Un estudio en Nature Sustainability revela que las acciones climáticas más extendidas son las que menos emisiones ahorran. ¿Ocurre igual en Europa?
Lo que más hacemos por el clima no es lo que más sirve
Un estudio publicado en Nature Sustainability mide por primera vez 34 acciones climáticas individuales y encuentra una relación inversa entre lo extendida que está una conducta y lo que realmente ahorra en emisiones. Europa no dispone de un equivalente exacto, pero los datos del Eurobarómetro apuntan al mismo desajuste
07 agosto 2026.- Reciclar, cerrar el grifo, tender la ropa al sol. Son los gestos que primero vienen a la cabeza cuando se pregunta a alguien qué hace por el clima, y son también los que menos emisiones evitan. Un trabajo publicado el 3 de agosto de 2026 en Nature Sustainability pone cifras a esa paradoja: cuanto mayor es el potencial de un comportamiento para reducir gases de efecto invernadero, menos gente lo practica.
El estudio, firmado por Mario Herberz y Tobias Brosch (Universidad de Ginebra), Lukas Engel (Universidad de Basilea) y Claudia R. Schneider (Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda), se apoya en tres estudios preregistrados con 2.924 adultos estadounidenses y en un catálogo de 34 acciones climáticas individuales repartidas entre transporte, alimentación, vivienda y otros consumos. El trabajo es de acceso abierto (DOI 10.1038/s41893-026-01900-0).
Una correlación negativa de manual
El dato que resume la investigación es un coeficiente: r = −0,51. Es la correlación entre la tasa de adopción de cada una de las 34 conductas y su potencial real de mitigación, medido en kilogramos de CO₂ equivalente por persona y año. Es una relación negativa y estadísticamente significativa (p = 0,002): las acciones más practicadas son sistemáticamente las de menor impacto.
El gráfico que ilustra el artículo lo muestra con claridad. En la esquina superior izquierda —mucha adopción, poco ahorro— se agolpan reducir el desperdicio de comida (en torno al 76 % de los encuestados), reciclar (65 %), gastar menos agua caliente (53 %) o tender la ropa (22 %). En la franja inferior derecha —mucho ahorro, poquísima adopción— aparecen aisladas vivir sin avión (unos 2.400 kg de CO₂e al año evitados, practicado por el 18 %), vivir sin coche (unos 2.050 kg, un 10 %) y pasarse al vehículo eléctrico (unos 1.950 kg, en torno al 5 %). El transporte público, con casi 1.000 kg de potencial, apenas llega al 10 % de uso declarado.
Las cuatro acciones que el propio estudio identifica como las de mayor potencial son comprar energía renovable, cambiar a un vehículo totalmente eléctrico, vivir sin coche y vivir sin avión.
Por qué nos equivocamos: dos sesgos que se refuerzan
La segunda parte del trabajo es la más novedosa. Los autores midieron la llamada "competencia en carbono": el conocimiento sobre el impacto relativo de unas acciones frente a otras. Pidieron a los participantes que estimaran qué porcentaje de la huella media de un ciudadano estadounidense —cifrada en el estudio en 13,4 toneladas de CO₂e al año— ahorraría cada conducta.
El resultado fue demoledor: la correlación entre lo que la gente estima y el impacto real es de apenas r = 0,06. El patrón del error es consistente: se sobrestima el efecto de las acciones de impacto bajo o medio —reciclar, ahorrar papel— y se infravalora el de las de impacto alto, como reducir el consumo de carne roja o dejar de volar.
Detrás hay dos mecanismos psicológicos que operan a la vez:
- La heurística de disponibilidad. Cuanto más fácil resulta recordar una acción, más impacto se le atribuye. Los investigadores lo midieron pidiendo a una muestra independiente de 204 personas que enumerasen espontáneamente diez acciones climáticas. La facilidad de recuerdo no guarda ninguna relación con el impacto real.
- El razonamiento motivado. Las personas atribuyen más eficacia a las acciones que ya practican. Y quienes declaran valores ambientales más fuertes tienden a ser más optimistas sobre el impacto de cualquier acción, no más precisos. La única variable que mejoraba la exactitud fue la numeracidad, la soltura con los números.
Cuando los autores compararon modelos estadísticos, el que incluía estos sesgos psicológicos explicaba las estimaciones mucho mejor que el que solo incluía el impacto objetivo. Dicho de otro modo: la gente juzga el impacto climático más por cómo se siente respecto a una conducta que por lo que sabe de ella.
Corregirlo es más difícil de lo que parece
Los investigadores probaron tres intervenciones. Dos eran "reglas de bolsillo": avisar de que las acciones que cuestan más esfuerzo suelen ahorrar más (la correlación entre coste conductual e impacto real es de r = 0,23) y de que las acciones que hace mucha gente suelen ahorrar menos (r = −0,24). La tercera era la práctica habitual de campañas institucionales y ONG: decir directamente cuáles son las acciones más eficaces.
Ninguna funcionó de forma generalizada. La regla de la prevalencia social llegó incluso a empeorar la precisión. Solo cuando las intervenciones se aplicaron paso a paso hubo mejoras, y únicamente en el subgrupo de personas para las que esas reglas eran válidas. Más inquietante todavía: informar de cuáles eran las acciones de mayor impacto empeoró las estimaciones de quienes, después de haber sido informados, seguían sin ser capaces de identificarlas.
La conclusión de los autores es que no existe un mensaje único que sirva para todo el mundo y que las estrategias de comunicación climática tendrán que segmentarse.
¿Y en Europa? No hay réplica exacta, pero sí indicios convergentes
No existe a día de hoy un estudio europeo que replique el diseño de las 34 acciones. Lo más próximo es el trabajo de Nina L. Frings, Kristian S. Nielsen, Zahra Rahmani Azad y Ulf J. J. Hahnel publicado en noviembre de 2025 en Journal of Environmental Psychology: un estudio preregistrado con 2.742 participantes en China, Alemania y Estados Unidos. Sus hallazgos permiten una comparación parcial y muy pertinente:
- La capacidad de juzgar el impacto climático varía mucho de un país a otro, y los factores que predicen esas creencias también son distintos en cada contexto nacional.
- En los tres países se infravalora el impacto de las conductas más intensivas en carbono.
- Aparece el mismo efecto perverso que en el estudio estadounidense: cuanto más impacto atribuye una persona a un comportamiento, menos probable es que lo practique.
- La relación entre percepción de impacto y apoyo a políticas climáticas sí cambia con el país: es directa en Alemania, inexistente en China y, en Estados Unidos, queda mediada por la orientación política.
Del lado de los datos de conducta declarada, la referencia europea es el Eurobarómetro Especial 565, con trabajo de campo entre el 18 de febrero y el 16 de marzo de 2025 y 26.319 entrevistas en los 27 Estados miembros. Su fotografía es reveladora: el 59 % de los europeos dice haber tomado alguna medida contra el cambio climático en los seis meses previos, y el orden de lo que hacen reproduce el patrón estadounidense casi punto por punto:
| Acción declarada (UE-27, 2025) | % |
|---|---|
| Reducir y reciclar residuos | 64 % |
| Reducir el consumo de artículos desechables | 49 % |
| Tener en cuenta el consumo energético al comprar un electrodoméstico | 34 % |
| Usar habitualmente alternativas al coche privado | poco más del 25 % |
Arriba, los residuos; abajo, la movilidad. Exactamente la misma pendiente invertida que describe el estudio de Nature Sustainability, y con un dato añadido que conecta con la parte psicológica del trabajo: el 52 % de los europeos considera que los medios tradicionales no ofrecen información clara sobre el cambio climático, y el 49 % dice que le resulta difícil distinguir información fiable de desinformación en redes sociales.
Tres cautelas antes de trasladar las cifras
Comparar Estados Unidos y la Unión Europea exige tres advertencias que el propio artículo reconoce.
Primera: la huella de partida no es la misma. El estudio ancla sus porcentajes en las 13,4 toneladas de CO₂e del norteamericano medio. Las huellas europeas son sensiblemente menores, de modo que un mismo ahorro en kilogramos representa una fracción mayor de la huella de un europeo.
Segunda: la desigualdad interna europea es enorme. El análisis de Diana Ivanova y Richard Wood sobre 275.246 encuestas de hogares en 26 países de la UE encontró que solo el 5 % de los hogares europeos vive por debajo del objetivo climático de 2,5 toneladas de CO₂e por persona, y que el transporte aéreo es la categoría de consumo más desigual y más intensiva en carbono: supone el 41 % de la huella del 1 % de hogares que más emite. Es decir, la palanca de "vivir sin avión" no está repartida por igual: pesa muchísimo más en unos hogares que en otros.
Tercera: los datos de impacto envejecen. Los propios autores advierten de que las estimaciones objetivas que usan proceden en su mayoría de estudios anteriores a 2020. El ejemplo que citan es directamente aplicable a España: comprar electricidad renovable ahorra menos cuanto más limpio sea ya el mix eléctrico del país. En un sistema con alta penetración de renovables, esa acción pierde parte del potencial que tenía hace un lustro.
Lo que está en juego
El contexto que enmarca todo el debate es que los cambios del lado de la demanda podrían mitigar entre el 41 % y el 78 % de las emisiones en los sectores de edificación, transporte, alimentación e industria, según la estimación de Creutzig y colaboradores que el propio artículo toma como punto de partida. Es un margen enorme que sigue, en palabras del IPCC, en gran medida sin explotar.
La lectura útil para el lector no es que reciclar no sirva —sirve, y tiene otros beneficios ambientales—, sino que el esfuerzo individual está mal repartido: se concentra en gestos visibles y baratos mientras las decisiones que de verdad mueven la aguja —el coche, el avión, la calefacción, la carne— quedan fuera del radar. Y que, según este trabajo, no basta con contarlo mejor: hay que contarlo distinto para cada quien.
Fuentes
- Herberz, M.; Engel, L.; Schneider, C. R.; Brosch, T. (2026). Psychological barriers to improving carbon competence. Nature Sustainability, 3 de agosto de 2026. DOI: 10.1038/s41893-026-01900-0. Acceso abierto. Datos y código en Open Science Framework (DOI 10.17605/OSF.IO/QP76T).
- Frings, N. L.; Nielsen, K. S.; Rahmani Azad, Z.; Hahnel, U. J. J. (2025). Climate impact perceptions and associations with reported behaviors and policy support in three countries. Journal of Environmental Psychology, 108, 102841.
- Comisión Europea (2025). Eurobarómetro Especial 565 – Cambio climático. Trabajo de campo: 18 de febrero – 16 de marzo de 2025; 26.319 entrevistas en la UE-27. Publicado el 30 de junio de 2025.
- Ivanova, D.; Wood, R. (2020). The unequal distribution of household carbon footprints in Europe and its link to sustainability. Global Sustainability, 3, e18.
- Ivanova, D. et al. (2020). Quantifying the potential for climate change mitigation of consumption options. Environmental Research Letters, 15, 093001. (Fuente de los potenciales de mitigación empleados en el estudio).
- Creutzig, F. et al. (2022). Demand-side solutions to climate change mitigation consistent with high levels of well-being. Nature Climate Change, 12, 36–46.
- Gráfico de partida: Carbon Brief, a partir de Herberz, Engel, Schneider et al. (2026).

