En 1864 hundió el primer buque de guerra destruido por un submarino y se esfumó con sus ocho hombres. La ciencia sigue discutiendo por qué.
El submarino que ganó su batalla y no volvió: el enigma del Hunley en Charleston
Alcalá de Henares, 29 de agosto de 2026
La noche del 17 de febrero de 1864, un artefacto movido a manivela hundió frente a Charleston el primer buque de guerra destruido por un submarino. Después señaló a la costa que volvía y se desvaneció con sus ocho tripulantes.
- El H. L. Hunley mató a veintiún hombres en tres hundimientos, dos de ellos en pruebas, antes de conseguir su único blanco.
- Fue localizado en 1995 y reflotado en 2000 con los ocho cadáveres sentados en sus puestos, sin señales de pánico ni de huida.
- La hipótesis con más respaldo experimental —una onda expansiva de su propio torpedo— no es la versión oficial del museo que lo custodia.
El mar estaba raro aquella noche: liso, sin viento, con una luna que dejaba ver demasiado. El teniente George E. Dixon, del 21.º Regimiento de Infantería de Alabama y comandante del sumergible, llevaba meses esperando exactamente eso. A las 20:45 su nave clavó una carga de pólvora bajo la línea de flotación del USS Housatonic, una corbeta de vapor de 1.240 toneladas fondeada a unas cuatro millas de la bocana del puerto. El buque de la Unión se fue al fondo en menos de cinco minutos y se llevó a cinco marineros.
Desde tierra, los confederados vieron la señal convenida —una luz azul— y encendieron una hoguera en la playa para guiar el regreso. El Hunley nunca llegó. Tampoco apareció al día siguiente, ni al mes siguiente, ni en los ciento treinta y un años posteriores.
Importa hoy porque aquella noche empieza una historia que no ha terminado: la guerra submarina. Los U-Boote alemanes, los submarinos nucleares y buena parte de la doctrina naval del siglo XX descienden de un tubo de hierro de doce metros propulsado por siete hombres dándole a una manivela.
Cincuenta mil dólares por hundir un barco
A mediados de 1863, Charleston (Carolina del Sur) llevaba dos años estrangulada por el bloqueo naval decretado por la Unión sobre los 5.600 kilómetros de costa confederada. La ciudad se moría de hambre bajo bombardeos diarios y las autoridades locales ofrecieron 50.000 dólares —una fortuna descomunal en plena escasez de guerra— a quien hundiera un buque enemigo.
El equipo que respondió llevaba dos fracasos a la espalda. Horace Lawson Hunley, abogado y financiero de Nueva Orleans, había pagado de su bolsillo dos prototipos junto al ingeniero y capitán fluvial James McClintock y al maquinista Baxter Watson: el Pioneer, hundido a propósito en Nueva Orleans en abril de 1862 para que no cayera en manos de la flota de la Unión, y el American Diver, perdido en la bahía de Mobile (Alabama) en febrero de 1863. Con el tercero cambiaron de estrategia: aprovecharon una caldera de locomotora, la alargaron y la reforzaron lateralmente en el taller mecánico de Park & Lyons, en Mobile.
El resultado medía unos 12 metros de eslora por 1,20 de manga. Para hacerse una idea: cabía en el largo de un autobús urbano y era más estrecho que una cama de matrimonio. Dentro se sentaban ocho hombres. Siete accionaban un cigüeñal conectado a la hélice mediante una cadena; el octavo, en la proa, gobernaba el timón y los planos de profundidad. La altura interior era de 1,15 metros: se navegaba encogido, sin posibilidad de que dos tripulantes intercambiaran su sitio.
Tras una prueba exitosa contra una barcaza de carbón en la bahía de Mobile el 31 de julio de 1863, el aparato viajó en ferrocarril hasta Charleston, donde llegó el 12 de agosto.
Veintiún muertos antes del primer disparo
Lo que ocurrió después explica por qué la prensa de la época lo llamó «ataúd ambulante». El 29 de agosto de 1863 —hoy hace exactamente 163 años— el sumergible se hundió en una maniobra rutinaria y murieron cinco de sus tripulantes. Fue reflotado. El 15 de octubre volvió a irse al fondo, esta vez con ocho hombres dentro, entre ellos el propio Horace Hunley, que iba al mando pese a no ser militar. Fue reflotado otra vez.
El general Pierre G. T. Beauregard, al mando de la defensa de Charleston, prohibió nuevas inmersiones. La insistencia de Dixon y la desesperación militar acabaron levantando el veto, con una condición: el aparato atacaría en superficie, con la torreta asomada, no sumergido.
Veintiún hombres habían muerto ya en un arma que jamás había disparado contra nadie. El precio de la primera victoria submarina de la historia se pagó, en su mayor parte, antes de la victoria.
Un arma que estallaba a cinco metros de sus dueños
Aquí está el hallazgo que cambió la manera de leer todo el caso. Durante más de un siglo se dio por hecho que el Hunley clavaba en el casco enemigo un torpedo de pértiga —en realidad una carga fija, nada que ver con los torpedos autopropulsados actuales—, retrocedía para que el artefacto se soltara y lo detonaba a distancia tirando de un cabo.
En enero de 2013, al retirar la concreción marina que envolvía la pértiga recuperada, los científicos encontraron los restos del torpedo atornillados a su extremo, con el metal desgarrado hacia fuera por la explosión. Es decir: la carga estalló todavía unida al submarino. Con una pértiga de unos seis metros y una carga de 61 kilos de pólvora negra, el Hunley estaba a menos de cinco metros de su propia detonación, y la hizo estallar bajo la popa del Housatonic deliberadamente, para maximizar el daño.
El comisionado del Proyecto Hunley y entonces vicegobernador de Carolina del Sur, Glenn McConnell, defendió que aquello no convertía la misión en un suicidio: la tripulación creía que era una distancia segura. Los cálculos posteriores dicen otra cosa.
1995: el novelista que encontró el pecio
La búsqueda moderna la financió y dirigió Clive Cussler, novelista de éxito y fundador de la NUMA (National Underwater and Marine Agency), en colaboración con el Instituto de Antropología y Arqueología de Carolina del Sur. Tras unos quince años de rastreo, el 3 de mayo de 1995 el equipo dio con el submarino a unos nueve metros de profundidad, enterrado en el sedimento y recostado 45 grados sobre su costado de babor, a cuatro millas de la isla de Sullivan. Conviene anotar que el arqueólogo subacuático E. Lee Spence sostiene desde hace décadas que él lo había situado ya en 1970 sin llegar a confirmarlo bajo el agua; la disputa sobre la autoría del hallazgo nunca se ha cerrado del todo.
El 8 de agosto de 2000, la empresa Oceaneering International, bajo dirección del arqueólogo Robert Neyland, del Naval History and Heritage Command de la Armada estadounidense, izó el pecio dentro de una estructura metálica con 32 eslingas de nailon rellenas de espuma de poliuretano, diseñada para que el casco no se rompiera por su propio peso. El submarino salió del agua prácticamente entero.
Una cápsula del tiempo con ocho hombres dentro
Dentro había once toneladas de sedimento que, paradójicamente, habían protegido lo que contenían. Los arqueólogos de la Universidad de Clemson recuperaron más de 1.500 objetos: pipas, botones de uniforme, relojes de bolsillo, zapatos, tejidos, restos de comida.
Entre ellos, la pieza más citada: una moneda de oro de 20 dólares acuñada en 1860, aparecida junto a los restos de Dixon, abollada por el impacto de una bala y grabada a mano con la inscripción «Shiloh, 6 de abril de 1862. Mi salvavidas. G. E. D.». Confirmaba una leyenda que llevaba siglo y medio contándose de boca en boca: que una moneda en el bolsillo le salvó el muslo, y probablemente la vida, en la batalla de Shiloh. En sus ropas aparecieron además un anillo con nueve diamantes y un broche con treinta y siete.
Aquí hay que corregir un dato que circula mucho, incluso en publicaciones divulgativas de prestigio: no es cierto que los ocho tripulantes fueran identificados por su ADN. Solo uno lo fue con certeza, Joseph Ridgaway, y hubo que exhumar a una hermana suya enterrada en Pensilvania para obtener la muestra. Los demás se identificaron por eliminación, combinando registros militares, análisis osteológico y análisis de isótopos de carbono en los dientes: una dieta rica en maíz delataba a los nacidos en América; una dieta basada en trigo, a los europeos. Resultado: cuatro de los ocho eran inmigrantes europeos. De dos de ellos, «Lumpkin» y «Miller», solo se conoce el apellido. No se conserva ninguna fotografía de ninguno de los ocho.
El 17 de abril de 2004, más de 10.000 personas asistieron en Charleston a lo que se anunció como «el último funeral de la Confederación». Los ocho féretros desfilaron hasta el cementerio de Magnolia, donde reposan junto a las dos dotaciones anteriores.
Cuatro teorías, un experimento y una discrepancia
El museo que custodia el pecio ofrece al visitante cuatro hipótesis: que el torpedo dañara el casco, que la tripulación quedara atrapada, que el submarino chocara con algo, o el llamado «disparo afortunado», la posibilidad de que un fusilero del Housatonic alcanzara a Dixon a través del cristal de la torreta. Todas comparten un problema: exigen que los ocho hombres, sabiéndose en peligro, se quedaran quietos en su sitio.
La ingeniera biomédica Rachel Lance, doctorada por la Universidad de Duke, dedicó tres años a atacar el problema desde la biomecánica. Descartó primero la asfixia y después el disparo afortunado —disparando munición de la época contra planchas de hierro fundido equivalentes— y construyó un modelo del submarino a escala 1:6, bautizado CSS Tiny, que sometió a explosiones reales de pólvora negra.
Su conclusión, publicada en PLOS ONE en agosto de 2017, es que la explosión flexionó el casco de hierro y transmitió al interior una onda secundaria suficiente para reventar los pulmones de la tripulación en milésimas de segundo: cada tripulante tenía menos del 16 % de probabilidades de sobrevivir. Los hombres habrían muerto instantáneamente en sus puestos y el submarino habría derivado hasta el fondo, sin gobierno, con las escotillas cerradas. Eso explicaría lo que ninguna otra teoría explica bien: la ausencia total de señales de pánico.
La versión no es unánime. La fundación Friends of the Hunley, que gestiona el proyecto, ha declinado respaldar las conclusiones de Lance alegando que la investigadora no ha trabajado con los datos primarios del proyecto, y el museo sigue exponiendo hoy las cuatro hipótesis en pie de igualdad. El caso no está cerrado.
Dónde está hoy y cómo verlo
- Dónde: Warren Lasch Conservation Center, 1250 Supply Street, North Charleston, Carolina del Sur (Estados Unidos), en la antigua base naval de Charleston. El centro lo gestiona el Clemson University Restoration Institute.
- Cuándo: las visitas se concentran en fin de semana, sábados y domingos. Conviene confirmar horarios y entradas antes de viajar.
- Qué se ve: el casco original sumergido en un tanque de unos 284.000 litros (75.000 galones) de hidróxido de sodio diluido, más las réplicas del Pioneer y el American Diver y los objetos de la tripulación. Desde febrero de 2025 se expone además la muestra Tools and Tides, con herramientas de a bordo restauradas.
- Información: www.hunley.org
El submarino lleva sumergido en sosa cáustica desde mayo de 2014. No es un capricho: 136 años en el mar impregnaron el hierro de cloruros, y expuesto al aire libre el casco se oxidaría hasta derrumbarse. El baño alcalino extrae la sal poco a poco; el tanque se vacía varios días por semana para que los conservadores trabajen. La limpieza de la concreción exterior terminó y la del interior arrancó en 2016, lo que dejó a la vista, por primera vez en siglo y medio, la superficie real del compartimento de la tripulación.
El siguiente hito es el final de la desalinización, el momento en que el Hunley pueda exhibirse fuera del agua por primera vez desde 1864. El calendario se ha ido corriendo una y otra vez —se llegó a anunciar 2020— y el proyecto no ha fijado públicamente una fecha firme. Cuando llegue, el plan aprobado por el Legislativo de Carolina del Sur es trasladarlo a un museo marítimo de nueva planta en la antigua base naval de North Charleston, todavía en fase de diseño.
Mientras tanto, el arqueólogo Michael Scafuri, de Clemson University, describe el trabajo como una investigación criminal: procesar la escena, recoger indicios y acercarse todo lo posible a lo que pasó. Ciento sesenta y dos años después, la escena sigue abierta.
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Fuentes:
- Naval History and Heritage Command (Armada de Estados Unidos): fichas H. L. Hunley, H. L. Hunley Wreck (1864), The H. L. Hunley in Historical Context e informe Hunley 2004 Findings (PDF del programa Legacy del Departamento de Defensa).
- Friends of the Hunley / Proyecto Hunley: apartados Overview, Conservation, Scientific Timeline, Top Possible Theories, Artifacts y perfil de George E. Dixon (hunley.org).
- Clemson University / Warren Lasch Conservation Center: nota High-tech history: 160 years after making history (2024) y ficha del proyecto de conservación.
- Lance, R. M.; Stalcup, L.; Wojtylak, B.; Bass, C. R., «Air blast injuries killed the crew of the submarine H. L. Hunley», PLOS ONE, vol. 12, n.º 8, e0182244 (23 de agosto de 2017).
- Encyclopedia of Alabama (Universidad de Alabama), entrada H. L. Hunley Submarine; American Battlefield Trust, HL Hunley; Encyclopaedia Britannica, H.L. Hunley.
- Cobertura de fondo: Smithsonian Magazine, Hakai Magazine, CNN, CBC News, HistoryNet y medios locales de Charleston (WCSC Live 5, WCBD, ABC News 4) sobre el hallazgo de 2013, la identificación de la tripulación y la exposición Tools and Tides de 2025.
- Documentación gráfica y narrativa de partida: reportaje «El submarino perdido de la guerra de secesión», de Xabier Armendáriz, historiador marítimo, en Historia National Geographic (págs. 108-113).




