Descubre la ciencia detrás de las Perseidas, la lluvia de meteoros generada por el cometa Swift-Tuttle que ilumina los cielos de verano.
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| Lluvia de meteoros de las Perseidas. Fuente: La Vanguardia |
Las Perseidas no son estrellas: son granos de arena de un cometa que no volverá hasta 2126
13 agosto 2026.- Cada agosto la Tierra atraviesa la basura que un cometa de 26 kilómetros lleva soltando durante milenios. Eso son las Perseidas. En 2026 el máximo cayó en la madrugada del 13 de agosto, con Luna nueva, pero la lluvia sigue activa hasta el día 24.
- El cuerpo culpable es el cometa 109P/Swift-Tuttle, con un núcleo de 26 kilómetros de diámetro y un periodo orbital de 133 años.
- Lo que se ve arder no llega al tamaño de un grano de arroz y se desintegra a unos 100 kilómetros de altura, a más de 200.000 km/h.
- El fenómeno está documentado desde el año 36 d. C., pero no se supo de dónde venía hasta 1865.
Un rastro de escombros que la Tierra cruza cada verano
Un cometa es hielo sucio. Cuando se acerca al Sol, el hielo sublima y libera el polvo y los fragmentos rocosos que tenía atrapados. Esas partículas no se dispersan: se quedan orbitando en una banda alargada que sigue aproximadamente la trayectoria del cometa, y que se va ensanchando con cada pasada.
Cada año, a principios de agosto, nuestro planeta cruza la órbita del cometa 109P/Swift-Tuttle. No hay ningún encuentro con el cometa —está lejísimos—, sino con el reguero que dejó atrás. De ahí que la cita sea puntual como un reloj: la fecha depende únicamente de dónde está la Tierra en su propia órbita, no del cometa.
Esa es la diferencia entre una lluvia de meteoros y un cometa visible. El cometa aparece una vez por generación o menos; la lluvia se repite todos los años en las mismas fechas porque el escombro sigue ahí.
Perseo no tiene nada que ver
El nombre engaña. Se llaman Perseidas porque su radiante —el punto del que parecen partir las trazas— está en la constelación de Perseo, pero la constelación no interviene: sus estrellas están a cientos de años luz y los meteoros arden a cien kilómetros sobre nuestra cabeza.
El radiante es un efecto de perspectiva, el mismo que hace que los copos de nieve parezcan salir de un punto cuando conducimos de frente contra la nevada. Las partículas viajan en trayectorias paralelas; la fuga visual las hace converger.
Conviene fijar tres palabras que se usan mal a diario:
- Meteoroide: la partícula, mientras viaja por el espacio.
- Meteoro: el trazo luminoso que produce al quemarse en la atmósfera. Eso es la "estrella fugaz".
- Meteorito: el resto que llega al suelo. En las Perseidas no hay meteoritos: las partículas son demasiado pequeñas y se calcinan por completo.
Por qué brilla algo tan pequeño
Aquí está el dato que explica el espectáculo. Los meteoroides de las Perseidas entran en la atmósfera a unos 59 km/s, es decir, unos 212.000 km/h: más de doscientas veces la velocidad de crucero de un avión comercial.
A esa velocidad no es el rozamiento lo que quema la partícula, sino la compresión brutal del aire que tiene delante. El gas se ioniza, la partícula se vaporiza y el rastro de plasma es lo que vemos. La altura a la que un meteoro se hace brillante depende de su velocidad de penetración, pero suele rondar los 100 kilómetros.
Un grano de arroz, por tanto, produce un destello visible a decenas de kilómetros a la redonda. Cuando la partícula es del tamaño de una manzana aparecen los bólidos, capaces de igualar el brillo de Venus y de dejar estelas persistentes durante segundos.
Las Perseidas son especialmente ricas en bólidos, y la razón es el tamaño del cometa progenitor: un núcleo grande desprende fragmentos grandes.
El objeto más peligroso que conocemos (con matices)
Swift-Tuttle no es un cometa cualquiera. Su núcleo mide 26 kilómetros, más del doble que el objeto que se supone acabó con los dinosaurios, y su órbita cruza la de la Tierra a una distancia mínima ínfima en términos astronómicos. Eso le ha valido la etiqueta de objeto más peligroso conocido.
El matiz es importante y suele perderse en los titulares: el mayor acercamiento previsto es para el 15 de septiembre de 4479, con una probabilidad de impacto del 0,0001 %. Es decir, una entre un millón, dentro de veinticuatro siglos. Lo que mantiene al cometa a raya es su resonancia orbital 1:11 con Júpiter: por cada once vueltas del planeta gigante, el cometa completa una, y ese acoplamiento estabiliza su trayectoria.
Su última visita fue en diciembre de 1992 y el próximo perihelio está calculado para el 12 de julio de 2126. Nadie que lea esto lo verá.
Dos mil años tardando en atar cabos
El registro más antiguo de actividad de las Perseidas procede de los anales chinos del año 36 d. C.. Durante siglos fue un prodigio sin explicación, y en algún momento de la Edad Media la Iglesia lo asoció al calendario: se las llama "lágrimas de San Lorenzo" por la proximidad del máximo al 10 de agosto, festividad del mártir.
La ciencia llegó tarde y en dos tiempos. En 1835 Adolphe Quetelet identificó que se trataba de un fenómeno anual y periódico, no de un capricho del cielo. Y fue Giovanni Schiaparelli quien comprendió en 1865 que el cometa era la fuente de las Perseidas, tres años después de que Lewis Swift y Horace Tuttle lo descubrieran, por separado, en 1862.
Aquella conexión fue un hito: por primera vez se ligó un fenómeno atmosférico cotidiano a un cuerpo del Sistema Solar exterior. Sentó las bases de la astronomía de meteoros moderna.
Lo que se puede ver de verdad
Las cifras que circulan cada agosto —100, 150, 200 meteoros por hora— son tasas cenitales horarias (THZ), un valor teórico que supone cielo perfectamente oscuro, radiante en el cenit y horizonte despejado. La realidad es más modesta: en un cielo oscuro razonable, lo esperable son unos 30 trazos por hora, y bastante menos desde cualquier punto iluminado del Corredor.
Para observadores a 40º norte, el radiante de las Perseidas está sobre el horizonte durante toda la noche, así que no hace falta buscarlo. Es preferible un lugar con pocos obstáculos —edificios, árboles, montañas— y no usar instrumentos ópticos, que limitan el campo de visión.
Datos de servicio
- Periodo de actividad 2026: del 17 de julio al 24 de agosto. Aún quedan noches útiles.
- Máximo (ya pasado): entre las 4:00 y las 6:00 del 13 de agosto, hora peninsular, con actividad intensa desde las 23:00 del día 12, según el IGN.
- Mejor franja cualquier noche: de medianoche al alba, cuando el hemisferio en el que estamos apunta de frente al enjambre.
- Equipo: ninguno. A simple vista, tumbado y mirando a la zona más oscura del cielo.
- Adaptación visual: 30 minutos sin mirar el móvil. Es el requisito que más gente incumple y el que más meteoros cuesta.
- Dónde, desde el Corredor: hay que salir del eje Coslada–Torrejón–Alcalá. Los páramos al este de Alcalá (Cerros, Ecce Homo, entorno de Los Santos de la Humosa y Anchuelo) y la Sierra Norte ofrecen cielos sensiblemente mejores.
- Fuente oficial: Instituto Geográfico Nacional, astronomia.ign.es/perseidas.
La actividad decae cada noche hasta el 24 de agosto. Después, el siguiente episodio destacable del calendario son las Oriónidas de octubre, restos del cometa Halley, mucho más discretas. Y la próxima gran cita de las Perseidas dependerá de la Luna: la coincidencia con Luna nueva no se repetirá en años, así que la de 2026 ha sido la mejor edición de la década en condiciones de cielo.

