Un mes tras el terremoto, el Gobierno venezolano reparte condecoraciones a diario y datos a cuentagotas. La cifra de desaparecidos sigue sin existir.
Medallas para los vivos, silencio para los desaparecidos
19 julio 2026.- Casi un mes después del doble terremoto del 24 de junio, el Gobierno venezolano ha encontrado un ritmo. No el de la reconstrucción, ni el de la información: el de las ceremonias.
El sábado, 18 de julio, la presidenta encargada Delcy Rodríguez condecoró en La Guaira a más de 6.000 efectivos de veintiuna instituciones —Fuerza Armada, Protección Civil, bomberos, Policía Nacional, Cicpc, medicina forense, Cruz Roja, voluntarios— con la medalla Héroes y Heroínas de Venezuela. La acompañaban Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez. Ese mismo día, el parte oficial elevaba la cifra de fallecidos a 5.119, con 16.740 heridos y 21.470 personas todavía alojadas en 107 campamentos transitorios.
No fue la primera ceremonia. El 3 de julio hubo medallas para los rescatistas de México y de la Unión Europea; el 4, para los equipos de Reino Unido, Argentina, Brasil, Qatar y Barbados; después llegó el turno de Italia y Suiza; más tarde, un acto en el estadio Jorge Luis García Carneiro para 478 especialistas y 36 perros de doce países. En apenas tres semanas, el Ejecutivo ha sostenido una cadencia de reconocimientos que ya quisiera para el suministro de datos.
Conviene decir lo obvio antes de seguir: condecorar a quienes escarbaron entre los escombros no tiene nada de escandaloso. Lo hacen todos los gobiernos después de una catástrofe, y en este caso muchos de los homenajeados perdieron a familiares o a compañeros mientras trabajaban. El problema no es que haya medallas. El problema es que las medallas se hayan convertido en el principal producto informativo del Estado.
Lo que se cuenta y lo que no
Un mes después, hay cosas que Venezuela sabe con precisión decimal y cosas que no sabe en absoluto.
Sabe que hay 5.119 muertos, 16.740 heridos, 6.462 rescatados, 21.470 personas en campamentos, 856 edificios afectados y 190 colapsados. Sabe cuántos efectivos se desplegaron y cuántos voluntarios se sumaron.
No sabe cuántos desaparecidos hay. Esa casilla sencillamente no existe en los partes diarios. La plataforma oficial creada para localizar personas, el Centro Nacional de Localización de Personas, no se actualiza desde el 2 de julio. Han tenido que ser periodistas y desarrolladores, dentro y fuera del país, quienes se pusieran a reconstruir la identidad de las víctimas a partir de obituarios, mensajes en redes sociales y verificaciones cruzadas con registros del Seguro Social. Es decir: la sociedad civil haciendo, con herramientas artesanales, el trabajo que un Estado con treinta mil efectivos desplegados no ha querido hacer.
Esa asimetría —abundancia de reconocimiento, escasez de rendición de cuentas— es el rasgo definitorio de esta gestión. Todo lo que puede contarse como gesta se cuenta con detalle. Todo lo que puede contarse como fracaso se pierde en la niebla.
Las cifras que no resisten un empujón
Hay además un problema de credibilidad que las condecoraciones no arreglan, sino que subrayan.
El Gobierno repite que ha rescatado a 6.462 personas. Es una cifra imponente hasta que uno la coloca junto a otra: el despliegue de tres mil rescatistas internacionales permitió sacar con vida a catorce personas atrapadas bajo los escombros. Son categorías distintas —"rescatado" incluye a quien fue evacuado o asistido—, pero es la cifra grande la que va al titular y la pequeña la que hay que ir a buscar.
Con los muertos ocurre lo inverso. Provea advirtió desde los primeros días que las cifras oficiales generaban más dudas que certezas. El coordinador humanitario de la ONU en el país, Gianluca Rampolla, dijo con todas las letras que, con al menos 2.500 edificios afectados y la mayoría derrumbados por completo, el número real tenía que ser superior al comunicado. La distancia entre el balance oficial y las proyecciones del Servicio Geológico de Estados Unidos alimenta desde junio la sospecha de subregistro. Y la contabilidad de daños es directamente inverosímil: cientos de edificios según Caracas, casi sesenta mil según las estimaciones de la NASA.
A eso se suman episodios que un gobierno preocupado por su credibilidad evitaría. La propia Rodríguez afirmó públicamente que cinco personas dadas por muertas reaparecieron después echando gasolina. Puede que ocurriera. Pero anécdotas así, en boca de quien controla el recuento, no tranquilizan: sugieren que el registro se administra, no que se lleva.
El coste de la épica
Se dirá que el relato heroico cumple una función: cohesiona, consuela, agradece. Es verdad. Y también es verdad que un país arrasado necesita algo a lo que agarrarse.
Pero la épica tiene un coste cuando sustituye a la información en lugar de acompañarla. Cada acto de condecoración es una tarde de televisión estatal en la que no se explica por qué colapsaron 190 edificios en un país cuya norma antisísmica es de 2019. Es una tarde en la que no se responde cuántas familias siguen buscando a alguien. Es una tarde en la que no se detalla cómo se van a levantar las 25.000 viviendas que el propio Gobierno calcula necesarias, ni con qué dinero, ni en qué plazo, ni quién controlará la ejecución.
Los cambios en el gabinete que Rodríguez ha ido introduciendo desde la tragedia indican que en el Ejecutivo alguien sabe que la gestión no ha funcionado. Reconocerlo hacia dentro y celebrarlo hacia fuera es una contradicción que no se sostiene mucho tiempo.
Lo que se debe
Los rescatistas venezolanos merecen sus medallas. Trabajaron semanas sobre montañas de hormigón, muchos de ellos con sus propios muertos a cuestas. Nadie serio discute eso.
Lo que se les debe, y sobre todo lo que se debe a las 21.470 personas que siguen en campamentos y a las familias que llevan un mes sin saber si buscar a alguien o enterrarlo, no es una condecoración más. Es un número de desaparecidos. Es una plataforma que se actualice. Es una auditoría independiente del recuento. Es un calendario de reconstrucción con nombres y responsables.
Un Estado que reparte honores a esta velocidad y datos a esta otra no está gestionando una emergencia. Está gestionando su imagen durante una emergencia. Y esa distinción, para quien todavía espera noticias de un hermano bajo los escombros de La Guaira, no es un matiz retórico: es la diferencia entre ser ciudadano y ser decorado del acto.
La Crónica del Henares
