Un estudio de los esqueletos hallados en Dahshur revela que varias princesas del Reino Medio usaron arcos y dagas: no eran solo ajuar funerario.
Las princesas arqueras de Dahshur: los huesos que desmienten cuatro mil años de prejuicio
Un estudio publicado el 17 de julio de 2026 en Frontiers in Environmental Archaeology sostiene que varias princesas del Egipto del Reino Medio no solo fueron enterradas con arcos, dagas y mazas: aprendieron a usarlos. Sus esqueletos, olvidados durante más de un siglo en el sótano del Museo Egipcio de El Cairo, conservan las marcas del entrenamiento.
18 julio 2026.- Durante más de cien años, los arqueólogos discutieron un pequeño enigma. En la década de 1890, el francés Jacques de Morgan abrió, cerca de las pirámides de Dahshur —al suroeste de El Cairo—, varias cámaras funerarias intactas que pertenecían a mujeres de la familia real. Junto a los collares, los pectorales y las diademas de una orfebrería asombrosa aparecía algo más incómodo para el relato convencional: arcos, flechas, mazas, cetros y una daga espectacular en el ataúd de la princesa Ita.
¿Eran armas simbólicas, objetos rituales para el más allá? ¿O herramientas que aquellas mujeres habían empuñado en vida?
La respuesta, según el nuevo trabajo firmado por Zeinab Hashesh (Universidad de Beni-Suef), Ahmed Gabr (Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto) y Roxie Walker (Institute for Bioarchaeology, Londres), estaba escrita en los propios huesos. Y nadie la había leído.
Una caja de madera en el sótano
La historia del hallazgo tiene algo de novela. Los restos llegaron al Museo Egipcio de Tahrir en 1915, tras la muerte del médico Daniel Marie Fouquet, que solo había examinado a dos de los seis individuos. El resto se catalogó de forma sumaria: dos cajas de madera, un número de registro temporal y una descripción genérica de "restos humanos". Ahí quedaron.
En 2020, durante un proyecto de conservación y catalogación de restos bioarqueológicos del museo dirigido por Hashesh, las cajas reaparecieron en el sótano. Dentro, seis esqueletos —el rey Hor y cinco mujeres— todavía con las identificaciones manuscritas del siglo XIX: "Roi Hor" escrito en tinta negra junto al agujero occipital del cráneo, "KnOUMiT" en la tibia de Khenmet, un sobre que reza "princesse: noub hotep / Dachour 1894". Algunos huesos seguían envueltos en periódicos de la época.
Faltaba, eso sí, una pieza crucial: todos los cráneos, salvo el del rey, se perdieron hace décadas después de haber sido trasladados al museo anatómico de la Escuela de Medicina de El Cairo. Es la principal limitación del estudio, y los autores lo reconocen sin rodeos.
Lo que dicen las inserciones musculares
El equipo aplicó un enfoque combinado: análisis osteológico sistemático, radiografías y espectroscopía infrarroja (FTIR-ATR) para identificar los materiales de embalsamamiento.
La clave está en un tipo de evidencia poco glamurosa pero muy elocuente: los cambios enteseales, es decir, las modificaciones que sufren los puntos donde músculos y ligamentos se anclan al hueso. Un gesto repetido durante años deja huella. Y el patrón que encontraron los investigadores no es el de un trabajo manual genérico, sino el de un movimiento especializado, asimétrico y de alta intensidad.
- Ita (28-34 años) presenta un ligamento costoclavicular derecho muy marcado, membranas interóseas robustas en ambos cúbitos y una hipertrofia llamativa en la musculatura de la mano izquierda: el perfil de quien agarra con fuerza y de forma habitual un arma corta, una daga o una maza.
- Khenmet (35-45 años) muestra hipertrofia en la tuberosidad radial y la cresta del supinador, compatible con tensar repetidamente un arco. También osteopenia y signos de déficit nutricional.
- Itaweret (20-34 años) suma inserciones potentes del pectoral mayor y el deltoides en ambas clavículas —firma clásica del tiro con arco— además de fracturas costales y fracturas de estrés en los metatarsianos, todas bien consolidadas.
- Noub-Hotep (40-44 años) es quizá el caso más elocuente: musculatura del antebrazo y de la mano derecha marcadamente desarrollada, un segundo metacarpiano derecho arqueado sin lesión patológica asociada... y flechas en su ajuar.
El rey Hor, por su parte, muestra asimetrías equivalentes entre supinador izquierdo y braquial derecho, y una depresión ósea en la cavidad glenoidea derecha.
"Los miembros de la familia real, especialmente las mujeres, participaron activamente en actividades especializadas y físicamente exigentes", resume Hashesh en el comunicado de la revista. Su formulación a la prensa fue aún más directa: lejos de una vida sedentaria de lujo, describe a estas mujeres como atletas bien entrenadas.
Privilegio no significa comodidad
Uno de los hallazgos más humanos del trabajo es que el estatus real no blindaba contra el sufrimiento físico. El rey Hor presenta cribra orbitalia curada, indicio de estrés metabólico en la infancia —anemia, infección o carencia nutricional—. Khenmet tenía los huesos adelgazados. Varios individuos acumulan nódulos de Schmorl, artrosis y facetas de acuclillamiento.
Pero hay un detalle notable: todas las fracturas examinadas habían soldado limpiamente, sin desalineación ni infección. Los autores lo interpretan como evidencia esquelética directa de una medicina eficaz, coherente con los procedimientos de reducción de fracturas, entablillado y cura de heridas que describe el Papiro Quirúrgico Edwin Smith.
Familia, resina y comercio de larga distancia
El análisis reveló además una acumulación de rasgos poco frecuentes —espina bífida oculta, sacralización, tropismo facetario, aperturas septales— repetidos entre los seis individuos. Para los autores, es un indicio robusto de parentesco biológico y de prácticas endogámicas dentro del linaje real de las dinastías XII y XIII.
La espectroscopía, por su parte, identificó en las resinas negras adheridas a los huesos una mezcla constante de incienso (Boswellia) y enebro (Juniperus oxycedrus): productos que Egipto no tenía en casa y que exigían expediciones organizadas hacia Punt, el Cuerno de África y Nubia. El embalsamamiento, concluyen, no era improvisado sino un protocolo estandarizado para la élite.
Lo que aún no sabemos
Conviene no correr más que los datos. Los cambios enteseales son un indicador probabilístico, no una firma inequívoca: la edad, la genética y otras actividades repetitivas también los modelan, y la bioarqueología lleva décadas debatiendo hasta dónde se puede inferir una ocupación concreta a partir de un hueso. Los propios autores hablan de patrones "compatibles con" el tiro con arco, no de una prueba cerrada. A ello se suma la ausencia de los cráneos y el hecho de que los esqueletos conservan entre el 21 % y el 58 % de sus elementos.
El equipo tiene ya en lista de espera los análisis de ADN antiguo, isótopos estables y cromatografía de gases, pendientes de autorización ministerial. Con ellos esperan afinar el parentesco, el origen geográfico y la dieta.
Mientras tanto, queda una idea difícil de desalojar. Durante más de un siglo, las vitrinas de Dahshur exhibieron joyas deslumbrantes mientras sus dueñas dormían en una caja sin nombre. El nuevo estudio propone invertir la mirada: dejar de contar el tesoro y empezar a contar a las personas.
Referencia del estudio Hashesh, Z., Gabr, A. y Walker, R. (2026). Bioarchaeological reassessment of Dahshur royal skeletal remains from the Late Middle Kingdom (c. 1850–1700 BCE). Frontiers in Environmental Archaeology, 5: 1844402. DOI: 10.3389/fearc.2026.1844402
