¿Bajar la fiebre o dejarla actuar? Reseña de 'Force of Nature', de Owen Jones: dónde acierta pensar como Darwin y dónde se pasa de frenada
Force of Nature: Understanding Evolution’s Deepest Logic — and Putting It to Use Owen D. Jones W. W. Norton (2026)
¿Hay que bajarle la fiebre al niño? Darwin no lo tiene tan claro. Los dos libros que conviven en Force of Nature
RESEÑA
Son las tres de la madrugada y su hijo arde. El termómetro marca treinta y nueve y medio, y usted, como cualquier padre del planeta, alarga la mano hacia el jarabe para bajarle la fiebre. Owen Jones le pide un segundo. ¿Y si la fiebre no fuera la enfermedad, sino la cura? ¿Y si ese calor incómodo fuera una defensa que la evolución lleva millones de años puliendo, y apagarla fuera darle una ventaja al microbio?
Es la clase de idea que hace que uno mire el botiquín con otros ojos. Y es también, spoiler, el momento en que este libro tan estimulante se pasa un pueblo.
Force of Nature defiende una idea tan sencilla como poderosa: que pensar en clave evolutiva no es un pasatiempo de biólogos, sino una herramienta práctica que salva vidas, cosechas y dinero, y que ignorarla nos sale caro. Jones, que es una rareza —biólogo y jurista a la vez—, se pasea por la medicina, el campo y los tribunales para recordarnos que la selección natural no es un cuento sobre dinosaurios: es una fuerza que sigue trabajando ahora mismo, debajo de nuestras narices, y que a menudo podemos anticipar.
Cuando habla de eso, Jones es imbatible. No por suerte, sino porque son los terrenos donde la evolución no es una metáfora, sino la maquinaria que está funcionando de verdad. El caso estrella es la resistencia a los antibióticos: al abusar de ellos —o al dejar a medias un tratamiento contra la tuberculosis— fabricamos sin querer las condiciones perfectas para que sobrevivan y se multipliquen justo las bacterias que no queríamos. Con el cáncer ocurre algo parecido, y aquí el libro brilla: en lugar de arrasar con el tumor, la llamada terapia adaptativa mata solo las células suficientes para frenarlo, sin dejar el campo libre a las resistentes; el resultado es convivir con la enfermedad mucho más tiempo. Y en agricultura, la misma lógica evita criar plagas invencibles a base de fumigar sin criterio. En estas páginas, la evolución funciona como ingeniería de precisión, y Jones escribe con datos en la mano.
El problema es que trata todos sus terrenos como si fueran igual de firmes, y no lo son. En realidad, entre estas tapas conviven dos libros. Uno es sólido casi hasta lo incontestable: el de los microbios, los tumores y los cultivos. El otro es mucho más aventurado: el que se mete con el comportamiento humano y con las leyes. Y conviene leer cada capítulo sabiendo en cuál de los dos estamos.
Lo que une —y delata— a esos dos libros es un salto que se repite una y otra vez: pasar de "esto es lo que la evolución explica" a "esto es lo que hay que hacer", sin detenerse en el trecho que separa una cosa de la otra. Volvamos a la fiebre. Que exista por una buena razón evolutiva no basta para decidir si a este niño, esta noche, le conviene el antitérmico. Aquí la reseña de Jonathan Goodman en Nature da en el clavo, y merece la pena subrayarlo: muchísimos gérmenes evolucionaron precisamente para prosperar con fiebre. Lo que importa, dice Goodman, no es el cuerpo por un lado ni el bicho por otro, sino la partida que juegan entre ellos: a veces bajar la fiebre estorba, a veces es lo mejor, y depende del germen. Una regla de barra de bar —"deja que la fiebre haga su trabajo"— aplasta todo ese matiz. Ni siquiera hace falta salirse de la biología para verlo: la propia medicina evolutiva sabe que nuestras defensas suelen dispararse de más, como una alarma antiincendios que salta con una tostada.
La cosa se pone más resbaladiza cuando el libro llega a las leyes. Jones observa que casi todas las culturas castigan el asesinato y el robo, y lee esa coincidencia como una huella de nuestra historia evolutiva: la selección moldeó cerebros, los cerebros hacen leyes, luego las leyes llevan evolución dentro. Como observación, es fascinante. Como brújula para gobernar, cojea. Que algo venga de la evolución no lo vuelve justo ni recomendable —el mundo está lleno de instintos que hacemos bien en reprimir—, y el argumento corre el riesgo de vestir de "natural", y por tanto de aceptable, lo que simplemente es antiguo. Además, seamos sinceros: casi cualquier costumbre humana admite, si uno se esfuerza, un cuento evolutivo con final feliz. Eso los vuelve difíciles de desmentir, que no es lo mismo que ciertos.
El ejemplo más incómodo son los hijastros. Jones recurre al dato de que los niños que viven con un hombre que no es su padre biológico sufren más maltrato, y propone que las instituciones pesen ese riesgo frente al estigma sobre los padrastros. Que se acuerde del estigma es de agradecer. Pero el marco sigue tratando la explicación evolutiva —"un hombre invierte menos en hijos ajenos"— como el hecho firme, y la ética como un parche posterior. Y ahí conviene frenar: ese dato viene cargado de trampas (¿se detecta y se denuncia igual en unas familias que en otras?, ¿cuánto pesa la pobreza?), y sobre todo describe un promedio que no dice nada de cada persona concreta, porque la enorme mayoría de los padrastros no hace daño a nadie. Legislar sobre un promedio así es justo el lugar donde pensar en clave evolutiva puede empeorar una decisión en vez de mejorarla.
¿En qué me separo de Goodman? En poco de fondo: su reseña es justa y su verdadero acierto —lo que cuenta es la partida entre cuerpo y germen, no las fichas por separado— es más fino que la regla que corrige. Coincido en que el libro defiende de maravilla algo que hacía falta decir, porque la medicina, el campo y el derecho sí desoyen a Darwin más de la cuenta. Solo iría un paso más allá en dos cosas. Goodman desmonta ejemplos sueltos, pero no llega a señalar lo que tienen en común: ese salto constante de "así es" a "así hay que hacerlo", que es el fallo de fábrica del libro, no un resbalón puntual. Y su veredicto final me parece un pelín generoso: todos los aciertos redondos de Jones están en el terreno de los microbios y los tumores; en cuanto pisa lo humano, aprovecha el prestigio ganado allí sin igualar el mismo rigor.
Así que el veredicto no es un no, sino unas instrucciones de uso. Force of Nature se lee con gusto —a ratos, con el lápiz en la mano—, siempre que se lea como lo que es: dos libros en uno. Al del laboratorio, créale casi a ciegas. Al de los juzgados y las familias, léalo como una invitación a pensar mejor, nunca como un manual de decisiones. Pensar como Darwin es una herramienta formidable. Pero una herramienta formidable en el problema equivocado sigue siendo peligrosa, y el mayor mérito de Jones —quizá sin quererlo— es regalarnos ejemplos igual de vívidos de las dos cosas.
La Crónica del Henares
