- El texto está publicado por Punto de Vista Editores.
Sinopsis
Clara G. es profesora asociada de Ética en una facultad de Filosofía. Pasados los cincuenta, recién separada, sin conseguir plaza estable en la universidad y a punto de quedarse sin casa por culpa de un fondo buitre, empieza a sufrir desmayos, ruidos persistentes y pensamientos cada vez más oscuros y paranoicos. Ha formado parte del sistema, pero se ve arrinconada hacia el margen. Navegando a la deriva y topándose con distintos hombres, su brújula moral se reorienta a partir de un hallazgo casual: un cuchillo de cocina extraordinariamente afilado. La pregunta que recorre la obra: ¿cuáles son las fronteras éticas de un sistema que solo permite sobrevivir a costa de la miseria ajena?
Premios del montaje y del texto
- Premio Nacional de Literatura Dramática 2025 (Victoria Szpunberg, por este texto)
- Premio Lletra d'Or 2025 al texto
- Premio Max 2025 a la mejor actriz (Àgata Roca, en el reparto original)
- Premio de Teatro Memorial Margarida Xirgu a la mejor actriz de la temporada 2023-24
- Premio de la Crítica 2024 (mejor texto, mejor actriz y mejor escenografía)
- Premio Butaca 2024 al mejor texto
- Premio Ciudad de Barcelona 2024 de Artes Escénicas (Victoria Szpunberg)
- Premio Time Out 2024 a la mejor creadora (Victoria Szpunberg)
- Premio especial del jurado Teatre Barcelona 2024
Nota de contexto
La obra se estrenó en catalán en el Teatre Lliure y llegó por primera vez a La Abadía en su versión en castellano durante la temporada 2025-26, con Àgata Roca al frente. En esta reposición de septiembre de 2026, Sandra Monclús se incorpora como protagonista y Xavi Sáez repite en el papel de todos los personajes masculinos. Victoria Szpunberg (Buenos Aires, 1973), afincada en Barcelona, es una de las voces más reconocidas de la dramaturgia contemporánea en España; hija del poeta Alberto Szpunberg, se formó en dramaturgia y dirección en el Institut del Teatre y estudió también Filosofía, huella que se percibe en el trasfondo kantiano de la pieza.
Reseña teatral
La ética como último refugio (y como arma)
Hay una pregunta que Immanuel Kant creía haber resuelto y que Victoria Szpunberg vuelve a poner sobre la mesa, esta vez con el suelo temblando bajo los pies: ¿qué es lo correcto cuando lo correcto te condena a desaparecer? El imperativo categórico —Premio Nacional de Literatura Dramática 2025— toma la más luminosa de las máximas morales y la arroja al barro de la vida contemporánea, para comprobar cuánto aguanta antes de agrietarse. El resultado es una tragicomedia afiladísima que La Abadía recupera del 17 de septiembre al 4 de octubre tras el éxito de la pasada temporada.
Su protagonista, Clara G., es una profesora asociada de Ética que enseña a Kant mientras su propia existencia se derrumba: recién separada, superados los cincuenta, sin plaza fija en una universidad burocratizada donde un jefe de departamento mediocre le arrebató el puesto, y a punto de quedarse sin casa porque un fondo buitre ha comprado su edificio. Szpunberg construye aquí un retrato social de precisión quirúrgica sobre tres precariedades entrelazadas —la de la vivienda, la del trabajo académico y la de la soledad de las mujeres de mediana edad, invisibilizadas por un mundo que ha dejado de mirarlas—. Que la autora escriba desde su propia experiencia buscando piso en el mercado imposible de una gran ciudad se nota en cada detalle: el agente inmobiliario que miente con naturalidad profesional, el vecino que practica acoso a golpe de música, la humillación de mendigar un zulo a precio de oro.
Lo brillante del texto es que rehúsa el drama frontal. Szpunberg convoca a Kant para confrontarlo con Kafka: la obra construye un universo kafkiano —desmayos, voces en off, una realidad que se desencaja— donde el absurdo cotidiano se vuelve espejo de la violencia estructural. El humor es inteligente, puntilloso, de esos que arrancan la risa precisamente para no llorar. Y en el centro late una pistola de Chéjov con forma de cuchillo de cocina: cuando el sistema solo te deja sobrevivir a costa de la miseria ajena, ¿por qué seguir respetando sus reglas? Ese desliz —del pensamiento oscuro a la tentación— es el motor moral de la función y su hallazgo más inquietante.
En lo escénico, el montaje resuelve con elegancia el reto de una vida a la deriva. La escenografía de Judit Colomer, con paneles móviles que reconfiguran el espacio de cuadro en cuadro, no solo imprime fluidez a la dirección de la propia Szpunberg, sino que traduce visualmente el desfase espaciotemporal de una protagonista que ya no habita del todo su realidad. La iluminación de Marco Lleixà y el espacio sonoro de Lucas Ariel Vallejos sostienen ese clima de desrealización, con la voz interior del personaje filtrándose como una conciencia que no calla. Y hay un acierto de reparto que conviene subrayar: que Xavi Sáez encarne a todos los hombres que Clara va encontrando —el ex, el jefe, el ligue de Tinder envenenado de autoayuda, el camarero borderline, el psiquiatra— convierte la galería masculina en un solo rostro cambiante, coherente con la sensación de que el mundo entero se ha vuelto un desfile de figuras hostiles o inasibles. Sáez, que repite de la anterior entrega, despliega ahí un repertorio de registros que es de los mayores placeres de la noche.
La incógnita de esta reposición reside, precisamente, en su novedad. Sandra Monclús hereda un papel que en su día valió a Àgata Roca un Premio Max, y no es tarea menor: Clara exige transitar de la ironía lúcida al derrumbe interior sin caer ni en el patetismo ni en la caricatura, sostener un personaje que se dirige al público como si fuéramos sus alumnos y, a la vez, deja ver la grieta por donde se cuela la desesperación. Es la clase de reto que puede reconfigurar por completo el equilibrio de la función, y motivo suficiente para acercarse a verla con ojos nuevos.
Como toda comedia que juega con fuego, la obra tiene sus puntos de fricción. La autora entrega desde el primer minuto unas claves filosóficas —Kant, Kafka— tan explícitas que, por momentos, se echa de menos algo más de misterio; y el propio imperativo categórico del título queda más enunciado que verdaderamente explorado en sus dimensiones. También el humor, tan celebrado y tan eficaz, termina imponiéndose al drama y limando parte de su profundidad, sobre todo en un desenlace que redondea quizá con demasiada pulcritud lo que hasta entonces era filo puro. Son objeciones, en todo caso, a una pieza que apunta muy alto.
Porque lo que Szpunberg consigue —y no es poco— es que la filosofía vuelva a ser, encarnada en buena dramaturgia, un acto de resistencia. El imperativo categórico es un espejo incómodo y necesario: cuando profesores, artistas o sanitarios no pueden permitirse vivir en las ciudades donde trabajan, el problema deja de ser individual para volverse estructural, y el teatro hace bien en fotografiarlo. Una tragicomedia que hace reír, pensar y salir del patio de butacas algo menos ingenuo. Setenta y cinco minutos que valen por muchas conferencias sobre el estado de las cosas. Más que recomendable.
Valoración: 4/5
