En 1589 la «Invencible inglesa» de Francis Drake asaltó A Coruña. María Pita la frenó y el Apóstol Santiago se ocultó durante tres siglos.
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| Retrato de Francis Drake por Marcus Gheeraerts "El Joven" elaborado en 1519. Marcus Gheeraerts El Joven, 1591 |
La venganza que naufragó: la Contraarmada de Drake contra Galicia (1589)
01 agosto 2026.- En el verano de 1588, la Grande y Felicísima Armada de Felipe II —la que la propaganda enemiga inmortalizaría como «Armada Invencible»— regresaba a España diezmada por las tormentas y por los cañones ingleses. Fue un golpe duro para la Monarquía Hispánica, pero no el nudo de una supuesta decadencia inevitable.
Lo que casi nadie recuerda es que, apenas un año después, Inglaterra intentó devolver el golpe con una flota todavía mayor… y cosechó un desastre de proporciones muy semejantes. Aquella expedición, la Contraarmada —los ingleses la llamaron con no poca ironía English Armada o Invencible inglesa—, tuvo su primer y sangriento episodio en las costas de Galicia. Esta es su historia.
El plan de Isabel I
Envalentonada tras el fracaso español, Isabel I quiso rematar la faena. El objetivo no era menor: destruir los restos de la flota de Felipe II, que se reparaban en los puertos del Cantábrico, para impedir que España rearmara su poder naval. A esa meta militar se sumaban otras dos, mucho más ambiciosas.
La primera, arrebatar Portugal a la Corona española. Desde 1580, tras la extinción de la dinastía de Avís, Felipe II ceñía también la corona portuguesa en la llamada Unión Ibérica, y con ella controlaba un imperio que iba de Brasil a las islas de las especias. Los ingleses llevaban a bordo la baza que creían decisiva: Antonio, prior de Crato, un pretendiente al trono luso que aspiraba a levantar al pueblo portugués contra Felipe. A cambio de la ayuda inglesa, Crato se comprometía a convertir Portugal en un satélite de Inglaterra y a abrir a los británicos las puertas del codiciado Brasil. La segunda meta era establecer una base permanente —posiblemente en las Azores— desde la que hostigar a las flotas cargadas de plata que llegaban de las Indias.
Para semejante empresa se reunió una fuerza colosal. Las cifras bailan según las fuentes, pero rondaba los 150 o 180 navíos y entre 23.000 y 27.000 hombres, un contingente comparable o incluso superior al de la armada española del año anterior. El mando se repartió entre dos figuras de temperamento opuesto y, quizá por ello, mal avenidas: el temido corsario Francis Drake, azote de las flotas de Indias y espantajo con el que se asustaba a los niños en España, al frente de la escuadra; y el veterano general John Norris (Norreys), al mando de las tropas de desembarco. La expedición se financió mezclando dinero de la Corona y capital de inversores privados sedientos de botín rápido, un cóctel que anticipaba problemas: faltaba unidad de mando, escaseaban los víveres, la munición era insuficiente y apenas había artilleros profesionales. La flota zarpó de Plymouth en abril de 1589.
Galicia en guardia
Los ingleses confiaban en el factor sorpresa, pero lo perdieron enseguida. A primeros de mayo, un vigía apostado en Estaca de Bares —el punto más septentrional de la península— avistó la enorme flota. Cuenta la tradición que tenía orden de encender una hoguera por cada barco enemigo; al ver semejante bosque de velas, prendió una sola gran fogata y salió al galope a dar la alarma. El temor a los protestantes cundió por toda Galicia.
En lugar de dirigirse a Santander, donde se reparaban los buques españoles —el objetivo prioritario que la reina había fijado—, Drake torció el rumbo hacia A Coruña. Allí se prometía una presa fácil, un botín inmediato y una victoria propagandística. El 4 de mayo de 1589 la flota fondeó frente a la ciudad. La escena tenía algo de sobrecogedor: desde la Torre de Hércules, el faro romano en funcionamiento más antiguo del mundo, los coruñeses vieron aproximarse la mayor armada que jamás hubieran contemplado.
A Coruña era entonces una plaza modesta, con apenas unos cuatro mil habitantes y murallas que distaban de ser inexpugnables. El gobernador, Juan Pacheco de Toledo, marqués de Cerralbo, apenas pudo reunir un pequeño ejército de un millar y medio de hombres, entre guarnición, milicias vecinas y varias compañías de los Tercios Viejos que, por fortuna, descansaban en la ciudad de camino a otros destinos.
Los ingleses desembarcaron sin apenas oposición y en pocos días se apoderaron de la Pescadería, el barrio bajo y abierto de la ciudad. Allí, creyéndose ya vencedores, se entregaron al saqueo de casas y bodegas. Pero la Coruña de verdad, la Ciudad Vieja amurallada y encaramada sobre la roca, resistió. Cada asalto a sus murallas se estrelló contra la disciplina de los tercios y la determinación de un vecindario que no pensaba rendirse. En los combates ardió el convento de Santo Domingo, que Felipe II mandaría reconstruir después.
María Pita, o el coraje que se hizo leyenda
El momento decisivo llegó a mediados de mayo, cuando los ingleses lanzaron su gran asalto contra la muralla. Fue entonces cuando entró en la historia María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, para siempre María Pita. La tradición cuenta que, tras caer su marido en la lucha, esta mujer del pueblo se lanzó contra el alférez que encabezaba el ataque —según la leyenda, nada menos que un hermano del propio Drake—, le dio muerte y le arrebató el estandarte, gritando aquello de «quien tenga honra, que me siga». Su gesto galvanizó a los defensores. No estuvo sola: junto a ella se recuerda a otras mujeres coruñesas, como Inés de Ben, que acarreaban pólvora, atendían heridos y retiraban cadáveres bajo el fuego.
El 19 de mayo, tras unos quince días de asedio, Drake levó anclas y abandonó A Coruña sin haber tomado la ciudad. Se dejaba atrás varias naves perdidas y, según las estimaciones, entre mil y dos mil hombres. La primera etapa de la venganza inglesa había terminado en fracaso. Hoy, la plaza mayor de la ciudad y una estatua perpetúan el nombre de la heroína.
Cuando el Apóstol Santiago tuvo que esconderse
Mientras las murallas coruñesas resistían, una oleada de pánico recorría el resto de Galicia. Y en ningún lugar se sintió con más fuerza que en Santiago de Compostela. El Cabildo temía que las ansias de saqueo de los protestantes ingleses les empujaran tierra adentro hacia el templo más rico de Galicia. Se decía que Drake había jurado llegar a Compostela y llevarse a Inglaterra las reliquias del Apóstol.
El arzobispo Juan de Sanclemente tomó entonces una decisión insólita. Los principales tesoros, documentos y reliquias de la catedral se enviaron a lugares seguros, como la catedral de Ourense y la fortaleza de Camba, en Lalín. Pero cuando se le propuso sacar de la catedral los restos del propio Santiago, el arzobispo se opuso con una frase que quedó para la historia: «Dejemos al Santo Apóstol, que él se defenderá y nos defenderá a nosotros». Así que los huesos del Apóstol y de sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro, se ocultaron en un sepulcro improvisado dentro del propio templo, en un lugar conocido solo por un puñado de personas.
El escondite resultó tan eficaz que se volvió contra sus propios autores. Con el paso de las generaciones, se perdió por completo la memoria del emplazamiento. Durante casi trescientos años, las reliquias más veneradas de la cristiandad occidental permanecieron perdidas bajo la catedral que peregrinos de toda Europa seguían visitando; hubo incluso quien llegó a dudar de que existieran. No se recuperaron hasta el siglo XIX: la noche del 29 de enero de 1879, tras una campaña de excavaciones impulsada por el cardenal Miguel Payá y dirigida por el canónigo Antonio López Ferreiro, apareció el sarcófago con los tres esqueletos. En 1884, el papa León XIII confirmó su autenticidad mediante la bula Deus Omnipotens. Lo más curioso del episodio es que Drake nunca llegó a Compostela: bastó el miedo a su nombre para que el Apóstol se ocultase durante tres siglos.
El desastre completo
Rechazada en Galicia, la Contraarmada puso rumbo a Portugal. El 26 de mayo desembarcó en Peniche, al norte de Lisboa, y Norris marchó por tierra hacia la capital mientras Drake la bordeaba por mar. El plan hacía aguas por todas partes: la esperada insurrección portuguesa no se produjo, porque el prior de Crato despertaba poca simpatía y la fidelidad a Felipe II era firme. Lisboa aguardaba bien defendida bajo el mando de Alonso de Bazán y el archiduque Alberto. Sin víveres, sin apoyo local, sin artillería de asedio y devorados por las enfermedades, los ingleses tuvieron que retirarse en medio de agrias disputas entre sus jefes.
El balance fue catastrófico. De los alrededor de 18.000 a 27.000 hombres que habían partido de Plymouth, buena parte no regresó jamás: las cifras oscilan según las fuentes, pero se habla de entre 11.000 y más de 20.000 muertos —la mayoría por la peste que se cebó en la flota durante el viaje de vuelta— y de decenas de barcos perdidos. Al llegar a Inglaterra, la soldadesca impagada se amotinó y varios cabecillas acabaron en la horca. El historiador Garrett Mattingly resumió el episodio con crudeza: la Contraarmada fue para Inglaterra un fracaso casi tan completo como lo había sido la Invencible para España.
Y sin embargo, casi nadie lo recuerda. La memoria colectiva ha conservado el naufragio de la Armada española de 1588 y ha olvidado que Inglaterra sufrió, un año después, su propio y espejado desastre. Galicia, María Pita y un Apóstol escondido durante tres siglos son las huellas de aquella «invencible» que tampoco lo fue.
Fuentes consultadas: National Geographic Historia; revista Desperta Ferro (Historia Moderna, n.º 79); Concello da Coruña; Fundación Jacobea y web oficial de la Catedral de Santiago; entre otras.



