Descubre cómo el panfleto Common Sense de Thomas Paine preparó la Declaración de Independencia y en qué se diferencian sus estilos retóricos
De la chispa a la firma: la retórica de Common Sense y la Declaración de Independencia
El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental adoptó en Filadelfia la Declaración de Independencia y dio forma jurídica a una ruptura que, apenas dos años antes, la mayoría de los colonos americanos todavía consideraba impensable. Ese cambio de ánimo no fue espontáneo. Seis meses antes, el 10 de enero de 1776, había aparecido en la misma ciudad un panfleto anónimo titulado Common Sense, obra de un inglés recién llegado a las colonias, Thomas Paine.
Los dos textos comparten un mismo trasfondo intelectual —el iusnaturalismo de la Ilustración, la idea lockeana de que el gobierno legítimo descansa en el consentimiento de los gobernados— y sin embargo suenan profundamente distintos. Compararlos permite entender no solo dos piezas fundacionales de la historia estadounidense, sino también dos maneras opuestas de usar la palabra escrita al servicio de una revolución: una para encender el deseo de independencia, otra para consagrarlo ante el mundo.
El contexto: un panfleto que preparó el terreno
Paine había llegado a Filadelfia en 1774, animado en parte por Benjamin Franklin, a quien había conocido en Londres. Poco después de los enfrentamientos de Lexington y Concord, en la primavera de 1775, muchos colonos seguían aspirando a una reconciliación con la corona británica y veían la independencia como una salida radical, casi desleal. Common Sense atacó precisamente esa vacilación.
Su éxito fue descomunal: en pocos meses vendió cientos de miles de ejemplares en unas colonias que apenas contaban con dos millones y medio de habitantes libres, lo que lo convierte, en proporción, en uno de los textos más leídos de la historia norteamericana. Cuando Thomas Jefferson redactó la Declaración en el verano de 1776, buena parte del clima intelectual y popular que hacía viable la independencia ya estaba construido, y Paine había contribuido decisivamente a levantarlo.
Destinatario y registro
La primera y más visible diferencia entre ambos textos está en a quién se dirigen. Paine escribe para el colono corriente: el granjero, el artesano, el pequeño comerciante. Su prosa es coloquial, breve, golpeada, cargada de imágenes cotidianas y de sarcasmo. Para ridiculizar la monarquía hereditaria afirma que la propia naturaleza la desaprueba, pues de otro modo no nos entregaría con tanta frecuencia un asno donde debería haber un león. Es un estilo pensado para leerse en voz alta en una taberna o junto al fuego, y para mover a quien nunca había pisado una biblioteca de leyes.
La Declaración, en cambio, se dirige a "un mundo imparcial", a las demás naciones y a la posteridad. Su tono es elevado, solemne, jurídico. No busca hacer reír ni indignar de golpe, sino persuadir de que quienes hablan son hombres razonables y pacientes que han agotado todos los recursos antes de dar un paso tan grave. Donde Paine agarra al lector de la solapa, la Declaración se dirige a él con la distancia digna de un documento de Estado.
El propósito, raíz de todas las demás diferencias
Esta divergencia de registro se explica por el propósito. Common Sense es propaganda en el sentido literal del término: un texto de agitación cuyo objetivo es cambiar la opinión de quien todavía dudaba. La Declaración es un instrumento oficial, un acto de gobierno que justifica una decisión ya tomada. El primero quiere mover voluntades; la segunda quiere legitimar y dejar constancia. Por eso Paine puede permitirse el ataque personal y la exageración, mientras que Jefferson necesita la contención y la sobriedad. Uno es la deliberación; la otra, la sentencia.
El trato al rey
De ese contraste de fines nace uno de los más elocuentes: el modo de atacar al monarca. Paine es feroz y directo. No se limita a censurar a Jorge III, al que llega a llamar "bruto real", sino que impugna la institución monárquica en sí misma; dedica páginas enteras, apoyándose incluso en pasajes del Antiguo Testamento, a demostrar que la realeza es una invención ilegítima y absurda. Su blanco es el principio, no solo la persona.
La Declaración procede de otro modo. Formula contra el rey una larga lista de agravios concretos —haber disuelto asambleas representativas, obstruido la administración de justicia, incendiado poblaciones— que funciona como una verdadera acta de acusación. Su dureza es acumulativa y factual, no filosófica ni burlona. No sostiene que la monarquía sea ridícula, sino que este monarca en particular se ha comportado como un tirano y, por ello, ha roto el pacto que lo legitimaba.
La arquitectura del argumento
También difiere la estructura del razonamiento. La Declaración posee una arquitectura casi silogística: parte de premisas universales —que todos los hombres son creados iguales, que poseen derechos inalienables, que el gobierno deriva su poder del consentimiento de los gobernados—, expone después los hechos que prueban la ruptura de ese pacto, y concluye que las colonias son y deben ser Estados libres e independientes. Es un texto deductivo, ordenado, concebido para resistir el escrutinio.
Paine, por su parte, es más disperso y pragmático. Entrelaza el argumento de principios con cálculos muy terrenales sobre comercio, geografía y poder naval; sostiene, por ejemplo, que es contrario a la razón que un continente entero sea gobernado por una isla lejana, y que los intereses económicos de América estarán mejor servidos por una república propia. Apela a la vez a la razón, al interés y a la emoción, sin la disciplina lógica del documento oficial, porque su meta no es probar un teorema sino inclinar una balanza.
La voz
Queda, por último, la cuestión de la voz. Paine habla como un individuo que discute con el lector, con inmediatez y urgencia personal; su llamamiento a la separación tiene el tono de quien no puede esperar más. La Declaración habla en un "nosotros" colectivo e institucional —"sostenemos como evidentes estas verdades"—, con frases largas, equilibradas y de cadencia cuidada, escritas para ser proclamadas con solemnidad. Una es la voz de un hombre; la otra, la de un pueblo que se constituye al hablar.
Podría resumirse así: Paine construye el deseo de independencia y la Declaración lo formaliza. Common Sense es la chispa emocional e intelectual dirigida al pueblo; la Declaración, la firma serena dirigida a la historia.
El propio Paine, que siempre se enorgulleció de haber escrito para el hombre común antes que para las élites, prolongó su labor durante la guerra con la serie The American Crisis, cuyas primeras líneas sobre los tiempos que ponen a prueba las almas de los hombres Washington mandó leer a sus tropas.
Entre el panfleto y la Declaración media apenas medio año, pero también toda la distancia que separa la persuasión de la ley: dos usos de la palabra que, juntos, hicieron posible el 4 de julio.
La Crónica del Henares
