Un estudio en Nature con 1.154 pacientes halla que casi la mitad reactivó virus latentes. Ocurre también con el sistema inmunitario sano.
![]() |
| Investigadores descubrieron que la reactivación del virus de Epstein-Barr (en la imagen) se asociaba con una enfermedad más grave en pacientes con COVID-19. James Cavallini/Science Source |
El despertar de los virus dormidos: la COVID-19 grave reactiva patógenos que llevamos dentro de por vida
Un estudio con 1.154 pacientes hospitalizados, publicado en Nature, demuestra que casi la mitad de ellos vieron reactivarse virus latentes que su organismo mantenía bajo control desde la infancia. Ocurrió también en personas con el sistema inmunitario sano, y la reactivación se asoció a cuadros más graves, ingresos más largos y peores desenlaces.
07 agosto 2026.- Casi todos arrastramos compañía. A lo largo de la infancia y la adolescencia contraemos una variedad de virus que el organismo nunca llega a eliminar del todo: en lugar de desaparecer, se esconden dentro de las células y permanecen en silencio durante décadas, contenidos por un sistema inmunitario que funciona. Más del 90 % de los adultos del mundo ha pasado por al menos uno de ellos.
Los médicos sabían desde hace tiempo que estos inquilinos pueden reactivarse, pero se daba por hecho que eso pasaba sobre todo en personas inmunodeprimidas: trasplantados, pacientes oncológicos, personas con VIH. El nuevo trabajo desmonta esa idea.
Publicado el 5 de agosto de 2026 en Nature y liderado por investigadores de la Dell Medical School de la Universidad de Texas en Austin junto al consorcio IMPACC —financiado por los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. e integrado por más de quince centros—, el estudio siguió durante doce meses a 1.154 pacientes hospitalizados por COVID-19 entre mayo de 2020 y marzo de 2021, ninguno de ellos vacunado y casi todos infectados por las cepas originales del SARS-CoV-2.
Cómo se buscaron los virus
La diferencia metodológica con estudios anteriores es importante. La mayoría de trabajos previos eran pequeños —unos pocos cientos de participantes— y se centraban en uno o dos virus, además de basarse en la medición de anticuerpos, que indica exposición pasada pero no actividad presente.
Aquí el equipo hizo otra cosa: secuenció el ARN de muestras de sangre, frotis nasales y aspirados de las vías respiratorias en hasta diez visitas a lo largo de un año, buscando transcritos virales, es decir, la huella de virus que están replicándose activamente en ese momento. A esos datos les sumaron perfiles de citoquinas, análisis de células inmunitarias, proteómica y metabolómica.
El resultado fue que, además del SARS-CoV-2, aparecieron once virus reactivados en los primeros cuarenta días tras el ingreso. Los más frecuentes: el virus de Epstein-Barr (el de la mononucleosis), el herpes simple tipo 1, el citomegalovirus y la familia de los anelovirus, unos virus poco conocidos que normalmente no causan ningún síntoma. También se detectaron el herpes simple tipo 2, el herpesvirus humano 6 y enterovirus.
No todos se despiertan a la vez
Uno de los hallazgos más llamativos es que la reactivación no es un fenómeno único, sino un proceso escalonado con calendarios propios para cada familia viral:
- El virus de Epstein-Barr y los anelovirus se disparan pronto, con un pico poco después del ingreso hospitalario. El Epstein-Barr se detectó en células sanguíneas ya en la primera semana y fue decayendo después.
- El citomegalovirus y los herpes simple aparecen unas tres semanas más tarde, y sobre todo en el aparato respiratorio.
- Los anelovirus se mantuvieron estables hasta unos veinte días tras el ingreso y descendieron después muy lentamente.
En la mayoría de los pacientes con reactivación se detectó un solo virus despertado durante la fase aguda. Los patrones se confirmaron después en una cohorte independiente.
El dato que cambia el marco: pasa en gente sana
Casi la mitad de los participantes tuvo al menos un virus latente reactivado. Y, contra lo esperado, no fueron los inmunodeprimidos quienes concentraron los casos: entre los pacientes con anelovirus detectado, solo el 17,4 % tomaba medicación inmunosupresora. Quienes recibían ese tipo de fármacos durante el ingreso no tuvieron más probabilidad de reactivación que el resto.
La lectura que hacen los autores es que el estrés fisiológico de una infección grave basta por sí solo para desbordar el control inmunitario sobre estos virus. Cole Maguire, primer firmante del trabajo, propone hablar de un estado de "disvirosis": la COVID-19 no actuaría siempre como una infección única, sino que alteraría el ecosistema interno de virus dormidos del organismo.
Esther Melamed, neuroinmunóloga de la Universidad de Texas e investigadora principal, lo resume así en declaraciones a Nature: la enfermedad probablemente induce el estrés que dispara las reactivaciones, y esas reactivaciones amplifican a su vez la inflamación. "La COVID no está actuando realmente sola", señala.
Peor pronóstico, más complicaciones
La reactivación no fue un hallazgo inocuo de laboratorio. Se asoció de forma consistente con la gravedad del cuadro y con los desenlaces clínicos:
- En los pacientes críticos con ingresos de más de 28 días, la detección de citomegalovirus en muestras respiratorias, o de Epstein-Barr y herpes simple 1 en muestras nasales, se asoció a mayor probabilidad de fallecimiento en el plazo de un año.
- En muestras nasales, el citomegalovirus se relacionó con neumotórax, y el Epstein-Barr y el herpes simple 1 con ingreso en UCI, shock y tromboembolismo venoso agudo.
- En células sanguíneas, citomegalovirus y Epstein-Barr se vincularon a complicaciones renales, vasculares, infecciosas y hepáticas.
- Los anelovirus fueron más abundantes en personas mayores y en pacientes con trasplante previo de órgano sólido, infarto de miocardio, shock o ingreso en UCI.
El análisis multiómico añadió otra capa: los virus reactivados compartían firmas inflamatorias y metabólicas comunes, y la detección de Epstein-Barr nasal y citomegalovirus en sangre se asoció a una mayor proporción de linfocitos T CD4+ y CD8+ activados.
La conexión con la COVID persistente
Aquí es donde el estudio aporta su pista más sugerente y, a la vez, más prudente.
Durante la fase aguda no se encontró asociación significativa entre reactivación viral y los grupos de síntomas prolongados. Pero en la fase de convalecencia sí: los transcritos de anelovirus fueron significativamente más frecuentes entre los pacientes del grupo con déficits físicos persistentes —fatiga, pérdida de capacidad funcional—, y la asociación se mantuvo tras ajustar por sexo, edad, uso de inmunosupresores y gravedad de la COVID aguda.
Melamed subraya un detalle adicional: la presencia de anelovirus reactivados coincidía con mayor actividad en ciertos glóbulos blancos, lo que sugiere que no serían meros espectadores pasivos, sino que contribuirían a la desregulación inmunitaria.
Conviene señalar también lo que no se encontró. A diferencia de trabajos anteriores que apuntaban al virus de Epstein-Barr como motor de la COVID persistente, este estudio no detectó esa relación con síntomas como la fatiga o la niebla mental. La discrepancia podría deberse precisamente al método: los estudios previos medían anticuerpos, no transcritos virales.
Qué NO demuestra este trabajo
Es un estudio observacional y no establece causalidad. Que la reactivación viral acompañe a los cuadros graves no significa que los provoque: podría ser consecuencia de la gravedad, y no su causa.
Los propios autores y otros investigadores señalan varias limitaciones de peso:
- Todos los participantes estaban hospitalizados y sin vacunar, e infectados por variantes tempranas. La extrapolación a la población actual, vacunada y con infecciones mayoritariamente leves, es incierta.
- Como recuerda Timothy Henrich, investigador de enfermedades infecciosas de la Universidad de California en San Francisco, se trataba de personas en estado crítico con un virus muy inflamatorio, y no sorprende que otros virus se reactiven en ese contexto.
- Los cuestionarios usados para medir la COVID persistente se diseñaron al principio de la pandemia y pueden no capturar bien los perfiles actuales del síndrome.
Para el inmunólogo Danny Altmann, aun así, la escala del esfuerzo y la variedad de virus humanos analizados convierten a este trabajo en el conjunto de datos más completo hasta la fecha sobre reactivación viral en la COVID-19.
Lo que viene: la prueba del algodón sería un ensayo clínico
Existe una vía clara para resolver la cuestión de la causalidad, y tanto Melamed como Henrich coinciden en ella: comprobar si un fármaco que bloquee el despertar de estos virus previene o mejora la COVID persistente. Melamed ha adelantado que su equipo espera abordarlo en un ensayo clínico. Conviene precisar que, por ahora, se trata de un plan de investigación, no de un ensayo con resultados disponibles.
La perspectiva es razonable por un motivo práctico: ya existen pruebas de PCR cuantitativa para varios de estos virus crónicos y antivirales autorizados contra la familia del herpes. El siguiente paso, señala Melamed, es determinar si identificarlos y tratarlos mejora la evolución de los pacientes.
Una advertencia importante para el lector
Nada de lo anterior justifica automedicarse. No hay todavía evidencia de que suprimir estos virus reactivados mejore la evolución de nadie, los antivirales tienen efectos adversos reales —entre ellos toxicidad renal y alteraciones del recuento sanguíneo— y no existe ningún protocolo clínico establecido para cribar o tratar la reactivación viral en la COVID-19. Ni pedir un análisis de Epstein-Barr ni solicitar tratamiento antiherpético tiene respaldo científico a día de hoy sobre la base de este estudio.
Lo que sí sostienen los hallazgos es más sencillo: la variable que marcaba la diferencia era la gravedad de la COVID-19. Prevenir los cuadros graves —especialmente en mayores, personas inmunodeprimidas y pacientes con enfermedades cardíacas, pulmonares, renales o metabólicas crónicas— sigue siendo la medida más eficaz. Y quien arrastre fatiga persistente, intolerancia al esfuerzo o dificultades cognitivas tras una COVID grave debería plantearlo a su médico y preguntar por una derivación a una unidad especializada.
Como recuerda Ofer Levy, del Boston Children's Hospital y uno de los investigadores del consorcio, aunque muchos hayan dejado de ver la COVID como un problema, la enfermedad sigue causando muertes cada temporada respiratoria y millones de personas conviven con secuelas prolongadas. Aprender del SARS-CoV-2 no es solo una cuestión del pasado: es preparación para la próxima pandemia.
Ficha del estudio
- Título: Virus reactivation in acute and long COVID-19
- Autores: Cole Maguire, Jing Chen, Nadine Rouphael et al.; investigadora principal, Esther Melamed
- Publicación: Nature, 5 de agosto de 2026. DOI: 10.1038/s41586-026-10740-z
- Cohorte: IMPACC (Immunophenotyping Assessment in a COVID-19 Cohort), 1.154 pacientes en 20 centros de EE. UU.
- Financiación: Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID/NIH)
Fuentes: Nature (estudio original y noticia de Max Kozlov), Science (ScienceAdviser), nota de prensa de la Dell Medical School de la Universidad de Texas en Austin, Boston Children's Hospital y News-Medical.

