Reseña de «Damas, torres y leones», de Jesús Robles, y las claves del hallazgo de la Dama de Elche 129 años después.
La piedra que salió del escondite: 129 años de la Dama de Elche
Reseña de Damas, torres y leones. Los íberos a través de su escultura, de Jesús Robles Moreno (Desperta Ferro Ediciones, 2026, 176 pp.)
08 agosto 2026.- Hay objetos que no se descubren: se estrenan. La Dama de Elche pertenece a esa categoría rara de hallazgos que, apenas asoman a la luz, dejan de ser un problema arqueológico para convertirse en un asunto nacional. Ocurrió un miércoles 4 de agosto de 1897, hace ahora 129 años, en un bancal de La Alcudia, la loma que fue la ciudad ibérica de Ilici y después la colonia romana Iulia Ilici Augusta. Y ocurrió, como casi siempre, por casualidad y sin testigos cualificados.
La versión canónica es la que todos hemos repetido: un muchacho llamado Manuel Campello golpea con la azada una piedra que resulta ser un rostro; los jornaleros levantan la escultura de una especie de hornacina hecha con losas y rellena de arena de playa, donde el busto llevaba más de dos milenios de pie, orientado hacia el este, hacia Santa Pola; la pieza acaba en casa del propietario de la finca, el doctor Manuel Campello Antón, expuesta en el balcón para que los ilicitanos la admiren. Los vecinos la bautizan «Reina Mora». El nombre con el que hoy la conocemos se lo pondrá, semanas después, un francés.
Basta rascar un poco en los papeles de la época para que ese relato empiece a deshilacharse. No sabemos con certeza el punto exacto del hallazgo, ni el contexto arqueológico —el dato que un arqueólogo daría un dedo por tener—, ni siquiera quién sacó materialmente la escultura de la tierra: junto al nombre de Campello aparece el de Antonio Maciá, que habría terminado de desenterrarla. Tampoco encaja la estampa del niño con azada: el registro civil dice que Manuel Campello tenía por entonces dieciocho años. Se ha escrito casi tanto sobre las tres horas que siguieron al golpe de azada como sobre los dos mil años anteriores, y esa desproporción es, en sí misma, un dato cultural: la Dama nos interesa menos como documento que como mito de origen.
El epílogo es conocido y sigue escociendo en Elche. El hispanista Pierre Paris, que estaba en la ciudad documentando el Misteri para L'Illustration, la vio y esa misma noche escribió al conservador del Louvre Edmond Pottier una carta que hoy leemos con una mezcla de admiración y bochorno: reconocía en la pieza el aire del Cerro de los Santos con una belleza de raíz griega, proponía comprarla y, con una prudencia digna de novela de espías, pactaba un código para cifrar el precio —los meses del año como equivalencia en miles de francos—. El desenlace fue más prosaico que el código: Paris recibió instrucciones de ofrecer entre mil y cuatro mil francos, el contrato se firmó el 18 de agosto y el 30 la escultura salía de Elche camino de Alicante para embarcar hacia Marsella. Cuatro mil francos, unas 5.200 pesetas de entonces. La Dama pasó cuatro décadas en una vitrina del Louvre; volvió en 1941, dentro del intercambio artístico entre la España de Franco y la Francia de Vichy, se instaló treinta años en el Prado y desde 1971 preside la sala ibérica del Museo Arqueológico Nacional. Elche sigue reclamándola.
Un libro que devuelve la Dama a su mundo
Precisamente contra esa hipertrofia del icono trabaja Damas, torres y leones, el ensayo ilustrado que Jesús Robles Moreno (Getafe, 1996) ha publicado en Desperta Ferro. Robles no es un divulgador que se asome al mundo ibérico desde fuera: es doctor cum laude por la Universidad Autónoma de Madrid con una tesis sobre decoración arquitectónica en los monumentos ibéricos, profesor honorario en esa misma universidad y adjunto de dirección en las excavaciones del poblado de Coimbra del Barranco Ancho, en Jumilla. Fernando Quesada Sanz, que sabe de esto, ha resumido el libro en una frase difícil de mejorar: un texto accesible pero incisivo.
La apuesta del volumen es metodológica antes que narrativa. En lugar de contar la historia de los íberos y añadir un capítulo de arte al final —el vicio habitual—, Robles usa la escultura como hilo conductor de todo el recorrido, desde el nacimiento de esta plástica en el siglo V a. C. hasta su desaparición en el cambio de era, tras la conquista romana. Es una decisión valiente, porque obliga a que la piedra sostenga sola el peso de la sociedad, la religión, el poder y los mitos. Y funciona: la torre de Pozo Moro, el conjunto heroico de Cerrillo Blanco (Porcuna), las esfinges y los grifos de las necrópolis o las damas de Elche y Baza dejan de ser un catálogo de piezas admirables para convertirse en documentos de una sociedad concreta con problemas concretos.
Quien haya sufrido la bibliografía clásica sobre el tema —esos manuales de «evolución estilística» que despachan las piezas a razón de una descripción por párrafo— agradecerá el tono. Y agradecerá también el trabajo editorial: las ilustraciones de Román García Mora, marca de la casa en Desperta Ferro, no son adorno sino argumento, porque restituyen policromías, contextos y escalas que el lector no puede deducir del busto aislado en su vitrina. Ver la Dama coloreada, o entender qué altura tenía en realidad un pilar-estela, cambia la lectura.
¿Reproches? Los 176 páginas de un ilustrado imponen su propia disciplina, y el lector que llegue buscando el detalle erudito de los debates —la cronología fina de Porcuna, por ejemplo, o la discusión sobre talleres— encontrará síntesis donde quizá esperaba discusión. Es el precio del formato, no un defecto del autor. También conviene avisar de lo obvio: este no es un libro sobre la Dama de Elche. Quien lo compre por la portada mental que todos llevamos puesta descubrirá que la Dama es aquí una pieza más, y no necesariamente la más elocuente. Esa, en realidad, es la mejor noticia que da el libro.
Nota histórica: para qué servían aquellas piedras
Conviene explicar por qué los íberos tallaron todo aquello, porque el malentendido de fondo es pensar que hacían «arte».
La escultura ibérica nace hacia el siglo V a. C. en la Alta Andalucía y se extiende por la franja mediterránea peninsular, y nace ligada a un fenómeno muy preciso: la consolidación de unas aristocracias que necesitan hacerse visibles. La piedra es su lenguaje. Los escultores trabajaban por encargo, casi siempre de esos aristócratas, y sus obras se destinaban a dos grandes escenarios.
El primero es el funerario. Los grandes monumentos —torres como la de Pozo Moro, pilares-estela coronados por esfinges o toros, conjuntos escultóricos como el de Cerrillo Blanco— se levantaban sobre o junto a las tumbas de los linajes dominantes y funcionaban como una declaración de derechos: quién manda aquí, desde cuándo y por qué. Los combates de guerreros con falcata, las escenas de caza y los animales fabulosos no ilustran hazañas concretas, sino que heroízan al difunto y lo emparentan con un orden mítico. Los leones, las esfinges y los grifos que custodian las necrópolis son guardianes del umbral entre los vivos y los muertos, una idea de raíz oriental —fenicia y púnica— que los íberos no copian, sino que reelaboran hasta hacerla propia. Lo mismo puede decirse del componente griego: el Mediterráneo era una koiné de formas y los talleres ibéricos participaban en ella en condición de socios, no de imitadores.
El segundo escenario es el santuario. En lugares como el Cerro de los Santos se acumularon centenares de exvotos de piedra: oferentes, damas ricamente ataviadas, cabezas. Depositar una escultura era una transacción con lo sagrado y, a la vez, un gasto ostentoso que solo unos pocos podían permitirse. Rezar y presumir eran, allí, la misma operación.
¿Y las damas? Su joyería no es decoración. Los rodetes, las diademas, los collares de la Dama de Elche componen un texto legible para sus contemporáneos: estatus, linaje y probablemente función ritual. Se ha discutido durante un siglo si representan diosas, sacerdotisas, aristócratas o difuntas divinizadas, y la respuesta honesta sigue siendo que las fronteras entre esas categorías eran más porosas de lo que nos gustaría. Lo que sí sabemos es más concreto: la cavidad de la espalda de la Dama, un misterio durante décadas, contenía microrrestos analizados en 2011 por un equipo del CSIC dirigido por María Pilar de Luxán —partículas ricas en calcio y fósforo compatibles con cenizas óseas humanas—, lo que la sitúa junto a la Dama de Baza, aparecida en 1971 con su incineración dentro. La escultura más famosa del arte ibérico fue, con toda probabilidad, una urna.
Queda un último detalle inquietante. Muchos de estos monumentos aparecen destrozados, y no por el tiempo: en el siglo IV a. C. hubo destrucciones deliberadas de conjuntos como el de Porcuna. Se discute si fueron conflictos entre linajes, borrado político de una memoria incómoda o un ritual de clausura. La Dama, escondida en su hornacina de losas y arena, mirando al este, parece pertenecer a esa misma familia de gestos: alguien decidió que dejara de verse. Dos mil años después, una azada deshizo la decisión y empezó todo lo demás.
Jesús Robles Moreno, «Damas, torres y leones. Los íberos a través de su escultura». Desperta Ferro Ediciones, 2026. 176 páginas. Ilustraciones de Román García Mora.



