La crónica colonial daba al imperio inca solo 94 años. El radiocarbono adelanta su expansión a 1400 y revela décadas de resistencia andina.
Alcalá de Henares, 17 de octubre de 2026
En un pequeño yacimiento del sur de Ecuador había puntas de flecha de hueso, una piedra de honda y cerámica inca, pero nada de basura doméstica. Era un puesto militar. Y según los libros, no podía existir todavía: la semilla y el carbón de sus capas más antiguas daban una fecha décadas anterior a la conquista de la zona.
Aquel desajuste, que el arqueólogo Dennis Ogburn, de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte (Estados Unidos), encontró hace unos quince años en el sitio de Chamical, es hoy una de las piezas de una revisión de fondo. La revista Science ha publicado esta semana un amplio reportaje de la periodista Lizzie Wade que lo resume: la datación por radiocarbono está desmontando la cronología que los arqueólogos han usado durante más de medio siglo, y con ella la idea de un imperio fugaz que conquistó los Andes casi sin oposición.
De 94 años a más de un siglo
- La versión clásica: el imperio nace en 1438 con Pachacuti y llega a 1532, cuando aparece Pizarro.
- El radiocarbono sitúa presencia inca en el sur de los Andes hacia 1400 o antes.
- Y muestra una expansión lenta, desigual y con resistencias que duraron décadas.
Un sacerdote español y un arqueólogo de los años cuarenta
Los incas no escribían. Llevaban la contabilidad del imperio en los quipus, cordones anudados que registraban cifras y probablemente mucha otra información, pero no una historia lineal. Para ellos el pasado se podía rehacer: cada nuevo emperador ajustaba el relato a su conveniencia, y hasta se quemaban momias de antepasados para borrar a un clan rival.
Con esos materiales trabajaron los cronistas del siglo XVI. Uno de ellos, el sacerdote Miguel Cabello de Balboa, fue de los pocos que puso años a los reinados: según él, Pachacuti tomó el poder en 1438 y el imperio se expandió de golpe. En 1945, el arqueólogo estadounidense John Rowe convirtió esas fechas en la cronología de referencia, aun admitiendo que no sabía de dónde las había sacado el cronista. Le parecían razonables porque los depósitos incas eran poco profundos, señal de una ocupación corta.
Es la secuencia que siguen la mayoría de los manuales, y también la que recogimos en «Incas, el imperio de los Hijos del Sol», nuestro repaso de 2023 a la historia del Tahuantinsuyu: Pachacútec de 1438 a 1471, Túpac Yupanqui hasta 1493 y Huayna Cápac hasta 1525. Las nuevas fechas no borran ese relato de reyes y conquistas, pero lo desplazan hacia atrás y lo estiran.
El método del radiocarbono llegó justo después, pero no servía para esto: sus márgenes de error, de varias décadas, eran casi tan largos como la vida entera del imperio según Rowe, que defendió su cronología hasta su muerte en 2004.
Lo que ha cambiado en el laboratorio
Tres avances han estrechado esos márgenes hasta unos 20 años en el mejor de los casos. Los modelos estadísticos bayesianos combinan muchas fechas a la vez; los registros de anillos de árboles permiten calibrar mejor el carbono 14; y se ha entendido que los Andes, donde se mezcla el aire de los dos hemisferios, necesitan curvas de calibración propias.
El primer golpe serio llegó en 2017. Erik Marsh, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina, Ogburn y otros colegas aplicaron esos modelos en la revista Radiocarbon y situaron la llegada inca a Mendoza (Argentina) entre 1350 y 1440, antes de lo que admitía la crónica. Cuatro años después, un equipo dirigido por Richard Burger, de la Universidad de Yale, dató los restos de 26 personas enterradas junto a Machu Picchu y comprobó que el lugar estaba habitado al menos desde 1420.
El año pasado, en una reunión en la Pontificia Universidad Católica del Perú, los investigadores andinos votaron por unanimidad descartar la cronología tradicional y empezar de cero.
Saqsaywaman: el nacimiento fue brusco, pero antes
Sobre Cusco, la antigua capital del imperio, un equipo de la Universidad de Varsovia, en la capital de Polonia, excava en Saqsaywaman, el recinto ceremonial de las murallas en zigzag. En octubre de 2025 hallaron una ofrenda de 18 objetos de bronce y cobre sin usar, algunos con formas nunca vistas en yacimientos incas.
La estratigrafía la sitúa en el momento en que el lugar cambió de naturaleza: las terrazas de piedra tosca donde se celebraban banquetes con los aliados se abandonaron por una mampostería perfecta, con bloques traídos desde decenas de kilómetros. Pasar de agasajar a vecinos a movilizar mano de obra lejana es, para los arqueólogos, el salto de jefatura a imperio. Ese giro brusco encaja con el relato de Cabello de Balboa. Lo que no encaja es la fecha: el carbón vegetal indica que la reforma empezó hacia 1400 y se aceleró desde 1418.
Marsh y su colega Kevin Lane, también del CONICET, van más lejos. Como en el sur ya había cerámica y arquitectura inca antes del nacimiento probable de Pachacuti, sugieren que la primera expansión pudo dirigirla su abuelo, Yahuar Huácac, un rey casi borrado de la historia oficial.
Los que no se rindieron
La otra gran corrección afecta a la forma de la conquista. Rowe imaginaba un ejército pequeño y eficaz que arrollaba Estados enteros; las nuevas fechas dibujan una expansión a saltos, con objetos y edificios incas que aparecen en lugares vecinos con décadas de diferencia.
En el altiplano peruano, al norte del lago Titicaca, la arqueóloga Elizabeth Arkush, de la Universidad de Pittsburgh, recalibró las fechas de los pukaras, los poblados fortificados en lo alto de los cerros que proliferaron desde hacia 1300, tras el hundimiento de Wari y Tiwanaku, y de los sitios incas cercanos. Ambos convivieron entre 30 y 60 años, y algunos fuertes seguían levantando murallas cuando los incas ya estaban allí. «No es preinca, es no inca», resume Arkush. Los últimos pukaras no se abandonaron hasta hacia 1450.
En el valle de Copiapó, en el norte de Chile, Francisco Garrido, del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago (capital de Chile), ha documentado en Iglesia Colorada una ocupación violenta entre 1400 y 1440, con cráneos perforados que se exhibieron como trofeos. Los vecinos respondieron excluyendo la cerámica inca de sus tumbas. Después de 1440, los incas se replegaron en torno a una fundición de cobre, su verdadero interés en la zona, y dejaron en paz a las aldeas.
Lo que falta por fechar
El trabajo no tiene final cerrado: las fechas de un yacimiento no se pueden extrapolar a otro, así que la nueva historia se escribe sitio a sitio. Los primeros resultados de Saqsaywaman están en prensa en la revista Antiquity, y el equipo de Arkush ya ha enviado al laboratorio las briznas de paja del mortero de Sicllani Incacancha, un enigmático recinto inca vacío frente al que pudo ser el último reducto colla. De esas fechas depende saber si se levantó para celebrar la victoria o si quedó abandonado antes de usarse.
La paradoja es que el imperio que tanto tardó en doblegar a sus vecinos cayó muy deprisa: una guerra civil entre Huáscar y Atahualpa lo dejó exhausto, y Pizarro capturó a Atahualpa en Cajamarca en noviembre de 1532. Aun así, los incas que no se rindieron aguantaron cuatro décadas más en refugios de montaña como Choquequirao, en Vilcabamba.
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Fuentes consultadas
· Lizzie Wade, «Una avalancha de nuevas fechas reescribe la historia de los incas», Science, vol. 394, n.º 6821 (15/10/2026): science.org
· E. J. Marsh, R. Kidd, D. Ogburn y V. Durán, «Dating the expansion of the Inca empire: Bayesian models from Ecuador and Argentina», Radiocarbon, 59 (2017): repositorio CONICET
· R. Burger y otros, datación de Machu Picchu en Antiquity (2021), según Smithsonian Magazine: smithsonianmag.com
