No es una guerra de religión, sino un pulso de poder: por qué Arabia Saudí y los hutíes de Yemen se enfrentan por el mar Rojo.
03 agosto 2026.- Oriente Próximo tiene fama de polvorín irracional, pero no lo es: es un sistema con lógica, solo que con demasiadas variables encajadas en muy poco espacio. Geografía de cuellos de botella estratégicos, recursos que atraen dinero y armas, fronteras trazadas con tiralíneas hace un siglo y capas de rivalidad superpuestas.
El caso de los hutíes lo resume bien: para entender una sola pieza hay que pelar cinco capas, y la religiosa —la más visible— es casi siempre la última que manda.
En los años 30, el reino zaidí y los saudíes se enfrentaron en una guerra (1934) que ayudó a fijar las fronteras actuales. Arabia Saudí se quedó con provincias como Najrán, Asir y Jizán, que tenían población zaidí e ismailí. Ese agravio fronterizo nunca desapareció del todo.
Este es el episodio que convirtió la rivalidad en guerra abierta. En 2014 los hutíes tomaron la capital, Saná, y el gobierno reconocido internacionalmente huyó. En 2015 se formó una coalición liderada por Arabia Saudí para apoyar a ese gobierno, enfrentándose a los rebeldes hutíes respaldados por Irán. Fueron años de guerra, bloqueo y una de las peores crisis humanitarias del mundo.
Tres continentes se tocan en esa esquina, y por sus cuellos de botella —Ormuz, Bab el-Mandeb, Suez, el Bósforo— pasa una fracción brutal del petróleo y el comercio mundial. Quien controla esos grifos tiene la mano en la garganta de la economía global. Eso convierte cada disputa local en asunto de todos.Para Riad, el problema de fondo es que ve a los hutíes como un proxy iraní en su frontera sur: una milicia chií armada por su gran rival regional. Los hutíes han lanzado misiles y drones contra territorio saudí (aeropuertos, instalaciones petroleras), lo que lo hace una amenaza directa, no solo un vecino incómodo.
El pulso por el mar Rojo: por qué Arabia Saudí y los hutíes de Yemen están enfrentados
A primera vista no cuadra. Los hutíes practican una rama del islam considerada de las más cercanas al sunismo, y sin embargo llevan años enfrentados a Arabia Saudí, la gran potencia suní. La clave para entenderlo es dejar de mirar el rezo y empezar a mirar el mapa: esto no es una guerra de religión, es un pulso de poder disfrazado de religión.
1.La paradoja que no encaja
El zaidismo —la fe de los hutíes— es una de las tres grandes ramas del chiismo, pero es tan peculiar que algunos la describen casi como una cuarta escuela del islam suní: valora el razonamiento por encima del literalismo y sus fieles han convivido durante siglos con sus vecinos suníes sin mayor drama. Si el conflicto fuera doctrinal, los zaidíes deberían ser menos incompatibles con Arabia Saudí, no más.
Y sin embargo ahí están, enfrentados. La contradicción se deshace en cuanto se acepta una idea incómoda: la religión aquí funciona como bandera, no como motor. Es la etiqueta que se coloca encima de un choque que en realidad va de territorio, fronteras y poder regional.
2.Quiénes son los hutíes
No son un pueblo ni una etnia: son árabes yemeníes como sus vecinos. Lo que los define es una identidad religiosa y una familia. Durante unos mil años, un imamato zaidí gobernó el norte de Yemen, hasta que fue derrocado por una revolución republicana en 1962. Desde entonces, los zaidíes —despojados de su poder político— han buscado recuperar la influencia perdida.
El nombre engaña: «hutí» es en origen un apellido. Los al-Huthi son una familia de la aristocracia religiosa zaidí, y su apellido pasó a designar al movimiento entero, fundado por Husayn al-Huthi y liderado hoy por su hermano Abdul-Malik. Su feudo es la provincia norteña de Saada. El movimiento —que se llama oficialmente Ansar Allah— nació entre los años ochenta y noventa, en parte como reacción defensiva: predicadores salafistas financiados con dinero saudí empezaron a penetrar en el corazón zaidí, y el revival hutí surgió para plantarles cara.
3.Por qué no es una guerra de religión
Aquí está el matiz que casi nunca se cuenta: antes de que estallara la guerra en 2015, las etiquetas «suní» y «chií» apenas se usaban en Yemen. Los yemeníes se entendían como zaidíes y shafiíes, dos escuelas jurídicas con mucho en común. La lente sectaria se impuso con el conflicto, no al revés. Fue la guerra la que sectarizó el país, no la religión la que encendió la guerra.
¿Y la cercanía doctrinal? Paradójicamente, no suaviza nada. El wahabismo saudí es un purismo que se define contra toda desviación, y las heterodoxias cercanas le resultan más incómodas que las lejanas, porque comparten terreno. Lo que el zaidismo tiene de chií —la veneración de la familia del Profeta, el culto a ciertos santos— es justo lo que el wahabismo considera idolatría.
4.El verdadero tablero: Riad frente a Teherán
El error habitual es enfrentar a Arabia Saudí con los hutíes como si fueran rivales del mismo peso. No lo son. El pulso real es Arabia Saudí contra Irán, las dos potencias que se disputan el Golfo, y Yemen es uno de los tableros donde se juega esa partida —como lo son Líbano, Siria o Irak.
Irán proyecta su poder a través de aliados: Hizbulá en Líbano, milicias en Irak y los hutíes en Yemen. Es lo que Teherán llama su «eje de la resistencia». Los hutíes son una pieza de esa red, no el jugador principal. La comparación que de verdad funciona no es «hutíes igual a Irán», sino «hutíes igual a Hizbulá»: el aliado incómodo que le hace la guerra al vecino sin ser Teherán.
Además, esa alianza es de conveniencia, no de doctrina. Irán es chiismo duodecimano; los hutíes son zaidíes: ramas distintas que históricamente apenas se relacionaban. Los une compartir enemigos, no compartir teología. Y aunque los hutíes reciben armas y tecnología iraní, mantienen agenda y objetivos propios: son un proxy con voluntad, no una marioneta.
5.Bab el-Mandeb: la llave que los hutíes pueden cerrar
Si algo convierte a los hutíes en una piedra en el zapato, es la geografía. Desde su trozo de costa yemení dominan uno de los flancos del estrecho de Bab el-Mandeb, la puerta sur del mar Rojo por donde pasa una parte enorme del comercio y el petróleo mundiales. No necesitan un gran ejército: les basta con poder estrangular esa ruta cuando les conviene, atacando barcos con misiles y drones.
Y ahí Arabia Saudí es especialmente vulnerable. Riad saca parte de su crudo por el mar Rojo, a través del puerto de Yanbu, precisamente para poder esquivar el estrecho de Ormuz si hace falta. Según el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, en la escalada de julio de 2026 había alrededor de treinta petroleros cerca de Yanbu dentro del radio de alcance hutí. Esa capacidad de chantaje les da un peso muy por encima de su tamaño real. Conviene además no confundir a los aliados: quien de verdad ha ido acumulando puertos y bases en esa zona marítima es Emiratos Árabes Unidos, no Arabia Saudí —una diferencia que ha llegado a enfrentar a ambos socios.
6.Dónde estamos ahora
La relación va por ciclos. Una tregua puso fin en 2022 a casi una década de guerra abierta y se ha mantenido en lo esencial, aunque Arabia Saudí sostuvo un bloqueo económico y aéreo sobre las zonas hutíes. La calma se rompió en julio de 2026: hutíes y saudíes intercambiaron ataques aéreos —misiles hutíes contra el aeropuerto de Abha en respuesta a bombardeos sobre el aeropuerto de Saná que los rebeldes atribuyeron a Riad—, reavivando el riesgo de volver a la guerra. La lectura de fondo, según análisis como el de CNN, es que Arabia Saudí lleva años intentando salir de un atolladero caro e impopular más que buscar pelea.
- 1Identidad local: los hutíes son zaidíes y su legitimidad nace de la historia de Yemen, no de Irán.
- 2Alianza de conveniencia: se alían con Teherán por compartir enemigos, no doctrina.
- 3Geografía como arma: pelean por quién manda en Yemen y en la frontera sur, y su baza es el mar Rojo.
Para saber más: ¿son los hutíes chiíes «de verdad»?
Es más matizado de lo que parece. Los hutíes nacieron como zaidíes quietistas, pero en la formación del movimiento se difundieron materiales de la militancia chií proiraní —conferencias de clérigos como el libanés Fadlallah o de Hassan Nasrallah, de Hizbulá—. Algunos analistas hablan de una «chiificación» parcial: los hutíes han ido absorbiendo estética y discurso de esa militancia, alejándose del zaidismo moderado de sus abuelos. La identidad, como el conflicto, se ha ido tiñendo con la guerra.
7.La lección de lectura
Oriente Próximo tiene fama de polvorín irracional, pero no lo es: es un sistema con lógica, solo que con demasiadas variables encajadas en muy poco espacio. Geografía de cuellos de botella estratégicos, recursos que atraen dinero y armas, fronteras trazadas con tiralíneas hace un siglo y capas de rivalidad superpuestas. El caso de los hutíes lo resume bien: para entender una sola pieza hay que pelar cinco capas, y la religiosa —la más visible— es casi siempre la última que manda.
Fuentes: Servicio de Investigación del Congreso de EE. UU. (CRS); CNN; Wilson Center; The Conversation; MERIP; Oasis International Foundation. Actualizado a agosto de 2026.

