Los anticuerpos biespecíficos irrumpen en oncología: unen dos dianas para lanzar los linfocitos T contra el tumor. Ya llegan los multiespecíficos.
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| Los anticuerpos biespecíficos (naranja y amarillo, ilustración del artista) se unen a dos proteínas diferentes en lugar de la proteína estándar. Crédito: Thom Leach/Science Photo Library |
Anticuerpos con doble diana: la nueva generación de fármacos que empuja al sistema inmune contra el cáncer
03 agosto 2026.- Un tipo de fármaco que hasta hace pocos años era casi una rareza de laboratorio se ha convertido en una de las apuestas más potentes de la oncología. Se trata de los llamados anticuerpos biespecíficos, moléculas diseñadas para agarrarse a dos objetivos distintos al mismo tiempo, y su irrupción en la clínica está siendo tan rápida que los investigadores ya trabajan en versiones todavía más sofisticadas. Así lo describe un reciente reportaje de la revista Nature, firmado por la periodista científica Heidi Ledford.
Los números dan la medida del fenómeno. En los últimos cinco años, el número de anticuerpos biespecíficos aprobados por los reguladores de todo el mundo ha pasado de 3 a más de 20, según Christian Klein, que desarrolló fármacos en la farmacéutica Roche y ahora lanza su propia empresa de biotecnología. Estos medicamentos generaron 18.000 millones de dólares en ventas en 2025. Uno de los científicos citados en el reportaje, Paul Carter, de la compañía Genentech, resume la explosión con una imagen gráfica: hay más variedades de biespecíficos que sabores de helado en Ben & Jerry's.
Cómo funcionan
Para entender por qué generan tanto entusiasmo conviene recordar qué es un anticuerpo. Nuestro cuerpo los fabrica de forma natural para reconocer y marcar a los intrusos —virus, bacterias— por unas proteínas de su superficie llamadas antígenos. Los anticuerpos convencionales que se usan como fármacos reconocen un único objetivo. Un biespecífico, en cambio, tiene dos brazos que se unen a dos dianas diferentes a la vez.
La versión más extendida aprovecha ese doble agarre de una forma muy ingeniosa. La mayoría de los biespecíficos aprobados se unen por un lado a una proteína de las células tumorales y, por otro, a los linfocitos T, las células defensivas del sistema inmunitario. A estas moléculas se las conoce como "T cell engagers" o acopladores de linfocitos T: acercan físicamente ambas células y estimulan al linfocito para que ataque a la célula cancerosa.
En la práctica, el fármaco actúa como un puente que pone al soldado del sistema inmune justo delante del enemigo. Al menos doce de estos acopladores ya están aprobados para tratar distintos tipos de cáncer, incluidas leucemias y el mieloma. El primero de todos, la blinatumomab, obtuvo el visto bueno en 2009 para una forma de leucemia; después han llegado otros como teclistamab, glofitamab, tarlatamab o epcoritamab.
Medio siglo de espera
Aunque suenen a novedad absoluta, los anticuerpos biespecíficos se describieron por primera vez hace más de cincuenta años, pero el primer tratamiento no se aprobó hasta 2009. ¿Por qué tardaron tanto? El principal obstáculo era fabricarlos. Durante mucho tiempo, el proceso producía anticuerpos que se pegaban entre sí formando, en palabras de la bioingeniera Jamie Spangler (Universidad Johns Hopkins), "bolas de basura" agregadas. Los avances en la producción de proteínas han permitido por fin diseñar estas moléculas y conseguir fabricarlas.
Hacia los "multiespecíficos"
Ese éxito, sumado a las mejoras en la producción de proteínas y al empuje de la inteligencia artificial, ha abierto la siguiente frontera: los anticuerpos "multiespecíficos", capaces de unirse a tres o más dianas distintas. En el congreso de descubrimiento y desarrollo de fármacos de la Asociación Estadounidense para la Investigación del Cáncer (AACR), celebrado en Boston a finales de julio, se presentaron terapias multiespecíficas que buscan ser menos tóxicas para las células sanas, más eficaces frente a los tumores y capaces de plantar cara a la temida resistencia del cáncer a los tratamientos.
Uno de los grandes retos sigue siendo la seguridad. Los acopladores de linfocitos T son muy potentes, pero esa misma potencia puede provocar efectos adversos graves, como el síndrome de liberación de citoquinas, y funcionan peor en los tumores sólidos. Por eso los laboratorios trabajan en anticuerpos con un "interruptor": un mecanismo que impide que el fármaco actúe hasta que llega al lugar adecuado. Estas moléculas "enmascaradas" viajan inactivas por la sangre y solo se activan dentro del microambiente del tumor, disparadas por enzimas o por la acidez propia de esa zona, de modo que golpean al cáncer y respetan al tejido sano.
Como resume Daniel Chen, cofundador de la biotecnológica Synthetic Design Lab, el campo está llegando a un punto en el que se empieza a entender la biología a un nivel completamente distinto; y ese conocimiento más fino es, precisamente, lo que permite diseñar moléculas cada vez más precisas contra una enfermedad que lleva décadas resistiéndose.

