Un estudio en «Nature» mide cuánto se adaptan de verdad los agricultores al clima: evita un tercio de las pérdidas, pero no las cierra.
Cada grado de calentamiento resta 120 calorías diarias por persona, y adaptarse solo evita un tercio
Alcalá de Henares, 5 de septiembre de 2026
El mayor análisis realizado hasta ahora sobre agricultura y clima mide por primera vez cuánto se adaptan de verdad los agricultores del mundo. La respuesta es que se adaptan mucho, pero no lo bastante. Y los graneros de clima templado, Europa entre ellos, salen peor parados que los trópicos.
- Cada grado de calentamiento medio global resta 5,5 × 10¹⁴ kilocalorías al año a la producción de los seis cultivos básicos: 120 kcal por persona y día, un 4,4 % del consumo recomendado.
- La adaptación real evita el 23 % de las pérdidas en 2050 y el 34 % a final de siglo en el escenario de altas emisiones. El resto se queda.
- La sorpresa: las mayores pérdidas no están donde más calor hace, sino en las regiones de clima moderado que hoy producen la mayor parte de los cereales del mundo.
Solomon Hsiang lo resumió con una imagen doméstica: si el planeta se calienta tres grados, es como si todo el mundo renunciara a desayunar. Hsiang, catedrático de la Stanford Doerr School of Sustainability y uno de los dos autores de correspondencia del trabajo, no hablaba en sentido figurado. Hablaba de calorías contadas.
El estudio del que salió esa frase se publicó en Nature el 18 de junio de 2025, lo firman dieciséis investigadores encabezados por Andrew Hultgren, profesor del Departamento de Economía Agrícola y del Consumidor de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, y responde a una pregunta que llevaba treinta años sin respuesta empírica: cuando el clima cambia, ¿cuánto de la pérdida logra compensar el agricultor por su cuenta?
Qué hay debajo: 12.658 regiones y hasta 137 años de cosechas
La base del trabajo es un archivo poco glamuroso y enormemente laborioso: los datos de rendimiento que las oficinas estadísticas de 54 países publican comarca a comarca, casi siempre al segundo nivel administrativo, el equivalente a nuestras comarcas o condados.
El resultado son 12.658 localizaciones y 41.186 pares localidad-cultivo, con series que llegan hasta los 137 años, para seis cultivos básicos: maíz, soja, arroz, trigo, yuca y sorgo. Entre los seis suman dos tercios de las calorías vegetales que produce el planeta.
Sobre ese esqueleto se montan cuatro capas más:
- Meteorología histórica: el Global Meteorological Forcing Dataset, con temperaturas máximas y mínimas diarias y precipitación en una malla de 0,25° desde 1948.
- Proyecciones climáticas: 21 proyecciones del NASA Earth Exchange derivadas del CMIP5, para los escenarios RCP 4.5 (emisiones moderadas) y RCP 8.5 (emisiones altas), ponderadas después sobre 33 modelos y subrogados para cubrir todo el rango de sensibilidad climática.
- Renta: datos de PIB subnacional de 1.503 regiones en 83 países, proyectados con los escenarios socioeconómicos (SSP) de la OCDE y del IIASA.
- Regadío: la superficie equipada para riego según AQUASTAT, de la FAO.
Con eso se proyectan impactos sobre 24.378 regiones administrativas hasta el año 2098, con 1.920 simulaciones de Monte Carlo por cultivo para arrastrar la incertidumbre estadística hasta el resultado final.
El giro metodológico: mirar lo que se hace, no lo que convendría hacer
Aquí está la novedad, y conviene entenderla porque explica por qué este trabajo dice cosas distintas de los anteriores.
Los modelos agronómicos clásicos —los del consorcio AgMIP, por ejemplo— simulan la fisiología del cultivo con enorme detalle y después le imponen al agricultor una regla de decisión escrita por el modelizador: «sin adaptación» o «cambio óptimo de variedad». Son reglas de lo que sería posible en un campo experimental bien gestionado, no de lo que ocurre en una explotación con crédito caro, información imperfecta y errores humanos.
Hultgren y sus colegas hacen lo contrario. Miden el efecto conjunto de todos los ajustes que los agricultores ya han hecho, sin modelizar ninguno por separado: cambiar de variedad, adelantar la cosecha para esquivar el calor de final de ciclo, mover la fecha de siembra dentro de la ventana habitual, ajustar el abonado, regar más o menos según el acceso al agua.
El supuesto que lo sostiene es explícito y los autores lo escriben sin adornos: agricultores que afrontan climas, rentas e infraestructura de riego parecidos toman decisiones parecidas. Comparando el rendimiento de dos comarcas con la misma ola de calor pero distinto clima medio, aflora cuánto amortigua el golpe estar acostumbrado a él.
Y la adaptación se contabiliza con sus costes, no solo con sus beneficios. Los autores lo deducen por preferencia revelada: si adaptarse fuera gratis, todo el mundo estaría ya usando la tecnología más resistente disponible. Como no lo está, el coste marginal debe igualar al beneficio marginal. Ignorar ese coste, advierten, infla el valor de la adaptación.
Para elegir qué variables meteorológicas importan no partieron de una hipótesis: probaron más de 8.000 modelos candidatos por validación cruzada, una técnica prestada del aprendizaje automático.
Qué observaron
- Los grados-día mandan. El acumulado de calor es, con diferencia, el mejor predictor del rendimiento: mejora el ajuste fuera de muestra un 51,7 % de media, y hasta un 101,6 % en sorgo. Cada día que pasa de 25 °C a 40 °C rebaja el rendimiento final del maíz alrededor de un 5 %.
- La lluvia es la segunda, pero de otra manera: influye mucho en la variabilidad de un año a otro y poco en la tendencia. Subir la precipitación mensual mejora el rendimiento un 0,2 % por milímetro cuando llueve poco (menos de 100 mm al mes) y lo empeora un 0,6 % por milímetro cuando llueve mucho (más de 400 mm).
- Casi todo lo demás pesa poco. Déficit de presión de vapor, días de lluvia extrema, temperaturas mínimas: aportan mejoras del 1,2 % al 3,6 %. Con excepciones nítidas: la sequía es el factor decisivo para la yuca y las mínimas importan para arroz y trigo.
- El modelo funciona. Reproduce la variación observada en los rendimientos locales con R² de 0,63 (yuca) a 0,88 (arroz), y supera a los modelos agronómicos de referencia en más del 81 % de los pares cultivo-país.
Los números que importan
Para final de siglo, en el escenario de altas emisiones y con la adaptación ya descontada, las estimaciones centrales de pérdida de rendimiento son: soja −35,6 %, yuca −29,8 %, trigo −28,2 %, maíz −27,8 %, sorgo −21,7 % y arroz −6,0 %. Con emisiones moderadas, todas se reducen aproximadamente a la mitad.
Agregando los seis cultivos, el mundo pierde un 36,6 % de rendimiento en 2098 si nadie cambia de comportamiento, y un 24,0 % contando la adaptación y el crecimiento de la renta. En 2050 la horquilla es −10,1 % frente a −7,8 %.
Traducido a la función de daño que los autores construyen —la pieza pensada para entrar en la política climática—, cada grado adicional cuesta 5,54 × 10¹⁴ kilocalorías al año, y el impacto crece de forma casi lineal. Con cuatro grados en 2100, la pérdida equivale al 17,6 % del consumo por persona recomendado hoy.
La sorpresa: no son los trópicos, son los graneros
Este es el hallazgo que más discusión ha generado, y va contra la intuición y contra buena parte de la literatura previa sobre impactos climáticos.
Las regiones que más pierden no son las más calurosas, sino el 50 % central de temperaturas medias. El motivo es que los lugares calientes ya están adaptados —sus agricultores llevan generaciones lidiando con el calor— y un grado más les afecta menos. Los lugares fríos, en cambio, ganan. Y los templados, que apenas han tenido que adaptarse a nada, se llevan el golpe completo.
Por deciles de renta el patrón es igual de incómodo: el decil más pobre pierde un 28 %, por su dependencia de la yuca; los deciles 2 a 8 pierden alrededor del 18 %; y los dos más ricos, un 29 % y un 41 %. Como en esas regiones ricas está concentrada la agricultura moderna, son ellas las que dominan la pérdida global de calorías.
Europa, el caso raro
Aquí conviene detenerse, porque el dato europeo es contraintuitivo hasta el punto de parecer un error de imprenta.
En la tabla de resultados del estudio, Europa pasa de −21,5 % sin cambio de comportamiento a −23,6 % contando la adaptación y el desarrollo económico en 2098, escenario alto. Es decir: adaptarse empeora ligeramente el balance. Ocurre lo mismo en Oceanía.
La explicación que dan los autores es que los productores de trigo asumen más riesgo meteorológico a medida que sube la renta per cápita. Es un resultado observado, no una predicción de que la adaptación sea mala; y el trigo es, de los seis cultivos, aquel en el que el efecto neto de adaptarse resulta estadísticamente indistinguible de cero. En el extremo opuesto, América del Sur reduce un 61 % sus impactos gracias a la adaptación, sobre todo en maíz y soja.
Sobre el mapa, Europa se parte por latitudes: el maíz gana hasta un +10 % en el norte y pierde hasta un −40 % en la franja mediterránea; el trigo cae entre un 15 % y un 25 % en Europa occidental y oriental.
Lo que se ve en el campo español este año
Conviene decirlo antes de seguir: una campaña mala no demuestra nada sobre el clima, igual que un año fresco no lo desmiente. Lo que sí hace la campaña de 2026 es enseñar, en carne viva, el mecanismo que el estudio describe en abstracto.
España cerrará 2026 con 18,6 millones de toneladas de cereal, según la segunda estimación del Consejo Sectorial de Cereales de Cooperativas Agro-alimentarias de España, publicada el 15 de julio. Son un 30 % menos que los 26,64 millones de la excepcional campaña de 2025, con un rendimiento medio de 3,52 toneladas por hectárea, un 24 % por debajo, sobre 5,28 millones de hectáreas.
El mecanismo es exactamente el del estudio: las altas temperaturas desde la segunda mitad de mayo aceleraron la maduración, acortaron el llenado del grano y bajaron el peso del grano. Según la AEMET, junio fue extremadamente cálido, con 3,2 °C por encima de lo normal en la Península y solo el 39 % de la lluvia habitual.
En el conjunto europeo, la ola de calor de junio se llevó por delante casi nueve millones de toneladas de cereal, entre 2.000 y 2.300 millones de euros —alrededor del 5 % del valor esperado de la cosecha—, según los cálculos de la Energy and Climate Intelligence Unit (ECIU) difundidos por el Financial Times. Francia concentró 4,1 millones de toneladas de esa pérdida y Hungría, 2,4 millones. Coceral, la asociación europea del comercio de cereales, recortó en julio su previsión conjunta para la UE y el Reino Unido de 295,5 a 286,6 millones de toneladas, frente a los 310 millones de 2025.
Y en el Corredor del Henares y su entorno, el efecto tiene cifras propias. La Comunidad de Madrid dedica unas 85.000 hectáreas a cereal de secano, sobre todo cebada en el centro, sur y este de la región. Jesús Anchuelo, secretario general de UPA Madrid y agricultor en La Alcarria, calcula pérdidas de entre 130 y 150 euros por hectárea, unos 13 millones de euros para el conjunto del territorio, por la combinación de calor final de ciclo, costes disparados y cebada cotizando en torno a 185 euros la tonelada. En la Alcarria de Guadalajara, los rendimientos medios rondaron los 2.500 kilos por hectárea, según la asociación de comerciantes de cereales ACCOE, frente a los 3.000-3.500 de la Mancha conquense.
Lo que el estudio no puede hacer
Un trabajo de esta ambición acumula límites, y los autores los enumeran ellos mismos con una franqueza poco frecuente. Los principales:
No captura el cambio de cultivo. Si un agricultor manchego pasa de cebada a girasol o a almendro, el modelo de rendimiento no lo ve. Sí lo tienen en cuenta al valorar económicamente los impactos, pero no al proyectar cosechas.
No captura los adelantos de siembra fuera de la ventana actual. Sí recoge el adelanto de la cosecha y la elección de variedades más precoces, pero no un desplazamiento del calendario a un periodo del año que hoy no se siembra.
Las medidas de adaptación son transversales, no temporales. El modelo compara sitios distintos en el mismo momento en lugar de seguir a un mismo sitio adaptándose a lo largo de décadas. Si hubiera factores no observados correlacionados con el clima, el cálculo de la adaptación podría estar sesgado. Los autores hacen una prueba parcial y concluyen que las asociaciones son sistemáticas en toda la muestra, pero la objeción de fondo —si un panel puede recuperar la adaptación de largo plazo— sigue viva en la literatura económica, y ellos mismos la citan.
El acceso a recursos se reduce a dos variables: renta y regadío. Fertilizantes, seguros, crédito o extensión agraria entran solo indirectamente, a través de la renta. Y la superficie de regadío se mantiene congelada en los valores del año 2000 durante todo el siglo, lo que ignora tanto las nuevas hectáreas de riego como el agotamiento de acuíferos.
No proyecta los extremos de precipitación, porque los modelos climáticos actuales no los reproducen bien. Los autores lo señalan como una laguna con implicaciones importantes para la seguridad alimentaria.
No explica el mecanismo agronómico. A diferencia de los modelos de proceso, este enfoque dice cuánto se pierde pero no por qué fisiológicamente, y esa información es justo la que necesitan los programas de mejora genética.
El CO₂ se añade a posteriori. La fertilización carbónica no se mide dentro del modelo: se incorpora después usando estimaciones previas. Reduce las pérdidas de final de siglo entre 5,0 y 9,5 puntos porcentuales, pero el estudio no descuenta la pérdida de contenido en nutrientes que el CO₂ elevado provoca en el grano.
La incertidumbre es enorme. El rango del 90 % para el arroz va de −58,6 % a +109,4 %. En el otro extremo, el trigo con emisiones moderadas tiene el rango más estrecho: de −20,7 % a −10,4 %. Con esas horquillas, los autores insisten en que el riesgo debe evaluarse sobre toda la distribución, no sobre la cifra central.
Solo mira seis cultivos. Nada de ganadería, cítricos, olivar, viñedo ni hortícolas, que en España pesan mucho más en facturación que el cereal. El coste social del carbono que calculan es, por eso, explícitamente parcial: entre 0,99 y 49,48 dólares por tonelada de CO₂ según el supuesto de descuento y de flexibilidad comercial.
Y una advertencia de lectura que se malinterpreta a menudo: las proyecciones son desviaciones respecto a una tendencia futura de rendimientos que ha sido históricamente creciente y probablemente lo siga siendo. No dicen que se vaya a cosechar un 24 % menos que hoy, sino un 24 % menos de lo que se habría cosechado sin cambio climático.
Qué recomiendan
El artículo no termina en un catálogo de medidas, pero de sus resultados salen cuatro líneas bastante claras:
- La adaptación autónoma no basta y hay que dimensionar el hueco. Los propios autores dicen que sus cifras «dan una idea de la escala de innovación» necesaria: mejora genética con tolerancia real al calor, expansión de la superficie cultivada o formas de adaptación distintas de las observadas hasta ahora.
- La tolerancia al calor tiene un peaje. Adaptarse a los extremos térmicos reduce las ganancias de rendimiento en las temperaturas moderadas: es un compromiso fisiológico documentado entre variedades. Cualquier programa de mejora tendrá que decidir qué sacrifica.
- El acceso a la tecnología adaptativa es el cuello de botella, y no está repartido. Los modelos de proceso, dicen los autores, siguen siendo imprescindibles para orientar la investigación en genética y manejo; lo que hace falta es garantizar que llega a todos los productores.
- Los daños agrícolas deben incorporarse al coste social del carbono, la cifra con la que los gobiernos valoran hoy una tonelada de CO₂ emitida.
En el terreno español, el propio sector ha puesto sobre la mesa su lista tras la campaña de 2026. Cooperativas Agro-alimentarias de España reclama manejo profesionalizado, mejora genética, semilla certificada, agricultura de precisión y refuerzo de los seguros agrarios, y señala su iniciativa «Agricultores Contra el Cambio Climático» (AC3) como herramienta de resiliencia.
Qué sigue ahora
Tres hitos verificables para el seguimiento:
- La tercera estimación de cosecha de Cooperativas Agro-alimentarias, que cerrará la campaña 2026 con el maíz ya recolectado, todavía preliminar en julio con 3,83 millones de toneladas.
- El debate presupuestario de la PAC posterior a 2027, en el que la resiliencia climática y los seguros agrarios están sobre la mesa.
- La continuación del propio trabajo: el equipo anuncia una línea abierta para representar de forma más justa el coste desigual de estas pérdidas en los cálculos de daños monetizados. Los datos y el código de replicación están publicados en Zenodo.
Más en La Crónica del Henares: Agricultura | Cambio climático | Ciencia
Fuentes consultadas
Estudio principal
- Hultgren, A.; Carleton, T.; Delgado, M.; Gergel, D. R.; Greenstone, M.; Houser, T.; Hsiang, S.; Jina, A.; Kopp, R. E.; Malevich, S. B.; McCusker, K. E.; Mayer, T.; Nath, I.; Rising, J.; Rode, A.; Yuan, J. «Impacts of climate change on global agriculture accounting for adaptation». Nature, vol. 642, n.º 8068, 19 de junio de 2025, pp. 644-652. DOI 10.1038/s41586-025-09085-w. https://www.nature.com/articles/s41586-025-09085-w
- Versión de acceso abierto en PubMed Central: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12176627/
- Datos y código de replicación (Zenodo): https://zenodo.org/records/14511340
Difusión institucional del estudio
- Stanford Doerr School of Sustainability, «Climate change cuts global crop yields, even when farmers adapt». https://sustainability.stanford.edu/news/climate-change-cuts-global-crop-yields-even-when-farmers-adapt
- Climate Impact Lab, nota del 18 de junio de 2025. https://impactlab.org/news-insights/climate-change-cuts-global-crop-yields-even-when-farmers-adapt/
Trabajos relacionados y contexto científico
- Kotz, M.; Donat, M. G.; Lancaster, T.; Parker, M.; Smith, P.; Taylor, A.; Vetter, S. H. «Climate extremes, food price spikes, and their wider societal risks». Environmental Research Letters, vol. 20, n.º 8, 21 de julio de 2025. https://iopscience.iop.org/article/10.1088/1748-9326/ade45f
- Banco Central Europeo, boletín económico: «Inside the food basket: what is behind recent food inflation?». https://www.ecb.europa.eu/press/economic-bulletin/focus/2026/html/ecb.ebbox202508_07~8e10bb606b.en.html
- Xu, C. «Beyond the Breadbasket Paradox: Rethinking Agricultural Adaptation in the Age of Climate Coloniality». Agricultural Science and Food Processing, vol. 2, n.º 2, 2025 (comentario al estudio). https://www.icck.org/article/epdf/asfp/375
- Wing, I. S.; De Cian, E.; Mistry, M. N. «Global vulnerability of crop yields to climate change». Journal of Environmental Economics and Management, vol. 109, 2021 (enfoque econométrico previo, con horquilla de −11 % a −25 % a final de siglo). https://open.bu.edu/items/2cf29285-05be-4728-828e-fc54c86bbf45
Campaña 2026 en España y en Europa
- Cooperativas Agro-alimentarias de España, segunda estimación de cosecha de cereales, 15 de julio de 2026. https://www.agro-alimentarias.coop/posts/el-cereal-espanol-mantiene-en-2026-rendimientos-proximos-a-la-media-de-los-ultimos-cinco-anos
- Cooperativas Agro-alimentarias de España, primera estimación, mayo de 2026. https://www.agro-alimentarias.coop/posts/cooperativas-agro-alimentarias-preve-una-cosecha-de-cereales-de-20-millones-y-medio-de-toneladas-en-2026
- Energy and Climate Intelligence Unit (ECIU), estimación de pérdidas por la ola de calor de junio de 2026, recogida por Financial Times y reproducida por Euronews. https://es.euronews.com/my-europe/2026/07/28/cifras-olas-calor-europa
- Coceral, revisión extraordinaria de la cosecha de cereales de la UE y el Reino Unido, julio de 2026, recogida por Euronews. https://es.euronews.com/business/2026/08/19/la-guerra-y-las-olas-de-calor-encarecen-el-pan-y-la-pasta
- UPA Madrid, pérdidas del cereal de secano en la Comunidad de Madrid (declaraciones de Jesús Anchuelo). https://www.agrodigital.com/2026/06/11/campana-cereal-secano-perdidas-madrid-extremadura/
- ACCOE, rendimientos por comarcas en Castilla-La Mancha, julio de 2026. https://www.clm24.es/articulo/economia/castilla-mancha-preve-41-millones-toneladas-cereal-2026/20260707125501479461.html
- AEMET, carácter térmico y pluviométrico de mayo y junio de 2026, recogido en la nota de Cooperativas Agro-alimentarias. https://www.revistacampo.es/general/la-cosecha-de-cereal-2026-se-revisa-a-la-baja-hasta-los-186-millones-de-toneladas-por-el-estres-termico-y-la-falta-de-lluvias/
